Gatopardo onubense

Es preciso que todo cambie para que todo siga igual, decía el vizconde de Lampedusa, o sea, el “Gatopardo”, mentor desconocido pero eficaz de tantos políticos. El relevo de Barrero por el bachiller Jiménez es otra de esas comedias programadas para escapar de las apariencias, por más que el que se va insista en que se va de verdad, y por más que el que llega crea o finja creerlo. Con aquel tras el telón y doña Petronila a pie de obra, el PSOE de Huelva estás en manos de los mismos que no cumplen ya el cuarto de siglo en el poder y este relevo no es más que un número que, por lo demás, ni aporta ni deja de aportar a la degradada realidad política onubense. No hay mejor continuismo que el relevo ficticio, lo que no quiere decir que siempre esté garantizado. Ya puede tensar las riendas Barrero, si no quiere que le cualquier día le hagan a él lo mismo que él le hizo a sus predecesores.

Comer por el ojo

En los tiempos en que trabajé en el ministerio de Agricultura, un amigo subdirector de la cosa y conocedor de mi juvenil afición a la comida americana, entró un día en mi despacho y puso sobre mi mesa un pequeño dossier. “Anda, tío, léete esto y luego haz lo que quieras”, me dijo enigmáticamente antes de cerrar la puerta tras de sí. Era una normativa o reglamento sobre la composición de la hamburguesa (mínimos y máximos permitidos, se entiende) que leí, en efecto, atentamente con un resultado rotundo: no volví jamás a un ‘burger’. Estos mismos días nos enteramos por los periódicos europeos (‘La Repubblica’, sobre todo) que unas cuarenta empresas productoras de lácteos –inglesas, alemanas, austriacas e italianas— han comercializado nada menos que 11.000 toneladas de queso podrido o caducado que, a continuación, ha sido “reciclado” en otros productos tras un proceso de mezcla y mejora con otros frescos que ha reportado a los defraudadores  una auténtica fortuna. Es escalofriante el informe sin concesiones que ha sido publicado y en el que se precisa que los quesos en cuestión estaban podridos además de contener gusanos, heces de roedores, plásticos y hasta pequeños trozos de metal antes de ser rehabilitados en productos legales y devueltos al estante del súper, repugnante negocio cuyo beneficio calcula el periódico mencionado en cientos de millones de euros. En Gran Bretaña, por su parte, la Corte Suprema ha propiciado que las famosas “pringles’ que entusiasman a la ‘basca’ se vean libres del impuesto del IVA al dictaminar que, contra toda apariencia y propaganda, en realidad, esas delicias no son, como aparentan, patatas fritas, sino una estudiada mezcla industrial de harinas de trigo, maíz y patata, junto a féculas diversas, grasas, emulsionantes y sazonadores varios. De poco ha servido, como se ve, el reglamento de la UE que el año pasado trató de plantarse frente al fraude que supone esa publicidad engañosa que anuncia, por ejemplo, las imaginarias virtudes de los bífidos en los yogures o las leches con Omega 3. Hay algo más crédulo que el hambre y es la novelería.

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La influencia ejercida sobre la opinión en una sociedad mediática funciona igualmente en el terreno político que en esas parameras del consumo donde el espejismo propagandístico tiene casi garantizado el éxito. Masas enteras consumen lo que les es propuesto sin que la sociedad de masas haya sido capaz de disponer unos controles medianamente eficaces contra un fraude que ni siquiera se disimula y que, ni en ocasiones como ésta del fraude de los lácteos, es capaz de reaccionar hasta que el estropicio ya se ha perpetrado y repartido los dividendos. Porque si bien ha denunciado la prensa los detalles de la asquerosa operación, no hemos oído hablar de sanciones severas que, ante casos y situaciones como la descrita, a mi modo de ver, deberían ser no sólo ejemplares sino confiscatorias. Cada vez hay más indicios de que el fraude alimentario resultará progresivamente inevitable, como cada vez está más a la vista que sus productos serán destinados a los sectores de consumidores menos protegidos. Me aseguran que es ya un hecho generalizado entre nuestros inmigrantes y entre los propios indígenas menos favorecidos, el consumo de alimentos rebajados a causa de su caducidad que se ofrecen sin tapujos, a la vista de todo, en infinidad de comercios irresponsables y, lo que es incomparablemente peor, impunes. El gigantismo de nuestras sociedades no evoluciona acompasado a los imprescindibles instrumentos de control lo que, en el fondo, supone una confortable excusa para las Administraciones cuya es la responsabilidad política. No ocurre nada, o casi nada, por colocarle al consumidor inocente queso podrido reciclado hábilmente. No debía de ser del todo incierto el brutal adagio español de que “lo que no mata, engorda”.

Ya escampará

Vamos a irnos de vacaciones con la crisis campando por sus respetos –los datos que van llegando son perores cada día—y sin adoptar una sola medida seria para hacerle frente, en buena media porque Chaves parece decidido a ir a remolque del Gobierno y hacer del mimetismo su única estrategia. El paro puede ser tremendo cuando, tras la campaña de verano, llegue el bajó otoñal y los ciudadanos deban volver a la vida cotidiana que el verano interrumpe, pero la Junta no ve necesario hacer nada aparte de esperar a que amaine y pase por fin una crisis con todas las de la ley a la que hay expertos que auguran una duración que alcanza hasta los cinco años. Sin ideas, con un gobiernillo de “suplentes” y mano sobre mano, es probable que la autonomía vaya a vivir estos tres meses su periodo más crítico.

