Relevo en Canal Sur

Hay que ser muy ingenuo para imaginar siquiera que el PSOE –al que la normativa de la elección del director de la RTVA garantiza hacer lo que le dé la gana—va a arriesgar lo más mínimo el principal instrumento de influenciación de masas de que dispone en Andalucía. Canal Sur ha sido desde su creación el gran montaje propagandístico del “régimen” y lo seguirá siendo mande quien mande (aparentemente) en él pues es obvio que, sea quien sea, empezará y acabará como títere de la Presidencia. El director de Cala Sur es una cara interpuesta, un buco expiatorio, un frontón para devolver los pelotazos, pero poco más, aparte de los manejos. En Canal Sur no manda nadie a más de dos metros de Chaves. En ese senti, a uno ( a mí mismo) le da igual que cambien de director o dejen al mismo para los restos.

De espaldas

La Junta ve cómo se le viene abajo el Consorcio proyectado para desarrollar el área de transporte provincial en vista de la negativa del Ayuntamiento capitalino y de algún otro de desentenderse de él. El propio Jiménez, ese autodidacta excluyente, reconoce ahora que sin la capital el proyecto carece de sentido, algo que debió pensar durante todo este tiempo en que ha ignorado olímpicamente al gobierno municipal por razones, no hará falta decirlo, estrictamente partidistas. Este vivir de espaldas unos a otros, como si la representación del pueblo fuera fragmentable, le está saliendo por un pico a los onubenses, que son  los paganos de los odios públicos y de esa forma supina de incompetencia que es la rivalidad por la rivalidad.

‘Mysterium fascinans’

Stephen Hawking anda por España recogiendo merecidos premios y pontificando sobre lo humano y lo divino. Ha ido, para empezar, a Santiago de Compostela, como cualquier peregrino, para admirar el botafumeiro e invocar al Apóstol pidiéndole “esperanza, justicia y paz en los corazones”, pero luego, en la presentación de un libro escrito al alimón con su hija, ha opinado que puesto que “el universo está gobernado por leyes científicas y que éstas, para ser leyes, deben cumplirse sin excepción”, la realidad es que en la teoría “no queda mucho espacio para Dios o para milagros”. Hawking es teórico arriesgado y no se tienta la ropa para avisar que, en cosa de un siglo, el hombre habrá arruinado el planeta Tierra, lo que supone que nuestro futuro, es decir, el de la Humanidad doliente, está en el espacio, liberada ya de este “provincianismo terrícola”, o bien de que en un plazo por determinar pero seguro, la Ciencia será capaz de descifrar enteramente el genoma humano y, en consecuencia, de modificar a placer el tamaño de la inteligencia, los instintos o la duración de la vida, originando unos seres ‘superhumanos’ con los que serán incapaces de competir los no favorecidos por esos cambios. Es fantástica la aventura intelectual de Hawking, casi hipnóticas muchas de sus hipótesis, pero desconcertantes en no pocas ocasiones como ésta en la que peregrina e invoca al Apóstol al tiempo que niega la divinidad. Eterna cuestión, en definitiva, que no va a resolver él ni nadie, probablemente, quizá porque el viejo dilema “razón vs. fe” no convence a fondo a nadie que no esté previamente dispuesto a ser convencido. Hay ‘razonantes’ que creen y ‘espirituales’ que descreen, qué duda cabe, en esta historia entre atormentada y conformista de la que venimos todos. El problema quizá resida en la clásica manía de enfrentar esos dos planos de conocimiento como si eso fuera posible, que creo que no lo es. El Dios de Agustín no es el de Spinoza, pero ni a uno ni a otro lo desborda el misterio final –“fascinans o “tremendum”, por seguir la terminología de Otto—que, con ‘Big Bang’ o sin él, deja las cosas como estaban. Decía Cassirer que el hombre es un animal mítico y la verdad es que esa propuesta sigue ahí.

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Es jodida la manía de los cosmólogos de meterse en teologías como lo es la de los teólogos de entrar a saco en el saber científico que, salvo en cuestiones hermenéuticas, tiene más bien poco que ver con el suyo. La propia Roma ha coqueteado con la teoría del “Universo estable” de Fred Hoyle y algún otro pero sin escatimar arrumacos a la hipótesis del ‘Bing Bang’, otra incongruencia más bien gratuita puesto que insisto, modestísimamente, en que cualquier solución que se le dé al origen del espacio-tiempo y al surgimiento posterior de la materia nos deja en el mismo sitio en que estábamos cuando nos planteábamos la duda genesíaca de la Creación. Hoy esas teologías discurren por senderos bien alejados de los que, por poner un caso, planteaba en su prosa laica Merleau-Ponty cuando escribió su fabulosa “Cosmología”, acaso por el discreto convencimiento de que ni la función de la Ciencia es debelar a Dios ni la de la Religión competir con la Ciencia. No sé, puede que razón y fe sean senderos que se bifurcan, como diría Borges, paralelas sin asíntota posible, ojos que corren el riesgo de abrasarse mirando cada cual al sol que no le corresponde. Ahí tienen a Hawking invocando al Apóstol pero echando a Dios del templo, peregrino en sus visiones pero impedido de contemplar el Pórtico de la Gloria. Pocas bobadas como esta porfía inmemorial, ninguna tan insustancial como la pretensión recíproca de lanzarse el anatema. Ni Dios se demuestra ni el teorema se cree. Quizá nuestro genio ha querido estar en misa y repicando, no lo sé. Lo que sí digo es que no hay nada como la discreción para garantizar la coherencia.

