Las colombinas

No se puede negar que las Colombinas no son lo que eran. De un declive manifiesto, de un casi absoluto abandono, las Colombinas vuelven a ser lo que fueron en la Huelva anterior, es decir, una cita anual de la ciudad, un hito de todos, sólo que ahora proporcionado a las nuevas dimensiones de la Capital. La noche del alumbrado, las Colombinas ardían ya con el trajín feriante de tanta gente ansiosa quizá de espantar las sombras de cada día y aliviarse en la fiesta, como si se tratara de un día de feria oficial y no sólo de un ensayo. No cabe duda: Huelva vuelve a tener una Feria por la que nadie daba un duro no hace más que unos años y los sucesivos gobiernos municipales han entendido que eso es importante para la ciudad. Que el tiempo acompañe, que por el gentío no va a quedar.

Alianzas y culturas

Un notable esfuerzo periodístico trata esta temporada de publicitar la posibilidad de una “alianza de civilizaciones” sobre la base de la “modernización” religiosa en el área islamista. Se pone el acento, sobre todo, en la actitud de Arabia Saudí, protagonista de un visible cambio social que trata de integrar tradición y modernidad, pero sin dejar de lado a los presuntos proyectos ‘pacíficos’ de otros países hasta hace poco considerados como peligrosos por sus relaciones con el terror y, en algún conocido caso, actualmente en búsqueda de un acuerdo que les permita incluso convertirse en potencia atómica. Se insiste en la nobleza coránica, en la capacidad del islamismo para asimilar los valores universalmente aceptados para integrarlos en su universo ideológico, aunque, ciertamente, no se explica, ni bien ni mal, cómo llevara a cabo esa dudosa tarea. Estos mismos días la prensa occidental ha enlutado sus páginas con la imagen desoladora de las ejecuciones masivas perpetradas en Irán, la última de las cuales –en la prisión de Evin y a puerta cerrada—mostraría a una treintena mal contada de reos colgando de sus respectivas sogas bajo la acusación de “agresores sexuales”, invertidos o bebedores de alcohol, junto a la de narcotraficantes. Y a ese propósito se ha hecho notar que el Gobierno de Irán ejecutó en el pasado 2007 nada menos que 317 personas –o sea, descontados los festivos, prácticamente una diaria– mientras que no se conoce con seguridad el número de víctimas degolladas a sable bajo la  monarquía saudí o lapidadas por adulterio en  diversos países del ámbito musulmán. Se enfatiza, no obstante, la mejora de nuestras relaciones, fundadas en un intenso intercambio comercial y en nuestra dependencia petrolífera y se pone, de paso, el acento en ese humanismo coránico que, todo hay que decirlo, tiene sus diferencias esenciales con el humanismo de raíz cristiana hoy secularizado en Occidente. Toda paz debe intentarse, no hay duda. Lo malo es compaginar ese postulado con la gravedad moral que aleja a estos dos mundos.

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Ni que decir tiene que el dilema de semejante acercamiento axiológico no se plantearía siquiera de ser los países islámicos estados pobres o, al menos, carentes de recursos estratégicos tan decisivos como el petróleo. No tendría sentido otra cosa, sabiendo como sabemos que en esa misma Arabia Saudí, como en otras muchas naciones, se persigue a los fieles de otras religiones y se castiga con la muerte la apostasía, aparte de que la seguridad jurídica está tan poco garantizada como puede estarlo bajo el sistema de la “sharia”. Todos los discursos se estrellan, en definitiva, contra esas imágenes atroces de la presunta adúltera enterrada hasta el cuello para recibir inerme los cantazos de sus verdugos o del homosexual balanceándose en el extremo de una tansa para acrecentar el suplicio, porque, al menos en ese plano moral, ninguna razón económica puede conciliarse con un sistema anclado en la brutalidad y el primitivismo, sean éstos de la naturaleza que sean. Es verdad también que ya no se oye tanto ruido político en torno a una propuesta que no resiste el análisis más elemental, lo que no es óbice para que Occidente haya cerrado los ojos a la olímpica China que es el país que supera con mucho la barbarie de las ejecuciones, más o menos sumarias, o salte apresurado sobre el problema ético y moral que le plantea la tragedia de los “corredores de la muerte” en los mismos EEUU. Una alianza entre esas dos culturas exigiría homogeneizar primero las bases de la convivencia, pero en esa tarea, las democracias occidentales no pueden permitirse concesiones que irían contra sus principios más entrañados. No puede haber alianza con quien ejecuta a sable y en público a un beodo, cuelga de una grúa a “pecador”, persigue a los diferentes o considera inferior a la mitad femenina de la sociedad. Nunca hubo “tres culturas”, como dice, ni es probable que las vaya a haber ahora.

Cuando llegue Septiembre

Cuando llegue septiembre no todo será maravilloso, como decía la vieja canción, ni mucho menos, al paso que va la burra de la crisis que no existía pero que vaya si existe. Habrán subido las hipotecas, eso es seguro, habrá más parado (a razón de más de quinientos al día, más precarios en la cuerda floja o amenazados por la rebaja sustancial de emolumentos, más empresas fuera de juego y más con el agua al cuello. Y quietos donde estábamos, marchando sobre el propio terreno, sin que el gobiernillo regional –desde ahora en la tumbona y bajo la sombrilla—se moleste en cavilar hasta dar con alguna medida razonable, en lugar de esperar de brazos cruzados a que alguien nos resuelva desde lejos el zambombazo que tenemos encima. Todas las crisis son malas, pero, las hay mejores y peores en función de lo que hagan sus gestores.

