Soñar es gratis

Una plataforma cívica, “Andaluces por unas elecciones propias” ha solicitado registrar una iniciativa legislativa popular a fin de conseguir que se corrija la ley Electoral de modo y manera que, en adelante, no puedan celebrarse los comicios autonómicos juntos y revueltos con otros, y la Mesa de la Cámara ha admitido la solicitud, convencida seguramente de que, dada la correlación de fuerzas, lo mismo da que da lo mismo admitirla o rechazarla. Abran los ojos: el “régimen” no permitirá mientras pueda semejante aventura, y las próximas autonómicas andaluzas no van a tener de andaluzas más que el escenario, esta Andalucía que, en realidad, va a ser el campo de batalla en el que se dirima el combate nacional. Eso sí, soñar es gratis, y movilizarse, interesante además de legítimo. Supongo que los solicitantes lo tienen al menos tan claros como esa Mesa que ha hecho el paripé de darle el visto bueno a la iniciativa.

Todos disgustados

A nadie contenta, por lo que se ve, la sentencia del TSJA sobre la central de ciclo combinado de Endesa. Desde el Ayuntamiento de mantiene el silencio, tantos días después, con el formalismo de que es preciso recibir el documento antes de pronunciarse, razón más bien dudosa porque la sentencia la tiene medio mundo y parte del otro medio (El Mundo la publicó íntegra el sábado pasado). Desde el PSOE protestan ahora que ellos nunca “hubieran provocado la fractura social”, raro argumento teniendo en cuenta que pudiendo votar en contra o a favor del proyecto se abstuvieron como Pilatos. Y desde IU, voz ahuecada y apocalíptica, se dice nada menos que esa sentencia, auténtica “condena a los onubenses” es “lo peor que podía ocurrirle a Huelva” y, hombre, tampoco hay que pasarse. En cuanto al Polo e AIQB se pondera y alaba el fallo sin acordarse, claro está, del de Fertiberia, que está ahí también. Es notable el contencioso que se ha hecho de una simple decisión administrativa cuyo objeto no ha habido uno solo que haya explicado sencillamente bien.

Tiempos modernos

La foto política de la semana ha sido, tal vez, la del presidente Lula perplejo ante una encina en esa finca, probablemente malhadada a juzgar por lo que en ella lleva ocurrido, que es Quintos de Mora. Lula le ha preguntado a su anfitrión, el también presidente ZP, que cosa es una encina, para qué sirven las bellotas y si tal vez, aparte de su papel en la montanera, el viejo fruto podría utilizarse en el futuro como base para obtener biocombustibles, ignorándose la respuesta que puede haberle dado nuestro mandatario al brasilero en ausencia de su oráculo Suso de Toro. Eso es lo que tiene, a veces, de seductor la ingenuidad americana, la peculiar ignorancia que desconoce olímpicamente el pasado y reduce el horizonte natural a su propio paisaje, que es un poco como vivir, si no de espaldas, al menos como al margen de un pasado que, por más vara que dé el indigenismo rampante, es irremediablemente común. Es más que probable que ZP, enfrascado en su propia mitología historicista, no haya explicado a su homólogo el fabuloso simbolismo de la encina, es decir, lo que ese árbol ha supuesto durante tantos siglos lo mismo para el griego que para el celta, igual para el crédulo latino que para los piadosos germanos que veían en ella el tótem del rayo como consecuencia de su condición sagrada. Pero se ha perdido una buena ocasión de asomarlo al recuerdo del encinar de Dodona, el rumor de cuyas hojas servía a Zeus tonante para traducir a los hombres su voluntad, para recordarle que ese árbol mantenía alejado al león o que una simple estaca de su madera hincada en el suelo alejaba a las serpientes, emblema de la fortaleza y signo de la inmortalidad reconocido, a través de los tiempos, desde el Finisterre a Siberia. ¿Qué puede importarle a Lula, instalado en su Babia bioenergética, que el augur celta comiera la bellota para inspirar su predicción, si él ya tiene su umbanda y su candomblé, sus ofrendas de aguardiente y calderilla al pie de sus propios árboles espirituales? Pues nada, a ver. Las razones que pudo tener Hércules para hacerse su clava con una rama de encina no van a quitarle el sueño al mandatario de ese país de futuro en el que, según dicen, su cuñado y unos cuantos clientes más se andan poniendo las botas.

