Doble insulto

No tenía necesidad el consejero de Innovación (¡) de ofender a dos colectivos de un solo leñazo con tal de parar como sea el conflicto planteado por los mineros despedidos de Aznalcóllar, a los que la Junta de Andalucía, evidentemente, ha engañado como a chinos. Dice el consejero que se busca una solución razonable pero que ésta no contempla la opción de hacer funcionarios a los mineros, obviedad o tautología que, sin embargo, resulta un poco chusca lanzada desde una Junta que ha hecho de ese recurso –la funcionarización de sus clientelas– un expediente que se remonta a la llamada “preautonomía” y que llega hasta la actualidad. Nadie le pide a la Junta, por lo demás, que funcionarice a nadie, sino que cumpla su compromiso son esos trabajadores a los que, con no poca pachorra por su parte, timó Bolidén en su día. No se´, en fin, qué tendrán que decir, por su parte, los funcionarios, esa sufrida legión a la que los junteros se empeñan desde siempre en presentar al contribuyente como un mal inevitable.

Ciclo (mal) combinado

La sentencia del TSJA cierra el pleito de la central de Endesa. Que si sí que si no, el Ayuntamiento habrá de conceder con carácter “inmediato” la licencia que negó, hay que decir que, fuertemente presionado por tirios y troyanos, pero también que por una interpretación poco razonable de su propia normativa. Por su parte, los reclamantes de la Mesa de la Ría, IU y otros colectivos contrarios al proyecto se quedan sin argumento contra el consistorio y el PSOE deberá lamentar su leonina estrategia de abstenerse en el Pleno cada vez que se ha sometido a votación este asunto que es, sin duda, el más debatido de la legislatura. Todos pierden menos quienes ganan, en definitiva, a saber, los empresarios que presionaron desde el principio a favor del proyecto. Los conservacionistas, por su parte, tendrán que ir entrando por el aro de la discreción que impone la Ley en un sistema como el nuestro si quieren mantener a flote el prestigio de su valiosa exigencia.

Mover montañas

Un curandero mapuche de una comunidad de esa etnia subsistente en Argentina, esto es, un “machí”, de nombre Máximo Coñequir (no es coña), que viene practicando la mecidina aborigen en su comunidad desde hace veinte años, ha conseguido ahora, no sólo el reconocimiento de la OMS y de la OPS, sino el apoyo de la universidad de Buenos Aires (UBA) para compartir su ejercicio mágico con médicos convencionales. Coñequir impone las manos, invoca los espíritus y prepara brebajes a base de ajo, melisa, ajenjo, cebolla y uña de gato, convencido de que los mapuches nacen ya con una energía diferente y superior a la de los demás mortales, estrechamente relacionada con la fe religiosa, y que parece avalada por el éxito nada despreciable de esos métodos curativos que el multiculturalismo imperante propone conciliar desde ahora con la ciencia en sentido estricto. Desde antes de la guerra anda por ahí un libro estupendo de Arturo Castiglioni, notable escoliasta de Freud, que contiene un capítulo decisivo para entender los secretos, no poco elementales, de la terapéutica mágica, o sea, las causas y razones de lo que él llamaba ingeniosamente “la sugestión que cura”, el viejo recurso humano que conocemos en todas las culturas desde los templos de Esculapio a los rabinos polacos pasando por la milagrería de Lourdes o el famoso método de la ‘Christian Science’. La fe mueve montañas, de eso no pueden caber dudas, y el propio “machí” que nos ocupa sostiene que el secreto de sus curaciones es que Dios se manifiesta a través de ellas puesto que Él mismo eligió a las personas que debían gobernar el cielo para mantener pacíficamente el orden humano. Hay ya experiencias por el estilo en Perú, según tengo entendido, y me aseguran que, salvo que Sarkozy lo impida, pronto pudiéramos ver en la ‘banlieu’ parisina a los médicos de la beneficencia pasando consulta hombro con hombro con el chamán. Castiglioni decía que la única diferencia real entre los viejos milagros y los actuales es que aquellos se conmemoraban con exvotos en lápidas de mármol mientras estos aparecen hoy en la hoja efímera del periódico. A quien quiera ver en ello, de paso, un signo de los tiempos, no le faltará razón.

