El arca y el calcetín

Pocas tonterías ha inventado la práctica democrática como el imaginario control de las economías privadas de los políticos en un registro público. Hay tropecientosmil expedientes para ocultar las fortunas, no hará falta que lo jure, incluyendo su discreto reparto entre familiares y testaferros, su blanqueo en sociedades más o menos lejanas y, en última instancia, la bolsa del amiguete de confianza. Nada, no hay quién pueda controlar el dinero que tiene un político aunque no me parece imposible intentarlo con el que percibe forzando la transparencia con graves penas a los tramposos. El caso de Chaves manteniendo su inverosímil patrimonio durante años y modificándolo luego –¿de dónde salen más de tres milloncejos en tres días, dónde estaban hasta antier?– a raíz de un apuro televisivo lo demuestra de modo no poco ridículo. Es un sueño ése de controlar lo que afanan los políticos. Mejor que nadie debería saberlo Hacienda.

Sin novedad

No habrá novedades en las listas del PSOE onubense. Lo de “renovar” el partido que dijeron estos eternizados en la nómina se refería a los otros, no a ellos. Dijeron, mismamente, que Carlos Navarrete –Pigmalión de todos ellos– llevaba demasiado tiempo, pero la verdad es que Barrero o Petronila, Arreciado y tantos otros llevan ya el mismo o más tiempo vivaqueando en la nómina que aquel descalabrado. ¿Novedad Cejudo o Trillo? Un boticario en una Cámara legislativa como el Senado parece una broma y un poeta incipiente en un coche oficial, un disparate, pero sobre todo, lo llamativo es la endogamia que practican para garantizar la fidelidad canina, ahora que ya no hace falta “renovación” alguna ni ZP ha tenido agallas de mantener su inicial promesa de limitación de mandatos. Debería publicarse un estadillo con el tiempo que llevan esos mandamases viviendo del erario. Seguro que muchos onubenses se iban a quedar de piedra.

El hogar del genio

Una activa campaña ha logrado en Londres que se salve la casa de Carden Town en la que vivieron su desenfrenada aventura bujarrona el maestro Verlaine y el príncipe Rimbaud, aquella famosa que acabaría a tiros en un hotelito de Bruselas. Es otra vez el inevitable fetichismo de la fama, la fantasía adocenada de apropiarse en alguna medida de la sustancia del famoso –ay, la “magia de contagio”– que se supone impregnando su territorio vital. Ya he contado alguna vez cómo peregrinábamos en Viena hasta el piso burgués de Berggasse 19 en el que permanecía (o eso aseguraban las guías para panolis) el mítico diván en el que habrían desgranado sus sueños los pacientes del maestro, o cómo en Londres rebuscábamos por el Barrio Chino la triste entreplanta en que Marx hubo de vivir la muerte casi por inanición de una de sus hijas. Con la edad se mitigan estos fervores ingenuos, tantas veces inventados del tirón por el turisteo, pero lo cierto es que hay pocos lugares tan concurridos en Toledo como esa casa del Greco, que más falsa no puede ser, o en Ámsterdam ante la casita de dos plantas en la que vivió Rembrandt una de sus etapas menos brillantes. Es verdad que hay veces en que la visita resulta inolvidable, como cuando se acerca uno a Giverny para curiosear las ninfeas y el puente japonés de Monet o da con sus huesos ante la mil veces restaurada casa moguereña de Juan Ramón, pero debe reconocerse que esa experiencia suele ser rara. No hay quien se trague el cuento de la casa de Dante en Florencia pero hay que ser marmóreo o no haber leído al huésped para no impresionarse ante las cariátides que sostienen el templo doméstico de Chateaubriand en La Vallée- aux- Loups, allá por Chatenay-Malabry. Todavía hay fetichistas que, en el barrio sevillano de San Lorenzo, van a retratar con el telefonillo la casa de Bécquer en la que nunca vivió el poeta o la espuria que en un callejón  se le endosa a Velázquez nadie sabe por qué. La atracción del fetiche es tan grande que puede permitirse el lujo de la superchería.
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Lo de Londres me ha extrañado mucho aunque sólo sea porque, o anda uno mal informado, o aquel ‘séjour’ londinense de la pareja de geniales depravados fue más bien breve (un mes escaso, según Antoine Adam), aparte de terminar como el rosario de la aurora, pero no deja de ser significativa esta energía ciudadana que es capaz de mover gente y recaudar dineros para evitar que se pierda un recuerdo literario. Un escritor bien agudo, François George, que ejerció un poco en plan “enfant terrible” del círculo de Sartre, atribuía la devoción francesa por los escritores a un prurito fundado en la conciencia del mal lector, y eso es un poco, me parece a mí, lo que le pasa a mucho visitante de la casa de Cervantes que se muestra en Valladolid y en la que aquel gigante sufriría nuevamente, junto a su familia y más injustamente que nunca, persecución por la Justicia: que buscan en la visita indulgencia para tanto desapego lector. El fetichismo se agota en la curiosidad y actúa desde la presunción animista de la impregnación vital del ámbito, en cuyo polvo doméstico andaría depositado, como quien dice, algo así como la memoria de una cotidianeidad prestigiosa y accesible, el poso de la vida o la huella de la existencia señera. Recuerdo una reflexión lejana de Leroi Gourhan sobre la fascinante presencia mística de los primitivos que impresionaron sus manos mutiladas o pintaron bisontes en la roca de la cueva. También él sentía esa presencia perdida pero vehemente, ese hálito afincado o errabundo que remitía a una memoria recobrada, tal vez nuestra propia presencia anticipada en el tiempo y firme en el espacio. La historia profunda consiste en este inasible sentimiento de contigüidad con los que fueron. Nosotros somos, en esta crónica inacabable, apenas unos turistas, y desde luego, de lo más inocente.

