Ejemplo político

No sé qué pensará la legión de parados al oír que los políticos van a congelarse sus generosos sueldos. Menos se me ocurre como reaccionarán si se enteran de que hasta para ese mínimo gesto no se ponen de acuerdo si no es muñendo antes acuerdos de partido. Y menos si cabe al saber que hay padres de ministras que tienen el descaro de subirse el suyo (¡el de la ministra de Igualdad!) con todo el desahogo del mundo. La austeridad que se reclama a las administraciones no puede consistir es esa comedia de céntimos sino en cortes drásticos a partidas perfectamente injustificadas que suponen la ayuda necesaria para muchos ciudadanos. Pero, en cualquier caso, no cabe justificarla con una congelación que apenas supone nada. La Junta mantiene en este momento gastos suntuarios que no piensa tocar, incluyendo la fortuna que reparte anualmente entre los “agentes sociales”. Arañar los euros del IPC no deja de ser una tomadura de pelo.

La mano de obra

Leo que en Huelva hacen falta 5.500 trabajadores extranjeros para garantizar las cosechas en la agricultura. ¿Y por qué extranjeros, cómo es eso si esta provincia es la que más parados nuevos tiene de todas las andaluzas y su media de desempleo es superior a la andaluza y a la nacional? ¿Cómo puede ser necesaria mano de obra extranjera mientras crece el paro indígena? Algo no funciona en el actual planteamiento laboral, en las coberturas del parado, en las condiciones que se le ponen a quien percibe el subsidio, cuando miles de parados locales se niegan a trabajar donde hay tanto trabajo de sobra que es preciso recurrir a la inmigración. Nadie quiere enfrentarse a ese toro, claro está, ni el PSOE, ni el PP, ni IU, ni los sindicatos: nadie. Pero por lo menos que no digan que “faltan” trabajadores donde el paro crece desbocado.

El orden profesional

La estructura social se conserva y reproduce a través de las profesiones. Lo que un hombre hace en la vida marca, en principio, su calidad y establece su estatus. Hay profesiones, en consecuencia, para cada estamento o clase, según el tipo de sociedad y hasta las hay hereditarias, porque la noción de prestigio va asociada a la de empleo. Fíjense que no digo trabajo, sino empleo pero, en cualquier caso, lo que convierte a la profesión en un indicador de prestigio es que éste va asociado automáticamente a esa función. Todos conocemos el viejo lema de la aristocracia española que exponía con nitidez las tres opciones de sus hijos: “Iglesia, Mar o Casa Real”. Para el resto, es decir, para lo que quedaba fuera de los estamentos, aquel orden gremial instituyó la figura del ‘maestro’ que, en su taller, instruía al ‘aprendiz’ hasta consagrarlo ‘oficial’ una vez que demostrada su suficiencia en el ‘oficio’. Después vinieron las máquinas y, con ellas, la fábrica, que fue la maestra moderna de la “fuerza de trabajo”, la escuela del proletariado y también de amplios sectores integrados en las clases medias, y como en el primer modelo, el del taller, en la fábrica sólo se enseñaba el oficio, pues la educación estaba reservada a los estamentos dominantes. Fue mucho más tarde, con motivo de la complejidad creciente de la maquinaria y cierto desarrollo de la moralidad burguesa –¿ ‘ilustrada’?—cuando se abrió paso la idea de la formación humana del aprendiz, es decir, de que la dignidad humana exigía compartir la Cultura, siquiera en términos rudimentarios, hasta en los más bajos estratos del trabajo. Cuando Franco instituyó la FP no hacía más que responder a esta llamada post-estamental (o protoclasista, según prefieran) a la que era inevitable prestar oídos en un mundo moderno. Lo que Franco hizo, como lo luego haría la democracia, fue una educación de segundo nivel, para pobres y rebotados del primero. Eso es lo que explica tan fácilmente el fracaso de ambos modelos.

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Ahora va a abrirse la puerta para que los trabajadores no titulados pero prácticos en sus profesiones consigan sin estudios de ninguna clase un título de Formación Profesional, o sea, con un simple examen en el que deberán probar su competencia laboral, ya sin geografías ni literaturas, historias ni lenguas o matemáticas, a pelo, como si dijéramos, en esta vuelta a la Edad Media en que el muchacho currelaba en casa del maestro hasta conseguir su bendición o, si se prefiere, en este nuevo maquinismo en el que al trabajador se le pide que conozca su oficio, maneje la máquina y se deje de monsergas. Se renuncia, pues, al ideal vagamente humanista que buscaba dignificar al trabajador –una obsesión de los viejos ‘arbitristas’, por cierto—dándole siquiera ese barniz de Cultura que, como diría Gracián, habría de contribuir a hacerlo “persona”, a liberarlo de esa noción materialista de sujeto casi físico, que Marx bautizó atinadamente como lo que era, como “fuerza de trabajo”. ¿Para qué quiere un trabajador saber ciencias naturales si tiene bastante con conocer el manejo de la fresa, la técnica del enfoscado o el truco del sofrito? Pues claro, hombre, para nada. La imagen que el franquismo se hacía del obrero, al menos de boquilla, va a quedar muy por encima de la que se hace esta demagogia institucional y postmoderna que ha mantenido durante decenios la FP como un sistema para pobres y rebotados hasta que ha decidido, al parecer, que ni eso resuelta necesario a estas alturas de la desculturización. Títulos para todos, que la Cultura puede esperar o, sencillamente, ignorarse, al menos entre las clases –ahora sí—que coexisten en nuestra sociedad desigual. A mi entender no van a elevar al trabajador dándole un título, pero sí que van a cargarse la posibilidad de que muchos alevines accedan a un trabajo con un mínimo bagaje cultural.

