El alma en vilo

El buque encallado en Gibraltar –es decir, en nuestra costa– podría hundirse en cualquier momento con sus quinientas toneladas de combustible a bordo y sus 29.000 de chatarra. La autoridad de la colonia británica ha decidido suspender los trabajos de extracción ante ese riesgo y las españolas parece que se mantienen al margen, más o menos dispuestas a verlas venir. No es dudoso que cualquier día ocurrirá en la bahía algecireña una catástrofe y ello es lo que convierte en incomprensible que el Gobierno español no haya adoptado todavía un plan adecuado por si ocurre (o “para cuando ocurra”) lo peor. Chaves fue una vez a manifestarse a la zona, ni qué decir tiene que contra el Gobierno rival. Ahora, aunque se llegue a ver un ejemplar en ella, verán como sigue de vacaciones como siguió cuando ardió el monte entre Huelva y Sevilla. Vivimos de milagro. Y encima, como el Gobierno es “amigo”, ni siquiera tendremos derecho al pataleo en plan gallego. Un chatarrero encallado: no es mal logotipo para la “Segunda Modernización”.

Ahora el PA

Tienen suerte el PSOE onubense con las crisis ajenas, en tantas ocasiones tapaderas de las propias. Como si nada ocurriera en Bollulos, en Almonte, en Cartaya o en la propia capital, esta vez llega el PA dispuesto a hacer el gasto y cargar con los titulares que, muy probablemente, van a ser una losa sobre su cada vez más profunda fosa política, difícil de levantar. Y todo por un escaño en la Diputación, a ver si nos dejamos de cuentos, lo que prueba una vez más que lo único que garantiza la coherencia de estos partidos ganapanes es la abundancia de cargos a repartir. En ninguno de los pueblos mencionados, ni en otros que no se mencionan, correrían como corren aires de fronda si los “aparatos” tuvieran poltronas y sueldos para todos los pretendientes. Esta es la triste realidad de la partitocracia y esta la razón de su divorcio del interés público. Lo de Isla se arreglaba con un par de escaños más para los andalucistas. Ya me dirán si no es lamentable que haya que decir estas cosas.