¿Asambleas para qué?

IU tiene una difícil problema en Bollillos, el pueblo del coordinador general, Diego Valderas. Expulsar a los ediles que han realizado lo que decidió la Asamblea sería tanto como descalificar a ésta, aparte de que si la cosa acaba en los Juzgados, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Se comprende el mosqueo de Valderas, su fracaso íntimo, pero mientras se mantenga, aunque sea de aquella manera, la representatividad y la democracia interna de las Asambleas, no respetar sus decisiones es absurdo. Ya en Valverde le costaron caros a la coalición los trajines del ‘bienpagao’ que salvó a Cejudo, se forró personalmente y rompió la organización. Otro tanto o peor le podría ocurrir a Valderas en Bollillos si persiste en su actitud.

El saber fragmentado

Tropiezo con la queja doliente de un profesor a propósito de la crisis del libro, que el supone –dándola por demostrada– la causa mediata del fracaso docente y, más allá de éste, de la debacle cultural fácilmente comprobable en las nuevas generaciones. Según él, no habrá de mantenerse en pie mucho tiempo un sistema educativo que casi ha prescindido de los libros para sustituirlos por los dudosos apuntes de clase, consolidando la sustitución de las fuentes, en el mejor de los casos, por breviarios pirateados en la fotocopiadora. Son las copisterías las que progresan, no la educación ni el saber –dice el cuitado–, que calcula con los dedos de las manos los años que aún podrán resistir en pie estos trajines subculturales tras los que la educación resplandecerá solitaria en su cielo haragán. Podría ser, por qué no, sólo que el debate sobre los instrumentos de la enseñanza es tan antiguo que algunos historiadores de la educación nos recuerdan la severa prohibición de los apuntes decretada en la universidad de Coimbra hace más de dos siglos así como la censura de nuestro excepcional bibliógrafo Menéndez Pelayo que a ellos atribuía, más que a cualquier otra causa, “la reducción del horizonte del saber”, perceptible ya en su tiempo. Dando por aceptable el fondo de esa queja, debo decir que no estoy de acuerdo con el detalle, en el sentido de que la realidad es que hoy resultaría impracticable un plan de aprendizaje basado en el estudio directo de las fuentes, ciertamente inabarcables, sea cual sea el campo elegido. De ahí que algunos profesores laboriosos preparen antologías de breves textos claves que faciliten al aprendiz un primer contacto tras el que, eventualmente, podría surgir el interés por el conocimiento directo de las fuentes, una técnica no poco lógica pero que, en efecto, contribuye a la crisis del libro generalizada, paradójicamente, en una sociedad que consume esos ingentes centones encaramados sin remedio en los ránkings de libros más vendidos. Si don Santiago no comulgaba siquiera con “los llamados libros de texto”, un profesor actual debe conformarse con administrar el saber a la ‘basca’ en dosis homeopáticas.

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Hay quien dice, a este respecto, que siempre nos quedará Internet, esto es, un instrumento de acceso rápido al saber, capaz de facilitarnos, en unos segundos, noticia de la materia que sea, estableciendo una cultura de urgencia que tiene no pocos riesgos junto a sus evidentes ventajas, pero que, sin duda también, tiene que contribuir a fragmentar el saber, a ‘desistematizarlo’ si me permiten la expresión, a dotar a todo conocimiento de una autonomía imaginaria que liquida el ideal de “sapientia” en que tradicionalmente se basaba la esperanza de alcanzar algún día una inteligencia unitaria de la realidad. No creo que haya signo más característico y elocuente del conocimiento actual que esa fragmentación que parcela el saber, demotizándolo en cierto sentido, es cierto, pero también descoyuntando la cultura hasta extremos cuya gravedad hoy no creo que estemos en condiciones de predecir. Por supuesto, eso sí, que semejante modelo de aprendizaje no es la causa sino el efecto de nuestro  modelo de sociedad, dicho sea en el sentido en que John D. Bernal explicó el paradigma científico en función de la necesidad social. Y nada expresa mejor esa limitación de la exigencia pedagógica que la nota de “suficiente” con que el sistema califica el saber raspado, nota que ilustra la estrategia de desarme crítico que emplea la postmodernidad, probablemente como medida instintiva de autopreservación. En plena ascensión  burguesa, Flaubert dudaba de que habiendo leído cinco o seis libros solamente se pudiera ser sabio. Hoy el sistema no descarta fabricar una sabiduría a base de retales ensamblados, compatible con el vértigo vital y útil al designio de desarmar la crítica a toda costa. El ideal no lo dibuja hoy Leonardo sino Arcinboldo. Y así nos va.

Elocuente imprevisión

La designación de Mar Moreno como miembro de la ejecutiva federal del PSOE deja vacante, casi sin estrenarse, la consejería de Obras Públicas, lo que plantea el grave grado de improvisación de un proyecto autonómico para el cual quien sea titular de la consejería inversora no parece tener importancia o, en cualquier caso, es evidente que está supeditado al interés de partido. Habremos perdido otro año en ese departamento venido a menos que no ha levantado cabeza –“casos” aparte—desde que Montaner lo convirtiera en el instrumento básico de una Administración autónoma con poquísima experiencia de gestión y carente aún de imagen propia. Ahora, como se ve, dan igual tres que trescientas, lo que constituye una clara señal de la importancia menguante de la inversión autonómica. Tampoco Moreno tenía mucha idea de gestión, que digamos. Veremos si, al menos, la tiene el improvisado sustituto.