Confiar en el sudoku

El presidente de la autonomía andaluza, Manuel Chaves, respalda el plan del “Gobierno amigo” para resolver el “sudoku killer” de la financiación de las comunidades. Dice que esos tres meses pedidos/concedidos por ZP a Cataluña son suficientes para cuadrar todas las cuentas y, ni qué decir tiene, salir todos ganando. Dice también que es lógico que Cataluña quiera mejorar pero que debe compatibilizar esa legítima ambición con la solidaridad (¿pero no habían demostrado las balanzas fiscales, según él, que Cataluña era solidaria ya de por sí?) con lo parece que la temida  tormenta cabría sobrada en un vaso de agua. Tranquilos, en todo caso, porque ya dijo Chaves también, en plan ‘General Motors’, que lo que es bueno para Cataluña es bueno para Andalucía. ¡Quién dijo miedo! En la Andalucía imparable hemos conseguido, por lo visto, que dos más sean siete.

El paro marinero

La delegada de Agricultura y Pesca, Esperanza Cortés, anunció ayer en Huelva que la Junta tiene previsto abrir una línea de ayudas a los pescadores que puedan resultar afectados por la decisión comunitaria europea de suspender el vigente acuerdo pesquero con Mauritania como consecuencia del reciente golpe de Estado. Algo mucho más concreto que eso que se había dicho de que la Junta solicitaría a la UE subvenciones para el sector y, en todo caso, más que justificado por las circunstancias. Ese sector lleva mucha leña aguantada como para que ahora le cierren otra puerta más en sus caladeros tradicionales, y es lógico que las Administraciones atiendan a la situación que va a crearse en muchas de sus familias si, como parece verosímil, lo de Mauritania no se arregla pronto y bien.

De un ladrillazo

Un salvaje ha acabado con la vida de su mujer de un ladrillazo delante de sus hijos y luego se ha ido zamparse una pìzza. Otro (¿cuántos ya?) liquida a la suya ante sus dos hijitos, testigos aterrados de la proeza. Unos cuantos más ajustan sus cuentas con “sus” hembras y a continuación se suicidan, un gesto que, según parece, compensa en cierta medida a una opinión pública por completo desconcertada. ¿Qué está ocurriendo aquí y, todo hay que decirlo, también por ahí, incluyendo a los países más “civilizados” del continente? No lo sabemos bien, pero el hecho cierto de que la mayoría de parricidas no se suiciden inclina a aquella opinión hacia la crítica de la lenidad de unas leyes que, entre pitos y flautas, sancionan con blandura inconcebible a esos salvajes. Se habla de abrir un debate. Bueno, pero ¿qué es un debate, quién habrá de debatir y en nombre de quién, acaso no se debatió el asunto antes de elaborarse la actual ley de protección sino que si hizo a tontas y a locas? En cuanto a lo del debate, ojo, porque ya saben eso de que un camello es un caballo diseñado por un comité de expertos. Y por lo que hace a la ligereza de la sanción penal, habría que pensar que el argumento vale para ciertos casos pero no para otros, señaladamente para el de los suicidas. Que algo está ocurriendo en las sociedades actuales que antes no ocurría parece evidente, y que ese algo tiene mucho que ver con la nueva distribución de roles sociales, más todavía: el nuevo papel de la mujer chirría sobre el paradigma machista, que acepta su salario y su sacrificio pero no su inevitable cuota de libertad. Pero quizá no sea útil ningún modelo de una sola variable. El varón no encuentra cómoda la convivencia basada en la igualdad, tal vez, aunque, como va dicho, acepte sin cortarse un pelo la contribución  de la hembra al gasto familiar. Habrá que pensarlo con urgencia, en todo caso, porque vamos para la hecatombe (cien víctimas) y nadie sabe qué hacer

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Mientras un tipo diga en la tele que siete años (previsibles) de condena no son nada comparados con la muerte de la víctima, habrá que pensar que no vendría mal un endurecimiento drástico de las penas, un disuasor capaz de meterle en el coco al asesino que le espera la del tigre si da rienda suelta a sus instintos. Me he informado y creo que por ahí –en los siempre citados países nórdicos, por ejemplo, pero también en la ‘vieja Europa’—las condenas son rotundas, como para tentarse la ropa antes de levantar la quijada o el ladrillo. Quizá no fuera ésa una mala medida para empezar, en esta como en tantas materias, pero es obvio que necesitamos averiguar, además, sin demora qué está ocurriendo para que cada cuatro o cinco días una mujer sea asesinada por su cónyuge, cada vez con mayor alevosía, cada vez en circunstancias más aterradoras. Lo que está claro es que –con los medios realmente disponibles– esta Ley no sirve, que las medidas de alejamiento constituyen un pitorreo, que las previsiones de prisión son ridículas comparadas con el daño irreparable, y que las secuelas familiares derivadas de tanto crimen son ya inaceptables en una colectividad razonablemente organizada. Que un tío más o menos en sus cabales mate a su mujer de un ladrillazo y se largue a una pizzería a ponerse ciego, indica un grado de maldad que bien merece la previsión de una condena definitiva. Es verdad que también proliferan los infanticidios, las torturas a los bebés, la infamia pedófila y demás, pero la guerra contra la mujer no admite ya armisticio sino que aconseja una contraofensiva en toda regla. Como ocurrió con la (por cierto, también fracasada en buena medida) ley de Dependencia, urge la unanimidad política y social en torno a esta barbarie que ha llegado a asumirse con una preocupante resignación. Un parricidio tiene que dejar de ser una noticia más y frecuente del telediario o habrá muchos tíos en la pizzería con el ladrillo ensangrentado a mano.

