Las manos en la masa

La comedia que están representando el PSOE y sus Administraciones en Sevilla capital, tras la recalificación salvaje de su propia sede provincial con un beneficio de cinco millones y medio de euros, es de vergüenza y traca. La suspensión de las obras dispuesta por la Gerencia, obligada por la manifiesta destrucción de elementos protegidos legalmente, más si cabe, puesto que el alcalde, que es quien bendice la recalificación, es también el presidente del bando beneficiado. Ha habido incontables episodios de corrupción o irregularidad en el PSOE de Chaves –desde la condonación de su propio crédito en una caja a los talones de Gil en el ‘caso Montaner’– pero quizá nunca se supo de una hazaña tan descaradamente afanadora como ésta. Suspender la obra es, con toda evidencia, un paripé. Todo lo que no sea dar marcha a atrás en este minimarbellazo de partido servirá tan sólo para ganar tiempo y perder prestigio.

Donde las dan las toman

Y van… Nuevo palo del TSJA a la Junta y a la oposición municipal del PSOE, cuyas respectivas campañas contra el Ayuntamiento legítimo –que duran ya más de doce años– empiezan a resultar indignantes además de una miajita cómicas. La venta de terrenos del Ensanche estaba en regla y, por tanto, la zancadilla de la Junta deja de tener el poco sentido que pudiera haber pretendido, mientras el concejo ve expedito el camino para acercar la Ciudad a la Ría. Con lo que poco le ha durado al chavesbarrerismo el contento por el revés del consistorio en le asunto Endesa, en el que él, por cierto, se abstuvo escrupulosamente de pronunciarse. Lo dicho, donde las dan las toman. Ahora bien, parece que ya está bien, que el PSOE debe ir pensando en otra estrategia de lucha contra Pedro Rodríguez, visto que en el Juzgado las pierde todas y que cuando una vez se lleva el gato al agua enloquece de contento. Boicotear la acción del Ayuntamiento es perjudicar a los onubenses. Insistir en ello tras tanto batacazo, una simple prueba de impotencia cuyo coste para la capital, eso sí, debería reprochársele a sus causantes.

El árbol blanco

En el patio de la escuela de Jena, un pueblecito de Luisiana, hay un árbol prohibido. Su sombra está reservada en exclusiva para los estudiantes blancos razón por la cual la ocurrencia de uno negro de sentarse bajo él ha abierto una cadena de incidentes que, de momento, han acabado en el proceso de seis adolescentes negros acusados de agredir a un compañero blanco. Un árbol prohibido en el centro del paraíso es un símbolo que encontramos por doquier. Hubo uno que arruinaría a la humanidad, según el mito cristiano, por mano de Eva, y otro –precisamente un “árbol blanco” sólo más tarde verdecido– que brotó de la rama conservada por ella tras perpetrar la trasgresión original y por ella plantado en tierra, aunque quizá haya que ver tras cada uno de estos árboles particulares el símbolo sagrado que aparece en todas las culturas, desde el olivo de Atenea al árbol gigante de los nórdicos, pasando por el laurel de Apolo o por el pino de Cibeles. La obra monumental que  Frazer escribió sobre el tema, “La rama dorada”, no ha dejado de atraer la atención de los simbolistas a pesar de la eficacia de sus teorías, ni cuanto hoy sabemos sobre el ‘árbol cósmico’ ha bastado para liquidar un asunto siempre capaz de plantear perspectivas nuevas, pero es evidente, por lo demás, que la cultura popular tiene su propio discurso y sus razones propias en torno a la presencia del árbol y su significado. El simbolismo del árbol trascienda la planta misma para incluir su entorno, un espacio mítico que puede acoger indistintamente la meditación del santón o el reposo contemplativo, pero que en ocasiones se identifica como predio político y, en consecuencia, con el territorio exclusivo de un grupo concreto. Cuando se secó el roble de Guernica parece que alguien se preocupó de traer desde América un plantón procedente del que previsoramente habría plantado allá un emigrado, un gesto que no hubiera entendido Daniel cuando soñó el árbol inmenso que Nabucodonosor habría visto en medio de la tierra como un emblema de universalidad. El árbol sirvió siempre para distinguir: Abraham plantó uno en Canaán que le permitía reconocer al creyente y rechazar al idólatra. En Luisiana sigue cumpliendo hoy esa implacable función.

