Presidente vitalicio

El los mentideros verídicos de la política andaluza se cuenta que, con motivo de su primera aparición en carne mortal en Andalucía, ZP prometió por sus mengues en un mitin para consumo interno una serie de medidas entre las que descollaba su pretensión de limitar los mandatos políticos. ¡Imaginen la broma! No diré qué factotum del sociatismo indígena, que ya aparecía en la foto e Suresnes, lo pilló aparte nada más caer el telón para hacerle ver su ingenuidad y lo impropio que resultaba que hubiera venido a oponer esa era precisamente en este virreinato vitalicio. Antier Chaves era reelegido por el Comité Federal de su partido, una vez más, como candidato a la presidencia de la Junta andaluza, demostrando que una cosa es predicar y otra dar trigo, o lo fácil que resulta en política vender la renovación de lo que sea cuando no existe la menor sanción a los incumplimientos de compromisos. Aquí no hace falta, como en otras partes, ni modificar la Constitución para virreinar de por vida. Al fin y al cabo Jauja está aquí,

El festival, en buen camino

Parece que, al fin, un director del Festival de Cine onubense da con las claves locales y, de paso, logra limar asperezas entre esos agentes y Administraciones tradicionalmente a la gresca, que a punto han estado de tirar por la borda uno de los activos culturales más importantes de la provincia. En la Gala de presentación que ayer tuvo lugar se notaba el efecto de esos buenos oficios y de ese buen hacer de XXXXX Trías, un director que ha sabido implicarse en nuestra vida pública y no se ha tomado la dirección como un “encargo” subsidiario. Buen comienzo, desde luego, y mejores perspectivas que han de notarse enseguida en un ambiente tan delicado como el que rodea a esa muestra. Huelva no puede permitirse poner en riesgo un Festival tan acrisolado como merecedor del respeto dentro y fuera de la tierra. Y Trías parece que así lo han entendido. Una buena razón para la esperanza en el futuro de lo que a todos nos pertenece.

El doble domicilio

Respetuoso e indiferente ante la noticia del divorcio de la infanta, hay algo en ella, sin embargo, que me parece interesante, y es la inmediata distribución de su unidad familiar en dos domicilios diferentes. Los Marichalar, como tantos españoles, poseían dos domicilios, por lo visto, y todo indica que mantenían uno de ellos cerrado a cal y canto, por si las moscas, algo que podía haberles costado caro de salir adelante el proyecto sociata de castigar la “propiedad ociosa” que parece haberse quedado discretamente en agua de borrajas. Cada pareja que se separa añade un dígito a la demanda de vivienda, como ya comenté aquí hace tiempo, lo que resulta tremendo cuando se mira de cerca esa estadística, puesto que, al menos en números redondos, el crecimiento disparado de las rupturas matrimoniales supone un aumento de aquella demanda probablemente imposible de atender incluso juntando la iniciativa privada a la pública. Consideren los números. Si en España y en un solo año, el de gracia de 2006, se han separado más de 211.000 parejas, quiere decir que la oferta de alojamientos disponible se verá abrumada de modo súbito por un número de solicitudes aproximadísimo a ése, algo que tal vez no fuera tan grave si se tratara de un hecho insólito, pero que resulta fatal si, como es el caso, a semejante ejército de provisionales “sin techo”  ha de sumársele el millón aproximado de separaciones registrado en los cuatro años anteriores. No es la Iglesia, a mi juicio, la institución más legitimada para lamentar el espectacular fracaso del matrimonio, sino el flamante ministerio de la Vivienda. Tengo para mí que este auge de la inconstancia, al margen de cualquier otra consideración moral o sociológíca, será el factor que mantenga los precios inasequibles que rigen actualmente en ese mercado. Mientras la unidad de la familia siga en almoneda, promotores y propietarios pueden dormir tranquilos.
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 Hemos pasado, en consecuencia, de una comunidad tradicional en la que la ‘familia extensa’ agrupaba bajo el techo patriarcal a los vástagos casados hasta perfilar una cierta caricatura de del clan originario, a una sociedad individualista que lleva camino, no ya de reclamar una vivienda propia por pareja, sino dos, hecho paradójico si se considera que, al mismo tiempo, la larga permanencia de los hijos junto a sus padres, que las circunstancias actuales imponen, sugiere, aunque sea con trazo impreciso, la silueta del viejo modelo que veníamos creyendo definitivamente superado. Lo único seguro es que de seguir la actual progresión, como es previsible, lejos de aliviarse la demanda de casa propia, se verá incrementada sin remedio por las nuevas cohortes de cónyuges separados. Y si es cierto que en España se separan o divorcian hoy al año tantas parejas como se casan, no resulta difícil postular una auténtica revolución del modelo social admitido hasta ahora. No se me ocurre qué podría hacer la autoridad del ramo para proveer de viviendas no solamente a ese creciente ejército sino, además, a la legión juvenil que, por su lado, reclama también su territorio propio como un derecho incuestionable. Lo que sí tengo claro es que en algún punto falla la cadena lógica que en esta sociedad nuestra engarza necesidades y derechos sin demasiadas contemplaciones. Es probable que ni aún sacando al mercado la presunta masa de viviendas vacantes, fuera posible atender a semejante necesidad, lo que tal vez nos esté indicando que el modelo de organización social vigente no encaja ya ni de lejos con las exigencias planteadas por una realidad bien distinta a la convencional. Ni el minimalismo de la ministra Trujillo ni el rugido leonino de Girón de Velasco podrían hoy gran cosa frente a la fuerza de las cosas. Quizá estemos pisando el umbral de un nuevo mundo y no nos hayamos enterado. Después de todo, tampoco se enteró Colón.

