El ideal primitivo

Tiene un no sé qué de atractivo, no me pregunten la causa, casi todo lo primitivo. Sobre todo, paradójicamente, para los revolucionarios, auténticos o de pacotilla. Los grandes utopistas, desde Moro a Fourier, imaginan el plano alzado de un nuevo mundo derivado de la imaginación platónica incluso en sus intentos tardíos y, como a veces se ha insinuado, de las primitivas comunidades cristianas. El mundo aparte que los buenos burgueses como Abreu o Sagrario de Veloy trataron de hacer en Tempul no era más que un sueño colectivista calcado de los modelos viejos, incluida Esparta, que no prosperará precisamente por anacrónico, como no prosperarían, andando el tiempo, las colectivizaciones ensayadas por los anarquistas en Aragón o los absurdos ensayos monetaristas del Frente Popular. El último de estos visionarios extraviados, el Chávez venezolano, ha legalizado este verano una rara economía mixta basada en el trueque primitivo, las monedas comunales de las regiones y la moneda nacional, el bolívar fuerte, que desde ahora navegarán como puedan en ese mar de aguas revueltas. Es verdad que esa ley populista tiene sus límites, pues más allá del intercambio equitativo de bienes y servicios o del cambalache de las monedas locales, el Estado sigue manteniendo una suerte de último control sobre el valor de éstas que, además, sólo podrán circular en su ámbito lugareño. El momo cimarrón o el relámpago de Catatumbo, el guaiqueri, la lionza, el paria o el tamunangue, convivirán con el zambo y el tipocoro, en plan figurantes de una enredadísima comedia indigenista en la que el tirano se apoya como en un sustrato firme. Veremos hasta cuando y con qué consecuencias.

                                                                   xxxxx     

Es imposible no ver la falacia de esta representación, por supuesto, en un país que, entre otras cosas, atraviesa una dura crisis a pesar de la escalada del crudo en que basa su economía, una crisis que, por ejemplo, lleva registrada en lo que va de año una subida de precios de más del 17 por ciento y que debe recurrir a la asistencia social para mantener un nivel siquiera mínimo de vida. Pero la vuelta a la fantasmagoría del Antiguo Régimen, el regreso a los orígenes más remotos, el recurso a la imaginación simbólica, siguen proporcionando a esos extravagantes ensayistas un nimbo poético mucho más atractivo (y menos controlable, que es quizá de lo que se trata) a la hora de seducir a las masas. En Sucre o en Falcón, en Yaracuy o en Barinas, el indigenismo se empina sobre la solidaridad primordial del trueque o se reconoce en el espejo mal azogado de estos símbolos arcaicos, con seguridad inviables, abonados por una demagogia párvula pero de enorme eficacia. No está en sus cabales un régimen que retorna a la economía del intercambio o que permite el uso de monedas particulares en su territorio, por supuesto, pero para Chávez se trata de dar al mundo indígena la ilusoria esperanza de un retorno a los orígenes entrevistos –como es norma en los utopismos primitivos– como el anhelado paraíso perdido. Ajenos a la aventura bolsística de sus barriles petroleros, “los de abajo”, como los llamaba Azuela, entretienen su hambre cuando no su miseria regateando con el vecino en el mercadillo o intercambiado con él trozos de papel mojado, mientras la nueva burguesía bolivariana se disputa a cara de perro la auténtica fortuna popular. El primitivismo seduce, no cabe duda, y pocos rasgos más atrayentes que esa ficción del comercio libre y la moneda múltiple en la que se permite grabar el perfil ingenuo del primitivo, héroe imaginario de una guerra inexistente. Dicen desde el Gobierno golpista que se trata de “impulsar las raíces y saberes del pueblo” y no mienten más que en la intención. En la realidad, lo que pretenden es que el indígena no acabe de hacerse nunca una idea cabal de lo que vale ya un barril de crudo.

Chaves acepta la crisis

Poco se ha conseguido de las entrevistas del presidente de la Junta con los líderes de la oposición. Nada que hacer en Canal Sur –tampoco en esta legislatura–, ni el menor compromiso sobre la financiación. Eso sí, Chaves ha aceptado que estamos en crisis, ¡oooh!, aunque haya necesitado para ello que le caiga encima un alud de más de 600.000 parados, pero no ha cedido más que en el truco de siempre: crear un “comité de sabios” que digan lo que hay que hacer. Se atribuye a Churchill eso de que “un camello es un caballo diseñado por un comité de expertos”, de modo que ya saben. Por lo demás, recuerden el roneo de los “sabios de Doñana” que se gastaron la intemerata y acabaron recomendando, como fórmula de progreso de la comarca, el cisco picón y la miel del Parque. Ante la crisis no tenemos siquiera gobiernillo frente a una oposición que no puede ser más cómoda.

Aquel incendio

Cuatro años cabales ha tardado en llegar a la Audiencia el sumario instruido con motivo del terrible incendio de costó dos vidas y devastó nuestros campos y los sevillanos mientras Chaves veraneaba. Durante este tiempo, casi nada da nada, aparte de las protesta de la plataforma “Nunca Más”, tan meritoria como ingenua. ¿Y que se podrá hacer al cabo de cuatro años? Pues quizá imputar a aquel raro sujeto y presunto pirómano y poco más. Nadie se ha ocupado de las pérdidas, poco se ha hecho por la restauración del quemado o por la prevención sistemática de posibles nuevos casos. Pero ¿quién se acuerda ya de aquello? El Poder tiene en la Justicia su mejor cortafuergos incluso, como se ve, en caso de incendio. En Guadalajara, al menos, hubo cabezas políticas que rodaron y que acabaron en el banquillo. Aquí, apenas un crespón olvidado y un vago recuerdo de la catástrofe.

