El testigo ubicuo

Ha tardado poco tiempo en desinflarse la burbuja mediática del presunto hallazgo de la pobre ‘Maddie’ McCann en los alrededores de Tetuán. La niñita rubia retratada por esa turista ocasional –que ha ido creciendo en su sospecha hasta el límite de la certeza casi incuestionable– no era, en definitiva, según parece, la menor desaparecida este verano en el Algarbe sino Bouchra Benaïssa, hija de Ahmed y Habida, pacíficos vecinos del pueblo marroquí de Zinat. No ha tardado tan poco, por supuesto como para no dar de sí otro buen puñado de libras esterlinas, pero sí lo suficiente como para dejar en evidencia un fenómeno de época entre los más relevantes de cuantos nos ha tocado vivir: el del testigo ubicuo. Sólo hay una foto de la cogida mortal de Manolete en Linares (la que hizo el gran Cano) y una (creo) del atentado de Morral contra Alfonso XIII, apenas un grabado sobre el que en Sarajevo dio paso a la primera Gran Guerra, pero en la actualidad, la universalización de las técnicas digitales y la inclusión de la cámara fotográfica en el telefonillo han dado un vuelco a esa situación de modo que no hay acontecimiento, catástrofe o suceso que no cuente con su testigo espontáneo dispuesto a embalsamarlo en sus pixels en beneficio de la posteridad. No cabe duda de que esta auténtica revolución informativa tiene sus ventajas para el ciudadano  medio, que verá casi en tiempo real, sin duda posible, las imágenes auténticas de cada tifón, avenida, incendio, paliza policial o bronca incívica que pueda producirse en este planeta realmente globalizado como una aldea al menos a estos efectos. Lo que no significa que esa conquista no tenga su incómodo reverso desde una perspectiva ética, pongo por caso, cuando lo que el ‘testigo’ se satisface en captar son imágenes íntimas de una bañista anónima que muestra descuidada el seno o tal vez el reportaje de cualquier otra intimidad. No todo lo que revierte en la opinión pública es legítimo ni benéfico, evidentemente, pero ni el ‘voyeur’ más optimista habría imaginado hace bien poco esta súbita transparencia de una vida pública en cuyo marco la privada ha extraviado sin remedio su sagrado fuero.
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No era ‘Maddie’, en fin, aunque nada garantiza lo contrario, teniendo en cuenta que la leyenda magrebí del caso colea desde hace un tiempo, y uno cree, francamente, que lo menos que podría hacer esta sociedad ‘mediatizada’ es un mínimo examen de conciencia para valorar debidamente la función de ese “testigo ubicuo” que tantos servicios puede prestar pero que puede causar también tanto irreparable daño. El vértigo de la interrelación que es propio de esta sociedad convierte en inevitable la presencia de semejante “ojo público” que ahora resulta que pertenecía a un polifémico autarca sino que consistía en la mirada multitudinaria que suma al vecino con el turista y al mirón con el espontáneo que pasaba por allí en el momento de los hechos. Millones de cámaras –es decir, de ojos atentos– vigilan el acontecer con la cámara dispuesta en prevención de que la Fortuna, que es ciega, los sitúen en el lugar conveniente y el momento justo  para hacerse famosos y, eventualmente, también para forrarse grabando el atentado contra Wojtila o la agonía de Paquirri, los bajos descuidados de Marta Chávarri o el ‘tomate’ en el calcetín de Wolfovitz o el príapo de Butragueño. Son un ejército irregular de espías inconscientes pero efectivos cuya vigilia ubicua ha provocado un nuevo género periodístico, a saber, la instantánea del acontecer universal, fuente de tantas debelaciones como origen de tantos embelecos. La niña de Tetuán, por ejemplo, resulta que no era ‘Maddie’ pero cuando vamos sabiendo eso ya la autora del “scood” ha desfilado por todos los telediarios del mundo. Que era lo que le faltaba a este insólito circo de tantas pistas en el que me da el pálpito de que el payaso listo se las sabe todas.