IU se enroca

Frente a la corrupción. IU ha propuesto al PSOE en el Ayuntamiento de Sevilla –donde uno de sus más destacados ediles ha debido irse abrumado por la evidencia de sus irregularidades—un pacto frente a quienes osen denunciar corrupción en el consistorio, no dice si con razón o sin ella, sino simplemente denunciar. ¡Vaya enroque en la posibilidad de corrupción, vaya dislate en plena vorágine de denuncias que hablan de facturas falsas (que está publicadas), de obras públicas fingidas, de nepotismo disparado entre los mandamases y sus familiares. ¡La fuerza que hizo bandera de la lucha contra el agio, protegiendo una situación insostenible, los “incorruptibles” inventándose el maniqueo y la conspiración para permitir lo que sea bajo la manta. Con Julio Anguita habría ido a la calle el de la propuesta. O más fácil, nunca hubiera osado sugerirla siquiera.

Las urgencias, desbordadas

Ya sé que la consejera de Salud suele contestar a los críticos eso tan bonito y elegante de “a mí no me toquéis la p…”, pero habrá que tocársela, a ver qué remedio, si insiste en negar todo problema en la sanidad onubense a pesar de que los médicos se desgañitan denunciándolos y que los usuarios los padecen sin paliativos. Las urgencias del “hospital de referencia”, el ‘Juan Ramón Jiménez, están abarrotadas, hay en ellas esperas de muchas horas en condiciones infrahumanas, los médicos y sanitarios no dan a abasto y han de pechar con una sobrecarga que comporte su profesionalidad. ¿No tienen nada que decir la Delegación del ramo y la de la Junta ante este escándalo diario? El ahorro no justifica este abandono del servicio que cualquier día puede explotar con resultados imprevisibles.

Hacer puñetas

El más buido y brillante columnista de la prensa española, Raúl del Pozo, ha rematado su comentario sobre la dependencia política de los jueces y la sorprendente designación de un presidente del TS y del CGPG contrario, al menos en teoría, a las exigencias partidistas del Gobierno, con un zarpazo certero pero que imagino que a la inmensa mayoría debe dejarla desconcertada: “la noticia —dice Raúl—es que de pronto un partido haya nombrado a juez ecuánime… y empieza a ser noticia que alguien llegue a algo en la cucaña del Estado sin proceder del sectarismo de los partidos”. La perversión de la democracia es tal en este punto, en el de la imprescindible independencia de los poderes del Estado, que el hecho elemental de que se designe juez supremo, juez de jueces, a un hombre imparcial, alejado de contiendas partisanas, ha llegado a ser noticia al tiempo que en los mentideros de todo el país se especulaba sin materia, como es lógico, sobre la condición de católico de ese ropón. Pero el espléndido mandoble dialéctico de Raúl tiene un reverso tremendo, pues supone y supone bien, que lo normal, lo que sucede en la generalidad de los casos, es que los jueces son nombrados en atención a su condición partidista o, por lo menos, a su postura ideológica. Ya es desgracia que las propias agrupaciones profesionales de jueces se vean en España como instrumentos serviciales de los partidos, pero que la designación de la cúpula judicial –TS, TC y CSPG—no sea más que una representación de esos grupos de intereses constituye el más desvergonzado reconocimiento de la politización de la Justicia, de manera, insisto, que el simple hecho de que se designe a un juez ecuánime pueda convertirse en un notición de época. Y este es un negocio del que hay que responsabilizar por igual a todos los partidos que viven inspirados en un complejo de hiperlegitimación popular que no tiene el menor fundamento real en el ámbito de una democracia intacta, pero con el que les va divinamente. El PP tuvo ocho años para cambiar las reglas del juego y no lo hizo: la consecuencia es que hoy siguen mandando los dos grandes pero quien decide en caso de conflicto es el PNV o CiU.

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Grande debe de ser la apuesta judicial de los partidos cuando han llevado la mistificación y el control de los poderes hasta este punto insensato. Recordemos, en efecto, que tanto el PSOE (quizá el que más y sin quizá también), como el PP, pasando por el PNV o CiU se las han traído tiesas con la Justicia que ha llegado a condenar por secuestro a un miembro del Gobierno y toda su cúpula policial. Por eso, esta noticia insólita del nombramiento del juez ecuánime resulta tan estimulante, en cierto sentido, como desoladora si se considera su condición excepcional, dado que todo juez debería ser designado por su condición de ecuánime y no por lo contrario. El problema de la partitocracia es que ninguno de sus miembros suele estar dispuesto a dar el primer paso para desmontar un sistema que raparte la influencia a prorrata de sus respectivos volúmenes, con lo mejor o peor suelen conformarse los ‘aparatos’. Hay en España muchos jueces justos y ecuánimes, por supuesto, pero la sola noticia de que la designación de uno corra como un reguero de pólvora habla por sí sola de la indigencia moral del sistema político que ha logrado adueñarse de la independencia de los tribunales hasta hacer de ellos órganos sumisos y obedientes. La imagen del presidente de la Audiencia Nacional escuchando resignado la riña y consignas de González, como la de la presidenta del TC resignada ante la pública reprimenda de la Vicepresidenta, lo dicen todo. De todas maneras la inclusión del juez Dívar no resuelve el problema. Un problema, insisto, que ningún partido tiene la menorm intención de abordar y menos de resolver.