La poca vergüenza

El urbanismo se han convertido en un negocio hasta el punto de que ni se cuestiona que, en caso de gobierno asociado, el socio se lleva esa presa de todas, todas. Pewrop quizá no hubo caso más desopilante que el del edil de La Nava, aldea onubense de 300 habitantes, que se lleva del presupuestito municipal nada menos que 30.000 euros por llevar ese negociado. 30.000 euros, es decir, cien euros por vecino y a cambio de unos servicios que cabe imaginar elementales en todos los sentidos y, en todo caso, uno de los salarios más elevados jamás  conocidos en la localidad. Se ha perdido la vergüenza enteramente, el sentido de la responsabilidad está desapareciendo de la vida pública. Lo que prospera como hierba mala es la rapìña. La política es en demasiadas ocasiones ya puro filibusterismo legalizado.

Otro talante

La nueva consejera de Salud, María José Rico, parece empeñada enbuenahora en hacernos olvidar el castigo que supuso el mandato de su antecesor, el famoso doctor Pozuelo. Si aquel gastaba distancia y malos modos, ésta inicia, al menos, su mandato con tan buenos propósitos como trasluce su proyecto de reunirse con las asociaciones de pacientes y colectivos que tengan a su c agro el cuidado y la atención de enfermos, un gesto sensible que en esa delegación suena a chino. Aunque sea verdad que la sanidad tiene planteados en Huelva problemas graves y urgentes, antiguos por lo demás, la cercanía a quienes llevan el peso de la atención y la promesa implícita de apoyo institucional constituye de por sí un buen augurio y una cierta garantía de que los problemas de salud no serán administrados en nuestra provincia de espaldas a la gente.

Guerras y causas

Lo único real, indudable, de las guerras son sus efectos, sus imágenes desgarradoras, sus desoladas perspectivas. Una mujer que se cubre la cara para no ver lo que no resiste, un hombre que abraza el cadáver el hermano caído: ‘eso’ es la guerra. Sobre las causas se hablará en círculo, se opondrán tesis, pero no se llegará, probablemente, a un acuerdo. Es difícil creer que el atentado de Sarajevo, así, sin más, desatara la estúpida primera Gran Guerra. Sobre el enfrentamiento entre tutsis y hutus se nos propone ahora la hipótesis de que, en realidad, lo que la matanza escondía era la lucha internacional por el coltán, ese mineral estratégico imprescindible para los satélites o para nuestros teléfonos móviles. Cualquiera sabe. Las guerras se sabe oscuramente como empiezan y mejor cómo terminan pero rara vez se conocen sus causas. Lo de Osetia, por ejemplo, es un  rompecabezas clásico como lo de la invasión de Georgia es un  clásico militar, toda vez que los territorios en cuestión forman parte del famoso laberinto estaliniano, ese perdedero transcaucásico siempre decisivo desde la perspectiva estratégica y hoy también desde otras varias, pues la actual Georgia es un raro milagro occidentalista surgido como un tumor en la cadera de Rusia, una nación dirigida por una nueva clase en la que abunda el yuppi estudiado en Harvard (como el propio presidente Saakachvili) y admiradora de Georges Soros, pero que ha elevado significativamente su presupuesto militar multiplicándolo por más de 30. Es probable que la invasión georgiana de Osetia (poco más de 4.000 kilómetros cuadrados y 70.000 almas, pobreza general) fuera estimulada por los EEUU, deseosos de romper la radical dependencia energética de Europa respecto de Rusia, pero no hay que olvidar que la ruta de la invasión de Georgia la conoce Moscú desde el inicio de los años 20, cuando invadió el país para anexionarla a la URSS. Lo único seguro son los gestos desesperados, el territorio destruido, los muertos. El resto es opinable.

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Ayer parece que los rusos retiraron sus tropas de Georgia, pero demasiados indicios apuntan a que esto no ha sido más que el principio, puesto que la UE se escabulle como puede con el argumento de que el invadido no es país comunitario y la OTAN echa el freno alegando que no se encuentra entre sus socios, mientras Alemania opina ahora que urge ese ingreso estratégico, y los EEUU despliegan sus misiles en Polonia como respuesta a los pertrechos atómicos de los rusos en el Báltico. Para echarse a temblar. Sometida Georgia, Rusia podría trazar una autopista sin peaje hasta Irán, calculen, aparte de que, ya sin competencia ni rival, tendría a toda Europa pendiente de su energía. Pero todo esto no son más que especulaciones, cháchara de casino o cancillería, comparado con la imagen real de los efectos de la guerra, los muertos amontonados, el estupor sufriente en los rostros sorprendidos por la catástrofe, el mal irreparable causado a gentes que nada tendían que ver con tan altos designios, seguramente tan ajenos a las mañas de los mafiosos rusos como a los proyectos de los nuevos señoritos georgianos, que acaban de caerse del guindo en el que aguardaban ilusos a que vinieran en su auxilio los tanques occidentales. Todo lo cual, ya digo, le da seguramente igual que le da lo mismo a esa muchedumbre sorprendida que ya no podrá recuperar a sus deudos, ni encontrará a su vuelta sus hogares arrasados, esos desconocidos que se cubrían la cara con las manos para no ver lo irresistible, atrapados por el espanto, mientras los ejércitos iban y venían como el jinete apocalíptico, brutales, raudos, implacables. Lo único seguro de las guerras, de todas las guerras, son sus efectos; sus causas son opinables. Incluso si están tan claras como pudieran estarlo en ésta las intenciones de ambos bandos. Los ricos guerrean, mueren los pobres, dejó dicho Sartre. La renta en Osetia es de hambre.