La brecha cerebral

De nuevo salta a titulares el tema de la inteligencia animal, por supuesto referido a la del primate, a la presunta capacidad del simio (y en concreto del mono) para aprender funciones intelectuales como leer o escribir. Viejo asunto, me temo que sin solución desde que hace muchos años, atraídos por Edgar Morin, asistiéramos en el Centre Royaumont a las porfías entre los esposos Premack y los Chomsky, los Monod o los Piaget. Ahora estas cosas vienen sucintas en Wikipedia, me figuro, pero entonces lo que trataban de inculcarnos era que esa experiencia del aprendizaje reforzaba el parentesco intuido entre las especies y, en consecuencia, la virtualidad de un relativismo que adquiría estatuto científico. Luego ha habido mucha literatura (hasta donde pude seguirla, me refiero a Ehrlich, R.Dawking o Cohen) pero también ha crecido sin remedio el escepticismo porque nadie, en realidad, ha logrado superar las pruebas “demasiado elementales” (Monod) que tendían a traducir a términos científicos ciertos movimientos de fichas de colores que, con el tiempo, se desinflaron hasta perder su interés. Hay una “brecha cerebral” insalvable entre el hombre y el mono, nos dice hoy el mismo Premack inclinado sobre el microscopio más que pendiente de la jaula, un ‘gap’ que no permite igualar las capacidades de las especies ni siquiera por la base, pues parece entenderse al fin que una cosa es distinguir ‘instintivamente’ determinados hechos o relaciones y otra muy distinta “construir” de manera inteligente teorías del acontecer. Un mono “educa” a su prole, le enseña a evitar el alimento nocivo o a acechar con engaño a su presa, pero eso poco tiene que ver con la capacidad que el hombre tiene de organizarle la vida a los demás, incluido el pobre mono, y lo que es peor, el pobre hombre. Me gusta recordar aquella era ilusionada –con mis Lorenz, mis Tinberger, mis Torpe–, cuando la esperanza era todavía enteriza y buscábamos revolverlo todo para bien empezando por el zoo.
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Lo que sigo sin tener claro es que esta superioridad zoológica pueda traducirse en términos jerárquicos, por decirlo así, es decir sirva para sustentar la teoría de la inferioridad del animal. Tomen el caso de la actitud ante la muerte. No está claro que la intención del coleóptero que entierra el cadáver para desovar sobre él se explique sólo por razones utilitarias, y sí lo está, por el contrario, que incontables especies huyen despavoridas ante su presencia, pero no más que primitivos como los senoi o los takkui mayalos y, por descontado, que la inmensa mayoría de los homínidos, como creo recordar que explicó Teilhard. El animal –el caso del elefante es conocido y emocionante– rechaza y se rebela contra la muerte pero se limita a evitarla poniendo tierra por medio, que es cabalmente lo que hace el hombre cuando el caso llega. También desde las pateras que navegan a la deriva, los inmigrantes desesperados echan al mar a los que mueren no con el rito honroso de la marina sino con el gesto elemental del superviviente, lo que tal vez sugiera que la famosa “brecha” no sea tan profunda, que no andemos tan lejos del denostado primo/primate, diga lo que diga la observación neurológica, insista en lo que gusten, lo mismo el creacionismo reaccionario que el optimismo animalista. A lo peor no se trata tanto de igualar, por abajo, al mono con el hombre como de significar, por arriba, nuestra proximidad al mono, de captar ese “ruido de fondo” que, como el del universo, nos llega difuso pero constante procedente de un ‘big bang’ zoológico que, evidentemente, no pudo ser tan elemental como pretende el ‘Génesis’. Once criaturas dicen que han arrojado al mar desde la última patera estos altos primates sin papeles, olvidados sin compasión por sus avanzados primos. Quizá no seamos tan diferentes, después de todo. No hay brecha que valga, por lo visto, en medio del mar.

Justicia no se entera

No puede ir más a lo loco la consejería de Justicia, de varapalo judicial en varapalo judicial, de crisis en crisis, de traspié de la consejera en traspié de la consejera. Esta vez es el TS el que refrenda la decisión del TSJA de anular el artículo de la orden de María José López que establecía el régimen de control de los funcionarios de Justicia, a los que esa elefanta en cacharrería agravió de entrada asegurando que, cuando ella llegó a la poltrona, la Administración de Justicia presentaba una “situación salvaje”. Sin entrar en el asunto, lo que está claro es que la consejera López ha chocado frontalmente con los funcionarios, mantienen graves diferencias con vastos sectores de jueces y fiscales y ha purgado de manera sin precedentes su organigrama de altos cargos con los que tampoco se entendía. ¿Es lógico mantener un servicio tan fundamental en manos de una persona que chica con todos y no se entiende con nadie? Con las elecciones a la vuelta de la esquina, a Chaves lo salvará una vez más la campana.

Fuegos artificiales

Me parece que se ha juzgado en régimen sumarísimo (y no desde El Mundo, a salvo alguna opinión privada) el caso del incendio de los baldíos de Niebla en el que aparece como imputado el gran ausente de la oposición municipal del PSOE, el arquitecto Andrés Bruno Romero, es decir, el “ARM de Valverde” que la Policía Autonómica denunció en un comunicado que no se inventó la prensa. Lo digo porque –al margen de las responsabilidades que pudiera tener AMR, y esas las decidirá el juez– no cabe duda de que quien se ha ido de ligero ha sido ese informador, como no cabe duda de que si el monte no estaba en condiciones (como no lo está la inmensa mayoría de los nuestros) algo tendrá que decir, digo yo, la ‘delega’ de Medio Ambiente, el emporio Egmasa y demás, que son quienes tienen la obligación eternamente incumplida de limpiar los campos. Sin olvidar que el día del incendio en cuestión estaban en huelga los retenes provinciales, lo que, sin duda, da que pensar. Que peche ARM, por supuesto, pero que le ayuden a llevar esa cruz todos esos que lo han dejado tirado.

