Apagón municipal

Ignoro si será cierta la especie de que los servicios de la Mitra han recibido del Ayuntamiento de Sevilla vehementes instrucciones para que no convoquen a la prensa a la visita que el Arzobispo hará hoy, junto al alcalde de la capital, al muy arruinado templo sevillano de Santa Catalina. De resultar cierta, como creo, queda extrañamente claro que el Regidor no quiere que le veamos junto al Ordinario del lugar, él sabrá por qué motivos o con qué intenciones. ¿Acaso porque teme a sus socios declaradamente anticlericales y no quiere que se hable de la eventual ayuda del consistorio a ese venerable templo? Hombre, siempre queda la posibilidad de que sea el Arzobispado quien convoque. Si no lo hacen ninguno de los dos, hemos de preguntarnos por qué.

La sociedad civil

Mi impresión es que los políticos no ven con buenos ojos a esa “sociedad civil” por la que todos claman. Una vez pasadas las elecciones no les importa más que la sociedad política, el Poder mondo y lirondo: cada uno en su casa y Dios en la de todos, pero la decisión política es mía realenga sin que el ciudadano tenga acceso a ella a no ser que venga en plan comparsista. Al alcalde de Sevilla, por ejemplo, le ha incomodado que un grupo de ciudadanos, en línea con la teoría gramsciana que dividía la “superestructura” –¿se acuerdan o no?—en sociedad civil y política, le haya madrugado la reparación de los daños infligidos al monumento al maestro Curro Romero por los animalistas, con la indigente monserga de que esa limpieza pudiera haber lastimado la escultura de cuyo destrozo se habían inhibido los servicios municipales. Y encima ha echado mano de la vieja letra plebeya sobrepuesta al pasodoble de Manolete para espetarle al ilustre letrado que encabezaba el pelotón cívico aquello de “Manolete, Manolete,/ si no sabes torear…/ ‘pa’ qué te metes”, cuyo remate obsceno (lo de “la rata en un retrete”) se lo guardó –menos mal–, acaso para uso personal. ¿Ven como la participación democrática se les antoja molesta, se percatan del mal modo con que tratan de eludir su propia responsabilidad quienes no han sido capaces de evitar este ¡octavo! atentado contra un monumento que respeta la inmensa mayoría? La ciudadanía, para esta caterva, es un eterno menor de edad al que resulta preciso alejar de la vida pública.

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Es posible que ese desdén por la ciudadanía acabe dando al traste con la vieja política cuya reserva exclusiva del poder nunca se compadeció con los resultados de su gestión. No hay un comercio en la capital de Andalucía que no haya sido pintarrajeado por esos bárbaros que el poder municipal es por completo incapaz de mantener a raya, y pocos son los monumentos que han escapado a la brocha gorda en esta Barataria desgobernada, al frente de la que, en este capítulo de la policía municipal, un alcalde como el de Sevilla no pasa de “sobresaliente” en una capea aldeana. ¿Cómo se puede increpar a un grupo cívico por llevar cabo a su costa un servicio público? Ni Tocqueville ni Stuart Mill debieron creer en serio en el invento de la sociedad civil, un ideal que nada tiene que ver con esa apicarada plebe que canturrea encantada el pasodoble de Manolete, aquel himno a la frustración…

La cámara oscura

Dicen que la estructura del viejo hospital que aloja al Parlamento de Andalucía está que mírameynometoques, que bajo su cúpula, las doradas abejas machadianas andan fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel, y que, como llega el solsticio de invierno, sus puertas se cerrarán sin que la comisión que investiga el saqueo de los fondos de formación haya dado un palo al agua, falta por completo como anda de toda la información requerida y hasta de fotocopiadora. La vida ofrece estas metáforas impagables pero el poder, que se sabe el calendario de memoria, se ríe encantado viendo cómo, una vez más, se queda con los repúblicos y echa el tapete sobre el pudridero. Después de Reyes veremos, que antes no le conviene a casi ningún partido tirar de ninguna manta.

