Los platos rotos

En un mismo día nos anuncian los ecónomos que el crecimiento de nuestra economía ha tocado fondo en ese cero absoluto que es la puerta de la recesión o marcha atrás, y que nuestros financieros cierran operaciones galácticas como ésa que ha generado plusvalías del 66 por ciento (unos 3.000 millones de euros) en menos de tres años. Unos ganan y otros pierden según  me asesoran, de manera que es previsible que el gran ahorro amasado durante estos largos años de expansión vaya a ser empleado ahora en comprar bienes raíces, pongamos viviendas, naturalmente a precios bajos cuando no tirados si los comparamos con los que han regido hasta hace bien poco, y hasta se rumorea que hay quien se entretiene en acumular bienes al alza –alimentos, por ejemplo—apostando por ganancias inminentes en un mercado que puede que acabe pareciéndose, al cabo de los años, a aquel lleno de estraperlistas que envileció la postguerra. Unos ganan y otros pierden, repito, lo que quiere decir que la crisis no es mala para todos o, por lo menos, no lo es en términos iguales ni mucho menos, pues mientras arruinará o está arruinando ya a muchos, a otros, a unos pocos al menos, los va a forrar convenientemente, hecho clamoroso en el que podría apoyarse el Poder para repartir el peso vía impuestos, bajándoselos a los perjudicados a costa de subírselos a los gananciosos, una medida que, sin la menor duda, favorecería al consumo. Una crisis no es mala cosa, así en general, pues, sino una coyuntura convulsa en la que unos ganarán justamente lo que otros pierdan y viceversa, a no ser, repito, que el Poder actúe en consecuencia con espíritu reequilibrador. Era sólo una sugerencia, je je.

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No es justo contribuir a la idea generalizada de que el Estado, el Gobierno, vamos, viene a ser un don Tancredo cuyo papel se limitaría a seguir de cerca las evoluciones críticas y, en el mejor de los casos, a ir poniendo parches como el de esos cuarenta millones de bombillas de las que ya han advertido los propios fabricantes que no será siquiera fácil disponer. El Poder puede y debe intervenir en la situación, incluso cuando su intervención consista en liberalizar (y en ello no hay contradicción que valga, si bien se fijan), y por supuesto cuando de su acción  dependan derechos y necesidades fundamentales. Porque una crisis no es un fracaso homogéneo, sino un reajuste espasmódico de la riqueza, movilizada por las causas que sean, y por tanto, susceptible de ser paliado o incluso corregido con medidas políticas tendentes a reequilibrar el desastre de la vajilla, evitando que los platos rotos los paguen los de siempre en vez de repartir su coste, con criterio equitativo y compensatorio, entre unos y otros. Otra cosa, es decir, sostener que unos pueden enriquecerse a lo bestia mientras otros se arruinan y la gran masa se repliega sobre sí misma privada de buena parte de lo elemental, no tiene ni mucho ni poco sentido. ¿Ven, en todo caso, como no quedan diferencias prácticas entre liberalismo y socialdemocracia, se dan cuenta de hasta qué punto extremo la inercia neo-neocapitalista ha acabado por imponernos un modelo único que nadie discute ya, el menos en las esferas decisivas? PSOE y PP habrían de abordar hoy la crisis con los mismos instrumentos, sin perder comba en la polka comunitaria europea ni de vista la evolución de los flujos de alcance mundial. El toque está en ver lo que hace el que sea (y el PP ya hizo, en su momento, lo que tenía que hacer), en comprobar si actúa decidido en esa delicada labor de reequilibrio y en la de imponer la iniciativa perdida por todos menos por el club de grandes financieros. En aquella hambrienta postguerra se forjaron fabulosas fortunas. A estas alturas no debería consentirse que ocurra otro tanto ni por exceso ni por defecto.

Profecías y realidades

Dijeron que el cierre de Delphi podría resultar, en fin de cuentas, una especie de bendición  para la Bahía de Cádiz como consecuencia de las enérgicas actuaciones inversoras y político-administrativas que se iban a producir. Una lotería, vamos, que al año justo del caso no ha dado ni el reintegro, de manera que ni una sola empresa ha solicitado los servicios de aquellos trabajadores despedidos. Y no pasa nada. La Junta sigue con el cuento, los sindicatos, pendientes de la talega de la “concertación”, el gobiernillo, de vacaciones y Chaves, si te vi no me acuerdo. A los de Delphi, como antes a tantos otros, les han tomado el pelo entre todos, pero fíjense en que todos los políticos intervinientes en esa crisis crucial para la Bahía siguen en sus puestos, incluidos los falsos profetas.

Pesebres exclusivos

En Aljaraque el alcalde sociata está haciendo lo mismo que su colega tránsfuga de Gibraleón: echar a la calle a los trabajadores contratados en su día por el PP. El pesebre para el que lo controla, en definitiva, aunque los costes de esa injusta actitud hayan de soportarlos los trabajadores injustamente despedidos y pagarlos de su bolsillo los contribuyentes. Carecen de la más mínima idea de la continuidad administrativa, profesan un concepto patrimonial del poder que los priva moralmente de toda autoridad. Y les da igual que los tribunales los condenen, como los están condenando, primero porque de lo que se trata es de estabular a los clientes propios y, segundo, porque, como va dicho, ellos no pagan las indemnizaciones. La política se ha convertido en una profesión que no requiere otro mérito profesional que tener el carné oportuno.

