La sierra olvidada

Protesta política entre los serranos onubenses por la lejanía del Hospital de Riotinto de sus pueblos respectivos. Alegan que los 40.000 serranos de esos pues los s ven obligados a recorrer distancias excesivas para los casos urgentes e incómodas, en todo caso, para el usuario que, según tenía prometido la Junta, a estas alturas debería estar disfrutando ya de los servicios de un CHARE que ni se ha comenzado a construir. Quizá la calve está en que el PSOE da por segura esa zona electoralmente y no considera necesario prestarle más atención, pero lo que no tiene pase es el alegato del SAS en el sentido de que la atención está garantizada entre los protestante por el equipo sanitario itinerante que cada día pasa por sus pueblos. Vale, pero ¿y el CHARE, dónde está esa solución mágica que no acaba de hacerse realidad? Eso es lo que tiene que contestar Salud y no tonterías.

Fisiología de la crisis

En mi propio periódico leo una frase insigne que dice que el dinero habla un lenguaje que todos entienden. Personalmente creo que viene a ser algo más, una ‘koiné’ universal, un esperanto instintivo que permite, por ejemplo, que los liberales lleven semanas ovacionando a Bush precisamente por irrumpir en el negocio como caballo en cacharrería. También me llama la atención una imagen magnífica e ilustradora como la que más: “En estos días, el mercado financiero está convertido en una selva con todos los animales encerrados dentro de una jaula. Los disparos son, pues, más sencillos”. Y una noticia reconfortante pero que habla por sí sola de la miseria humana: que entre las claves del plan gubernamental figura la suspensión temporal de ¡ochocientas! entidades bucaneros especializadas en ganar dinero cuando las acciones caen de precios. Buitres, en una palabra. Las crisis son una oportunidad fastuosa para el dinero, el momento de los especuladores sobrados de numerario, la ocasión de los operadores con pasta disponible para invertir. ¿Qué se apuestan a que el Santander sale boyante de este síncope colectivo? De momento ahí lo tienen a la caza –se dice—de bancos en apuros que comprar, a precio de saldo se comprende, ni más ni menos que como ya venía haciendo: sale a un banco comprado por año, hagan las cuentas. Pero luego están los buitres propiamente dichos, los alimoches, la fauna carroñera que acecha en el parquet la ruina ajena para forrarse con sus despojos. En el Madrid romántico, mandando Narváez, uno de ellos propagó en la Bolsa rumores de crisis gubernamental haciendo caer en picado una acciones que compró tiradas a renglón seguido. Pero hay muchos casos y ni que decir tiene que en épocas de inestabilidad o de crisis abierta la ocasión la pintan calva. Una crisis es un chollo para el rico sobrado: vean cómo se ha alterado la lista de la revista ‘Forbes’, éste que sube el otro que desciende, pero sin altas ni bajas en la nómina dorada. La crisis es cosa de medianos y más chicos.

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No creo que de esta crisis vaya a salir una nueva oligarquía global, sino la misma reorganizada y, por supuesto, más fuerte, más opulenta, que nunca. Habrá para cuando amaine, una legión de parados, un ejército de desposeídos, una muchedumbre de precarios, porque “the big money”, el gran dinero, se hace a base de muchos dineros menores. ¡Cómo será la cosa para que en el corazón del Sistema, en pleno Wall Strett, haya que trabar provisionalmente a esa bandada rapaz que revoloteaba atenta ante la pantalla disputándose sin contemplaciones los despojos financieros! El capitalismo es salvaje incluso cuando gasta buenas maneras, entre otras cosas por ese privilegio inaudito y contrario a su propia filosofía, de que una jugada mala, un crack eventual de gran alcance perpetrado por unos cuantos, contará necesariamente con el auxilio del dinero de todos. A nadie se la ha ocurrido nunca siquiera una operación gigante para aliviar al menos la situación límite de ese mundo que vive instalado en el fondo de la crisis, pero ante los malos vientos que recorren el planeta rico todos han visto complacidos la mayor operación de rescate financiero de la Historia. El capitalismo vive de esta perversa dialéctica que periódicamente quiebra en la seguridad de que será socorrido y lo malo es que en este crepúsculo de las ideologías, como se dijo en tiempos, son ya pardos todos los gatos de su fontanería. La crisis es un gran negocio, en cierto modo, el negocio supremo que contribuye al progresivo desconyuntamiento del cuerpo social. Y de ésta, como de las anteriores, saldrán muchos magnates reforzados sobre el desolado paisaje de la multitud de víctimas. Nunca la unanimidad mundial fue tan grande pero, como siempre, la bandada de ‘Forbes’ permanecerá intacta. La magia del capital mueve montañas. Su razón sería, evidentemente, harina de otro costal.

El río grande

¿Qué significa transferir a una autonomía un río intercomunitario? ¿Qué quiere decir que se traspasa el 90 por ciento de un río? ¿Y si el Tribunal Constitucional falla a favor del recurso de Extremadura que, con evidente razón, alega que no se puede deslindar el uso de un río antes de que entre en su territorio? ¿Podría desde ahora el giobiernillo andaluz cerrar y abrir a voluntad el caudal del río con una presa antes de la linde extremeña? Sin un acuerdo entre las comunidades por la que discurre un río no tiene la menor lógica, ya puede decir misa el contrahecho Estatuto, transferir sus recursos y aprovechamientos hidráulicos a una sola de ellas. Con esta cesión  se trata, pues, o de un disparate o de una comedia que no viene mal tras haberse saltado a la torera, tanto el Gobierno como la Junta, ese Estatuto en el tema de la llamada “deuda histórica”. Veremos, por lo demás, qué arreglo tiene la cuestión si el TC fallara en contra.

