Vivir en Andalucía

Duro alegato el aparecido ayer en El Mundo, en boca del profesor Álvarez-Dardet, catedrático de Salud Pública con seguros acentos de sociólogo. “A mí no me preocupa tanto que Andalucía tenga una mayor mortalidad que el resto de España sino que ese diferencial, en los últimos años, vaya en aumento”. “Recursos públicos que van a comunidades prósperas, puestos en Andalucía, podrían conseguir alargar mucho más la esperanza de vida”. “El diferencial de esperanza de vida entre Andalucía y el resto de España tiene que ver con la renta ‘per cápita’. “El Campo de Gibraltar y Huelva son las zonas españolas donde la gente se muere más y esto hay que abordarlo y meterlo en el debate político”. Impresiona escuchar estas cosas fuera de la política, verlas venir desde la izquierda de la izquierda y caer como piedras en un pozo de silencio.

El retraso del AVE

Ni el 2208, claro, ni el 2012, ni el 2018… El AVE llegará a Huelva cuando llegue y ni un minuto antes. Es lo que ha venido a decir esa lumbrera que rige los destinos del PSOE provincial de la mano de Barrero, es decir, Mario Jiménez, cuando se ha sacudido definitivamente el muerto de encima diciendo que el “no pone fecha” a ese proyecto fundamental para la provincia. Por supuesto que no por culpa propia, sino por responsabilidades del PP, o mejor, del Ayuntamiento de la capital, o más concretamente si se apura el sentido, del alcalde Pedro Rodríguez, ese inútil que les ha ganado ya cuatro elecciones y lo que te rondaré, morena. Huelva puede seguir esperando, que es lo suyo, al menos mientras resista a su hegemonía. Ya ven que ni siquiera le ponen fecha ya a lo que se la han puesto quinientas veces.

Niños cobaya

Haría falta, mucha falta, un mapa, una estadística de la experimentación científica con humanos, un relato fiel de sus circunstancias, un informe oficial sobre su actual deslocalización, es decir, su anclaje en las sociedades multitudinarias y pobres. Tradicionalmente ha habido diversos métodos de experimentación, incluyendo el de la cobaya voluntaria reclutada entre los presos más desesperanzados o entre los soldados profesionales, de la misma manera que se ha convertido en tradición la compra de sangre a gentes necesitadas o incluso la de órganos vitales cuando el bandidaje no ha resuelto esa demanda. El paso de la experimentación animal –ahora también cuestionada desde diversos sectores de opinión—a la humana ha venido resolviéndose en el mercado y de acuerdo a las leyes del mercado, pero ahora parece que una imparable tendencia lleva a los laboratorios a encomendar esa tarea a sus científicos destacados en países pobres y sobrepoblados en los que resulta sumamente fácil hacerse con un bebé, en especial si está enfermo. En la India, por ejemplo, donde acaba de descubrirse que destacadísimos laboratorios emplean esta práctica canalla cuyo resultado, según una encuesta que revela el “Times of India”, se concreta, de momento, en el escalofriante resultado de medio centenar de criaturas muertas en grandes hospitales tras haber sido sometidas a esos tratamientos de prueba. Eso sí, faltaría más, esos niños fallecidos estaban ya gravemente enfermos, igual de enfermos que sus pares de Occidentes pero en India, donde los costes del ensayo resultan entre un 40 y un 60 por ciento más baratos que en nuestro paraíso feliz. Familias pobres y analfabetas habrían sido convencidas para ceder sus hijos gratuitamente a esos ‘generosos’ hospitales en los que harían el peligroso papel de cobayas. Un 1’20 por ciento de ellos moriría. Del resto, Dios dirá.

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Grave problema el de la experimentación de los nuevos remedios pero, insisto, un problema que sigue resolviéndose, como siempre, en el mercado y con sus leyes más feroces, lo cual no debe extrañar en un mundo que conoce de sobra el comercio de órganos que se traen entre manos las mafias de países subdesarrollados, suministradoras de córneas, riñones y otras vísceras sanas de niños pobres raptados por las bravas,  al lejano receptor acaudalado. Marcas de prestigio mundial se prestan a estas infamias de modo habitual, indiferentes a la tragedia que implica ese alto índice de mortalidad tanto como a los futuros efectos de esos tests, inaceptables y, por supuesto, no permitidos legalmente en el mundo desarrollado, y todo lo más sacan luego a un portavoz para que sugiera que cualquiera ha podido utilizar su droga sin su consentimiento o autorización. Siempre habrá países multitudinarios y hambrientos que estén en disposición de entregar sus hijos enfermos (aunque esta condición no sea imprescindible, claro) a esa ciencia occidental que les promete salud para acabar arrancándoles la vida. ¡49 niños cobayas muertos sin salir de un gran hospital, internados con todas las de la ley! Pues eso no es nada, por lo visto, sino todo lo más un indicio de lo que está ocurriendo en ese nivel de actuación, a saber, todo “un boom de la deslocalización de ensayos clínicos de medicamentos de la industria farmacéutica mundial”, que ha encontrado en esos desdichados países la solución a las trabas que en el área “civilizada” aumentan cada día por exigencia de ciertos pruritos humanistas. Es imprescindible, como decíamos, al menos moralmente, un mapa real de esos experimentos que apuntan embozadamente a convertir el tercer Mundo en una gigantesca isla del ‘doctor Moreau’. La vida, la salud, se siguen alimentado de la vida y de la salud, como una procesionaria en régimen brutalmente clasista.

