El enemigo en casa

Otro susto de órdago a propósito del terrorismo organizado. Si el oscuro incidente de los etarras de Ayamonte demostró que la provincia es camino de paso para esos salvajes, el descubrimiento y detención de los islamistas de Al Qaeda en Lepe descubre el peligro que entraña para la seguridad de todos una inmigración masiva y mal controlada que incluye una minoría terrorista “durmiente” que vive, aprovechando nuestra hospitalidad, en el rellano de la escalera. Nadie es responsable de esa realidad, por supuesto, pero esta nueva experiencia debe alertar, sin alarmismos pero con severidad, tanto a la autoridad como a la población, porque es una realidad que el enemigo está en casa abusando de las mismas libertades e idénticos derechos a los que pretende atacar con saña. No hace falta ver fantasmas ni espiar por la mirilla para colaborar sin reservas con una autoridad a la que, por su parte, hay que suponer sobreaviso.

La mentira impune

Parece ser, por fin, que hay crisis. Lo admite ya entre dientes el propio Gobierno y el partido, aunque aún se agarre al eufemismo inútil de vez en cuando, como si pintar fuera querer. El bamboleante Solbes reconoce ya una inflación que auguró nunca se produciría en estos términos, fijando, nadie sabe por qué, incluso una fecha límite a su ascensión, y reconoce que, dados los resultados del trimestre, nos quedan unos meses duros, en los que impepinablemente creceremos bajo la temida barrera del 2 por ciento, que es donde el paro prospera. Incluso se adoptan medidas, siquiera simbólicas y forzadas, para esa “crisis que nunca existió”, paradoja que el profesor Manuel Lagares tratará de desentrañarnos el viernes en la “Charla en el Mundo” que abre la temporada de Punta Umbría. Sube el euríbor, crece la deuda hipotecaria, la caída del empleo no ceja, la contracción de la demanda obliga a abrir las rebajas partiendo ya de un descuento del 50 por ciento, sin contar las “promociones” que se han anticipado por su cuenta, aterrado el comercio ante el riesgo de sus stocks, pero el Gobierno permanece impasible, como si con él no fuera lo que dice ser una crisis “externa” y que, por tanto, ya resolverá alguien desde fuera. Poco a poco se permite deslizar la obviedad de la recesión, porque el político cuenta siempre con la acción erosiva del tiempo, pero es probable que a esa táctica  –favorecida por el cataclismo triunfalista de la Eurocopa—le aguarde un penoso verano y una “rentrée” temerosa. De momento, es la primera vez que un  Rajoy asaeteado desde su propio partido pasa por delante de ZP en una estima pública que probablemente comienza a tentarse el bolsillo. Cuando haya que devolver los préstamos que dicen que se están librando para salvar las vacaciones, más de uno se acordará del énfasis electoralista con se acusó de antipatriótico a cualquiera que osara abrir los ojos y decir lo que estaba viendo. Un par de meses y hablaremos.

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Uno de los enigmas de la opinión en las sociedades democráticas es la fragilidad del mensaje, la volatilidad del compromiso y, ya de paso, la insignificancia de la mentira política. Se recordará cuando ya no tenga remedio la vehemencia con que se le negó a la oposición la realidad de la crisis, pero lo que habría que explicar es cómo es posible que un electorado engañado con premeditación y alevosía no reaccione cívicamente con mayor energía cuando lo alcanza el recibo de la hipoteca, ha de recortar drásticamente la dieta familiar o suprimir el veraneo aparte de dejar el coche aparcado. La indulgencia generalizada de los ciudadanos con la mentira política reduce la democracia a un ejercicio formal en el que todo sacramento se agota en las liturgias, es decir, pone al descubierto la falacia esencial en que se basa la vida pública animada por una clase política que se cree incluso con derecho a engañar al elector negándole lo que le confirma su propia experiencia. Con el agravante de que esa mentira maniata al mentiroso impidiéndole actuar como sería imprescindible, es decir, adoptando unas medidas de choque evidentemente inconciliables con el despilfarro de su modelo electoralista. Justo es decir que tampoco la oposición/alternativa ha ofrecido acciones concretas a un Gobierno que, al margen de su sectarismo, es el de todos. Y qué acogida dan los mentirosos a esas propuestas cuando al fin sean formuladas, eludiendo, como es natural, toda referencia al pasado reciente. Pero los hechos han de seguir su curso y durante el propio verano, con los mandamases de vacaciones, irán desplomándose por aquí y por allá índices previsiblemente malos cuando no peores. Aznar y Rato se encontraron un país que no cumplía ni una condición para entrar en la zona euro y lo pusieron al día, ésa es la verdad. En esta ocasión, la catástrofe no encuentra enfrente resistencia ninguna. La mentira tiene estas consecuencias. Lo vamos a comprender a fuerza de palos.

Los ‘nuestros’ y los ‘otros’

No le falta razón al Ayuntamiento de Bailén (PP/Independientes AIB) para protestar pro la ausencia de la Casa Real en los actos conmemorativos de la célebre batalla, de la que es, evidentemente, responsable, en primer término, el poder ejecutivo pero también, todo hay que decirlo, el propio entorno del Rey. Que el Gobierno de un partido discrimine a los Ayuntamientos propios respecto de los extraños, es cosa más que asumida, pero que la Casa Real no tenga nada que decir cuando se la excluye –sin duda posible por ese motivo partidista—ya no está tan claro. Bailén lleva años suplicando esa presencia en la efemérides que este año celebra su bicentenario, un hito sin duda clave en la Guerra de la Independencia a la que la dinastía debe su destino. Se castiga desde un partido a un pueblo y eso no debe consentirlo la Casa del Rey.