El festín de la Junta

Nada evidencia mejor el festín juntero que el funcionamiento de esas empresas públicas con que Chaves se ha propuesto construir una Administración paralela y fuera del alcance del interventor. Los empresarios particulares se quejan, con razón de la competencia desigual que supone para ellos el cuasimonopolio de Egmasa o de tantos otros chiringuitos, pero ahora resulta que, además, ni siquiera se limitan al ámbito legal que se les asigna, sino que invaden lo que les da la gana. La denuncia contra “Desarrollo Agrario y Pesquero” (Dapsa) colma el vaso porque demuestra que esos engendros paraadministrativos se dedican ante todo a engordar sus respectivas cuentas de resultados, como si fuera misión de la Junta autonómica competir con sus propios “emprendedores” en condiciones de clara ventaja. Una empresa de esos dos ramos dedicada a urbanizar ciudades o a construir campos de fútbol constituye un montaje injustificable y un pitorreo flagrante de la normativa.

El trigo del predicador

Una cosa es predicar y otra, muy distinta, dar trigo. Una cosa es prometer en tiempo de campaña electoral y otra bien diferente cumplir esos compromisos que ya no resultarán necesarios al menos hasta la próxima campaña. El cálculo de este periódico demostrando que de las 30 grandes promesas realizadas por el PSOE en el año 2004 solamente se ha cumplido una, lo dice todo. Ni rastro del AVE, ni del disputado aeropuerto, ni del desdoble de la N-435, ni de la presa de la Alcolea, ni del parador serrano: nada de nada, palabras que el viento se levó al día siguiente de las elecciones. Lo que equivale a que Huelva importa poco al Gobierno y a la Junta salvo durante la campaña electoral en la que, como es lógico, cuida este curioso granero de votos vada día más gratuito como puede verse.

Nuestra ignorancia

Hay pocas situaciones tan embarazosas para los profesionales colaterales de la Cultura –y pongo por delante a la profesión periodística– como el brete en que los sitúa cada año la nominación del premio Nobel (o Nóbel, como se pronunciaba toda la vida). Me refiero, claro está, al premio de Literatura, porque en torno a los demás no hay caso, toda vez que la Ciencia, pura o aplicada, generalista o concreta, como tal suele considerarse ajena a la obligación cultural y, en consecuencia, basta con despachar la noticia con un suelto breve. El Nobel tiene mala prensa, como es sabido, a pesar de lo cual hay quien ha muerto medio loco lamentando no haberlo alcanzado y hasta quien, como Sartre, se ha permitido el lujo de devolverlo, que era una forma como otra cualquiera –aunque tal vez más efectiva, de revalorizarlo– pero insisto en que el galardón por antonomasia es el que distingue a los escritores en una larga saga que incluye desde Faulkner a Juan Ramón pasando por un pelotón de importantes desconocidos y hasta algún que otro mediocre primado por su circunstancia. Los científicos son escépticos o entusiastas, también según les vaya en la feria, no faltando entre ellos los casos de fraude hábilmente disimulado. Faustino Cordón contaba que un hallazgo suyo tuvo luego un Nobel en cabeza ajena, serendipia del tipo de la que les ocurrió  Crick y a Watson con el ADN, pero justificada en este caso –decía él– por el secretismo que supuso su decisión de publicar su descubrimiento en el boletín de una academia científica para pasar desapercibido. Algunos historiadores de la Ciencia, por su lado, han demostrado hasta qué punto resulta vulnerable un simposium de sabios tan aislados como para tragarse los camelos de unos falsificadores hay que recocer que no poco geniales.  Pero ya digo que en Ciencias eso sólo concierne al círculo, tan cooptativo y cerrado a cal y canto, de la “comunidad científica”, mientras que existe la generalizada convención de que todo aquel que se precie en el planeta culto debe estar al día de ese imposible “who is who” literario en el que –salvo excepciones dignas de todo aprecio– los académicos suecos eligen, como en un florilegio arcano, sus flores más exóticas.
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Un mal trago para las redacciones, ya digo, el campanazo súbito que año tras año nos plantea sin remedio el grave interrogante. ¿Quién es Orham Pamuk, quién Gao Xing Jian, quién V.S. Naipaul, quién ese húngaro que responde como Imre Kertész? Doy fe de que esas mañanas fatales los guionistas machacan los teléfonos pidiendo ayuda desesperada a los cuatro gatos que se suponen cultos hasta la extravagancia. Me honra tanto como me confunde haber sido despertado al amanecer en más de una ocasión y me mortifica no haber podido corresponder en tantas ocasiones a semejante confianza, entre otras cosas porque la edad me va reconciliando poco a poco con aquella chulada tan valleinclaniana de “yo no leo a mis contemporáneos”.  Por lo demás, no parece ser cierto que el Nobel se rija por criterios de conveniencia editorial pues cualquiera puede comprobar que algunas de esas tiradas no superan par nada la famosa y vergonzante ‘media’ de los tres mil ejemplares que dice mucho sobre el país presente. Poco o nada solemos saber de la minerva anual distinguida con ese premio sueco cuya cicateria amargó la vida a Borges, según dicen, a pesar de que aquel genio sabía de sobra que sólo la academia del tiempo parte y reparte dignidades perennes bajo el arcoriris de la fama. Léautaud sostuvo que el premio deshonra al escritor. Debo decir que el pobre acabó solo en una casona con diez perros, veinte gatos, una cabra, un pato y una mona.