Jueces y partes

La verdad, uno hubiera esperado de nuestro partidos, del Poder y de la Oposición, un poco de sentido del decoro a la hora de zanjar el inacabable pleito de la renovación del CGPJ, el órgano de gobierno de los jueces. Que hubieran elegido a personajes de fuste, por ejemplo, más o menos escorados hacia una u otra formación, que hubieran prescindido de ‘clientes’ sin mejor título, que hubieran tenido el gesto de tener en cuenta a la mitad de los jueces en ejercicio que no pertenecen a esas asociaciones profesionales que sirven de coartada a los socios de este cambalache. Pero no, ni se han molestado en disimular sino que han resuelto el problema repartiéndose a prorrata la tarta judicial, ‘fifty-fifty’, pero, ay, con dos “votos sueltos”, como se dice ahora, que en manos de los nacionalistas, podrán deshacer los previsibles empates, y un presidente para rematar, en última instancia, una improbable situación de equilibrio. Definitivo: el Poder Judicial es ahora un apéndice de los partidos políticos, con lo que se elimina sin remedio la clásica separación de poderes y la imprescindible independencia del juzgador. “No hay libertad si el poder de juzgar no está separado del poder legislativo y del ejecutivo… Entre los turcos, donde los tres poderes están reunidos, reina un horrorosa despotismo”, sentenciaba Montesquieu en el libro XI de “El Espíritu de las Leyes”. La grave crisis de la Justicia que está viviendo hace años la democracia española es consecuencia de la deriva partitocrática que ha hecho degenerar nuestra vida pública hasta un punto dramático. Hoy no hay más que una institución soberana en nuestro horizonte político y es el partido. Y ni uno sólo entre ellos, posiblemente, es capaz, a estas alturas, de supeditar su conveniencia al interés general.

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Desde ahora será perfectamente previsible el desenlace de cada cuestión sometida a ese Consejo que sus muñidores no se cortan a la hora de calificar de “órgano político”. Para conocer de antemano su resultado, no habrá más que tirar la raya y echar la cuenta sumando las adscripciones de sus miembros y teniendo en cuenta el interés de los nacionalistas en el caso concreto, cosa que es cierto que ya venía pudiéndose hacer (y que vale también para el TS y para el TC) pero que, en adelante, resultará mucho más fácil. La voluntad del partido –de esos partidos privilegiados, no de todos—determinará sin concesiones el veredicto y la Justicia pasará a ser un estamento subordinado a las ejecutivas de cada uno de ellos, debiendo plegarse su disciplina a lo que en éstas se decida. Un juez incómodo podrá ser eliminado sin mayores problemas, un magistrado cimarrón podrá ser sancionado a gusto de los jefes políticos que es, tristemente, hay que decirlo, lo mismo que ocurría en el ámbito de la dictadura sólo que convenientemente afeitado. Se ha impuesto de una vez por todas la tesis de que, puesto que la soberanía reside en el Parlamento, son los partidos que lo componen quienes debe regir la actividad judicial en lugar de mantenerla separada e independiente como es condición de toda democracia. Han preferido el modelo turco de que hablaba Montesquieu con tal de concentrar todos los poderes en manos del Poder, aunque sea mediante un reparto acordado con los rivales –hoy por ti mañana por mí—y con los eventuales socios de gobierno, algo que no es imputable en exclusiva al PSOE puesto que el PP tuvo ocho años para modificar el plan y no movió un dedo. Que la mitad de los jueces y magistrados de España se mantenga voluntariamente fuera de estas reglas del juego al no afiliarse a ninguna asociación profesional, es un hecho que habla por sí solo del estado de ánimo de una Justicia por lo demás empantanada en una situación más o menos caótica. “Cuando la Justicia cede al poder ejecutivo el derecho de aprisionar a los ciudadanos, se acabó la libertad”. A Montesquieu se lo pasa esta tropa por el arco del triunfo.

Cortesía de huésped

El presidente de Costa Rica ha dicho (Dios le conserve la vista) que “Andalucía encierra algo así como la fuente de la eterna juventud, el secreto de cómo avanzar hacia el futuro sin renunciar al pasado” y no sé que cortesías más. Le deben haber trazado un itinerario escogidísimo o será que el hombre es un optimista nato e ignora, por lo demás, cual es la verdadera situación de la comunidad, sumida en estos momentos en “una crisis dentro de la crisis” y a la cola de España. Y se ve, en todo caso, la eficacia de esos tópicos que mantienen vivas imágenes que nunca existieron o deforman las reales hasta hacerlas irreconocibles. Mucha lírica es esa para echársela en lo alto a un ejército de parados que, lamentablemente, se incrementará todavía, y a esa pobrea que sobrevive como puede cada día más agobiada por las circunstancias. Se agradece la cortesía, pero el realismo es un requisito imprescindible de la recuperación.

Nunca juntos

Ni para tomar una medida tan elemental como congelar los buenos sueldos de la Diputación se ponen de acuerdo PSOE y PP, tal como ocurriera ya en el Parlamento de Andalucía, sino que plantearán dos propuestas separadas, cada una de las cuales irá acompañada de su debatillo. Será que les sobra el tiempo, a pesar de que para tomar unas medidas mínimas frente a la crisis en la provincia, la institución acaba de darse un mes de prórroga. Se lleva al extremo la pugna ridícula por el protagonismo de partido incluso cuando, como en el caso de los sueldos, apenas hay nada que discutir porque la cosa está sobradamente clara. No obstante, apurarán la ceremonia, dramatizarán la diferencia con tal de evitar que el otro se apunte el mérito que, obviamente, esta vez no puede ser de nadie porque ni siquiera es mérito. Nuestros políticos dan un permanente ejemplo de egoísmo y enfrentamiento. Desde luego, la mala imagen que tienen se la gana pulso.