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El éxito del multiculturalismo invasor consiste, probablemente, en que no es un invento reciente, como pueden creer sus profesionales, sino una constante jamás extinguida desde la más remota antigüedad hasta nuestros días. Yo mismo he visto –en Buenos Aires, precisamente– cómo una madre llevaba su hijo a Quintero, que entonces iba de “perro verde” por la vida, para que le impusiera las manos y alejara de él cualquier maleficio. Como Marc Bloch explicó en su obra sobre “Los reyes taumaturgos”, por otra parte, es fama que los monarcas franceses mantuvieron durante siglos la creencia popular de que eran capaces de curar las escrófulas sólo con el contacto de sus milagrosas manos, y sabemos por diversos autores que el pobre Luis XVI llegó a tocar cuando se coronó nada menos que 2.400 enfermos, o que todavía Carlos X ejercía su misión respaldado por los médicos más afamados de su Corte. A uno le inquieta ver a la OMS respaldando al chamán, no puedo ni quiero ocultarlo, más por la defección racional que el hecho supone, que por esos inocuos y sugestivos remedios –“primun non nocere”, dicen que decía Hipócrates– que le encasquetan a sus atribulados pacientes. Tengo entendido que en esta experiencia mixta el “doctorcito” Coñequir recibe veinte enfermos al día y dedica a cada uno veinte minutos, mientras que nuestros galenos, por no ir más lejos, llevan solicitando hace años que se les conceda siquiera la mitad de ese tiempo de consulta y que si quieres arroz. Ya saben que vengo sosteniendo por mi cuenta y riesgo que regresamos a paso rápido hacia le Neolítico. Si querían alguna prueba suplementaria, ahí la tienen.

Bobos sin remate

Los empeñados en mantener vivo el debate sobre si la Universidad, el “alma mater”, atraviesa o no un momento malo, quizá catastrófico, van a perder la partida en poco tiempo de continuar por donde va el rumbo de sus imaginativos dirigentes. Un caso fuera de regla: la Universidad de Sevilla (la Hispalense, no la otra) acaba de ofrecer tres “créditos” de libre configuración por aprobar la insólita asignatura –agárrense– “Bicicleta y movilidad sostenible”, ocurrencia extravagante sin duda conectada con la fijación ciclista de IU en el Ayuntamiento. Ya ven que no exageran quienes hablan de desastre, de caos y de batiburrillo en esa institución que parece empeñada en rematar la idiocia heredada de las enseñanzas inferiores organizando un auténtico astracán. Por supuesto esa asignatura fantasma se impartirá en un parque, que es lo suyo, y no en un aula. Para una vez que la Universidad sale a la calle, como reclamaban algunos, lo hará en equilibrio inestable.

Submarinos civiles

Durante la dictadura, es decir, cuando casi nadie, no sé si me entienden, las asociaciones de vecinos, infiltradas a tope por el PCE, terminaron convertidas en un instrumento político de primero orden que, naturalmente, el propio partido mandó desmantelar en cuanto se metió en los despachos. Hoy esas asociaciones, como acaba de demostrar sin recato y aunque no fuera en absoluto necesario, la onubense Federación de Vecinos Tartessos convocando actividades propagandísticas en torno y a favor del debate político más agudo que tiene planteado el partido en el poder, la Educación para la Ciudadanía, esas asociaciones son simples instrumentos electorales del PSOE, a cuya sombra viven y al que sirven travestidas con el uniforme de la civilidad. Tartessos es el PSOE como, probablemente, con otros dirigentes pudiera ser el PP o el partido que estuviera en el gobierno. Esperemos que no llegue, como a su homóloga le ha ocurrido en Sevilla, a verse imputada por fraude y facturas falsas en el seno de las mismas instituciones.