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Tampoco es cosa de pretender que se mantenga vivo el espíritu ancestral, por supuesto, pero parece claro que una cosa es saltar sobre el viejo mitologema y otra muy diferente andar por la vida preguntando que es una encina, cuestión que resonaría vagamente a pesquisa sofística si no tuviéramos claro que, con toda probabilidad, ni Lula ni ZP (quizá ni Suso de Toro) conciben ya un pasado que remonte hacia su fuente el río de la vida más allá del bombardeo de Dresden o el de Guernica. Nos aguarda un mundo adánico, una cultura ahistórica (valga la ‘contradictio in terminis’), un planeta regido por mandamases surgidos de la nada a los que la doble escena de Ulises consultando a lo alto, precisamente a la sombra de la encina, por su camino de vuelta, no me extrañaría que los trajera al fresco. Pasó el tiempo venerando en el que lo sagrado lindaba con lo profano en una vecindad tan caprichosa como elevada, tan misteriosa en su lógica como eficaz en su práctica, que sirvió a los hombres, a través de las eras, para recorrer el trecho más largo de este viaje a ninguna parte. Lula no sabe lo que es una bellota porque en estos tiempos modernos, el mundo puede ser gobernado por cualquiera a condición de que lo toque con su dedo esa Fortuna, que quizá sea la penúltima superviviente de todos los olimpos. Abraham debajo de la encina atento a la palabra de Dios le dice poco a quien no tiene la menor idea de por dónde pueden caer Hebrón o Sichem. Habría que estudiar más geografía y más historia si no queremos que la montaña de nuestra modernidad acabe pariendo el ratón de una macumba.

La segunda tragedia

El consejero de Agricultura y Pesca no tiene, probablemente, “ni puñetera idea” (eso es lo mismo que él le ha dicho a la oposición parlamentaria) de cómo sacar un barco hundido a la superficie. No hay nada en su currículo que permita suponerlo, pero es intolerable lo que está sucediendo en Barbate con ese pesquero inalcanzable en torno al cual gira la angustia de muchas familias, si no de todo un pueblo, ante la relativa indiferencia de una Administración que, por lo que dicen, se resiste a costear los medios eficaces e imprescindibles para el rescate. Se hunde un petrolero en Galicia y en toda España es Troya; arden los montes andaluces o se van al fondo nuestros pescadores y ni un mandamás se digna interrumpir las vacaciones para acercarse al lío. Sin menospreciar las dificultades, que seguramente son reales, el caso es que Barbate vive desde hace demasiado tiempo esta segunda tragedia del barco hundido y las víctimas a merced del mar. No sé si tienen puñetera idea o no, pero estoy seguro de que si hubiera ocurrido en Galicia gobernando Aznar, Chaves habría puesto piso en Barbate.

Almonte rebelde

No es cosa de hacer psicologías ni enredarse en políticas ante la insistencia del alcalde de Almonte, Francisco Bella, en criticar a la Junta, pero parece que sería perder el tiempo seguir alimentando la tesis de la comedia. Bella está cabreado –primero fue lo de la famosa valla del Parque, luego la denuncia de que la Junta no favorecía el desarrollo de la comarca y ahora el cante contra la maniobra para “mutilar” el Consejo de Representación eliminando a los sectores representados– y parece que dispuesto a llevar su protesta más allá del límite que le exigiría esa disciplina que, eso sí, sospechosamente, a él no le exige que cumpla a rajatabla la implacable ejecutiva provincial. ¿Por qué será, qué puede explicar la guerra de Bella contra Coves (es decir, contra la Junta), esa levantada de manos frente al propio Chaves y estas denuncias tan concretas que liberan a la oposición de su trabajo propio? Lo que sea, sonará, indudablemente, pero mientras tanto lo quedan son las cábalas. Con las elecciones a la vista, ciertamente, el enigma no puede ser más curioso.

