El planeta cálido

Parece que ya no hay duda razonable ante el hecho de que el año 2015 ha sido un año excepcionalmente veraniego. Ahí tienen la imagen asidua del telediario que, con tras los inevitables intervalos de borrasca nos devuelve deslumbrador al anticiclón de la Azores, del que ya casi nadie habla, para mostrarnos panorámicas de nuestra playas abarrotadas y a peatones encantados con el buen tiempo pero que dejan entrever su inquietud por el anacronismo que supone el tanga a mediados de noviembre. El hombre es animal de costumbre, y en consecuencia, reticente a cambiar de dogmática, razón por la cual muchos –entre los que me cuento—hemos desconfiado de los ecologistas avisados, e incluso tomado a Al Gore por un charlatán oportunista. Ahora bien, la evidencia es la evidencia, y ya va siendo hora de recoger vela y enderezar el rumbo hacia las estrellas que señalan los prudentes, no sea cosa que nos pille desprevenidos en pocos años un tiempo fogueado o una glaciación troglodita, que nada es seguro en este momento. Que el Ártico se esté convirtiendo en un infierno para los osos blancos es una cosa que debe preocuparnos siquiera como hipótesis, y que la industria hotelera andaluza o tunecina vaya viento en popa, tres cuartos de lo mismo. ¿Qué puede justificar un inmovilismo – el de los incrédulos hasta ayer, como yo mismo—si lo propio del carácter científico es rectificar o adaptarse a los hechos comprobados?

Que aquí está pasando algo lo saben ya hasta los programadores del Inserso y que ese algo es el calentamiento del planeta parece que no ofrece dudas, lo que debería movernos a dar a torcer nuestro brazo y lo que sea necesario, aunque sólo sea porque la hipótesis de la mudanza a algún exopleneta no puede contentar a una humanidad con el cuerpo hecho al veraneo en Marbella o, todo lo más, en una isla griega. Las imágenes son desgarradoras, de eso no hay duda, y unas imágenes desgarradas en una sociedad medial debería bastar para que masivamente los terrícolas mudáramos de credo y nos apuntáramos a la iglesia laica de los penúltimos días. ¡Mira que si hemos puesto a Al Gore de chupa de dómine sin razón! A tiempo estamos, desde luego, de cambiar de estrategia, lo cual parece difícil teniendo en cuenta que la civilización se desplaza hacia Oriente y que en Nueva Delhi o en Pekín no se ve ya a tres en un burro más allá de los cincuenta metros. No toda la culpa es de la Wolkswagen. Nosotros los escépticos hemos de cargar con nuestra alícuota de culpa.

El sol de invierno

El sol de invierno es una delicia. Por algo hablaba Rimbaud de la “estación del confort”, pero la realidad es mucho menos benigna. Richard Gere ha protagonizado un film camuflado de mendigo, de “homeless”, de ese estorbo inquietante que se te cruza en la calle con la mano tendida, y resulta que no lo ha reconocido nadie –normal: ¿quién mira el mendigo, quién no esquiva su incómoda presencia moral?—bajo la friolera áspera de la ciudad. También cuentan que una huelga de periódicos originó, creo que fue en Nueva York, la muerte de treinta “sin techo”, ateridos entre las bolsas de basura, ahítos de vino malo, pero privados de su cobertor de diarios caducados. ¡Para que critiquen a la prensa! En mi calle, un joven vivaquea todo el año, a pierna suelta en verano, reliado en una manta cuando aprieta el viento del norte y el umbral que le sirve de tálamo y almohada se disfraza de hielo, hosco bajo su greña agresiva y su barba hirsuta, explosivo con frecuencia cuando su insania lo arrebata. No hay sitio prácticamente en los hogares que ofrece el municipio y la caridad privada, y hay pandillas generosas que recorren las calles ofreciéndoles un tazón de caldo, aunque ellos no cejen en su individualismo rebelde y se defiendan del frío con su tetrabrik suicida, definitivamente rotos con el Otro, refugiados en sí mismos, solos como sólo puede estarlo un hombre indefenso bajo la helada. Otra cosa es la media mañana en los cálidos días de sol de invierno. En ellos reencuentra el “homeless” su razón perdida y cree entrever el signo de su victoria.