La feria de la crisis

Ya veremos al final de esta crisis galopante cómo cuenta cada cual la suerte que tuvo en la feria. Una crisis es una circunstancia adversa para unos y ventajosa para otros, y de ninguna de ellas han dejado de salir fortunas caudalosas amasadas precisamente con las pérdidas ajenas. Imagínense la oportunidad de inversión que las brutales caídas que está experimentando la Bolsa representa para los afortunados con recursos disponibles o la que la discreta adquisición de viviendas a la baja supondrá para los inversores de futuro. Estamos viviendo la ruina de muchos y la fortuna de otros, lo cual no es ni más ni menos que el mecanismo áureo del sistema de capital regido, en definitiva, por la vieja máxima de que en este perro mundo, “cuando una gana un duro, otro lo pierde”. Los observadores especializados han detectado una importante progresión del enriquecimiento de los millonarios durante el año pasado, es decir, ya en plenos pródromos de la crisis, así como el también progresivo distanciamiento entre los afortunados y los sin suerte, es decir, la creciente concentración de la riqueza de un estrecho segmento social paralela al empobrecimiento de las vastas áreas desposeídas hasta de lo más elemental. Dicen que en Rusia los millonarios herederos del sovietismo poseen ya dos tercios de la riqueza del enorme país y que entre América del Norte y Europa reúnen el 60 por ciento de la propiedad mundial, pero al mismo tiempo el propio Banco mundial ha descubierto que sus canónicos cálculos sobre la miseria planetaria estaban equivocados de manera que es preciso aumentar al menos en cuatrocientos millones los “unieuristas” que sobreviven (y mueren, claro) cada día en el mundo pobre. Los más ricos han experimentado un crecimiento espectacular, eso sí, lo cual no puede ser ajeno precisamente a la crisis de los desdichados pobladores de la llamada geografía del hambre. La crisis está suponiendo unas fabulosas “rebajas” que harán aún más profunda la sima de la desigualdad.

                                                                   xxxxx

La razón y el estímulo del sistema es la desigualdad. Esta temporada hace furor en los restaurantes de élite el ingrediente de oro en las comidas y otras ocurrencias que traen a la memoria el exhibicionismo despilfarrador de la decadencia romana y de tantas otras crisis históricas, mientras que sabemos que los tuaregs empiezan a tener problemas de subsistencia a pesar de su frugal dieta de leche de camella mezclada con un puñado de mijo. El colosalismo financiero se funda en ese deseo de distanciamiento, en esa auténtica competición por el liderato económico y en la ‘diferencia’, que es insaciable por su propia naturaleza, y para el que la eventual filantropía no es más que una pieza de su estrategia de representación además de un recurso fiscal. Por eso se sabe con exactitud el montante de los grandes capitales mientras que ha sido posible durante un decenio largo reducir o quién sabe si escamotear cientos de millones del número de pobres miserables repartidos por el mundo. En España mismo, bastante más que en el resto de la Unión Europea, la previsión de empobrecimiento con motivo de esta crisis es dramática como están poniendo ya de relieve los datos sobre fallidos que vamos conociendo. Nos va a hacer falta un Baroja que nos pinte la miseria proletaria de la ‘Aurora Roja’, un Galdós que nos retrate las duquitas secretas de las clases medias y las trepadas y trapisondas del marqués de Salamanca, el presunto amante de Marianita Pineda, el que compró a real la hectárea del Madrid más caro hoy día. Porque el dinero mana tranquilo en los meandros de la vida cotidiana pero se precipita a raudales en los rápidos de las crisis, cuando los muchos pierden lo poco para que lo recojan los poquísimos. Qué miserable razón, qué pobre estímulo, la desigualdad, pero eso es lo que hay. Cuando termine la crisis habrá que echar las cuentas.

Ejemplo político

No sé qué pensará la legión de parados al oír que los políticos van a congelarse sus generosos sueldos. Menos se me ocurre como reaccionarán si se enteran de que hasta para ese mínimo gesto no se ponen de acuerdo si no es muñendo antes acuerdos de partido. Y menos si cabe al saber que hay padres de ministras que tienen el descaro de subirse el suyo (¡el de la ministra de Igualdad!) con todo el desahogo del mundo. La austeridad que se reclama a las administraciones no puede consistir es esa comedia de céntimos sino en cortes drásticos a partidas perfectamente injustificadas que suponen la ayuda necesaria para muchos ciudadanos. Pero, en cualquier caso, no cabe justificarla con una congelación que apenas supone nada. La Junta mantiene en este momento gastos suntuarios que no piensa tocar, incluyendo la fortuna que reparte anualmente entre los “agentes sociales”. Arañar los euros del IPC no deja de ser una tomadura de pelo.

La mano de obra

Leo que en Huelva hacen falta 5.500 trabajadores extranjeros para garantizar las cosechas en la agricultura. ¿Y por qué extranjeros, cómo es eso si esta provincia es la que más parados nuevos tiene de todas las andaluzas y su media de desempleo es superior a la andaluza y a la nacional? ¿Cómo puede ser necesaria mano de obra extranjera mientras crece el paro indígena? Algo no funciona en el actual planteamiento laboral, en las coberturas del parado, en las condiciones que se le ponen a quien percibe el subsidio, cuando miles de parados locales se niegan a trabajar donde hay tanto trabajo de sobra que es preciso recurrir a la inmigración. Nadie quiere enfrentarse a ese toro, claro está, ni el PSOE, ni el PP, ni IU, ni los sindicatos: nadie. Pero por lo menos que no digan que “faltan” trabajadores donde el paro crece desbocado.