La mano visible

Muchos españoles andan preguntándose por radios y periódicos por qué no baja el precio del combustible si el barril de petróleo, causa de la bárbara subida, ha bajado el suyo. No entienden que si las subidas se repercuten automáticamente o casi, los descensos se vayan quedando traspapelados en las gavetas de un negocio liberalizado a tope cuyos dueños madrugan a la hora de trincar pero remolonean a la de compensar al consumidor. Más o menos lo mismo está ocurriendo en Italia con los precios del pan y de la pasta, a saber, que se mantienen disparados a pesar de que entre junio y julio el grano haya visto reducido el suyo, según el mismísimo ‘Garante’ oficial, en más de un 22 por ciento. No hay justificación, dicen las organizaciones de consumidores, para que el nivel de precios de esos productos básicos siga como estaba después de tres semanas de bajada de los correspondientes a los cereales en el mercado internacional, entre otras cosas porque el perjuicio provocado en el país por esta revolución se calcula en más de dos mil euros anuales por familia. Pero ¿era o no era la crisis consecuencia de esas causas “exógenas”, estaba la subida del crudo y del grano detrás del desgalgadero del presupuesto familiar o ése argumento no era más que una excusa de repertorio para salir del paso y tirar millas? Lo ignoro, claro está, pero parece evidente que se confirma esa regla de oro de todos los mercados que sostiene que resulta mucho más fácil subir que descender por la escalera de los precios, al menos hasta que la cuerda de la paciencia alcance ese punto de torsión que ya no resiste la carga. Bajarán poco y tarde el gasoil, la gasolina, los espaguetis y el pan mientras las hipotecas seguirán su imparable ascensión en busca del inalcanzable “punto de Cournot” o de esa ‘competencia perfecta’ que, según dicen, viene sola, automáticamente, como un efecto milagroso de la teología liberal. ¿Ustedes lo entienden? Pues yo tampoco.

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Lo que no sé es cómo se las aviarán los arcángeles italianos para lograr esa “immediata inversione di tendenza” en los precios que exige el sentido común, toda vez que, con el catecismo thatcherista en la mano, ninguna intervención sería posible sin el riesgo de enturbiar la transparencia del mercado, un grave dilema para la colmena manchesteriana cuyas protestas de “no intervención” se dejan oír ahora, ciertamente, con la natural sordina. Como en España, donde la repercusión al alza fue fulmínea aunque la confirmación de los descensos de precios internacionales no haya provocado más que un dudoso goteo de rebajillas desiguales. El caso es que en pleno siglo XXI andamos a vueltas con las ideas de nuestros ‘arbitristas’ y la vieja polémica sobre el precio del pan en la que tan sensatamente terció el maestro Pedro de Valencia con la anuencia del sabio Arias Montano, todos confiando en esa ‘Mano Invisible’ tras de la cual –como en el ejemplo de Ortega sobre el puñal de Bruto—hay un brazo movido, a su vez, por un cerebro que trasciende con mucho al sujeto que apuñala, indiferente aunque embozado, al ingenuo que desoyó el aviso sobre los idus de marzo. Los precios que suben raramente bajan hasta dónde estuvieron, eso es de cajón, y yo lo que sé es que, hoy por hoy, un kilo de humildes limones vale lo que antes costaba una escogida ‘delikatessen’, que los precios de las gasolineras no reflejan ya la tiranía de la OPEP y que no hay razón alguna para que los raviolis o las teleras continúen agravando la crisis hasta esos extremos. Esta vez se le han visto a esa mano los dedos en garra haciendo el gesto de la rapiña con un descaro verdaderamente insultante. En la aludida colmena, los zánganos se disputan a una reina despótica que cotiza en Bolsa bajo nombre falso. Los veraneantes pagarán a la vuelta el precio de la ida, pero no se preocupen porque Solbes no dejará de racionalizar el acertijo, quizá con un ojo tapado, como el capitán Baco o como el Olonés.

Una patata caliente

La consejería de Medio Ambiente de la Junta no quiere saber nada del viejo problema del hotel de El Algarrobito, en Carboneras, que tanto ha dado que hablar en estos años, y ha pasado de una postura favorable al derribo (el hotel está construido sobre terrenos impropios metiéndose prácticamente en al mar) a decir que no sabe nada y que deja el asunto en manos del Ministerio. Está claro que el negocio es una patata caliente que quema en un feudo especialísimo del PSOE (el ex-alcalde fue indultado en tiempo récord por el Gobierno tras ser condenado por un delito electoral nada menos) y que, libre de Cristina Carbona, la Junta, que fue impulsora del proyecto en su día, no quiere bregar con ese problema. Quizá no haya en Andalucía un caso más escandaloso que éste de El Algarrobito, pero a Chaves le queda grande.

El lío de la estación

No me explico como el Ayuntamiento consiente que desde la oposición del PSOE siga jugándose con la evidente con el camelo de que el AVE no llega porque no se aclara donde irá la famosa Estación y que no se sabe porque el Ayuntamiento no cede u nos terrenos que –como los de la Ciudad de la Justicia—fueron determinados y cedidos hace la tira. De momento lo que está claro es que hemos perdido cuatro años a causa de la pasividad de un Gobierno que está más claro que el agua que regatea la llegada del AVE a una capital que se ha convertido en un fortín inexpugnable de su rival, pero el Ayuntamiento, insisto, debería exhibir las pruebas irrefutables para que los onubenses sepan a ciencia cierta de quién es la culpa del retraso. Isla Chica, la Ciudad de marras, la Estación del Ave, el aeropuerto… : a Huelva, ni agua mientras el inaugurador sea este alcalde. Una verdad tan elemental debería ser divulgada.