Los he visto en Londres, en Nueva York, en Madrid, en Atenas, en Sao Paulo, aquí en Sevilla, en mi misma puerta, donde ese joven muere lentamente fiel a su designio de independencia, víctima de la implacable derrota, fiero a veces como un arcángel psicodélico, vencido sin remedio bajo el relente. No olvidaré la imagen de uno de ellos muerto en un umbral madrileño junto a un guardia indiferente que anotaba no sé qué circunstancias del caso, y que respondió con una fórmula mínima a nuestro intento de ayuda: “¡Circulen! –nos dijo secamente–, métanse en sus cosas”. Es el envés del desdén mendicante: “Que te apartes y no me quites el sol”, le dijo Diógenes a Alejandro. Se referiría al sol de invierno, seguro, tan cálido, tan reconfortante, tan benigno y gratuito, tan fraterno y conciliador, el sol que sale para todos, ¡Dios es grande!, qué duda cabe, y mañana será otro día, tal vez.

Pies de barro

Se ha desplomado Abengoa, nuestro buque-insignia industrial, dejando tras de sí, como toda estrella muerta, un agujero negro. ¿Lleva alguien la cuenta de las subvenciones que han beneficiado a Abengoa, le va a pedir alguien cuenta a sus responsables de qué han hecho con esa ayuda pública? ¿Y no decían en el entorno de doña Susana –como ha explicado aquí Joaquín Caro– que era ella la que la habían salvado por su influencia con la banca y su intimidad con la Botín? Silencio. Con el desplome de Abengoa nuestro parque industrial cabe en una caja de cerillas, encima de que a ver qué hacemos ahora con Focus-Benjumea, ese escaparate de prestigio construido por unos dueños devorados por la ilusión expansionista. Pero, sobre todo, con los 20.000 trabajadores en el aire, 6.000 de ellos sólo en Andalucía. Aquí no funciona bien ni la excelencia.

Curro

Con premeditación y alevosía, al amparo de la oscuridad de la noche, unos vándalos han profanado el monumento a Curro Romero –ese soberbio desplante que supo captar Sebastián Santos–—, embadurnando con pintura roja no sólo su base sino sus manos y su cara. Van de cultos estos salvajes y por eso invocan la Cultura para justificar su barbarie, como si los ritos y juegos del toro, consagrados desde Caro Baroja y Cossío a Ángel Álvarez de Miranda, no significaran más que crueldad, e invocan su erradicación indiferentes a las tragedias reales que estamos viviendo. ¡Mira que atacar a Curro Romero mientras Europa se estremece y vive en un ay abrumada por el otro fanatismo! El talibanismo antitaurino es tan antiguo como la Fiesta porque siempre hubo gente que, incluso sin necesitarlo su talento, vieron en esta negación un signo distintivo frente al gregarismo del paisanaje en el que incluían sin percatarse siquiera a personajes del mayor calado cultural. Hoy, sin embargo, ese desplante se incrusta en la marea neoácrata que clama por un par de banderillas –y no le niego yo ese derecho a su sentimentalidad—justo cuando lo que está en el alero, y en pleno estado de excepción, es la seguridad de la gente y la integridad de su cultura. He ido al monumento de Curro, como quien peregrina en desagravio, para ver de cerca la burda estupidez de esos reivindicadores, y contemplándolo me percato de que Curro ni se ha inmutado, firme en su gesto desafiante, como prolongando en el tiempo el término glorioso de alguna faena memorable, el estoque en una mano y la muleta en la otra, viril y sereno tras vencer a la fiera.