Ahorrar como sea

El objetivo del Servicio Andaluz de Salud (SAS) es único y sencillo: ahorrar como sea. Se prima a los médicos que producen menor gasto farmacéutico, se cubren las plazas de especialistas por quienes no lo son, se contratan médicos de urgencia por días y hasta por hora. Hasta dicen que se asignan a los centros hospitalarios las cantidades que habrán de ahorrar durante este ejercicio, allá se las avíe cada cual, y por supuesto, allá le vayan dando al usuario. El atasco de Vera (Almería) es sólo un caso y nada particular pero habla por sí sólo: un médico para atender la noche de 40.000 personas, ya que el SAS no ha contratado más que un facultativo en sustitución de los tres que están de vacaciones. Ahorrar es lo que cuenta. Al final, si no se producen males mayores, la consejera saldrá exhibiendo ese ahorro como un éxito de su gestión.

El cuento chino

Me ronda estos días la idea de que la amenaza de la virtualidad no reside tanto en el riesgo de que el observador tome por ‘real’ lo que no lo es, como en su capacidad de ofrecer esa irrealidad como algo patente. Un estadio lleno puede no estarlo ‘en realidad’, unos fuegos de artificio pueden ser artificio a secas, una ninfa que canta con voz angelical resulta no ser sino la máscara bella de la cantante auténtica pero no tan hermosa. Todo esto acabamos de comprobarlo en los Juegos Olímpicos, sin salir de la jornada de la sesión inaugural, lo que, a mi juicio, nos permite ampliar razonablemente la duda a todo el mensaje mediatizado que, por serlo, admite cómodamente la falsificación de lo verdadero. ¿Podemos estar seguros, por ejemplo, de que la pelota de Federer que da por buena “el halcón” (procedimiento óptico de verificación empleado por los jueces) lo es o no lo es? ¿Y cómo estarlo de que las acrobacias de esas sirenas sincronizadas no nos llegan una vez pasadas por el tamiz informático que todo lo arregla? Si el ‘fotoshop’ es capaz de presentar como una hembra jamona a Ana Obregón o de cortarle sin piedad las piernas al Rey para ajustar la imagen de la Familia Real a los deseos oficiales, a ver por qué vamos a creernos el retrato de un hemiciclo abarrotado, pongo por caso, que igual tiene más votos que manos o al revés. La representación de lo real que, como es sabido, comienza en las paredes de la caverna, hace tiempo que renunció a su pretensión ontológica. Hoy no hay más bisonte real que el que te embiste en la pradera y aún ése está en vías de extinción.

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Bien es verdad que la intuición de que la realidad no pasa de ser una convención de nuestra perceptiva remonta a Platón, en cuya Caverna ya los hombres eran sombras y las sombras, hombres, algo así como si quien confiriera la entidad a la cosa fuera el espectador, el sujeto engañado por las apariencias y no la naturaleza misma. Pero hay una diferencia entre postular que la cosa es apenas la equívoca imagen aprehendida y proponerle al ojo un embuste puro y duro, un camelo tecnológico fabricado deliberadamente de acuerdo con la conveniencia de cada momento. Lo que ha ocurrido en esos Juegos el día de su inauguración descresta con mucho la categoría de anécdota porque, en realidad (y perdonen la reiteración inevitable), a ver quién puede asegurarnos que el mismo manejo que se hizo con la pólvora que coloreó aquella ceremonia se dejó de hacer luego en China y, si me apuran, aquí también. La virtualidad galopante está comprometiendo la gnoseología hasta un punto que ni Platón ni Locke pudieron imaginar, de modo similar a como Apicio o Ruperto de Nola serían incapaces de penetrar las deconstrucciones alimentarias de Ferrán Adriá si tuvieran acceso a sus fogones. Lo cual no supone, creo yo, ningún progreso efectivo sino una estafa más de cuantas lleva coleccionada desde el neolítico este ancestral adversario de la realidad que es el hombre, aunque otra cosa predique una especie que hace muchos siglos que conoce la capacidad utilitaria de la mentira. El cuento de los JJOO concierne por eso tanto a la moral como a la ontología y debe prevenirnos más frente a la eventual ‘desrealización’ de todo mensaje que frente al truco concreto. Dar gato por liebre, que es lo que han hecho esos manitas, es algo que el Poder hace desde que existe y que el propio súbdito cultiva  si darle mayor importancia en el jardín de la cotidianeidad. Con la mano en el corazón, lo que no deberíamos decir honradamente que es que nos han engañado como a chinos. Chino es quien más y quien menos en este bazar en cuanto se presenta la ocasión.

