En plena crisis

Los proyectos en infraestructuras pendientes en la provincia onubense, es decir, todos, serán acometidos, llueve o ventee, en la próxima legislatura a pesar de la crisis. Ya veremos, porque si no los hicieron cuando el viento soplaba de popa, a ver cómo van a hacerlo ahora que cada día nos trae una mala noticia económica y cuando hemos entrado oficialmente, no ya en crisis, sino en recesión. En fin, el tiempo dirá, aunque el PSOE sevillano o el de aquí son expertos en dilaciones y excusas, enredos burocráticos y aplazamientos ‘sine die’, y no tendría nada de particular, en consecuencia, que antes o después se dejen dormir de nuevo esos proyectos retrasados que se anuncian en campaña o en visitas pero que luego se olvidan.

Siete años después

Al cumplirse los siete años de la atrocidad de las Torres Gemelas sorprende encontrar en la prensa internacional una insistente desconfianza que conduce, aún a estas alturas, a cuestionar la autoría atribuida oficialmente a Al Qaeda. Un humorista francés bien notorio acaba de ser obligado prácticamente por la opinión a retractarse de su broma sobre la inocencia de Bin Laden y los suyos, pero mucho más curiosa es la panorámica de la opinión internacional ofrecida por un estudio de la universidad de Maryland –que acaba de ser publicado y reproducido por la prensa francesa–, y en el cual se descubre que, sólo en nueve de los diecisiete países encuestados, la gente de la calle cree en la versión oficial del atentado. Hay diferencias tan significativas como obvias, tales como la atribución del atentado a Israel –una hipótesis que tampoco cumple ya los siete añitos–, mayoritaria en los países de Oriente Medio, o la insidiosa y audaz tesis que implica al propio poder estadounidense en la masacre, que habría sido calculada en función de inconfesables intereses políticos inmediatos. Que Al Qaeda fuera la autora sólo lo cree, al parecer, menos de la mitad de los ciudadanos, aunque en los países europeos esa tasa se eleva considerablemente hasta alcanzar el 64 por ciento en Alemania. No cabe dudar de que la estrategia de los EEUU ha fracasado en toda la línea, especialmente tras la desdichada guerra de Irak, un conflicto sangrante y sin salida aparente que ha devuelto a aquella gran potencia a las ínfimas cotas de prestigio en que la sumió la contienda vietnamita. Siete años después del mayor atentado de la historia, un nuevo antiamericanismo ha dado al traste con la tendencia a reconsiderar viejas críticas observables a partir de la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. La “cruzada” contra el terror no sólo ha fracasado en términos bélicos sino que ha acabado cuestionando más que nunca el liderato americano. Después de todo, la gente no es tonta.

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Los grandes magnicidios no suelen aclararse nunca, sino derivar en versiones cada vez más peregrinas hasta perder relevancia histórica. Así ha ocurrido siempre y así está ocurriendo, como puede verse, con la tragedia del 11-S, pero con el agravante de que hemos creado entre todos un fantasma –real o imaginario, ése es otro problema- cuya amenaza tiene embargado a medio mundo a pesar de la indulgencia con que la opinión parece ser que lo trata ya. El balance que puede hacerse a estas alturas ha de resaltar el creciente clima de inseguridad mundial y la consecuencia lamentable que supone la pérdida de credibilidad de liderato de eso que llamamos Occidente, pérdida agravada por la fractura relativa de la opinión que ha alejado a Europa de esos EEUU como consecuencia de otro fracaso, el de la OTAN, justo cuando se teme un rebrote de la superada estrategia bipolar que evidencia el ascenso y la actitud cada día más desafiante de la nueva Rusia. Nada sabemos a ciencia cierta siete años después, al menos más allá de las diferentes hipótesis, incluida la de que Al Qaeda se atribuyó el atentado por razones propagandísticas que, en cualquier caso, la han convertido en el ectoplasma más temido e inasible. No era la guerra, ni el terror, menos aún la tortura, el camino para superar la insoportable crisis que ilustran las ruinas de la Zona Cero aunque, ciertamente, resulte más sencillo decir qué es lo que no era pertinente que aportar una alternativa juiciosa. Quizá eso sea lo que explique que en Francia o Italia, en Alemania o Inglaterra, se ponga en duda la intervención del terrorismo islamista y, sobre todo, que haya tanta gente –casi uno de cada cinco alemanes—que apuntan a los propios servicios americanos o a Israel como autores de la catástrofe. La revancha no era, a la vista está, el mejor camino. Lo malo es que nos hemos percatado cuando quizá ya no tiene solución.

El juez culpable

Dice el ministro de Justicia, refiriéndose a la ridícula sanción impuesta por el CGPJ al juez Tirado, que le parece  “difícil contentarse con tan poca cosa”. Dice el padre de la niña asesinada que la decisión “avergüenza a todos los jueces”, sostienen los jueces que no era cosa de buscar en ese juez “una cabeza de turco” y argumentan los funcionarios (que conocen bien el tejemaneje) que sale “más barato cargarse a un juez que arreglar la Justicia”. Por su parte, la Junta, por boca de la consejera de Justicia, deja caer que “se ha perdido una gran ocasión de trasladar a toda la ciudadanía que la Justicia llega a todos los rincones ya todo el mundo”, algo en lo que estamos de acuerdo pleno porque es esa Junta la que debería cargar con este mochuelo por su terca cicatería y su política tan poco atenta a las necesidades de esa Administración en crisis. Sí, es barato y fácil cargarse a un juez (que de todas maneras, es culpable) y demasiado caro, por lo visto, pasarle factura a la Junta por su intolerable indiferencia ante el caos judicial.