Black Fridey

Ni el Imperio impone su moda a los bárbaros ni los bárbaros se la imponemos al Imperio. Nos recordaba el otro día aquí Alfonso Lazo la curiosidad de que, mientras éstos últimos adoptaron las modas romanas –que ellos admiraban como cánones de prestigio– los romanos gustaban de vestirse como bárbaros, en lo veían acaso un signo de lozana modernidad. Hoy día, aún incrustado en conjunto global, el Imperio sigue marcando las pautas a unas provincias que aceptan con deleite esa hegemonía axiológica o estética. ¿Un día de Hallowen como oscuro “remake” del carnaval? Pues alarguemos nosotros el festejo una semana. ¿Un “Black Fridey” para disfrazar el consumo masivo como rito urbano inexcusable? Pues rompamos la alcancía y hagamos aquí otro prorrogable. Viendo las muchedumbres consumidoras lanzarse a esa irrefrenable pulsión que es la compra, recuerdo la vieja teoría, que ya estaba en Adam Smith y repitió luego, entre otros, Wilfredo Pareto, de la “soberanía del consumidor”, máxima añagaza del Sistema para someter a sus intereses el psiquismo colectivo, y que decía básicamente –cito de memoria—que toda actividad económica tiene como fin fuerte la satisfacción de las necesidades (y los caprichos, por supuesto) de lo que entonces ya se llamaba el “consumidor final”. Ésa fue la consigna desenfada de ZP cuando aún sostenía que la crisis era un invento de la antipatria: “¡Hala, a consumir!”, le dijo a los españoles arruinados como el rabadán que jalea a sus borregos.
Pero ha hecho falta la incitación imperial para añadir a nuestras clásicas “rebajas”, ese día del despilfarro que ha arrasado en las provincias como un eco de la Gran Manzana. El consumo es el fin, decían aquellos teóricos: el proceso de producción y distribución son sólo medios a su servicio, resumía el evangelio de la antaño denostada “sociedad de consumo”. Un día feliz, un oasis en el desierto cotidiano, camisas, bragas, abrigos, zapatos, cualquier “cosa con precio” para satisfacer la ilusión urbanita, justo el día en que en el país se recogían miles de toneladas de alimentos básicos para la pobrea. De sobra sabemos desde que nos lo explicó Rothenberg que esa soberanía del consumidor no constituye una ventaja social neta, aunque haya que reconocer en esa exhibición del gasto una mejora relativa. Garbanzos, lentejas, arroz: menos mal que el Imperio no ha proscrito aún el derecho a gastarse en el prójimo la calderilla que nos sobró de la orgía.

Sesudas sentencias

“A mí no me gusta perder ni al parchís”, Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía. “Me niego a aceptar que la violencia de género sea inevitable”, la misma. “La violencia de género no es un campo de batalla política”, Juan Manuel Moreno, presidente andaluz del Partido Popular. “Si no tenemos un pacto educativo es por culpa de los sindicatos”, María del Mar Romera, pedagoga. “Es legítimo que Sánchez gobierne aunque no sea el más votado”, Ximo Puig, presidente de la Generalitat valenciana. “El objetivo es hacer feliz a la gente”, Juan Marín, presidente de Ciudadanos en Andalucía. “Evite hacer imputaciones prematuras que llevan aparejada la ‘pena de paseíllo”, la Junta a la juez de los ERES.

El planeta cálido

Parece que ya no hay duda razonable ante el hecho de que el año 2015 ha sido un año excepcionalmente veraniego. Ahí tienen la imagen asidua del telediario que, con tras los inevitables intervalos de borrasca nos devuelve deslumbrador al anticiclón de la Azores, del que ya casi nadie habla, para mostrarnos panorámicas de nuestra playas abarrotadas y a peatones encantados con el buen tiempo pero que dejan entrever su inquietud por el anacronismo que supone el tanga a mediados de noviembre. El hombre es animal de costumbre, y en consecuencia, reticente a cambiar de dogmática, razón por la cual muchos –entre los que me cuento—hemos desconfiado de los ecologistas avisados, e incluso tomado a Al Gore por un charlatán oportunista. Ahora bien, la evidencia es la evidencia, y ya va siendo hora de recoger vela y enderezar el rumbo hacia las estrellas que señalan los prudentes, no sea cosa que nos pille desprevenidos en pocos años un tiempo fogueado o una glaciación troglodita, que nada es seguro en este momento. Que el Ártico se esté convirtiendo en un infierno para los osos blancos es una cosa que debe preocuparnos siquiera como hipótesis, y que la industria hotelera andaluza o tunecina vaya viento en popa, tres cuartos de lo mismo. ¿Qué puede justificar un inmovilismo – el de los incrédulos hasta ayer, como yo mismo—si lo propio del carácter científico es rectificar o adaptarse a los hechos comprobados?

Que aquí está pasando algo lo saben ya hasta los programadores del Inserso y que ese algo es el calentamiento del planeta parece que no ofrece dudas, lo que debería movernos a dar a torcer nuestro brazo y lo que sea necesario, aunque sólo sea porque la hipótesis de la mudanza a algún exopleneta no puede contentar a una humanidad con el cuerpo hecho al veraneo en Marbella o, todo lo más, en una isla griega. Las imágenes son desgarradoras, de eso no hay duda, y unas imágenes desgarradas en una sociedad medial debería bastar para que masivamente los terrícolas mudáramos de credo y nos apuntáramos a la iglesia laica de los penúltimos días. ¡Mira que si hemos puesto a Al Gore de chupa de dómine sin razón! A tiempo estamos, desde luego, de cambiar de estrategia, lo cual parece difícil teniendo en cuenta que la civilización se desplaza hacia Oriente y que en Nueva Delhi o en Pekín no se ve ya a tres en un burro más allá de los cincuenta metros. No toda la culpa es de la Wolkswagen. Nosotros los escépticos hemos de cargar con nuestra alícuota de culpa.