Ahorrar como sea

El objetivo del Servicio Andaluz de Salud (SAS) es único y sencillo: ahorrar como sea. Se prima a los médicos que producen menor gasto farmacéutico, se cubren las plazas de especialistas por quienes no lo son, se contratan médicos de urgencia por días y hasta por hora. Hasta dicen que se asignan a los centros hospitalarios las cantidades que habrán de ahorrar durante este ejercicio, allá se las avíe cada cual, y por supuesto, allá le vayan dando al usuario. El atasco de Vera (Almería) es sólo un caso y nada particular pero habla por sí sólo: un médico para atender la noche de 40.000 personas, ya que el SAS no ha contratado más que un facultativo en sustitución de los tres que están de vacaciones. Ahorrar es lo que cuenta. Al final, si no se producen males mayores, la consejera saldrá exhibiendo ese ahorro como un éxito de su gestión.

El cuento chino

Me ronda estos días la idea de que la amenaza de la virtualidad no reside tanto en el riesgo de que el observador tome por ‘real’ lo que no lo es, como en su capacidad de ofrecer esa irrealidad como algo patente. Un estadio lleno puede no estarlo ‘en realidad’, unos fuegos de artificio pueden ser artificio a secas, una ninfa que canta con voz angelical resulta no ser sino la máscara bella de la cantante auténtica pero no tan hermosa. Todo esto acabamos de comprobarlo en los Juegos Olímpicos, sin salir de la jornada de la sesión inaugural, lo que, a mi juicio, nos permite ampliar razonablemente la duda a todo el mensaje mediatizado que, por serlo, admite cómodamente la falsificación de lo verdadero. ¿Podemos estar seguros, por ejemplo, de que la pelota de Federer que da por buena “el halcón” (procedimiento óptico de verificación empleado por los jueces) lo es o no lo es? ¿Y cómo estarlo de que las acrobacias de esas sirenas sincronizadas no nos llegan una vez pasadas por el tamiz informático que todo lo arregla? Si el ‘fotoshop’ es capaz de presentar como una hembra jamona a Ana Obregón o de cortarle sin piedad las piernas al Rey para ajustar la imagen de la Familia Real a los deseos oficiales, a ver por qué vamos a creernos el retrato de un hemiciclo abarrotado, pongo por caso, que igual tiene más votos que manos o al revés. La representación de lo real que, como es sabido, comienza en las paredes de la caverna, hace tiempo que renunció a su pretensión ontológica. Hoy no hay más bisonte real que el que te embiste en la pradera y aún ése está en vías de extinción.

                                                                    xxxxx

Bien es verdad que la intuición de que la realidad no pasa de ser una convención de nuestra perceptiva remonta a Platón, en cuya Caverna ya los hombres eran sombras y las sombras, hombres, algo así como si quien confiriera la entidad a la cosa fuera el espectador, el sujeto engañado por las apariencias y no la naturaleza misma. Pero hay una diferencia entre postular que la cosa es apenas la equívoca imagen aprehendida y proponerle al ojo un embuste puro y duro, un camelo tecnológico fabricado deliberadamente de acuerdo con la conveniencia de cada momento. Lo que ha ocurrido en esos Juegos el día de su inauguración descresta con mucho la categoría de anécdota porque, en realidad (y perdonen la reiteración inevitable), a ver quién puede asegurarnos que el mismo manejo que se hizo con la pólvora que coloreó aquella ceremonia se dejó de hacer luego en China y, si me apuran, aquí también. La virtualidad galopante está comprometiendo la gnoseología hasta un punto que ni Platón ni Locke pudieron imaginar, de modo similar a como Apicio o Ruperto de Nola serían incapaces de penetrar las deconstrucciones alimentarias de Ferrán Adriá si tuvieran acceso a sus fogones. Lo cual no supone, creo yo, ningún progreso efectivo sino una estafa más de cuantas lleva coleccionada desde el neolítico este ancestral adversario de la realidad que es el hombre, aunque otra cosa predique una especie que hace muchos siglos que conoce la capacidad utilitaria de la mentira. El cuento de los JJOO concierne por eso tanto a la moral como a la ontología y debe prevenirnos más frente a la eventual ‘desrealización’ de todo mensaje que frente al truco concreto. Dar gato por liebre, que es lo que han hecho esos manitas, es algo que el Poder hace desde que existe y que el propio súbdito cultiva  si darle mayor importancia en el jardín de la cotidianeidad. Con la mano en el corazón, lo que no deberíamos decir honradamente que es que nos han engañado como a chinos. Chino es quien más y quien menos en este bazar en cuanto se presenta la ocasión.