El alcalde se queja

Da pena escuchar al Alcalde quejarse –uno cree que con toda la razón del mundo—de la persecución realmente maniática a que lo someta el PSOE municipal, su fracasada alternativa desde hace cuatro legislaturas, y augurar que no ve posible que la tensión en el debate y en la convivencia municipal amaine y se suavice en vista de la “neurosis obsesiva” contra él que padece esa alternativa en la oposición, y no hay más que pensar en el número de demandas y querellas contra él que ésta lleva perdidas para comprender que no le falta la razón a Pedro Rodríguez. Es una pena que el objetivo no sea mejorar Huelva sino cargarse al Alcalde, como lo sería cualquier actitud hostil del regidor hacia sus adversarios. Nuestra clase política –me atrevo a decir que en Huelva más que en parte alguna—parece incapaz de compartir responsabilidades a favor del bien común.

Falló la Bestia

No estaban justificadas las alarmas de esos científicos que han pedido al Tribunal Europeo de Derechos Humanos la paralización del experimento que tuvo lugar ayer en el gigantesco colisionador de hadrones instalado en Suiza por el Laboratorio Europeo de Física de Partículas. La reproducción artificial de la circunstancias del ‘Big Bang’, el origen del Universo, no ha generado ‘agujeros negros’ ni acabado con la vida del planeta, como temían esos sabios, bien sabe Dios que animados de una lógica nada extravagante, y esta mañana, con sus nubes y claros, ha amanecido como si tal cosa por donde siempre, ni que decir tiene que con sus malas nuevas económicas y sus truculencias habituales. ¡El fin del mundo! Un monje medieval, Raúl Glaber predijo con precisión el Apocalipsis para el famoso año 1000 pero cuando pasó sin novedad la fecha prevista, volvió a las andadas proponiendo el año 1033 como definitiva, dado que en ella se cumplía el milenario de la Pasión. Hubo otras muchas alarmas por entonces –Focillon y Duby han estudiado el tema con detalle–, normalmente debidas al magín de frailes vaticinadores que retorcían la letra bíblica, como demostró Jacques Heers en una obra memorable, y aún durante el resto del siglo, a pesar del fracaso de las profecías, el miedo siguió haciendo estragos entre una población mísera e ignorante. Pero todavía Newton sostuvo bizarramente que el mundo habría de acabarse en 2060, es decir, 1260 años después de la reconstitución del Sacro Imperio por Carlomagno, del mismo modo que Williams Miller anunció en su día que la fecha fatídica del ‘Harmagedón’ sería el 22 de octubre de 1844, ni un día más ni un día menos. Es una lástima que no dispongamos de la tesis de Ortega sobre “Los terrores del año 1000”, fervorosamente recogida y ocultada primero por él mismo y luego por sus discípulos y deudos. La idea del fin del mundo –“dies certus an incertus quandum”—tentó y sigue tentando al hombre, como puede verse, pero una vez tras otra, la Bestia apocalíptica falla en su trágico propósito. Menos mal.

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Hay que reconocer, en todo caso, que la prevención mostrada por estos físicos ante la reproducción controlada de la Creación, resulta no poco razonable, como decía, quizá porque un proyecto como éste –desencadenar de nuevo el cataclismo fundante—supera la capacidad imaginativa de cualquiera. La gran explosión, los fascinantes “tres primeros minutos del Universo” de que nos habló Weinberg, el asombroso despliegue de la materia en el vacío a compás de la creación del espacio-tiempo, la película de “El momento de la Creación” que nos mostró James S. Trefil, el “estado estacionario” de Bondi, las dudas y certezas cosmogónicas de Merleau-Ponty, acaso el cuadro sereno del “universo estable” pintado por Fred Hoyle…, demasiados prodigios, no cabe duda, como para verlos venir con tranquilidad. Una vez más, eso sí, aquí seguimos plantados, superada de nuevo la profecía del fin, el anuncio de la postrimería, y encima con la esperanza de que de este ‘génesis’ artificial saquen los sabios enseñanzas que contribuyan a abrir las mentes y no a cerrarlas, viejas intuiciones sagradas finalmente laicas, traducida en la ecuación prometeica más descomunal que el ser humano haya sido capaz de soñar. Quienes vuelven a fallar son los agoreros, los sembradores del miedo, a los que la experiencia vuelve a noquear sobre la lona de este ring de certezas y dudas, de precisiones portentosas y fatales lagunas en las que naufraga hoy como ayer la soberbia de la especie. Hemos sobrevivido, en fin, a este temido miércoles, como sobrevivimos al ‘día de la Bestia’ y a tantas vanas premoniciones, como sobreviviremos, probablemente, en el futuro a las que han de venir. Ayer el hombre ha jugado a ser dios. El resultado, después de la publicidad.

Réplica merecida

Vaya réplica que le han dado los empresarios a los sindicatos a propósito de su denuncia de las “condiciones indecentes” en que se lleva a cabo la contratación y el trabajo en el campo. Dicen los primeros que cómo se puede hacer una acusación semejante tras haber firmado un convenio por cuatro años, como es el caso, a lo que habría que añadir que si los sindicatos sabían que esas condiciones era realmente indignas, más indignante resulta su silencio hasta ahora. En el campo, en especial con la mano de obra inmigrante, se producen abusos que son secretos a voces, pero la patronal lleva razón cuando pide que no se generalice y cuando subraya la incoherencia sindical. De todas formas, en el esquema actual de la “concertación”, tampoco hay que alarmarse demasiado porque es obvio que esas diferencias se volatilizarán en cuanto el poder siente a su mesa a tirios junto a troyanos.