La fruta podrida

Suele repetirse con frecuencia, al hablar de la corrupción, la idea lanzada por Diderot de que hay pueblos, como el ruso, en los que los individuos se pudren incluso antes de madurar. Es la visión esencialista que vincula virtudes y defectos al ‘ser’ colectivo despreciando la evidencia del papel que en toda sociedad y en todo tiempo han desempeñado las circunstancias, pero a pesar de ello ésa idea ha medrado lo suyo en el pasado tanto como hoy, con el agravante de que no se trata sólo de hipótesis foráneas, lanzadas desde la distancia sobre gentes lejanas, sino de actitudes mantenidas por los propios afectados desde dentro de las propias comunidades, en no pocas ocasiones, como es natural, con sus buenas razones. Una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), por ejemplo, ha dejado en claro que el tópico de la corrupción generalizada se sostiene sobre el convencimiento masivo de los españoles de que “casi todos” los políticos (es lo que cree y declara más de la mitad de los encuestados) y no sólo casos aislados, como han pretendido siempre los partidos, viven inmersos en la corrupción, criterio desmesurado que, aparte de ofender a muchos próceres honestos, no tendría siquiera sentido funcional. No hay que bucear demasiado en la información para tropezarse con opiniones semejantes, no diré ya en Italia, donde la evidencia justifica sobradamente el prejuicio, sino en países tan diferentes como Corea (del Sur) o Indonesia, la propia Francia o Marruecos, reinos todos ellos de la desconfianza ciudadana frente a una “clase política” tan inevitable como desprestigiada. En los EEUU, a propósito de la crisis de las hipotecas, otra encuesta solvente ha averiguado que más de la mitad de los analistas encargados de prevenir riesgos al inversor dentro o fuera de Wall Street, admiten aceptar de modo habitual relaciones peligrosas difícilmente discernibles de la pura corrupción. Parece claro que el debate sobre la inevitabilidad de la corrupción tiene pocas posibilidades de cerrarse de modo decoroso en el ámbito del capitalismo postmoderno.
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Nadie puede discutir que el agio y las prácticas corruptas han acompañado al hombre a lo largo de toda su historia hasta el punto de que no ha faltado algún distinguido teórico que los incluya entre los rasgos invariantes del carácter de la especie. Pero es de temer que lo que ocurre en nuestro tiempo haya que verlo desde la perspectiva de la enormidad de un negocio que resulta difícil concebir en limpio en manos de unos gestores que ven pasar por ellas a raudales las inmensas fortunas ajenas. Por lo demás, siempre estuve convencido de que la corrupción efectiva de los pocos se afirma sobre la corrupta permisividad de los muchos, dicho sea en el sentido que ilustra aquella brillante sentencia de algún novelista francés que sostuvo que la mayoría de las críticas cívicas contra la corrupción recuerdan, pero que mucho, el puntillo de honor de los pícaros. Siempre recuerdo haber leído a un  opinador, cuando lo de Juan Guerra, que cualquiera en el lugar de aquel cuitado hubiera procedido igual, y lo hago por no tener que airear de nuevo que fue el propio ministro de Obras Públicas, Josep Borrell, quien en lugar de empeñarse en el combate contra las mangancias, se limitó a recomendar a los empresarios que no cedieran ante los chantajes provenientes ¡de la Administración! No, evidentemente, no podemos extrañarnos de que la muchedumbre silenciosa desconfíe a tope de sus representantes legítimos, pero eso no resuelve el problema sino que la agrava hasta un nivel desconcertante. Y no vale cuestionar qué puede considerarse podrido frente a lo que podría ser tolerado. Faulkner dijo una vez que no basta con enfrentarse a la corrupción a toro pasado sino que sería preciso hacerlo antes de saber siquiera qué es. Nuestro problema es que aquí nadie se enfrenta a ella ni teniéndola ante las narices.