El tebeo nacional

Las medidas contra la crisis que van adoptando los países europeos van, chispa más o menos, en la misma dirección. No hay muchos comodines en esa baraja liberal y las cartas son las que son, pero lo que sí hay, salvadas las lógicas diferencias nacionales, es una coherencia notable entre las decisiones que van adoptándose. Manuel Lagares las resumía hace poco en nuestras “Charlas” onubenses cifrándolas en una triada muy en consonancia con la referida filosofía continental: hace falta, uno, proteger al sistema financiero (“A mí los accionistas me dan igual, pero los depositarios, no…”, decía, “porque si la Banca se desploma, nos vamos todos a hacer puñetas”); dos, acometer cambios estructurales en los sectores productivos (pasar de la construcción a la obra civil, apostar por el salto en la red eléctrica, en la hidrográfica, volvernos a la revalorizada agricultura); y tres, apoyar el consumo (bajar el IRPF a los sectores más bajos si es preciso cargando sobre los mejor situados, llevar a la gente al mercado). Medidas como la gente, a la vista está, medidas no fáciles, si quieren, pero nimbadas de esa lógica que pregona por adelantado su razón. Claro está que esas medidas no han podido ser aplicadas aquí a tiempo por la razón elemental de que el Gobierno había decidido que aquí no había crisis salvo en la intención de los ‘antipatriotas’, pero otra cosa es el cariz que las cosas van tomando desde que, admitida la aplastante realidad, las minervas que nos pastorean no saben si decidirse, para salvar los muebles, por comprar suelo para beneficiar una nueva especulación, fomentar el turismo de la tercera edad europea en España o improvisar un nuevo plan Prever, esta vez para los vehículos con más de quince años. Hay que comprender que no es fácil revolverse 180 grados de un día para otro, sobre todo si anda uno mal de cintura.

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Es probable que tengamos que ver aún muchas tonterías, pero dudo que superen la maravilla hilarante de ese plan de ahorro energético propuesto por el ministro de Industria: quitarse la corbata para combatir el calor, fijar en 26 grados la temperatura en los centros oficiales sin descartar un decretazo para obligar a los establecimientos públicos, forzar el frenazo a la entrada de las ciudades para ahorrar carburante y, en fin, repartir nada menos que 40 millones de bombillas ecológicas al año entre los hogares españoles. ¿Nos estará tomando el pelo esta cuadrilla, serán así de simplones o solamente harán el papel, en plan listo, imbuidos de un raro espíritu ‘ilustrado’ pero con mucho sifón? Habrá opiniones para todos los gustos, seguro, entre otras cosas porque una buena parte del trabajo nacional anda estabulado en nóminas oficiales, pero estarán de acuerdo conmigo en que esta sarta de sandeces no resisten ni la más ligera comparación con lo que están haciendo por ahí fuera, una diferencia que explica, en parte, nuestra desventaja relativa con la crisis general europea y la española en particular. ¿Cómo se va a controlar ese frenazo ahorrador, quién va a vigilar tantos millones de termostatos, qué será de los corbatistas y, sobre todo, no se habrán dado cuenta de que las bombillas regaladas por el Gobierno, en realidad habremos de pagarlas nosotros con nuestros impuestos? Esta cuadrilla nos toma el pelo, tengo esa sensación cada instante más arraigada, con independencia de que en sus decisiones pueda pesar también el bastinazo de la rotunda negativa inicial o, simplemente, no den para más. Hay un abismo entre don Enrique Fuentes Quintana, el de los Pactos de la Moncloa, y estos prestidigitadores más o menos arbitristas que se sostienen con un pie en la abstención neoliberal y el otro apoyado en una tentación intervencionista de no te menees. ZP ha eliminado con sus purgas incruentas (es un decir) a la anterior generación. Nos vamos a divertir (es otro decir) contemplando como se las avía ahora con sus Sebastianes.

Tránsfugas recuperables

El PSOE acaba de pedirle al PP que eche de sus filas a los alcaldes de Chiclana y de El Puerto, declarados ‘tránsfugas’ por la Mesa Nacional contra el Transfuguismo. Lleva toda la razón, que coños, por aquello de que los pactos están para cumplirse, aunque sea en un primer momento y con el as guardado en la manga. Y lo digo, porque el PP podría hace ahora lo que hizo el PSOE cuando la misma Mesa declaró ‘tránsfugas’ a todos sus ediles de Gibraleón, a saber, expulsarlos del partido y luego reponerlos de nuevo en la lista electoral que los devolvió al gobierno. Quien hizo la ley hizo la trampa, pero en esto del filibusterismo político más que en ningún otro terreno. Nada pesa tanto como el interés de partido que, en los ayuntamientos, además es interés en más de un sentido. La perjudicada es la democracia, sin duda, y la democracia es lo que menos le importa a estos profesionales.

Las colombinas

No se puede negar que las Colombinas no son lo que eran. De un declive manifiesto, de un casi absoluto abandono, las Colombinas vuelven a ser lo que fueron en la Huelva anterior, es decir, una cita anual de la ciudad, un hito de todos, sólo que ahora proporcionado a las nuevas dimensiones de la Capital. La noche del alumbrado, las Colombinas ardían ya con el trajín feriante de tanta gente ansiosa quizá de espantar las sombras de cada día y aliviarse en la fiesta, como si se tratara de un día de feria oficial y no sólo de un ensayo. No cabe duda: Huelva vuelve a tener una Feria por la que nadie daba un duro no hace más que unos años y los sucesivos gobiernos municipales han entendido que eso es importante para la ciudad. Que el tiempo acompañe, que por el gentío no va a quedar.