Ese bestia cobardón que le ha pintado el rostro de rojo no conoce, seguro, a Curro Romero, ni sabe, por supuesto, que el tópico miedo legítimo del maestro es de una estirpe bien diferente a la que mueve al bárbaro a ampararse en la oscuridad, precisamente porque es una prueba de valor, un reto que el hombre se impone a sí mismo en la estela inmemorial del pugilato que le cultura mantiene con la ferocidad. Ya puestos, podrían embadurnar a los cazadores magdalenienses de Altamira o al sioux de las praderas que acosaban al bisonte a cuerpo limpio, todavía ajenos al arte, atentos sólo entonces a la supervivencia. Curro es un artista y eso no lo entiende esta chusma que igual pertenece también a los que dicen que si los yihadistas hacen lo que hacen será porque tienen sus razones. No han leído a Michel Leiris, fijo. Una lata de Titanlux es mucho más manejable.

Normal

La presidenta Susana Díaz dicen que anda sopesando lo que, seguramente, tiene decidido desde siempre: no acusar a los dos ex-presidentes que la precedieron cometiendo la imprevisión de colocarla a ella donde está. Alega su cuadrilla que la razón es que, desde un primer momento, la Junta sostuvo que el procedimiento de los ERE y las prejubilaciones falsas “era legal” por lo que no va a acusar a nadie ahora, y más teniendo en cuenta que la juez Alaya ya no está por medio e incluso porque, a estas alturas, quizá la doña piense en aquello de “hoy por ti, mañana por mí”. Es normal que la Junta no acuse. Lo anormal era su presencia en el laberinto judicial.

Música y letra

Estos días difíciles la Marsellesa ha pasado de ser un himno nacional –originariamente fue un canto de guerra y no un símbolo civil—a funcionar como el esperanto de las democracias. Escucharla en Wembley a grito pelado y con el acento del tantas veces enemigo, ha sido, por el momento, su apogeo, la demostración de que es posible un patriotismo democrático como más o menos sugirió Habermas, precisamente ahora que, en plena globalización, el patriotismo no está de moda más que en la aldea y la identidad se resiste a ser un rasgo colectivo. Por lo demás, España no es un país tan patriótico como Francia, Inglaterra o EEUU ni lo ha sido más que, excepcionalmente, siguiendo a Viriato o al cura Merino, como lo prueba que en tres o cuatro siglos no ha sido capaz de ponerle letra a su himno. Aquí se pita multitudinariamente el himno nacional y (y al jefe del Estado) y no se mueve una hoja, mientras que en Francia Sarko mandó suspender el partido donde eso ocurriera y estableció penas de prisión para los heroicos silbadores. En Inglaterra, en fin, son capaces de honrar al viejo enemigo entonando su himno como lenitivo para su tragedia.

¡La Marsellesa! Terrible himno, a poco que se sepa traducir la letra, pero utilísimo instrumento de convivencia, tan útil que hasta sirve para la exportación de la cordialidad, y del que se atribuye a Napoleón, entre tantos apócrifos, esta gran intuición: “Esta música nos ahorrará muchos cañonazos”. A mí me la enseñaron a cantar en “petit comité” y en una escuela francesa porque por aquel entonces solía relacionarse con la II República, de la que, efectivamente, fue himno antes de que se impusiera el de Riego, y también, seguro, porque hacía poco que había sido el himno clandestino contra los nazis de Vichy. Hoy, como puede verse, lo mismo sirve para emocionar hasta el llanto a la muchedumbre que para subir el ánimo de los hinchas en los campos de fútbol, y eso es algo que jode porque, evidentemente, no estaría a nuestro alcance, a estas alturas, “consensuar” un himno a gusto de todas las tribus entretenidas en desbaratar la vieja piel de toro. Se ha dicho que cada país tiene el himno de que se merece que viene a ser como decir que no somos más que lo que en nosotros, siglo tras siglos, victorias tras derrotas, penas tras alegrías, ha ido tejiendo lentamente la Historia. Nosotros sólo tenemos la música. Por coherencia con nuestro frágil patriotismo nunca tuvimos letra.