Sadismo en la Feria

Justo cuando circula la noticia de que el coger de Bin Laden ha sido juzgado y condenado por un tribunal militar especial en la base de Guantánamo, admitiéndose como evidencias las propias declaraciones obtenidas bajo indescriptibles tormentos de reos privados de todo derecho, otra noticia curiosa salta en la prensa americana. Resulta que un ‘artista’ neoyorkino, Steve Powers, ha montado en un ferial de Brooklin una barraca en la que el espectáculo consiste en una exhibición de tortura calcada de las realmente infligidas en aquel campo de concentración, concretamente de la famosa “bañera” y similares, es decir, de las prácticas de ahogamiento del sospechoso utilizadas en los interrogatorios desde épocas remotas. Un cliente cualquiera, un niño tal vez, con sólo introducir un dólar en la ranura verá abrirse una ventada a través de la cual, como un espectador privilegiado, podrá asistir a una sesión de esa práctica ejecutada por robots construidos con tremendo realismo y aún escuchar a la víctima proclamar en plan masoca el placer obtenido del martirio. Se preguntan algunos observadores si semejante ultraje al sentido común y al decoro más elemental debe ser tolerado o prohibido en un país que presume de democrático, pero quizá el gran debate no sería tanto ése como el de la preocupante deriva que lleva el sentimiento humano, convicto de sádico o simplemente de cruel hasta el punto de que un reciente escándalo protagonizado por un magnate sadomasoca nos ha permitido asistir a una ardiente defensa del fuero íntimo que justificaría, por lo visto, cualquier conducta siempre que no salpique. Ya lo ven: un buhonero que se gana la vida mostrando escenas de tortura y un público entusiasta que hace cola ante la barraca para ver cómo se ahoga a un hombre impunemente, puesto que se supone perpetrado el crimen en nombre de la ley. Por lo demás, el dolor se anuncia regularmente  en los periódicos conectado, como todos sabemos, a la práctica perversa del sexo. Quién sabe si el tal Powers está haciendo de iniciador sin saberlo siquiera.

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Tortura hay un poco por todas partes –no se olvide que la abolición del tormento, como recuerda Voltaire, allí donde se produjo, data sólo de mediados del XVIII—y, lo que es peor, parece demostrado que ninguna prohibición o buen propósito han logrado nunca extirparla del todo, como ningún avance civilizatorio ha conseguido librar a la curiosidad y al afán humano de su impía inclinación al dolor ajeno. Los sondeos americanos (¿y españoles?) demuestran que, tras la catástrofe del 11-S, un sector amplio de la población “comprende” y, en consecuencia, acepta como mal necesario, el recurso a la tortura, ahora concebido –otra vez—como un instrumento imprescindible de la autodefensa que no precisa de mayor legitimación moral. Algo inquietante si se considera la indiferencia con los Gobiernos de países libres, incluyendo el nuestro, encajan las censuras de ciertas ONGs especializadas, como Human Rights o Amnesty International, que cada año confirman la persistencia de esas prácticas en países democráticos. Y esto es así, probablemente, porque el Poder conoce esa inclinación del gentío, porque sabe que el eventual recurso al martirio del sospechoso –ay, Hanna Arendt, ay, Primo Levi—no será execrado por al opinión pública sino todo lo contrario, como lo demuestra esa cámara de los horrores abierta por un dólar a todos los públicos en pleno Brooklin. Antier fue la última vez que nos llegó la imagen de los familiares de unas víctimas asistiendo, con disimulada ferocidad, a la ejecución de un reo a través de un espejo. No es mala sugerencia para nuestro “artista”, un espectáculo en sesión continua de ejecuciones robóticas pero realísimas. El Poder necesita el dolor y la especie gusta de sus efectos. Sade o el doctor Masoch van a quedar, al final, no como unos precursores adelantados sino como un par de membrillos.

Mérito y gasto

Habrá que aclarar, para que nos tomen el número cambiado, que las eventuales críticas formuladas sobre el tinglado de Barenboim que paga la Junta de Andalucía no cuestionan ni el objetivo, nobilísimo por más que inalcanzable, ni la maestría de un intérprete consumado y excepcional ejecutante. Sería de tontos discutir el pretsigio de esa operación publicitaria que Chaves se ha montado, pero no lo es tanto, a mi juicio, cuestionar si una comunidad autónoma que tiene en práctica bancarrota su Servicio Público de Salud (el SAS) o no puede pagar su parte para aplicar la Ley de Dependencia, aporte 9 millones que ya podría pagar el Gobierno de todos o fraguarse en torno al mecenazgo. Barenboin hace bien no mirándole el color al dinero que le largan. Es Chaves quién debe explicar por qué se gasta lo que no tiene (tenemos) en un gesto digno… de quien tenga posibles.

Bajo mínimos

En plena canícula, cuando teóricamente al menos, más complicado es de regir el internado de enfermos nerviosos, al SAS no parece habérsele ocurrid otra cosa que “amortizar” las suplencias de los celadores que vigilan y protegen a los internos peligrosos del hospital Vázquez Díaz, dejando al personal sanitario abandonado a su suerte y al albur de cualquier eventualidad desagradable. No se concibe tanta dejadez o tanta audacia, entre otras cosas porque, como han advertido los sindicatos más próximos, los riesgos de incidentes son altísimos e incontrolables, lo que convierte aquel abandono en pura temeridad. Claro que por encima de Salud está la delegación del Gobierno, que bien podría suplir con su autoridad semejante ocurrencia, en evitación de que, como consecuencia de ese insensato ahorro, pueda ocurrir algo irreparable.