Parón de vacaciones

Poco sabemos sobre el plan industrial prometido por Chaves. Que queda aplazado a septiembre, por ejemplo, en vista de que todo puede esperar, incluso una crisis devoradora como la que estamos viviendo. Y que tiene un nombre imposible de retener y casi de entender: “Estrategia para la Consolidación y la Diversificación de la Industria en la Aglomeración Urbana de Huelva”, ahí queda eso para quien lo quiera comprar. Menos mal que lo aclara la UGT echándole aún más cohetería verbal: será “Un plan que esté transversalizando, tanto territorialmente como sectorialmente, y que apueste decididamente por una industria de transformación y de valor añadido”. Uff. Admitan conmigo que, tras esta exhibición transversalizada, quien no se entere será porque no quiere.

La clase y el recreo

Acabamos de conocer una encuesta demostrativa del rechazo que la inmensa mayoría de los españoles muestra frente al sistema educativo. Más de la mitad de ellos cuestiona el acierto de la dispersión autonómica de la educación y reclama un eventual regreso de esas competencias al Estado, mientras que un número semejante de ciudadanos se muestra convencido de que el sistema falla de manera que los alumnos de hoy saben considerablemente menos que los de ayer. Pero mientras desde al aula nos desalientan de esta forma, desde el patio de recreo nos llegan noticias triunfales: “ganamos” la Eurocopa, el Roland Garros, Winbledon, Toronto, el tercer Tour de Francia consecutivo, somos los cocos del baloncesto mundial, nuestros moteros arrasan antes de que les apunte el bozo, nuestra natación se supera  y batimos el récord mundial de los diez kilómetros como quien no quiere la cosa. Todo con nombre propio, eso sí, Casillas, Nadal, Gasol, Sastre, Gemma Mengual, Pedrosa, Paquillo, el gran y humilde Paquillo, Paquillo Fernández… ¿Llevaría razón Unamuno cuando avisaba de que España es una nación rabiosamente individualista en la que la masa se limita a aplaudir con entusiasmo sin participar nunca, una suerte de circo abarrotado que delira por el trapecista o el payaso, proyectando sobre ellos, sublimatoriamente, las legítimas ansias de la tribu? Pues puede ser, no seré yo quien lo ponga en duda, pero algo puede que tenga que ver también la propia circunstancia social, y señaladamente el hecho de que el deporte, tan mal atendido según dicen, no lo está peor, en cualquier caso, que el esfuerzo intelectual, esos ‘estudios’ en los que batimos también todos los índices de fracaso, de absentismo y de obnubilación. Aquí, ésa es la verdad, ninguna clase explota de entusiasmo porque un superdotado se encarame en el teorema de Fermat, pero cualquier patio se pirra por el primer chaval que para dos penaltis o meta tres ‘triples’ seguidos. Somos, en efecto, individualistas, espontáneos, cimarrones. Fíjense en que la mayoría de los triunfadores que he nombrado no han salido de esas mimadas ‘escuelas de alto rendimiento’ con que se adornan nuestros samaranches de turno.

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Tengo la impresión de que nuestra conciencia nacional se inclina peligrosamente hacia esa perspectiva heroica, en la que el individuo –el “singular”, en todos los sentidos—ha de soportar en solitario el esfuerzo para satisfacer la necesidad colectiva. No tenemos, por el contrario, el menor sentimiento de conjunto, aunque la imaginación gregaria haga concebir el éxito como un logro de todos y la fama personal como un galardón genuinamente colectivo. Lo nuestro es el héroe, no el conjunto, el triunfo vicario que uno se encarga de ganar para todos como el cazador primordial mataba el bisonte para alimentar al clan entero. Despejamos el rebote a ojos cerrados sublimando en  un Casillas multiplicado en el juego de espejos que dispone de modo inconsciente la autoestima, devolvemos la pelota de un soberano revés fundiendo místicamente todas las manos en la garra expeditiva de Nadal y nos envolvemos todos en la bandera, al final de la partida, para dar la vuelta triunfal al estadio imaginario en el que enterramos nuestros complejos seculares. Lo que no tengo claro es qué haremos, a qué clavo ardiente nos habremos de agarrar para no darnos el batacazo con que periódicamente arruinamos la esperanza nacional, el día en que la racha se trunque, –que es lo previsible y normal– y volvamos a peder partidos en la prórroga o a dejarnos escapar esos ‘match points’ que tantas decepciones nos llevan costadas. Luis Aragonés era un mandria para una notable mayoría crítica hasta que la misma lo reconsagró como un fuera de serie, Ronaldinho un ídolo hasta que se cayó del pedestal. La ventaja del individualista es que, tanto el mérito como la culpa, siempre es de otro.

Ninguneo del Defensor

El grupo de funcionarios de Medio Ambiente que denunció al Defensor la operación, fraguada por Fuensanta Coves en el último momento de su mandato, de sustraer a la Administración autónoma 200.000 hectáreas de monte público para cedérselas a la empresa pública Egmasa en régimen de “Administración paralela”, pide ahora al Defensor que denuncie al fiscal el boicot de la consejería a su petición de informes. Van a conseguir poco, desde leuego, como bien sabe ese paciente Defensor, porque ninguna táctica le ha dado más resultado a la Junta que la callada por respuesta. Egmasa es un gran negocio, eso es todo, y Chaves sabe lo que hace al crear ese doble carril, administrativo, razón por la que la consejería –el viceconsejero, en concreto– puede dormir tranquila. El Defensor, no obstante, tendría que darles un susto. Sería bueno para todos pero, sobre todo, para él.