Un caso, límite

El caso de la anciana de Fuengirola que, a sus 104 años, ha sido avisada de que no cobrará la prestación de la ley de Dependencia “hasta dentro de uno o dos años”, no es sólo una broma insensata, incluso macabra en cierto sentido, porque, en realidad, lo que pone de manifiesto es el fracaso radical de una ley aprobada, como tantas, a la buena de Dios, es decir, sin rigor alguno en las previsiones presupuestarias. El palo que el Defensor del Pueblo le ha dado se lo pasará la Junta por el arco y ese ejército de pacientes acabará siendo, ni más ni menos, una legión estafada. Es imprescindible que se arbitren medidas de resarcimiento a esos perceptores defraudados. Y muy conveniente que aprendamos a distinguir, bajo las propagandas, lo que es un auténtico avance social de lo que no es más que un rentoy publicitario del Gobierno.

La fiscalía, sin medios

Mucho hablar de la tragedia ocasionada por la insuficiencia de la Justicia, poco de la responsabilidad de la Junta al regatear durante años y años a las Audiencias y Juzgados los medios informáticos imprescindibles hoy día para que no ocurran caso como el de Mari Luz. Dice la Fiscalía del TSJA, en efecto, que en la Memoria de esta ñoa no aparecen datos fiables de nuestra provincia porque la Fiscalía de la Audiencia carece de una instalación informática mínimamente fiable, y esto es un escándalo después de tantas reclamaciones. La crisis de la Justicia no se debe a jueces y fiscales, sino al abandono cicatero en que la Junta mantiene sumida a esa Administración trascendental. No es que desde Sevilla se le niegue a Huelva una Ciudad de la Justicia, sino que se le regatean hasta los ordenadores. Cuando ocurra lo que nadie desea, debemos recordar esta realidad antes de cargar contra los juzgadores.

Secretos de guerra

Nadie me ha sabido nunca explicar razonablemente qué fue lo que EEUU buscaba en su sangrienta y perdida guerra de Vietnam. Tampoco entendí muy bien la invasión de Granada por el mismo agresor. Hay guerras, como la de las Malvinas, motivadas en estrategias de distracción y prestigio, en aquel caso para embozar la sangría de la dictadura militar y de paso movilizar, como se movilizó, el nacionalismo instintivo. Otras, no. Otras se entienden divinamente por sus móviles económicos, desde las guerras púnicas a la “guerra del opio” o a la de los “boers”, sin olvida la de Irak. Acabo de leer una novela impresionante de Vázquez Figueroa sobre las guerras africanas del Congo que él sostiene que tienen su explicación bien sencilla en la lucha de los grandes países por controlar la explotación del “Coltán” (ése es el título de la obra), un mineral del que se extrae el tantalio, metal muy resistente al calor y dotado de extraordinarias propiedades eléctricas, que lo han convertido en insustituible en la fabricación de la mayoría de los modernos aparatos de comunicación, desde el teléfono móvil a las pantallas planas, sin olvidar ciertas armas teledirigidas. El coltán, cree Figueroa, va a desplazar al petróleo en el horizonte de las ambiciones por la sencilla razón de que quien domine las comunicaciones dominará al planeta, y ésa es la razón por la que, desde hace demasiados años, primero chinos, kazacos, belgas o rusos, y ahora americanos, tratan de controlar la producción congoleña –el 80 por ciento de las reservas mundiales—sin pararse ni mucho ni poco a considerar los medios. Una guerra que lleva costados varios millones de muertos no va a detenerse, con toda probabilidad,

porque un novelista denuncie la canallada de su causa, pero no me cabe duda, al cerrar el libro, de que un alegato tan intragable debe de haber incomodado a mucho poderoso. Es proverbial la indiferencia de Figueroa ante las presiones y amenazas que parece que recibe. Ahora va a hacerle más falta que nunca.

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Cuesta entender cuestiones tan crudas, ciertamente, quizá porque en el fondo conservamos un noble sustrato de ingenuidad, pero no resulta fácil dejarlas de lado una vez conocidas. Ya sé que lo mismo ocurre en torno a la trata de blancas (o de negras), al tráfico de inmigrantes o de narcóticos, a la actividad de la redes pedófilas y a la pública organización del turismo sexual, incluido el desgarrador que se especializa en menores. Pero esas son tragedias de paz, en las que juegan diversos factores sociales y económicos cuando no políticos, mientras que el espectáculo de una guerra sostenida en exclusiva por un objetivo comercial y perpetrada contra un pueblo inerme y, por si algo faltara, hambriento (los coltaneros pagan 20 céntimos de dólar al día a los buscadores del mineral), resulta inevitablemente desolador. La intensa trama literaria de esta novela, su variado paisaje, la sugestión de un exotismo sin concesiones estéticas, producen el doble efecto de, por un lado, arrastrar el interés de la lectura y, por otro, sentir como germina y crece hasta desbordarse una suerte de incontenible ira que nos hace cerrar el libro, finalmente, con un sentimiento mixto de angustia y de liberación. Seguramente contra el alegato de Vázquez Figueroa sólo quedará el recurso de la negación por parte de quienes vean descubierto su terrible secreto y amenazado sus inmensos intereses, pero sospecho que pocos lectores sucumbirían a esa estrategia una vez convencidos por el serpenteante argumento que va revelando poco a poco la excelente trama del libro. Ahora mismo, cuando escribo, cuando usted lee, habrá niños y adultos recogiendo coltán por unos centavos bajo la mirada de los escopeteros, y mañana habrá unos muertos más que sumar a la cuenta de esta guerra aparentemente sin sentido. Para nosotros no es más que el coste de una civilización. Para ellos, simplemente, es un destino.