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El hombre nuevo

El régimen a que ha dado lugar la “revolución bolivariana” que encabeza el coronel Chávez parece que anda jodiéndola con el viejo e incombustible concepto de “hombre nuevo”, el individuo del futuro que garantizará a la sociedad, felizmente redimida, la convivencia en paz y justicia además de la imprescindible continuidad a lo largo del milenio. En el “hombre nuevo” ha pensado mucha gente después de que san Pablo, dirigiéndose primero a los gálatas y luego a los romanos, lo proyectara no como una humillante derrota ante la carne sino como una victoria del espíritu en toda la línea, a condición, eso sí, de que el “hombre viejo” muriera sin remedio arrastrado por la propia lógica de la redención. Eso es también, por más vueltas que se le dé y por más que el concepto se transforme, lo que reclama el pensamiento marxista y resuena, a través de Sartre y otros filósofos de mayor cuantía, en el catecismo divulgado por el Ché y, casi más que por él mismo, por sus incansables escoliastas. La idea es sencilla: la historia del hombre constituye un fracaso porque se basa en una idea errónea del individuo que ve en él solamente un condenado desde la cuna o bien un concepto abstracto con el que no es posible plantarse erguido en el escenario de la Historia, y en consecuencia, lo que procede es “crear” un tipo distinto de sujeto histórico y vital, capaz de sacudirse el yugo de la naturaleza con la misma energía que el que le impone la convivencia desigual. Una utopía estupenda que requiere, en cualquier caso, “socializar” de tal manera a las criaturas que éstas logren liberarse definitivamente al precio, eso sí, de enajenarse a tumba abierta en el propio proyecto salvífico. En las fábricas y oficinas de la URSS lucían (yo los he visto) grandes “cuadros de honor”, por llamarles de algún modo, en el que se honraba públicamente a los mejores trabajadores, es decir, a los más integrados en el sistema. Nada representa mejor el fracaso del llamado “socialismo real” que esa alternativa que se ofrecía al hombre con minúscula desde que salía del cascarón: o el “cuadro de honor” o Siberia. Así les fue y así nos fue.

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No habrá que decir que el instrumento socializador, la máquina psicológica moldeadora de ese ser superior no era otra que la educación. El remotísimo debate, falso en lo fundamental, sobre el proyecto soviético de sustituir la familia por la escuela, enlaza con la realidad de una educación rigurosa que, incluso Francia, conseguiría disparates como el de un Louis Aragon rechazando las ideas biológicas que no encajaban en el mecanicismo materialista. Y ahora en Venezuela, el hermano del propio Chávez, ha decidido, como ministro de Educación, que en adelante todos los libros de texto o de obligada lectura sean redactados por los servicios ministeriales con el fin de extirpar la educación “ideológica” tradicional y sustituirla por una “educación popular y socialista” pura y dura. ¿Les suena a algo, les trae a la memoria este disparate ajeno alguna peripecia nuestra y reciente, más cercana que el intento franquista de la Educación del Espíritu Nacional, por supuesto, y sugerido sea sin ánimo de comparar? A mí sí, y bien que lo lamento, convencido como estuve siempre de que ni el Estado, ni la sociedad ni la propia familia deben ni pueden sobrepasar en su proyecto formativo la raya de lo ‘ideológico’. Ni siquiera una democracia transparente –y ésta desde luego no lo es– podría garantizar una ecuánime pedagogía de los ‘principios’, entre otras razones, porque no hay principios que no sean, de un modo u otro, excluyentes de los demás. Y menos en una nación demediada como la nuestra en la que, de guiarnos por la cuenta electoral, es obvio que cualquier plan impuesto por una de las dos mitades disgustaría a la otra mitad de la población. Aquí, hay que reconocerlo, la cosa ha sido más sutil que en Venezuela a la hora de redactar los textos. Queda por ver qué ocurrirá a la hora de imponerlos.