La mano visible

Me imagino el engorro de los manchesterianos a la hora de explicar la historia de ‘Freddie’ y ‘Fannie’, la decisión del Estado yanqui de intervenir con su larga “mano visible” en la economía, pero no de cualquier manera, sino con un zurriagazo de 140.000 millones de dólares, para que se hagan una idea, algo así como 23 billones, con be, de las viejas y añoradas pesetas. Los dos colosos hipotecarios –una creación del “New Deal”, no vayan a creer— habían vendido a otros bancos sus hipotecas basura abultando una bolsa de títulos equivalente a cinco veces el PIB español, y esa fabulosa estafa blanca, esa virguería ingenieril, había puesto en el alero la economía del país más rico de la Tierra que amenazaba con estallar su burbuja y no dejar títere con cabeza. El sistema de capital tiene estas contradicciones, avaladas por los ideólogos liberales, en virtud de las cuales, mientras el viento viene de popa la propiedad es sagrada e intocable, pero cuando se planta de cara exige que le echen un cable –¡y qué cable!—por la razón elemental de que, como en el caso de Sansón, su caída supondría el hundimiento completo del templo. Hoy sólo los empecinados del integrismo colectivista se oponen a que el Estado ‘salve’ a la banca en caso de apuro, en la medida en que la suerte de ella concierne y determina la del resto de las economías, pero la realidad es que, en cada caso de auxilio, son los contribuyentes quienes pagan los platos rotos. En esta ocasión se trata de clarificar la situación de los mercados mundiales mediante el respaldo estatal del pufo privado, es decir, de proteger la banca como requisito imprescindible de la estabilidad global, grave objeción al presupuesto canónico de que el Mercado, con mayúscula, funcionando en libertad, ajusta los intereses de modo automático. Desde Smith a Hayes, con ser admirables sus aportaciones, los predicadores neo o priscoliberales lo tendrían difícil a la hora de explicar por qué los ciudadanos han de pagarle con sus impuestos 140.000 millones de dólares a quienes hasta ayer fueron amos exclusivos de la gran burbuja.

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Cuando uno gana un duro otro lo pierde, eso sí que no cabe ser discutido. Los cruzados de la liberalización tendrían que explicar cómo encajan en su teoría intervenciones de este calibre, y qué razón moral puede explicar que sea el conjunto de los ciudadanos el que acabe sufragando el enorme gasto que exige la regeneración de un sistema podrido. Aunque parece más urgente que se apliquen a sacar consecuencias del presente cataclismo, en USA y fuera de USA, comenzando por reconocer la evidencia de que la economía de mercado, abandonada a su puro arbitrio y sin freno alguno, tiende seguramente a excesos que, tarde o temprano, acaban pagándose. Aquí se negocia hasta con basura financiera, es probable que desde la seguridad de que, llegado el apuro, vendrá el denostado Fisco con su “mano visible” a remendar el roto aunque sea con paño ajeno. El gran hallazgo del egoísmo humano es ese postulado de que el beneficio es exclusivo de quien lo produce mientras que las pérdidas siempre pueden ser socializadas sin que el contribuyente, ni por sí ni por medio del Estado, tenga la posibilidad de intervenir siquiera en casos tan flagrantes como el de la burbuja inmobiliaria. Toda la “New Age”, la extravagante sugerencia de que el crecimiento tendía ya definitivamente a infinito y de que, al fin, el capitalismo había superado sus últimas contradicciones, se ha venido abajo por arriba, pero la factura, como era de esperar, se la han pasado a los de abajo. Lo de ‘Freddie’ y Fannie’ ha sido el mayor fiasco de la tesis liberal en la medida en que ha supuesto también la mayor intervención estatal de la historia en una economía apurada. Todos queremos una sociedad sin armas, pero todos agradecemos el gendarme cuando nos asaltan la casa.

Ahora, los bautizos

Desde Sevilla a EL Borge avanza diligente la secularización burocrática promovida por una izquierda narcisista que, al parecer, no tiene nada mejor que hacer en esta terrible coyuntura de la crisis económica, que andar casando heteros o gays en los Ayuntamientos, y desde ahora también bautizando a los neófitos con agua sin bendecir. Cuesta creer que cierta izquierda, incluso en el ala extremista o testimonial, ande empantanada en esta obsesión laicista, como si en ello le fuera la vida a los millones de parados aumentan cada hora, mientras calla o se arruga bajo la férula socialdemócrata o las tentaciones de la “casa común”. Aparte de que, en todo caso, las iglesias se extirpan pero no se reproducen como pretende estos ministraros sin tonsura. No son más tontos porque no se lo proponen, pero todo indica que podrían serlo sin gran dificultad.

Guantes de seda

Es asombroso el silencio ante la grave sentencia que ve prevaricación en las acciones de la Junta de Andalucía en el famoso caso del hotel de El Algarrobico. Asombroso. Para empezar, el silencio del propio PSOE que, aparte de unas intrascendentes nimiedades de Chaves sobre la cuestión, no se ha planteado siquiera reaccionar ante semejante varapalo a uno de sus alcaldes y a su mandamás. Tanto o más, el silencio de la oposición que tiene en bandejas un argumento de oro para poner en su sitio las responsabilidades en el caos urbanístico de la Costa, aparte de lo que supone el durísimo alegato que en la sentencia lanza el juez contra la actuación de la Junta. ¿No es rara tanta cautela, tanto tentarse la ropa, en un personal que no necesita mucho, cuando tiene ganas, para despellejar al rival? El PSOE junta a su hegemonía el temor reverencial de sus adversarios. Se ve mejor que nunca cada vez que lo tienen a tiro y lo dejan irse de rositas.