La poca vergüenza

El urbanismo se han convertido en un negocio hasta el punto de que ni se cuestiona que, en caso de gobierno asociado, el socio se lleva esa presa de todas, todas. Pewrop quizá no hubo caso más desopilante que el del edil de La Nava, aldea onubense de 300 habitantes, que se lleva del presupuestito municipal nada menos que 30.000 euros por llevar ese negociado. 30.000 euros, es decir, cien euros por vecino y a cambio de unos servicios que cabe imaginar elementales en todos los sentidos y, en todo caso, uno de los salarios más elevados jamás  conocidos en la localidad. Se ha perdido la vergüenza enteramente, el sentido de la responsabilidad está desapareciendo de la vida pública. Lo que prospera como hierba mala es la rapìña. La política es en demasiadas ocasiones ya puro filibusterismo legalizado.

Otro talante

La nueva consejera de Salud, María José Rico, parece empeñada enbuenahora en hacernos olvidar el castigo que supuso el mandato de su antecesor, el famoso doctor Pozuelo. Si aquel gastaba distancia y malos modos, ésta inicia, al menos, su mandato con tan buenos propósitos como trasluce su proyecto de reunirse con las asociaciones de pacientes y colectivos que tengan a su c agro el cuidado y la atención de enfermos, un gesto sensible que en esa delegación suena a chino. Aunque sea verdad que la sanidad tiene planteados en Huelva problemas graves y urgentes, antiguos por lo demás, la cercanía a quienes llevan el peso de la atención y la promesa implícita de apoyo institucional constituye de por sí un buen augurio y una cierta garantía de que los problemas de salud no serán administrados en nuestra provincia de espaldas a la gente.

Guerras y causas

Lo único real, indudable, de las guerras son sus efectos, sus imágenes desgarradoras, sus desoladas perspectivas. Una mujer que se cubre la cara para no ver lo que no resiste, un hombre que abraza el cadáver el hermano caído: ‘eso’ es la guerra. Sobre las causas se hablará en círculo, se opondrán tesis, pero no se llegará, probablemente, a un acuerdo. Es difícil creer que el atentado de Sarajevo, así, sin más, desatara la estúpida primera Gran Guerra. Sobre el enfrentamiento entre tutsis y hutus se nos propone ahora la hipótesis de que, en realidad, lo que la matanza escondía era la lucha internacional por el coltán, ese mineral estratégico imprescindible para los satélites o para nuestros teléfonos móviles. Cualquiera sabe. Las guerras se sabe oscuramente como empiezan y mejor cómo terminan pero rara vez se conocen sus causas. Lo de Osetia, por ejemplo, es un  rompecabezas clásico como lo de la invasión de Georgia es un  clásico militar, toda vez que los territorios en cuestión forman parte del famoso laberinto estaliniano, ese perdedero transcaucásico siempre decisivo desde la perspectiva estratégica y hoy también desde otras varias, pues la actual Georgia es un raro milagro occidentalista surgido como un tumor en la cadera de Rusia, una nación dirigida por una nueva clase en la que abunda el yuppi estudiado en Harvard (como el propio presidente Saakachvili) y admiradora de Georges Soros, pero que ha elevado significativamente su presupuesto militar multiplicándolo por más de 30. Es probable que la invasión georgiana de Osetia (poco más de 4.000 kilómetros cuadrados y 70.000 almas, pobreza general) fuera estimulada por los EEUU, deseosos de romper la radical dependencia energética de Europa respecto de Rusia, pero no hay que olvidar que la ruta de la invasión de Georgia la conoce Moscú desde el inicio de los años 20, cuando invadió el país para anexionarla a la URSS. Lo único seguro son los gestos desesperados, el territorio destruido, los muertos. El resto es opinable.

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Ayer parece que los rusos retiraron sus tropas de Georgia, pero demasiados indicios apuntan a que esto no ha sido más que el principio, puesto que la UE se escabulle como puede con el argumento de que el invadido no es país comunitario y la OTAN echa el freno alegando que no se encuentra entre sus socios, mientras Alemania opina ahora que urge ese ingreso estratégico, y los EEUU despliegan sus misiles en Polonia como respuesta a los pertrechos atómicos de los rusos en el Báltico. Para echarse a temblar. Sometida Georgia, Rusia podría trazar una autopista sin peaje hasta Irán, calculen, aparte de que, ya sin competencia ni rival, tendría a toda Europa pendiente de su energía. Pero todo esto no son más que especulaciones, cháchara de casino o cancillería, comparado con la imagen real de los efectos de la guerra, los muertos amontonados, el estupor sufriente en los rostros sorprendidos por la catástrofe, el mal irreparable causado a gentes que nada tendían que ver con tan altos designios, seguramente tan ajenos a las mañas de los mafiosos rusos como a los proyectos de los nuevos señoritos georgianos, que acaban de caerse del guindo en el que aguardaban ilusos a que vinieran en su auxilio los tanques occidentales. Todo lo cual, ya digo, le da seguramente igual que le da lo mismo a esa muchedumbre sorprendida que ya no podrá recuperar a sus deudos, ni encontrará a su vuelta sus hogares arrasados, esos desconocidos que se cubrían la cara con las manos para no ver lo irresistible, atrapados por el espanto, mientras los ejércitos iban y venían como el jinete apocalíptico, brutales, raudos, implacables. Lo único seguro de las guerras, de todas las guerras, son sus efectos; sus causas son opinables. Incluso si están tan claras como pudieran estarlo en ésta las intenciones de ambos bandos. Los ricos guerrean, mueren los pobres, dejó dicho Sartre. La renta en Osetia es de hambre.