Mérito y gasto

Habrá que aclarar, para que nos tomen el número cambiado, que las eventuales críticas formuladas sobre el tinglado de Barenboim que paga la Junta de Andalucía no cuestionan ni el objetivo, nobilísimo por más que inalcanzable, ni la maestría de un intérprete consumado y excepcional ejecutante. Sería de tontos discutir el pretsigio de esa operación publicitaria que Chaves se ha montado, pero no lo es tanto, a mi juicio, cuestionar si una comunidad autónoma que tiene en práctica bancarrota su Servicio Público de Salud (el SAS) o no puede pagar su parte para aplicar la Ley de Dependencia, aporte 9 millones que ya podría pagar el Gobierno de todos o fraguarse en torno al mecenazgo. Barenboin hace bien no mirándole el color al dinero que le largan. Es Chaves quién debe explicar por qué se gasta lo que no tiene (tenemos) en un gesto digno… de quien tenga posibles.

Bajo mínimos

En plena canícula, cuando teóricamente al menos, más complicado es de regir el internado de enfermos nerviosos, al SAS no parece habérsele ocurrid otra cosa que “amortizar” las suplencias de los celadores que vigilan y protegen a los internos peligrosos del hospital Vázquez Díaz, dejando al personal sanitario abandonado a su suerte y al albur de cualquier eventualidad desagradable. No se concibe tanta dejadez o tanta audacia, entre otras cosas porque, como han advertido los sindicatos más próximos, los riesgos de incidentes son altísimos e incontrolables, lo que convierte aquel abandono en pura temeridad. Claro que por encima de Salud está la delegación del Gobierno, que bien podría suplir con su autoridad semejante ocurrencia, en evitación de que, como consecuencia de ese insensato ahorro, pueda ocurrir algo irreparable.

El cascabel y el gato

Los jueces españoles se están portando en materia de persecución de delitos de lesa humanidad cometidos en países lejanos. En unos más que otros, es verdad, pero en todo caso en respuesta a acciones interpuestas por partes que se consideran concernidas por los hechos, como ocurrió cuando el juez Garzón tuvo la grata osadía de emplazar a Pinochet o cuando otros ropones han procesado en firme a algunos torturadores argentinos. Nuestros jueces están habilitados por la Ley Orgánica del Poder Judicial para investigar ese tipo de crímenes perpetrados fuera de nuestro territorio siempre que, como suele ser el caso, su enjuiciamiento no resulte posible en los países de referencia, lo que, no se puede negar, ha dado lugar a una curiosa escena en la que el ropón aparece tan exigente como inerme. Estos mismos días, un juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, le ha metido mano nada menos que al Gobierno chino en las personas de su ministro de Defensa, del ministro y viceministro de Interior, amén de algunos jefes militares, comisarios y miembros del Politburó, por un presunto delito contra la Humanidad cometido en el Tibet y en el que habrían perdido la vida unas doscientas personas y desaparecido cerca de seis mil. Extraordinario gesto, sin duda, espectacular pirueta que encaja como el guante a la mano en la fábula del cascabel y el gato, porque, en el caso improbable de que prosperen estos papeleos, ya me dirán quién es el menda que reclama esas extradiciones al “gigante asiático” (¿no se dice así?) y sobre todo qué le va a contestar ese gigante al lejano manguitos. Es curioso, sin embargo, que nadie quiera oír hablar siquiera de procesar a Kissinger, tantas veces denunciado, y más todavía que tiranos como Mobutu, Kabila, Amín, Bocassa y tantos otros hayan encontrado posada y agasajo en Occidente, que ha cerrado los ojos mientras les abría las puertas de la caja fuerte. No cabe la menor duda de que estas intervenciones peregrinas de nuestros jueces tienen un componente mediático esencial.

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Los españoles que hayan leído esta noticia se preguntarán, en todo caso, de dónde sacan el tiempo extra los administradores de una Justicia que está literalmente desbordada hasta el extremo de carecer de capacidad para ejecutar sus propias sentencias dictadas, por lo general, tras plazos inadmisibles, y que deben aviárselas entre legajos amontonados, a veces en los lavabos, con la frecuente ayuda de un personal interino al que es preciso adiestrar antes que nada en un oficio que desconocen por completo. ¿Tiene sentido que un condenado pendiente de ejecución de sentencia rapte y asesine  una niña mientras nuestra Justicia se luce por chicuelinas empapelando a la ‘nomenklatura’ china, lo tienen esos legajos tan loables como inútiles en tanto la justicia ordinaria, por decirlo así, avanza lentamente como la tortuga del aforismo medieval? ¿Lo tiene esta “Justicia ficción” –tan digna y loable, ya digo—que sabe de entrada que está garrapateando sus razones sobre papel mojado porque los procesados son, por definición, inalcanzables? ¿Cómo imputar a Jiang Zemin, cuando ese pragmático bárbaro ha sido recibido y honrado a tope por los jefes de Estado de toda la culta Europa, incluyendo el nuestro? El cascabel y el gato, las declamaciones en el vacío, los alegatos para la galería y la ‘buena conciencia’, mientras un inocente acaba de salir de la cárcel tras trece años de injusta prisión o los Altos Tribunales han decretado que dos estafadores se queden con el botín por un quítame allá esas pajas procesales? Es un poco aquella tenoriada de “amenazar a un león con un mal palo”, la conclusión de la fábula esópica que ha rodado de siglo en siglo confirmando su razón. Yo respeto a tope al juez Pedraza, pero me pregunto hoy si no tendrá nada mejor que hacer que esta proeza imposible.