Casi insoportable

Un guarda forestal ha descubierto, consternado el pobre hombre como pueden imaginar, el cadáver de un quebrantahuesos en el Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas. Se llamaba ‘Acebeas’ y era uno de los cuatro pollos reproducidos cuidadosamente en los costosos servicios de que dispone nuestra sensible sociedad y posteriormente liberados a su suerte por sus cuidadores, por lo que se ve, con cierta mala pata. Una pena siempre, la pérdida de un quebrantahuesos, de una águila culebrera o de un meloncillo, hasta la de una culebra de esas que con dinero público se “siembran” (yo lo he visto) por los descuidados montes de Andalucía. ¡Tremendo! Y menos mal que nuestras Administraciones no se duermen en los laureles y, por lo que se refiere a los ‘quebranta’, permítanme el apócope,  hasta tiene suscritos con varios países centroeuropeos altos convenios de colaboración e intercambio. El santo de Asís no hubiera llegado tan lejos, con la que está cayendo, sobre todo si se tiene en cuenta que uno de cada cinco peatones de la especia ‘Sapiens’ vive pobre según  las estadísticas y agarrándose a la brocha, en la mayoría de los casos, para llegar a fin de mes. Ah, pero lo del ‘quebranta’ ha sido muy fuerte, tanto que lo han enviado del tirón –con su GPS específico y sus plumas tratadas para su identificación—a los forenses que han de determinar juiciosamente la causa de tan sensible pérdida. ¡Tremendo, ya digo! Hay que hacer cuanto esté en nuestras manos porque una tragedia semejante no vuelva a repetirse, ni en esa especie ni en ninguna otra de cuantas pueblan nuestro planetilla. El “poverello Francesco” viviría muy contento en nuestros parques, él, que lo más que llegó a lograr fue colocarle una plática a los peces y pasarle al lobo la mano por el lomo. La virtud de los laicos es siempre más vistosa.

                                                                    xxxxx

Está muy bien que nos volquemos en la protección de nuestros hermanos y de nuestros primos en la filogenia. ¿No venimos nosotros del mono y antes del lémur y antes sabe Dios de que piezas del divino puzzle? Menos importante somos nosotros mismos, o mejor dicho, “ellos mismos”, los parias insensatos que tienen la osadía de escapar de su reserva natural –de su ‘nicho’ zoológico, en fin, antropológico, si quieren–, como esa negrada que viene en pateras desde África y a la que no podemos hacer otra cosa que liarlos en una manta y darles un colacao en un vaso de plástico antes de ficharlos y enviarlos de vuelta. Siete mil murieron en el año pasado, que fue un año bueno, según los que saben, una infinidad se perdió en el mar o hubo de ser arrojado a él –incluso hijos por madres—y dice la leyenda que bajan y salen a flote tres veces antes de abismarse para siempre en las profundidades y pasar a la cadena trófica. ¡Ah, pero donde se ponga un quebrantahuesos! Cuando ZP tuvo conocimiento de la tragedia de Almería (me refiero a la mayor, a la clásica: 14 muertos, incluyendo hijos, tras cinco días de viaje) dijo que aquello era un drama terrible, “casi insoportable”, atentos al adverbio, y que, mecachis en la mar, no habría fuerza humana que pudiera impedirle, ¡a él!, seguir incrementando la ayuda el desarrollo. Dicen que se pierde uno de cada tres cayucos (¿quién será el memo que ha inventado ese palabro?) y que si se computaran los desaparecidos, los miles se multiplicarían aterradoramente, pero que no hay GPS para todos, en especial habiendo quebrantahuesos en peligro de extinción, como ese pobre ‘Acebeas’ con el que un guarda forestal se ha dado de bruces en plena sierra, desmayado sobre un roquedo. A mí, les digo mi verdad, me dan envidia las aves del cielo, altas y soberanas, seguidas por control remoto y con derecho a autopsia el día fatal de la desgracia. Los negros no están en trance de extinción, qué coños, y además ni siquiera son blancos. He mirado a foto del ‘quebranta’ y se me han saltado las

lágrimas, créanme.

Cuña propia

López Martos ha roznado siempre de no ser militante, ni siquiera cuando fue consejero pero no se puede ser consejero con guantes y mascarilla como lo prueba es que un hombre sensato como él a punto estuvo de tragarse el marrón del “caso Ollero” simplemente por estar donde estaba. Por eso mismo, su severa descalificación de la política de agua de la Junta y el Gobierno y su zambombazo a la famosa transferencia a la autonomía de un Guadalquivir cuya cuenca él presidió y que pocos conocen como él, tiene una grave importancia que no debería quedarse en serpiente de verano sino llegar al Parlamento cuando sus Señorías tengan a bien dejar la sombrilla y volver la tajo. Lo que ha dicho ese experto es para revolucionar la oficina y nadie debería sucumbir a la tentación de hacer con sus palabras leña de partido, porque son algo mucho más importante: todo un argumentario para una de las cuestiones claves de nuestra actualidad.