El ratón Pérez

No se sabe ni probablemente se sabrá nunca que hay de verdad y cuánto de calculada mentira en los choques entre los ministros benefactores y el ecónomo Solbes, que pastorea la grey como si el redil fuese suyo –que es lo suyo, desde luego– y se pasa el tiempo contradiciendo a los prometedores de aguinaldos para ser, a su vez, posteriormente, contradicho por quien de verdad manda. Ni lo sé ni me interesa, les digo la verdad, porque me traen al fresco estos malabares estratégicos y porque me parece que en todos estos encontronazos lo grave no sería, en última instancia, la erosión de una figura política sino el fondo de las cuestiones planteadas, concernientes todas ellas a derechos elementales de los ciudadanos –derecho (¿) a una vivienda, a la salud dental y demás– olvidados desde siempre por el Poder. Pero aún desde esta perspectiva hay diferencias notables entre la insensata promesa de ofrecer piso a todo el que perciba menos de 2.100 euros de renta (es decir, a más de los tres tercios de los contribuyentes) o, alternativamente, en las de desgravar alquileres o gravar viviendas vacías; y anunciar, por fin, el rescate de la salud dental del segmento acaudalado de la población, en especial, por lo que se refiere a una santa infancia cuyo futuro sanitario depende en buena medida, para bien y para mal, del cuidado que se le preste a sus bocas. El hecho mismo de que sea noticia la extensión del cuidado dental gratuito a la infancia constituye en sí mismo un escandaloso ‘mea culpa’ por parte de un Poder hecho a la idea, inasumible para cualquier espíritu medianamente solidario, de que es normal que la endodoncia (que es la odontología cara, pero también la razonable y efectiva) se reserve a quien pueda pagarla, dejando para el resto de los dentados la alternativa que separa la caries de la extracción. Y sin embargo, afrontar el problema de una vez tiene su mérito (al margen del debate electoralista) y desactivarlo supone reafirmar la lógica de la desigualdad hasta en la boca de los ciudadanos. Solbes lleva probablemente razón al objetar la medida, pero a Soria no hay modo de discutirle que la boca de un niño debería costar siquiera lo que vale.

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Lo que es una vergüenza es que, tras varios trienios de mayoría de la autopostulada izquierda, nuestros niños continúen sin derecho a la salud dental, por no hablar de lo que supone que en Andalucía, tras casi treinta años de incontestable hegemonía ‘sociata’, los clásicos ‘empastes’ sigan vedados para los de abajo y los propios niños excluidos de la atención cuidadosa que se prodiga a los de arriba. Aunque si finalmente Solbes pierde la partida y se impone el electoralismo presidencial, habrá que revisar esa guasa que anda diciendo por ahí que ZP es capaz de permanecer insensatamente sentado al paso de la bandera americana pero que tiembla como un azogado ante el sillón del dentista. Este cuento, damas y caballeros, es toda una tomadura de pelo, un festival de despropósitos en el que, desde el patio de butacas hasta el gallinero, el teatro entero ha acabado asumiendo la lógica del entremés, indiferente a la evidencia de que el protagonista recitaba en cada momento el versículo que le soplaba desde su concha el apuntador. Yo creo, además, que el rifirrafe entre el ministro audaz y el sensato forma parte del libreto, quiero decir, que tanto la promesa de Soria como el frenazo de Solbes estaban previstas, son piezas de un mismo diseño propagandístico que pretende sugerir a los ciudadanos el ambiguo mensaje de que los mejores deseos se topan con la realidad como don Quijote se topaba de bruces con las tapias de la Iglesia. No hay mejor forma de valorizar el producto que demorar su venta. Para una Humanidad doliente que no ha conocido más que el dolor o la anestesia de santa Apolonia durante una eternidad, ya me dirán qué puede significar que el remedio se aplace todavía otra legislatura.