El test de la vendimia

Dirán lo que quieran, pero que más de siete de cada diez vendimiadores entre los que se desplazan a Francia cada año procedan de Andalucía es una prueba irrefutable de que aquí las cosas van peor que por ahí y peor, incluso, que iban aquí mismo no hace más que un año. Esos parias percibirán el salario mínimo interprofesional de crecimiento (SMIC) que viene a ser, más o menos, la mitad de lo que cobra un trabajador francés, y habrán de aviárselas con las condiciones laborales y de subsistencia impuestas por los empleadores, es decir, como en los viejos tiempos. La “Andalucía imparable” emigra ya en masa a los distritos franceses ni más ni menos que los africanos recalan en nuestros campos, lo que constituye un test poco alentador, porque resulta que nuestra “modernidad” se reduce, a la hora de la verdad, a disponer de mano de obra barata. Un test para tener en cuenta y rebajar muchos humos, por no decir todos.

Agamenón y el porquero

No sé por qué se “encrespa” la señora Parralo porque el alcalde diga que el proyecto de Isla Chica se ah venido politizando pro el PSOE desde hace mucho y que estaría terminado si no hubiera sido por ello. Y digo que no lo sé porque pocas cosas tan evidentes como el boicot forzado a ese proyecto, incluyendo hasta el temerario recurso a la imputación penal del alcalde que resultó chasqueada por el TSJA, y sin olvidar la tremenda y larga campaña seguida contra el Ayuntamiento por tierra, mar y aire con la visible intención de que la importante reforma urbana no pasara a engordar la alforja de éxitos municipales. Le costará trabajo a Parralo encontrar onubenses que se traguen ese cuento. Hoy sabe hasta el último mono que Isla Chica la va a hacer el Ayuntamiento “a pesar” del PSOE.

Más vale tarde

Un senador perteneciente al ala izquierda del PSF, Jean-Luc Mélenchon, se ha encargado de poner la nota disidente en medio del coro de lamentaciones por la muerte de Soljenitsyne, al que ha calificado de derechón, mimado de Occidente, tradicionalista y profeudal, homófobo, antisemita y no sé qué más. No vamos de dejarlo en paz ni después de muerto. Recuerdo mi primera lectura parisina del “sospechoso” (“Un día en la vida de Iván Denissovicht”, allá por los primeros 60, en pleno deshielo de Krustchov) que nos dejó empinadas las orejas por su tremenda denuncia de la represión soviética stalinista, y mucho más tarde, ya al filo de los 70, la noticia del Nobel que acabó por convencer  a la progresía de la realidad de una defección de la que no logró sacarnos poco después al lectura del “Archipiélago Goulag”, a pesar de su conmovedora narración. Un día, en casa de Arnoldo Liberman, me dijo Artur London si salirse de su bondadosa naturalidad: “Bueno, pero si tan claro tienes que este hombre es un traidor, ¿por qué te fías de mí?”. Siento todavía la turbación que me produjo la mirada clara London, la sonrisa socarrona de Lise, su mujer, y la violencia de aquella trampa moral, tan merecida, tan justa, que me tendía aquel otro superviviente de una locura que la propaganda nos impedía discernir. Realmente hemos pagado cara nuestra buena fe aunque me parece que no se trata tanto ahora de flagelarnos por los viejos errores como de compadecernos a un tiempo de todas las víctimas, incluyéndonos nosotros mismos. Vean, sin embargo, como el peso de la conciencia impuesta (estoy hablando de Cultura, no confundir) tiene largo recorrido y ni siquiera la evidencia y hasta la universalización de la crítica bastan para desmontar sus tinglados ideológicos. Buen momento, la muerte de Soljenitsyne para reconocer que han hecho con nosotros, generacionalmente, lo que han querido, pero también para decir alto y claro que nadie nos puso una pistola en la cabeza. Seguro que él lo comprendería.

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Cada generación responde a su mitologema, se mueve dentro de él respetando sus límites, fiel a su dogmática y, en ese sentido, no me parece justo que el juicio sobre las generaciones se haga en vacío, sin tener en cuenta este condicionante radical que casi equivale a una ‘determinación’. Soljenitsyne fue para nosotros –hablo de la izquierda generacional, del progresismo en términos generales– el símbolo de la defección a pesar de los muchos indicios de honestidad que nos fue dando, de modo parecido a como Pasternak nos había confundido favorablemente con su equívoca renuncia al Nobel doce años antes, o como Evtuchenko nos había desconcertado con sus versos blancos. Con la locura de Vietnam encima y la Guerra Fría martilleándonos a golpe de ‘007’, es posible que no quedara al radicalismo juvenil otra opción moral que ésta de cerrar filas y, lo que  es peor, de cerrar los ojos. Al fin y al cabo, un tipo como Aragón había sostenido no hacía tanto que el saber biológico debía someterse a la ortodoxia política y no éramos nosotros nadie para enmendarle la plana a él o al propio Sartre que en “Situations”, sobre todo en la ‘Teoría del militante’,  nos había dado un catecismo seguro. Vivimos aquel tiempo atrapados por nuestra libertad, en cierto modo esclavos de un sentido del deber hoy seguramente ininteligible para las nuevas cohortes que con su apoliticismo están poniendo en peligro –ellos sí que sí—su libertad esta vez auténtica. Pero nunca es tarde. Hoy, tras nuevas lecturas del ‘Goulag’ y del viejo Denissovitch, lejana ya la amable censura de London, me siento incómodo ante la paliza del senador francés que, en tiempos, seguro que se me habría quedado corta. No hay como vivir para comprender. Y para entender que nunca es tarde para aceptar el error y restituir el juicio. El difunto me habría comprendido, ya digo. Este ‘incorruptible’ del PSF, me temo que no.