Casi insoportable

Un guarda forestal ha descubierto, consternado el pobre hombre como pueden imaginar, el cadáver de un quebrantahuesos en el Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas. Se llamaba ‘Acebeas’ y era uno de los cuatro pollos reproducidos cuidadosamente en los costosos servicios de que dispone nuestra sensible sociedad y posteriormente liberados a su suerte por sus cuidadores, por lo que se ve, con cierta mala pata. Una pena siempre, la pérdida de un quebrantahuesos, de una águila culebrera o de un meloncillo, hasta la de una culebra de esas que con dinero público se “siembran” (yo lo he visto) por los descuidados montes de Andalucía. ¡Tremendo! Y menos mal que nuestras Administraciones no se duermen en los laureles y, por lo que se refiere a los ‘quebranta’, permítanme el apócope,  hasta tiene suscritos con varios países centroeuropeos altos convenios de colaboración e intercambio. El santo de Asís no hubiera llegado tan lejos, con la que está cayendo, sobre todo si se tiene en cuenta que uno de cada cinco peatones de la especia ‘Sapiens’ vive pobre según  las estadísticas y agarrándose a la brocha, en la mayoría de los casos, para llegar a fin de mes. Ah, pero lo del ‘quebranta’ ha sido muy fuerte, tanto que lo han enviado del tirón –con su GPS específico y sus plumas tratadas para su identificación—a los forenses que han de determinar juiciosamente la causa de tan sensible pérdida. ¡Tremendo, ya digo! Hay que hacer cuanto esté en nuestras manos porque una tragedia semejante no vuelva a repetirse, ni en esa especie ni en ninguna otra de cuantas pueblan nuestro planetilla. El “poverello Francesco” viviría muy contento en nuestros parques, él, que lo más que llegó a lograr fue colocarle una plática a los peces y pasarle al lobo la mano por el lomo. La virtud de los laicos es siempre más vistosa.

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Está muy bien que nos volquemos en la protección de nuestros hermanos y de nuestros primos en la filogenia. ¿No venimos nosotros del mono y antes del lémur y antes sabe Dios de que piezas del divino puzzle? Menos importante somos nosotros mismos, o mejor dicho, “ellos mismos”, los parias insensatos que tienen la osadía de escapar de su reserva natural –de su ‘nicho’ zoológico, en fin, antropológico, si quieren–, como esa negrada que viene en pateras desde África y a la que no podemos hacer otra cosa que liarlos en una manta y darles un colacao en un vaso de plástico antes de ficharlos y enviarlos de vuelta. Siete mil murieron en el año pasado, que fue un año bueno, según los que saben, una infinidad se perdió en el mar o hubo de ser arrojado a él –incluso hijos por madres—y dice la leyenda que bajan y salen a flote tres veces antes de abismarse para siempre en las profundidades y pasar a la cadena trófica. ¡Ah, pero donde se ponga un quebrantahuesos! Cuando ZP tuvo conocimiento de la tragedia de Almería (me refiero a la mayor, a la clásica: 14 muertos, incluyendo hijos, tras cinco días de viaje) dijo que aquello era un drama terrible, “casi insoportable”, atentos al adverbio, y que, mecachis en la mar, no habría fuerza humana que pudiera impedirle, ¡a él!, seguir incrementando la ayuda el desarrollo. Dicen que se pierde uno de cada tres cayucos (¿quién será el memo que ha inventado ese palabro?) y que si se computaran los desaparecidos, los miles se multiplicarían aterradoramente, pero que no hay GPS para todos, en especial habiendo quebrantahuesos en peligro de extinción, como ese pobre ‘Acebeas’ con el que un guarda forestal se ha dado de bruces en plena sierra, desmayado sobre un roquedo. A mí, les digo mi verdad, me dan envidia las aves del cielo, altas y soberanas, seguidas por control remoto y con derecho a autopsia el día fatal de la desgracia. Los negros no están en trance de extinción, qué coños, y además ni siquiera son blancos. He mirado a foto del ‘quebranta’ y se me han saltado las

lágrimas, créanme.