Guerra de querellas

Hay una nueva moda política en Andalucía: la del prócer que se querella o demanda a quien osa criticarle, o lo denuncia, a su vez, pongamos por ‘mobbing’. Chaves encabeza ese desfile como querellante contra dos periodistas de El Mundo que se limitaron a contar al lector, con video incluido, lo que testimoniaban los testigos del “caso espionaje” al presidente de una Caja de Ahorros. Y ahora en Huelva, el ex-presidente de la Diputación devuelve el pelotazo judicial a una funcionaria que lo denunció por ‘mobbing’ precisamente tras recalar en la consulta del psiquiatra, al tiempo que un colaborador suyo hace lo propio con otro denunciante. Tú me denuncias, yo te denuncio, tu te querellas conmigo, yo te devuelvo la querella, entre otras cosas porque para ti el precio de la defensa puede (suele) ser prohibitivo mientras que para mí suele ser gratis total. Ni el casi hermético montaje de ‘agiprop’ que los protege los conforma; quieren también la garantía del silencio crítico y, en su caso, la impunidad. Ninguna arbitrariedad tan ventajista como este recurso insólito del Poder frente/contra los derechos del ciudadano.

Divinas palabras

Nuevo cruce de acusaciones y zambombazos entre los portavoces municipales de la oposición, ahora dedicados entre ellos mismos, a pesar de que no hay uno entre ellos que no esté cuestionado en su formación política. Bueno, al fin y al cabo, es su papel en el libreto de esta cara zarzuela. Pero hay algo que debe saber el ciudadano/contribuyente y es que un portavoz del Ayuntamiento de Huelva trinca a final de mes chispa más o menos lo que el propio alcalde, y ésa es una razón de peso para agarrarse con fuerza al sillón cuando en la vida no se ha tenido mejor chollo. La oposición no se justifica por el ruido sino por su capacidad de influir positivamente en la mayoría. Eso, que tanto repiten sus respectivos próceres en el ámbito nacional, les cuesta Dios y ayuda entender en el local a los bienpagados portavoces de Huelva.

Locos sueltos

Quizá la imagen del presidente iraní –un viejo terrorista, según los servicios secretos– afirmando en la universidad de Columbia que en su país, a pesar de que de vez en cuando se lapiden homosexuales, no hay maricones, no sea la más estupefaciente de la semana. Ese tipo de falsas certezas es propio de la mentalidad absolutista en cualquiera de sus formas, como sugería Valle-Inclán cuando ponía en bocas de cierto personaje suyo la afirmación de que en el cuerpo de Carabineros no había cabrones, pero lo que expresan, en realidad, es la confusión del sátrapa entre su deseo y la realidad. Al líder bolivariano, por ejemplo, se le ha antojado ahora frenar el tiempo media hora, mandando retrasar los relojes, por la misma razón que antes había tenido la visión de los “gallineros verticales” o la idea de salirse del FMI para integrarse, junto a Cuba y Corea, en esa especie de club económico dictatorial que es el Bretton Woods. Si ambicionar el espacio fue siempre propio de los sátrapas, la tentación de controlar el tiempo ha dado de sí invenciones tan notables como la que se le ocurrió a César de contar dos veces el 24 de febrero cada cuatro años –los años ‘biséxtiles’: nuestros bisiestos– o al papa Gregorio (o al monje Dionisio, que eso no se sabe) de que al 4 de octubre no le siguiera el 5, como era de cajón, sino el 15, al objeto de ajustar mejor el almanaque “ganándole” diez jornadas al mes en curso. Los propios revolucionarios franceses adoptaron en la Convención aumentar en un día cada cuatro años los cinco complementarios con que cuadraban su año de doce meses a razón de treinta días por mes. En el tiempo absoluto –que ahora sabemos imaginario e irreal– podían creer de buena fe Aristóteles o Newton pero la verdad es que el Poder no abandonó nunca la sugestión de que también ese ritmo mensurable del devenir formaba parte de su botín exclusivo. Creo que el primer cambio horario tuvo lugar durante la crisis de la primera Gran Guerra con el mismo objeto que el decretado durante la llamada “crisis del petróleo” (y digo ‘llamada’ en memoria de Ernst Mandel), es decir, para ahorrar energía y, con ello, combustible, una medida que en España fue introducida por la democracia y hoy suele admitirse que consigue un ahorro familiar de seis euros de media mensuales. No está nada mal por un simple agujazo.
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El responsable de la Columbia le ha espetado a Ahmadineyad que, por su aspecto, exhibe “todas las credenciales de un dictador”, comentario que ha resbalado sobre la piel de elefante de ese fanático consentido que, eso sí, está demostrando una considerable capacidad para jugar con la paciencia de los “perros occidentales” y traérselas tiesas con un Bush desacreditado que le sirve divinamente de contrafigura. En cuanto al ‘Gran Gorila’, apoyado por las democracias más insensatas, incluida la nuestra, no hay noticia de que nadie haya logrado inquietarlo tampoco con la natural rechifla provocada por esa medida que confundía diametralmente hasta su propio hermano, el ministro de Educación y titular de la férrea censura del país. Para él, no hay duda, manejar a su antojo el tiempo no es más que otra demostración de autarquía, cuya trascendencia simbólica se agota en sí misma, como lo demuestra el hecho de que ni él ni nadie en su entorno haya sido capaz de encontrar un motivo razonable a  su capricho. Se dice que el poder absoluto corrompe absolutamente, pero tan decisiva como esa buena razón es la de que la ausencia de frenos al albedrío altera el propio sistema de percepción de los tiranos hasta someterles imaginariamente la realidad en su conjunto. Esos dos locos sueltos, por ejemplo, son ya incapaces de distinguir el hilo blanco de la experiencia del negro de su voluntad. Ni que decir tiene que la responsabilidad por lo que acaben haciendo dentro y fuera del nosocomio es, en sobrada medida, de quienes se lo consienten.