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Lo raro es que nos sorprendan estos incidentes que, por lo general, es como si diéramos por liquidados en un presente que imaginamos ilusoriamente a salvo del pensamiento bárbaro. Pero la realidad es que, más o menos latentes o expresas, las fuerzas de la segregación siguen ahí, dispuestas a todo, aguardando tan sólo el momento oportuno para el motín. Los negritos de Jena han sido juzgados como adultos y sus zapatillas deportivas consideradas armas letales por una fiscalía y un jurado (blanco, por supuesto) que reproducen, como si el tiempo no hubiera pasado, el clima rancio de los viejos progromos y el modelo inhumano de la segregación que propugna espacios reservados para cada raza, incluso allí donde la ley correctora había impuesto irreversiblemente el derecho único y la igualdad de trato. Ese árbol plantado como un desafío a la razón y a la ley viene a demostrarnos que nunca fue superado realmente el ancestral sentimiento de racismo en que se basó la injusta convivencia en la democracia americana, hoy como ayer minada en su estructura por la carcoma de toda la vida. Ver de nuevo por esas calles al fantasma de Martin Luther King descubre una llaga profunda que puede resultar más peligrosa, si cabe, en unas circunstancias, como las actuales, en las que la paz social se ve amenazada por nuevas tensiones étnicas desde fuera y desde dentro del país profundo, como si las legendarias llamas de Mississippi nunca se hubieran apagado del todo y el salvajismo encapuchado volviera por sus fueros como en los peores momentos. Bien mirado, el pleito de Jena, incluso si prospera la ignominia, no será tan alevoso como la presencia de un árbol prohibido en el patio de una escuela.

Cornudos y contentos

No nos podemos quejar los andaluces del reparto tramado por Zapatero si las cosas se miran desde las perspectivas de las demás comunidades españolas, ciertamente perjudicadas por la estrategia electoralista. Pero eso no quiere decir que hayamos de dar por buena una dádiva que nos sitúa muy por debajo de los ciudadanos catalanes, privilegiados por un Gobierno que, evidentemente, actúa como rehén de aquellos socios. Chaves se ha plegado como un mandado ante ZP y, lo que es peor, ha representado el pasillo de comedia de una negociación culminada por el éxito pero en la que, en realidad, nos han puesto, una vez más, mirando para la Meca. Y encima albricias, aplausos y fuegos artificiales en los ‘medios afectos al régimen’, como si no hubiera quedado claro que el Gobierno ha discriminado a Andalucía con esta nueva providencia incrustada en el más alocado proyecto inversor de la historia democrática. Somos la urna y la coartada del partido en el poder. Tanto que incluso cuando nos dan más resulta que nos han dado de menos.

La cultura onubense

Pocas veces se ha acometido en Huelva una iniciativa de tan largo aliento como los dos tomos en que el buen criterio del profesor Juan Antonio González Márquez ha logrado reunir la historia del Instituto ‘La Rábida’, es decir, de ‘El Instituto’ de toda la vida, al filo de su ciento cincuenta aniversario. En ellos está comprendida, muy verdadera y libremente, la historia auténtica de la cultura en Huelva, capital y provincia, y en ellos recuperan su perfil verdadero no sólo la institución señera sino los protagonistas de esa historia, profesores y alumnos, vistos desde hoy con una mirada amante que, sin embargo, en ningún momento deja de ser objetiva. Esta obra –que no debería faltar en ninguna biblioteca onubense– liquida muchos mitos, cierra un vacío que parecía insalvable y recupera la imprescindible memoria de lo que fue y de lo que no fue nuestra cultura, en su grandeza y su limitación, sencillamente, en su estricta verdad. No hay en nuestra provincia una sola institución como ‘El Instituto’. Haberlo puesto en claro constituye un mérito que difícilmente podremos agradecer en lo que vale.