Un birrete merecido

Con los doctorados ‘honoris causa’ se ha jugado irresponsablemente a desprestigiarlos, sin que los casos de Mario Conde y Carrillo sean, en este sentido, los únicos ni los peores. En el concedido por la Onubense a Víctor Márquez Reviriego ha ocurrido lo contrario, esto es, se ha elegido a un candidato sobrado de méritos, onubense irredimible con evidente crédito nacional, que es, por lo demás, un sabio de tan enorme bagaje cultural como probada discreción. Medio siglo de profesión lo han convertido en un referente mientras algunas de sus obras –sin olvidar la periodística—hacen de él uno de los escritores más serios de esta etapa más bien caprichosa en la que la mayoría de los homenajeados como él lo es hoy parecía que lo eran, no ‘honoris causa’ sino ‘iocandi causa’. La Universidad recupera para Huelva a uno de sus hijos preclaros. Por una vez el birrete honra tanto al que lo recibe como al que lo ofrece.

La España dichosa

Todos hemos podido verlo en directo y en diferido, en uno de los montajes más ambiciosos y efectivos de nuestra historia mediática. Millones de telespectadores, cientos de miles de manifestantes, fervorosos reclamos del patriotismo más visceral, vivas a España hasta en las Ramblas barcelonesas y en las calles de Bilbao. Todo el deterioro, la inmensa erosión causada por el autonomismo desmesurado y la tarea secesionista en el reconocimiento público de la simbología patriótica, ha desaparecido en unas semanas competitivas y en la gran fiesta abierta del triunfo final. Ningún término más repetido que “orgullo” –“Gracias, Dios, por ser español”, hemos llegado a escuchar–, ni el más mínimo condicionamiento del símbolo patriótico convertido en gustosa seña de identidad. El fútbol ha deshecho en un repente el descrédito emocional de esa identidad devolviéndole a la tribu su narcisismo perdido, un solo pero decisivo gol ha hecho más por el patriotismo devaluado por las viejas propagandas que todos los esfuerzos españolistas. La adhesión de la tribu es, naturalmente, irracional, y se expresa en un permanente proyecto competitivo que necesita triunfos para mantenerse en pie, y el orgullo funciona en ese entramado mental con la misma eficacia que la razón más fundada. Cuando en París se trabajaba por conseguir que la gran metrópoli tuviera un club capaz de concitar una adhesión multitudinaria, alguien dijo que a ver por qué los bretones iban a tener su orgullo y los parisinos no, es decir, que se concebía la “afición” como una respuesta real a un motivo simbólico, una respuesta probablemente más eficaz y contundente que las buenas razones. Los separatistas se han equivocado al atacar el sentimiento de identidad que el éxito ha potenciado hasta el delirio. Cuando el melón de Urkullu ha hablado con desdén rencoroso de “la selección dichosa” no sabía que, en efecto, la dicha de la tribu puede recomponer el puzzle del patriotismo en un pis pas.

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A la idea de que los grupos humanos se fundan sobre la violencia primordial conviene añadir que la identidad que los cohesiona y hace funcionar suele alimentarse de un ideal competitivo. Se pertenece orgullosamente al grupo por considerarlo superior, el mejor en algún sentido, lo cual implica y exige un cierto nivel de éxito, y eso es precisamente lo que se desborda cuando la política logra reconducir esa competitividad sublimada hacia formas de violencia expresa. Hay una guerra en la paz que es la competición: ésa ha sido la fórmula inconsciente que ha salvado de desastres aún peores a nuestra civilización. Por eso la simbólica y el montaje deportivo es tan bélico –“¡A por ellos, oé…!”, es un grito de carga militar—y por eso también tiene en ellos tan destacado lugar la liturgia propia del enfrentamiento y, en consecuencia, el delirio de la victoria. El domingo, España ha reparado su esqueleto simbólico de manera decisiva, dejando en evidencia lamentable a los rencorosos que, desde dentro, apostaban por su derrota olvidando que la victoria cautiva sin remedio a la mayoría. Hubo un proverbio romano muy popular –más o menos derivado de un lugar de Cicerón y del que todavía se hace eco Flaubert—que expresaba esta idea con claridad rotunda: “Ubi bene, ibi patria”, la patria está allí donde reside el bien. Pero sin olvidar que el imaginario patriótico se nutre de la idea de sacrificio de tal modo que en el “agon” del deportista la tribu ve el heroísmo del guerrero y en la copa levantada en triunfo la cabeza cercenada del enemigo también imaginario, de cualquier enemigo, en definitiva, del vencido imprescindible para alimentar la conciencia del vencedor. Es muy curioso entrever en los viejos epinicios olímpicos esconderse, por debajo de la corteza lírica, la imaginería de la guerra. La vida de los pueblos es una guerra que se pierde o se gana. Tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz.

De rebajas

Hoy se abren las “rebajas” en el comercio, que se anuncian espectaculares, si hemos de creer a los propios comerciantes. Se anuncia que desde el primer día los precios llegarán disminuidos en un 50 por ciento y que, en días sucesivos, se irá generalizando este margen, como respuesta a la clara recesión del consumo: no se vende una escoba. Por su parte la Junta se (nos) ajusta también el cinturón pensando ya en un restrictivo Presupuesto para el 2009 que podría proyectarse incluso por debajo del IPC. ¡Con que no había crisis, eh! Alejadas ya las elecciones, el propio Chaves y los responsables económicos hablan ahora de la coyuntura con un realismo verdaderamente cínico que nos permite preguntarnos hasta qué punto han retardado su reacción por motivos estrictamente electorales. De lo que no cabe dudar es de que se ha engañado a conciencia a los ciudadanos al insistir en la normalidad de una situación de la que, a estas alturas, nadie tiene ni idea de cómo podremos salir.