¿Qué pasa en el SAS?

La crisis financiera del SAS, su quiebra manifiesta, no debe pasar por la opinión como una noticia más, porque significa el fracaso de uno de los objetivos prioritarios, no ya del sistema político, sino de la propia “modernidad”. Una gestión opaca y, por lo que se ve desafortunada del servicio no ve ya otra salida que despedir en masa a los sanitarios (6.000 auguran los sindicatos) para reducir gastos, como antes se ordenó reducir a toda costa el gasto farmacéutico (primando económicamente a los médicos, ojo). La Junta proyecta, por tanto, “empeorar” el sistema sanitario para abaratarlo, lo que en poco tiempo puede transformar un servicio bueno en líneas generales, a pesar de sus fallos concretos (urgencias, listas de espera, etc.), en un mal servicio. ¿No sería más lógico relevar a los gestores fracasados poniendo en su lugar a gente con experiencia en lugar de a clientes políticos?

Pleitos tengas…

Lo aseguran tanto el Consejo Judicial del Poder Judicial como el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA): Huelva es la “provincia cenicienta” en materia de Administración de Justicia, una realidad que corroboran datos tan tremendos –sobre todo tras las protestas y rasgamientos de vestiduras provocados por el “caso Mari Luz”—como el de que los juzgados de lo Penal dejaran de ejecutar casi dos mil sentencias el año pasado. Están hasta las trancas y la consejería de la Junta no se propone más que paliar con tres nuevos Juzgados una situación que los sindicatos sostienen que precisa la menos de diez, aparte de que sigue dándole hilo a la cometa de la Ciudad de la Justicia provincial y sorda a las reclamaciones y sos de los funcionarios agobiados. CCOO habla incluso de “discriminación a la provincia”. Cierto o exagerado, la verdad es que en Huelva vale el cínico adagio de “`pleitos tengas y los ganes”.

Miradas altivas

Coincidencia general en los medios al calificar como altivas las miradas de Karadzy y De Juana. La altivez del loco y la del estúpido, finalmente no tan distintas, el recurso extremo ante la falta absoluta de razón. Hay dudas, eso sí. Sobre por qué Karadzy no fue detenido antes, teniendo en cuenta que la región en que ha vivido estuvo siempre plagada de tropas internacionales, una pregunta retórica, claro está, porque es sabido ya que su nueva identidad se la había dado la autoridad actual, ella sabrá pro qué. O sobre el pacto de impunidad, no sé si inverosímil o no, que el bárbaro sostiene que tenía tramado con la diplomacia yanqui y que ésta desmiente. Cualquiera sabe. En cuanto a De Juana, no se explica tanto revuelo en un país en el que todo el mundo sabía que el asesino sería liberado en breve y al que, no se olvide, ya liberó en su momento el Gobierno mientras negociaba con la banda terrorista. Es verdad que extraña la pasividad (excesiva, incluso para la Justicia de este país) a la hora de ver qué hay de cierto en la antigua y renovada denuncia de que sus redenciones de pena son fraudulentas, burdos trucos sumamente fáciles de aclarar, pero que la Justicia no ha sido capaz de hacerlo en tres largos años. ¿Será que no se quiere resolver el asunto, es posible que se tema alguna impertinencia por parte de quien, eventualmente, bien podría suceder que pusiera al Gobierno en un aprieto revelando la letra chica de aquella ignominiosa negociación? ¿O será que se pretende no liquidar enteramente la perspectiva negociadora como, no sabemos bien en qué términos, le confirmó ZP al PNV hace días? Lo único seguro es que los infames andan sueltos, a socaire del garantismo democrático y a despecho del sentido común, y que el Estado no tiene ni idea de qué hacer para conciliar ese prurito extremado y la exigencia de rigor que plantean unas sociedades lógicamente desconcertadas. Sobran las preguntas. Tanto los “aliados” como nuestro Gobierno hubieran preferido correr un velo sobre esos negros negocios y si no lo han hecho, tampoco van a explicar ahora por qué.

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Todos sabíamos que soltarían al asesino, que no pagaría sus indemnizaciones pendientes, que acabaría por vivir junto a las víctimas, puesto que no es el primero ni el segundo. Lo que no vale es seguir excusando esta ignominia con el argumento de que con ello no se hace sino cumplir la Ley, algo que es tan cierto como que esa Ley está ahí porque han querido todos y cada uno de los Gobiernos sucesivos, todos en la cuerda floja de los pactos con los nacionalistas y, en concreto, con el PNV. Como no vale continuar ignorando la contumacia de un personaje como este criminal, porque carece absolutamente de sentido que un convicto contumaz se aproveche –¡y hasta puede que mediando un fraude documental!–  de los beneficios de un sistema penitenciario permisivo donde los haya. ¿No van a mirar altivamente esos enemigos públicos, auténticos monstruos pero venerados en sus enloquecidos entornos, y al que el propio Presidente del Gobierno, que hoy lo desprecia, consideraba no hace mucho un hombre de paz, tal vez imprescindible para llevar a buen término su insensato “proceso”? Verán como ahora nos vienen con eso de que no hay que precipitarse, que vamos a abrir un debate muy serio sobre la materia y que nada tiene que reprocharse una política incapaz de meter el freno en ese tren desbocado durante los tres últimos decenios. ¿Por qué no querrían coger a Karadzy los gobernantes legítimos que vinieron luego, por qué no han querido nunca nuestros Gobiernos –sólo ahora comienza a oírse tímidamente hablar del delicado tema—plantear una reforma que contemplara el cumplimiento íntegro de las penas? No espero respuestas, por descontado, pero sé de sobra que las miradas altivas de esos malnacidos esconden más de un secreto. ¿O caso puede entenderse esta tragicomedia de otra manera?