El ‘tocomocho’ de Chaves

Poco ha durado vivo el camelo difundido por Chaves sobre la suerte presupuestaria de Andalucía y el ‘éxito’ relativo obtenido por la Junta de su “Gobierno amigo”. Lo que dicen los números es que Andalucía recibirá bastante menos inversiones que Cataluña a pesar de tener más habitantes, que en conjunto nuestra autonomía no mejora su posición relativa en el conjunto nacional sino que sigue siendo la región número 12 a la hora de recibir dineros del Estado. Es decir que de “tocó mocho”, nada: la comunidad colista recibirá mucho menos que una de las primeras, y encima se ha prestado a hacer de ‘liebre’ en esta huida hacia delante sin otro fin que destacar a Cataluña como premio por su apoyo político al Gobierno. Hay muchas formas de descoyuntar la nación pero ninguna mejor que distribuir los recursos en proporción inversa a su capacidad y necesidades. Y eso es lo que ha hecho el Gobierno amparado en la Junta. Chaves ha antepuesto el partido a la comunidad y lo malo es que ésta apenas si se ha enterado.

Bandera blanca

Paces entre el Ayuntamiento y la Junta, promesa de Chaves de que dejará en paz el proyecto del Ensanche, compromiso del alcalde de entregar en el plazo de un mes los terrenos para la estación del AVE, acuerdo súbito sobre la conexión Huelva-Cádiz: miel sobre hojuelas. Supongo que mucho onubenses se preguntarán hoy por qué si era tan fácil ponerse de acuerdo no se hizo antes, cómo es posible que el zancadilleo de partido juegue con el progreso de una ciudad o una provincia facilitando o poniendo trabas según la coyuntura electoral o simplemente el interés partidista. De todas formas, Chaves acaba de dar un segundo regate a Barrero –el primero fue el parón del macroproyecto de Punta Umbría– que no hay modo de ocultar, a cambio de que el alcalde flexibilice las posiciones de su partido. El problema será a partir de ahora el de una oposición que, desde hace tres legislaturas, no sabe hacer otra cosa que obstruir al gobierno. Yo creo que, en conjunto, al alcalde ha ganado a los puntos a los que trataban de dejarlo k.o.