Divide y perderás

Tendrán sus razones, no digo yo que no, pero los llamado “críticos” del PP no están haciendo con su numerito más que el juego al adversario. Aparte de que se ve demasiado el rabo a la ambición personal, al “¿qué hay de lo mío?”, a los celos e incluso a la frustración. Desde luego si el rival quisiera hacerle un daño al PP no podría ocurrírsele (tampoco es que tenga muchos genios en plantilla) nada mejor que lo que se han encargado de hacer gratis los alcaldes o medioalcaldes propios, a los que la dirección regional debería meter en cintura antes de que el disparate llegue a mayores y las medidas debieran ser más fuertes. Dividir a un partido en la situación del PP onubense, no se le ocurre ni al que asó la manteca. Si encima no hay mayores lumbreras ni lideratos incontestables entre los amotinados, peor que peor.

La mano visible

Muchos españoles andan preguntándose por radios y periódicos por qué no baja el precio del combustible si el barril de petróleo, causa de la bárbara subida, ha bajado el suyo. No entienden que si las subidas se repercuten automáticamente o casi, los descensos se vayan quedando traspapelados en las gavetas de un negocio liberalizado a tope cuyos dueños madrugan a la hora de trincar pero remolonean a la de compensar al consumidor. Más o menos lo mismo está ocurriendo en Italia con los precios del pan y de la pasta, a saber, que se mantienen disparados a pesar de que entre junio y julio el grano haya visto reducido el suyo, según el mismísimo ‘Garante’ oficial, en más de un 22 por ciento. No hay justificación, dicen las organizaciones de consumidores, para que el nivel de precios de esos productos básicos siga como estaba después de tres semanas de bajada de los correspondientes a los cereales en el mercado internacional, entre otras cosas porque el perjuicio provocado en el país por esta revolución se calcula en más de dos mil euros anuales por familia. Pero ¿era o no era la crisis consecuencia de esas causas “exógenas”, estaba la subida del crudo y del grano detrás del desgalgadero del presupuesto familiar o ése argumento no era más que una excusa de repertorio para salir del paso y tirar millas? Lo ignoro, claro está, pero parece evidente que se confirma esa regla de oro de todos los mercados que sostiene que resulta mucho más fácil subir que descender por la escalera de los precios, al menos hasta que la cuerda de la paciencia alcance ese punto de torsión que ya no resiste la carga. Bajarán poco y tarde el gasoil, la gasolina, los espaguetis y el pan mientras las hipotecas seguirán su imparable ascensión en busca del inalcanzable “punto de Cournot” o de esa ‘competencia perfecta’ que, según dicen, viene sola, automáticamente, como un efecto milagroso de la teología liberal. ¿Ustedes lo entienden? Pues yo tampoco.

                                                                   xxxxx

Lo que no sé es cómo se las aviarán los arcángeles italianos para lograr esa “immediata inversione di tendenza” en los precios que exige el sentido común, toda vez que, con el catecismo thatcherista en la mano, ninguna intervención sería posible sin el riesgo de enturbiar la transparencia del mercado, un grave dilema para la colmena manchesteriana cuyas protestas de “no intervención” se dejan oír ahora, ciertamente, con la natural sordina. Como en España, donde la repercusión al alza fue fulmínea aunque la confirmación de los descensos de precios internacionales no haya provocado más que un dudoso goteo de rebajillas desiguales. El caso es que en pleno siglo XXI andamos a vueltas con las ideas de nuestros ‘arbitristas’ y la vieja polémica sobre el precio del pan en la que tan sensatamente terció el maestro Pedro de Valencia con la anuencia del sabio Arias Montano, todos confiando en esa ‘Mano Invisible’ tras de la cual –como en el ejemplo de Ortega sobre el puñal de Bruto—hay un brazo movido, a su vez, por un cerebro que trasciende con mucho al sujeto que apuñala, indiferente aunque embozado, al ingenuo que desoyó el aviso sobre los idus de marzo. Los precios que suben raramente bajan hasta dónde estuvieron, eso es de cajón, y yo lo que sé es que, hoy por hoy, un kilo de humildes limones vale lo que antes costaba una escogida ‘delikatessen’, que los precios de las gasolineras no reflejan ya la tiranía de la OPEP y que no hay razón alguna para que los raviolis o las teleras continúen agravando la crisis hasta esos extremos. Esta vez se le han visto a esa mano los dedos en garra haciendo el gesto de la rapiña con un descaro verdaderamente insultante. En la aludida colmena, los zánganos se disputan a una reina despótica que cotiza en Bolsa bajo nombre falso. Los veraneantes pagarán a la vuelta el precio de la ida, pero no se preocupen porque Solbes no dejará de racionalizar el acertijo, quizá con un ojo tapado, como el capitán Baco o como el Olonés.