Delitos raros

Escucho a un policía comentar en la tele el caso ignominioso de la agresión a la menor ecuatoriana que fue colgada luego en Internet por sus propios espectadores. Da el hombre sus buenas razones sobre el caso y añade que haría falta reforzar las medidas para defender a la sociedad de los “delitos raros” que cada día nos sorprenden, delitos inimaginables en muchas ocasiones, ciertamente, como esa misma infamia del linchamiento en cuestión. ¿Delitos raros? Como Internet se ha convertido en el escaparate universal de la infamia, estamos viendo, en efecto, un día sí y otro también, multitud de sucesos que, al margen de su monstruosidad intrínseca, resultan extravagantes, nunca oídos, desconcertantes novedades, como pueden ser la alevosa quema de un indigente que dormía en un banco de la calle, el acoso de los pedófilos en la Red, las reyertas filmadas en el ámbito escolar o el ensañamiento de muchos criminales con sus víctimas, un repertorio que no se explica con el recurso exclusivo al delirio de las drogas, sino que apunta a un fracaso global de la seguridad. Una ocurrencia como la del padre alemán capaz de secuestrar en un zulo y durante lustros a su propia hija hasta formar con ella una familia paralela, obliga a plantear la reflexión en torno al progreso del Mal, con mayúscula, pero acontecimientos como el de la libertad prematura de De Juana, probablemente el mayor asesino de nuestra crónica negra, apuntan también directamente al fracaso de una organización social incapaz de defenderse ya incluso en estos supuestos-límite. Se están produciendo, en efecto, delitos que tal vez nunca pasaron de excepcionales y no es el menor de ellos la osadía narcisista de sus autores demostrada al publicar en Internet, para que todo el mundo pueda verlas en directo, sus demenciales fechorías. Y eso exige una explicación pero también una reacción, porque es posible que lo que haya que acabar lamentando sea el fiasco del ingenuo humanitarismo sobre el que nuestra generación de narcisos trató de reconocerse como en un espejo.

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Sin discutir en círculo, para empezar. No tiene sentido replantear o prolongar el dilema entre Hobbes y Rousseau, entre el principio de la maldad innata del individuo y el sueño de su bondad natural, del que debería habernos sacado para siempre la tragedia contemporánea. El hombre no es ni bueno ni malo, en general, sino el producto de su entorno, la horma de su cultura, el producto de su tiempo y es más que probable, para empezar, que ese entorno socializador resulte hoy peligrosamente favorecedor de las conductas desviadas. Me parece una sandez el debatillo inacabable sobre la influencia negativa del mensaje audiovisual, hoy masivamente tentador y hasta, si me apuran, auténtica escuela en que se imparte esa pedagogía anómica en la que la violencia es un valor corriente, no pocas veces constituido en el único contenido de ese mensaje. La misma repetición de los hechos brutales y la identidad de sus modelos, está descubriendo su índole imitativa, su carácter de ‘moda’ y, como toda moda, sometida a un imperativo de cambio y novedad que obliga, en fin de cuentas, a al sofisticación de las acciones. Sin desdeñar el factor personal, que tiene su lógica importancia, el hombre acaba siendo lo que se le enseña además de lo que se le permite. No se suele inventar la maldad y sus complejas técnicas, sino aprenderlas. Y está claro que no faltan hoy al educando lecciones sobradas en esta sociedad que ha logrado anular la brutalidad autoritaria sin compensarla mínimamente. Contra la opinión de ese policía, no se trata de “delitos raros” sino justamente de una tipología aberrante que reproduce, aumentada trágicamente en sus rasgos atroces, la cara de la sociedad en que vivimos. No busquen en esos malvados ninguna singularidad porque no son más que el ínfimo y fiel reflejo de la locura colectiva.

La paradoja del “régimen”

Dicen los arúspices que pintan bastos contra Chaves en la opinión pública. Tanto que, sobre un 60 por ciento de andaluces que califican de mala o muy mala la situación económica y un 70 por ciento que no confía para nada en él, el 42 por ciento considera al Presidente poco o nada capacitado para sacarnos del atolladero, razón por la que, por primera vez, lo “suspende” junto al propio ZP. Y sin embargo… Sin embargo, dicen los mismos vigías que, si hoy se celebraran elecciones, ese “incapaz” y “suspendido” en el que no confía bastante más de la mitad de la gente, volvería a ganar perdiendo apenas un punto y medio respecto a los pasados comicios. ¿Ven como lo de Andalucía sólo resulta explicable desde la perspectiva del “régimen” que controla los estómagos y las manos de los votantes? Si no lo ven, intenten solucionar esta curiosa paradoja.

La Colombina, un año más

No todo es efímero en Huelva, como dicen las malas lenguas, aunque no sin un punto de razón. Perseveramos poco, ésa es la verdad, por lo general, pero hay excepciones gallardas que bien merecen el respeto y el homenaje. La Real Sociedad Colombina Onubense, por ejemplo, es una de ellas, y crece de año en año, tras tantos de aislamiento forzado y abandono oficial. Ella –y el nombre de José María Segovia es obligado aquí por imprescindible- organiza el gran acto histórico de Huelva y una de las pocas celebraciones españolas en torno al “mayor acontecimiento que vieron los siglos”, y lo hace en un monasterio de La Rábida hoy intacto y siempre memorable. No creo que haya país en el mundo que dedique tan poca memoria a sus glorias pasadas. En Huelva, al menos, por mano de unos pocos, se salva ese disparate que es más bien una vergüenza.