El héroe degradado

Cada día parece menos discutible que el hombre contemporáneo posee una idea vulgar del mérito. La vieja proeza, la hazaña del héroe, de origen divino como es sabido, van dejando su sitio al ‘récord’ como expresión de la singularidad hasta el extremo de que toda una industria gira alrededor de esa murga. Acabamos de ver en el telediario, posando para la posteridad, a un grupo de cocineros autores del mayor guiso conocido pero la verdad es que no pasa día sin que tengamos noticia de algún prodigio extravagante registrado en los catastros del ridículo. En la India, al tiempo que nos enteramos de que el inmenso subcontinente alberga en su territorio los diez lugares más polucionados del planeta, vemos triunfar popularmente a un sujeto que luce la mayor cabellera conocida, a otro capaz de caminar mil quinientos kilómetros marcha atrás y a un tercero especialista en “sautiller” como los gorriones, no una pista de circo, sino nada menos que dieciséis kilómetros en cincuenta y ocho minutos. Si la ‘hazaña’ implicaba valor positivo, el ‘récord’ se justifica por sí mismo en su famosa miseria o en la misma extravagancia de su concepto, diferencia que desplaza la conciencia de ‘mérito’ desde la ética al capricho. Los trabajos de Hércules o la búsqueda de Jasón nada tienen que ver, obviamente, con ocurrencias como levantar 439 huevos en equilibrio o conseguir que en un torneo de ajedrez se jueguen 23.000 partidas simultáneas, como nada en común podría encontrarse entre la razón calvinista del éxito y los motivos ocasionales o simplemente estúpidos que registra todo ese montaje que se ampara en el registro Guiness, en cuyas páginas encuentro reseñado el portento de un sujeto, ‘Mr. Mangetout’, capaz de tragarse, según tan alto testimonio, un  total de dieciocho bicicletas. Si el héroe clásico se exponía a los excesos de la “hybris”, el moderno récordman, liberado de cualquier exigencia que no sea la notoriedad, no ha de encontrar límites para su estulticia. Hemos pasado de librar a la doncella del monstruo o a la ciudad del dragón a trastear la paella más grande. El héroe moderno no se mueve en la mitología ni en la historia sino en la barraca de feria.

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Ni la degradación del héroe ni el declive de la hazaña son, no obstante, sucesos independientes de la sociedad en que se producen sino efectos inevitables de la propia evolución social. Las burguesías modernas llevaron a un plano ético la noción de ‘mérito’ para auparse con ventaja frente a la idea del valor hereditario que era propio de la mentalidad aristocrática, y Calvino y otros reformadores, como explicara cumplidamente Weber, consiguieron legitimarlo elevándolo a la consideración de virtud. El hombre contemporáneo, el pálido urbanita desconcertado en el laberinto de su propia mediocridad, ha logrado rebajarlo hasta el plano asequible de la ocurrencia, en un ejercicio de democratización del valor que, ciertamente, no supone ningún progreso, a no ser que consideremos como tal la superación de cualquier “marca” con independencia de su naturaleza y contenido. El mismo mundo que cuestiona al niño precoz o superdotado, acepta como un ser extraordinario, sin reparos ni condiciones, por el solo hecho de serlo, al hombre más grueso del mundo o al que es capaz de trasegar más jarras de cerveza de una sentada o de tragarse sin pausa el mayor número de salchichas, como hace pocos días tuvimos ocasión de contemplar (por triplicado, claro) en algún telediario. En cierto modo, parece que se ha erigido en realidad la hipótesis de Claudel de que el héroe es, en definitiva, alguien que no puede hacer otra cosa que la que en héroe lo convierte. Un tío se pasó cien horas hablando sin parar en Trafalgar Square, otro pereció conteniendo el resuello bajo el agua, un tercero mantuvo silencio durante años. Es triste pensar lo poco que ofrecen ya estos argonautas de pacotilla por el vellocino de oro.