Puro racismo

Con toda la razón pero con guante de seda ha rechazado el portavoz del PSOE en el Parlamento andaluz, Manuel Gracia, la osadía del “tripartito” catalán al proyectar la segregación pura y dura de los niños inmigrantes en centros situados “fuera de la red escolar”. Gracia compara al niño inmigrante con el niño deficiente para reforzar su exigencia de integración socializadora e invoca las ventajas de un sistema, como el andaluz, que dispone de mecanismos de normalización frente a ese sistema catalán al que, lejos de cualquier dureza entre las muchas que merece, califica de “preocupante y poco valiente”, obsérvese el tono eufemístico. Pero la realidad es que se trata de puro racismo y la pregunta es si algún día esa segregación no acabará incluyendo a los inmigrantes andaluces que allí se han dejado media vida.

Asunto zanjado

El debate sobre el oleoducto no está abierto, está cerrado. Desde un principio el PSOE lo apadrina (ZP lo respalda en público) a pesar de la evidencia de esa amistad política entre empresa y partido que prefigura el trato nepótico. La última aportación magistral al tema ha sido la definición de la consejera Castillo para la cual un oleoducto no es más que una tubería que conecta una zona marítima de salida natural para el crudo con una refinería de interior, lo que reduce el papel de Huelva a “el tránsito” y, en consecuencia, criticar su proyecto resulta absurdo, tanto si se hace “en términos maliciosos o absurdos”. Habrá movilizaciones y lo que quieran, pero ese oleoducto, que atraviesa importantes parajes protegidos, cuenta con todas las bendiciones de Madrid y de Sevilla. Eso mes lo que hay y ya verán cómo no ha de haber más.

Del olivo al oro

Son difíciles de creer las cifras de audiencia registradas en España con motivo de la Olimpiada, pero habrá que creérselas. Una audiencia es uno de los efectos más maleables en materia de comunicación, y sobran ejemplos de las surgidas espontáneamente tanto como de las estrelladas de manera súbita. En la atención pública domina, sobre todo, el factor competitivo, esa inclinación del “homo pugnans” al que nada subyuga tanto como el desafío y nada satisface más que la victoria, siquiera sea vicaria, obtenida por otro con el que nada tenemos en común pero con el que uno se identifica. Gente que no han visto en su vida una cancha de baskett, ciudadanos que ignoran lo que es un “off side”, personal entusiasta que desconoce las reglas básicas del judo o del voley, se aplasta frente al televisor, reconvertido súbitamente y por puro impulso personal en tiffosis apasionados, sin duda retenidos por el tirón irresistible de la parcialidad. A mí no me entusiasman estos Juegos, les digo mi verdad, tan lejanos ya de los griegos originales, tan secularizados (y politizados, cuando el caso que llega, que llega con frecuencia), exigentes hasta la brutalidad, implacables en sus exigencias al ser humano, y desde luego, no entiendo para nada el interés súbito pero cuatrienal que despiertan en masas ajenas al deporte, a todo deporte, que si se suman al evento es empujadas por esa proyección sublimatoria que busca satisfacción identificándose con el ganador y no por otra cosa. El otro día vi por la tele a un ingenuo que lucía sobre su camiseta la más elocuente  inscripción: “Nadal soy yo”. Quería decir, claro está, lo contrario,  esto es, “Yo soy Nadal”, al menos en la inalcanzable ionosfera del hondón subconsciente. No me gusta la sublimación, ese sentimiento tan diferente del ‘ejemplo’.

                                                     

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Y luego está la realidad, esa realidad que nos permite ver horrorizados a una nadadora rítmica desfallecida en el fondo de la piscina, a una china jibarizada luciendo su hercúlea astenia en las barras paralelas, a esos fondistas rompiendo con el pecho la cinta antes de caer exhaustos y al borde de la asfixia, todo ese mundo de ilusionada pero monstruosa autoexigencia del que viven opíparamente no sólo unos fantasmas corrompidos en muchas ocasiones, sino todo un montaje, hoy incalculable, de intereses económicos que incluye, como es sabido de sobra, incluso la explotación industrial de niños del mundo más pobre. Patriotismo de charanga, humanismo sin principios, que permite a una dictadura brutal lucir su cara amable, sin duda por el volumen colosal que ha adquirido el comercio globalizado, y que debe controlar policialmente a sus atletas en evitación de dopajes mucho más sofisticados , ciertamente, que los que usaban los griegos cantados en los epinicios de Píndaro. A mí no me gustan esos Juegos, lamento decirlo con tanta rotundidad y a contracorriente, no me gusta el capote echado a la China culpable de tantas cosas, ni enterarme de que las bellecitas del parquet o los atletones machos se construyen literalmente a base de hormonas y oligoelementos, incluso a base de sangre ajena trasfundida de matute. Como no me gusta el espectáculo de la abducción masiva de la audiencia, la disciplina panurga del rebaño pendiente del televisor desde el que le llega la inyección subliminal de las propagandas o los estímulos fuertes que hacen del patriotismo una asignatura párvula, primaria y oportunista O como rechazo la hinchazón vanidosa provocada por el triunfo ajeno, el sueño colectivo de la victoria maniquea, el paroxismo pugnaz desatado por una carrera desenfrenada o por una jabalina trepidante. Hacen con nosotros lo que quieren. Contemplar a la grey arremolinada bajo la antena colectiva para ver lo que no entiende siquiera, francamente, me produce un lacerante sentimiento de indefensión.