La sangría laboral

Todos los noticieros traen la noticia: el índice de muertes laborales en Huelva ha aumentado desde el año pasado. Una plaga. Cada vez que muere un trabajador en esta tremenda sangría, se reproduce la tragicomedia de los plantos y vestiduras desgarradas, pero ni la Inspección de Trabajo, ni la autoridad gubernativa, ni los sindicatos han sido capaces, tras tantas desgracias como se llevan padecidas, de imaginar algún remedio razonable para amortiguarlas. Demasiados muertos en el andamio o en la fosa, demasiados incumplimientos de normativa, demasiada manga ancha en la vigilancia de la disciplina, como si una sola muerte no fuera razón  de sobra para movilizar a quien hiciera falta. Habría que pedir responsabilidades a todas esas instancias competentes. La muerte en el trabajo es uno de los peores indicadores de cómo funciona una sociedad.

La mentira política

La revista ‘New Scientist’ acaba de informarnos de los planes de un sabio del mítico  ‘MIT’ (el Massachusset Institute of Technology) para conseguir un aparato capaz de distinguir en el discurso de los políticos la verdad de la mentira. De momento, parece que ya ha averiguado que el candidato Obama manipula más y con mayor eficacia los mensajes que el republicano McCain, algo que, a mi modesto entender, no necesita máquina averiguadora alguna pues quizá basta con echarle un ojo a ambos personajes en el ambón para descubrir sus respectivas capacidades. Incluso se habla, ya puestos, de un proyecto de robot que, analizando los detalles de la expresión facial del comunicante, será capaz en su día de detectar el camelo bajo la sonrisa o el mohín adustro, como si no supiéramos que el arte de la mentir comienza justamente por esa capacidad de adiestramiento de los músculos de la cara. Por un lado, no veo la necesidad de probar lo sabido, porque no creo que haya una mínima parte del electorado que no de por hecho que el político miente por sistema (dejemos de lado ahora la distinción de Derrida entre la verdad y la veracidad) a un colectivo del que algún ilustrado llegó a decir que es hielo ante la verdad y fuego ante la mentira, pero por otro, me alarma un poco el ingenuo proyecto en la medida en que la falacia en boca del político ha sido durante toda la historia del pensamiento algo de lo más parecido al hecho consumado. Por no hablar del “Timeo”, que son palabras mayores, ahí está la afirmación platónica de que ocultar la verdad o falsearla es privilegio del gobernante que no posee, sin embargo, el gobernado, una propuesta mil veces repetida, que Maquiavelo elevó a categoría atribuyendo a “El Príncipe” la absoluta capacidad de mentir e incluso de forzar, es decir, la mismísima teoría e idénticos métodos que ha mantenido en nuestros tiempos ese insigne mendaz que es Henri Kissinger. ¿Para qué averiguar lo que aceptamos de antemano? Ahí dejo la pregunta por si le vale de algo al MIT.

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Me he entretenido en repasar las actitudes filosóficas en torno a la verdad y la mentira, es decir, al derecho a usar aquella a pesar de su evidente ilegitimidad, y he concluido que una inmensa mayoría de pensadores dan por inevitable la falacia política, hasta el punto, en muchas ocasiones, de considerar que no habría gobernación posible si la verdad fuera condición obligada. A mí, en el fondo, esta actitud me escandaliza no por lo que tiene de comprensible, sino porque implica un desprecio supino por la capacidad del pueblo al que el discurso político va dirigido aunque, ciertamente, debo admitir que eso que Ortega llamaba “masa” (como La Fontaine, por cierto) anda bastante conciliada con la idea del camelo sistemático, es decir, con el convencimiento de que la vida pública ha de funcionar necesariamente engrasada por ese humor lubricante que es la sustitución de la realidad por su ficción deliberada. En España estamos asistiendo desde las elecciones a una colosal exhibición de mendacidad política que no creo que haya descalificado ni mucho menos a un Gobierno que negaba la evidencia de la crisis hasta extremos patéticos. Pero no menos que en EEUU o en la culta Europa, por no hablar de esa Rusia emergente, maquiavélica sin saberlo, a la que cuesta pillarla en una verdad siquiera. Se dice también que en la sociedad medial, aquella masa ha renunciado a todo anhelo de verdad, inmersa como está en el narcótico de las propagandas que han sustituido, de hecho, a la naturaleza de las cosas. ZP es un gran mentiroso y Solbes un camelista de mérito pero no creo que ello resulte definitivo para la aplastada masa de hipotecarios en apuros, financieros estrellados y amas de casa en las últimas. La política, y la democrática más que ninguna, ha normalizado sin remedio la mentira. Los sabios del MIT ya podrían dedicarse a otra cosa más práctica.

Papel mojado

Casi les da algo predicando el nuevo Estatuto y a las primeras de cambo van y se lo pasan bajo el arco como si se tratara del bando de un pedáneo. La decisión de saltarse el plazo estatutario para cuantificar la llamada “deuda histórica” pone en evidencia que tanto el Gobierno como la Junta de Andalucía marchan acordados, evidentemente al complot, y decididos a postergar para tiempos mejores un compromiso que los obliga sin remedio. Sobran cuentos y racionalizaciones: esa ‘deuda’ no se cuantifica ni paga porque el Gobierno tiene que habérselas con las presiones muy superiores de las autonomías con peso específico, singularmente con la catalana, aparte de por las apreturas con que lo ciñe la crisis galopante. Total, que el Estatuto era papel mojado, y si lo es para esto tan concreto, podemos imaginar lo que será para esos derechos mucho más deletéreos que en é se incluyen. Se justifica ahora la enorme abstención del referéndum. Los andaluces son presa fácil pero no son tontos.