A buenas horas

Tras la ocurrencia de llevar al Congreso su extravagante pregunta sobre el borbonazo, el PSOE ha decidido –¡a buenas horas, mangas verdes!– declarar extraño al diputado que ya se hiciera medio famosillo por la hilarante proposición de ley de derechos de los grandes simios. Truco por truco, Garrido ha fingido discrepar con el partido que lo hizo diputado, igual que éste ha venido simulando durante toda la legislatura no tener en cuenta su fingida singularidad, y ahora, quién sabe si incluso de común acuerdo, uno y otro representan el paso honroso de la separación política. Lo comido por lo servido, pues, ya que Garrido le ha proporcionado al PSOE alguna ventaja electoral y cierto nimbo ecologista, mientras el PSOE le pagaba a él con su bien pagado escaño. En paz, pues. Ya veremos qué nueva fórmula se inventan ahora ambas partes de cara a las próximas elecciones. 

¿Otro ‘caso Doñana’?

Seguro que no, seguro, o casi, que la Junta contestará en tiempo y forma a la dura denuncia de la Comisión de Representantes de Sociedades del Plan Almonte-Marismas, según la cual la Administración autónoma habría propiciado un colosal negocio en la comarca protegida, permitiendo que unos particulares se hicieran a un precio irrisorio con una finca que les habría producido luego fabulosas plusvalías. Estas cosas no deben dejarse pudrir en el silencio sino que deben ser aclaradas a los ciudadanos, con independencia de que la oposición tendría que llevar al Parlamento el asunto, aunque sólo fuera a título testimonial. Sería tremendo repetir, con el guión modificado, el caso de evidente favoritismo que, en los albores de esta democracia regiminista, inauguró la crónica de los trapicheos respaldados desde el poder político, aquel “caso Doñana” que se tapó como se pudo pero que alcanzaba hasta donde alcanzaba.

El pobre diablo

El Diablo ya no es lo que era. Ni la trascendencia, así en general, es decir esa zona barruntada que el conocimiento se esfuerza desde siempre en escrutar como quien otea desde lo alto una tierra prometida. Uno de los espectáculos intelectuales más divertidos lo constituye ese paradójico empeño en ‘racionalizar’ lo irracional del que han vivido en todos los tiempos y lugares los listos de la tribu, incluyendo en el programa obras tan eminentes como las de Alberto Magno o Paracelso. El pensamiento europeo ha basculado siempre entre la exigencia de razón y la aceptación tácita o expresa de la voluntad esotérica, crédulo o escéptico, pero rendido siempre a la sugestión de eso que la historiografía francesa dio en llamar “lo real maravilloso”. Claro que hay tiempos y tiempos, que no en todas las épocas el pulso entre la cátedra y la barraca ha sido el mismo, y por descontado que no es lo mismo asomarse a los enigmas de un Cornelio Agripa que entretenerse con la sofistiquería parlanchina de los mercaderes de misterios. Hoy mismo no hay manera de prender una radio o una tele sin acabar enganchando el eco de una psicofonía, la dudosa parusía de un alienígena o la, al parecer, ya inevitable elucubración sobre la absurda hierogamia entre el Cristo y María de Magdala, sin olvidar las caras demostradamente falsarias que brotan en una cocina aldeana o el misterioso prodigio que esconden las Pirámides. Hasta el difunto papa no dudó en detenerse en la Plaza de San Pedro para exorcizar a una turista lo que, naturalmente, dio alas a la industria exorcizadora que tanto debe al cine de terror. Barre lo esotérico en el mercado mediático, eso es lo que hay, y francamente, a uno no le tranquiliza nada esta deriva irracionalista conducida por investigadores de fortuna. La bruja Lola es una caricatura pero el dibujo es el mismo.
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Urge decir que eso es algo que ocurre aquí y en todas partes, circunstancia que, si les digo mi verdad, no sé si es buena o mala. El cineasta David Lynch, sin ir más lejos, acaba de adquirir en Berlín una colina escombrera llamada Teufelsberg o “colina del Diablo”, con el objeto de fundar sobre tan raro Zagarramurdi una universidad esotérica, y ya se ha dejado retratar, el tío, sobre el terreno portando su antorcha junto al gurú de un conocido montaje alemán que, según los expertos en sectas, se dedica a vender curaciones prodigiosas y prohibitivos cursos de iniciación que prometen al novicio acabar levitando a voluntad. La gran cuestión es, a mi juicio, el hecho mismo, esto es, la razón del imparable progreso de la superchería, la causa del creciente éxito de una camelística que riza el rizo de sus cuatro pamplinas vendiendo a dos pesetas los más acreditados duros de la experiencia humana, sin que cuente gran cosa la inverosimilitud de los portentos manoseados ni la evidente insolvencia de unos manipuladores que están convirtiendo el ámbito de la opinión en un fumadero de opio. Y claro también que si la gente se pirra por esos camelos por algo será, quiero decir que el culto a la fantasmagoría debe de ser la respuesta a los graves vacíos provocado por el fracaso de la razón con el concurso de una inopia, como la que estamos viviendo, que propicia a tope la credulidad. La gente crédula es más manejable y el Sistema lo sabe, de modo que los David Lynch o los Tom Cruise no son en esta misa negra más que ingenuos monaguillos endiosados por su vanidad. La cuestión, en cualquier caso, no es banal porque funciona en la estrategia del control social como un mecanismo de ajuste que garantiza la dimisión racional de amplios sectores sociales y eso se traduce sin remedio en alguna forma de sumisión. Entregamos nuestro destino cuando renunciamos a nuestra razón. La industria del camelo y sus beneficios no importan tanto como su efecto profundísimo sobre la conciencia enajenada.