Hacer puñetas

El más buido y brillante columnista de la prensa española, Raúl del Pozo, ha rematado su comentario sobre la dependencia política de los jueces y la sorprendente designación de un presidente del TS y del CGPG contrario, al menos en teoría, a las exigencias partidistas del Gobierno, con un zarpazo certero pero que imagino que a la inmensa mayoría debe dejarla desconcertada: “la noticia —dice Raúl—es que de pronto un partido haya nombrado a juez ecuánime… y empieza a ser noticia que alguien llegue a algo en la cucaña del Estado sin proceder del sectarismo de los partidos”. La perversión de la democracia es tal en este punto, en el de la imprescindible independencia de los poderes del Estado, que el hecho elemental de que se designe juez supremo, juez de jueces, a un hombre imparcial, alejado de contiendas partisanas, ha llegado a ser noticia al tiempo que en los mentideros de todo el país se especulaba sin materia, como es lógico, sobre la condición de católico de ese ropón. Pero el espléndido mandoble dialéctico de Raúl tiene un reverso tremendo, pues supone y supone bien, que lo normal, lo que sucede en la generalidad de los casos, es que los jueces son nombrados en atención a su condición partidista o, por lo menos, a su postura ideológica. Ya es desgracia que las propias agrupaciones profesionales de jueces se vean en España como instrumentos serviciales de los partidos, pero que la designación de la cúpula judicial –TS, TC y CSPG—no sea más que una representación de esos grupos de intereses constituye el más desvergonzado reconocimiento de la politización de la Justicia, de manera, insisto, que el simple hecho de que se designe a un juez ecuánime pueda convertirse en un notición de época. Y este es un negocio del que hay que responsabilizar por igual a todos los partidos que viven inspirados en un complejo de hiperlegitimación popular que no tiene el menor fundamento real en el ámbito de una democracia intacta, pero con el que les va divinamente. El PP tuvo ocho años para cambiar las reglas del juego y no lo hizo: la consecuencia es que hoy siguen mandando los dos grandes pero quien decide en caso de conflicto es el PNV o CiU.

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Grande debe de ser la apuesta judicial de los partidos cuando han llevado la mistificación y el control de los poderes hasta este punto insensato. Recordemos, en efecto, que tanto el PSOE (quizá el que más y sin quizá también), como el PP, pasando por el PNV o CiU se las han traído tiesas con la Justicia que ha llegado a condenar por secuestro a un miembro del Gobierno y toda su cúpula policial. Por eso, esta noticia insólita del nombramiento del juez ecuánime resulta tan estimulante, en cierto sentido, como desoladora si se considera su condición excepcional, dado que todo juez debería ser designado por su condición de ecuánime y no por lo contrario. El problema de la partitocracia es que ninguno de sus miembros suele estar dispuesto a dar el primer paso para desmontar un sistema que raparte la influencia a prorrata de sus respectivos volúmenes, con lo mejor o peor suelen conformarse los ‘aparatos’. Hay en España muchos jueces justos y ecuánimes, por supuesto, pero la sola noticia de que la designación de uno corra como un reguero de pólvora habla por sí sola de la indigencia moral del sistema político que ha logrado adueñarse de la independencia de los tribunales hasta hacer de ellos órganos sumisos y obedientes. La imagen del presidente de la Audiencia Nacional escuchando resignado la riña y consignas de González, como la de la presidenta del TC resignada ante la pública reprimenda de la Vicepresidenta, lo dicen todo. De todas maneras la inclusión del juez Dívar no resuelve el problema. Un problema, insisto, que ningún partido tiene la menorm intención de abordar y menos de resolver.

Persona interpuesta

No dará la cara Chaves en el Parlamento para explicar por qué tanto la Junta como el Gobierno se saltaron el Estatuto con motivo de la llamada “deuda histórica”. Hablará en su lugar Griñán, lo que siendo una garantía de que las cosas se entenderán mejor, no deja de ser una interposición de personas, ponte tú que me quito yo. De todas formas, Griñán no podrá eludir la mayor, en este caso el salto sobre la fecha límite establecida en el Estatuto para cuantificar esa deuda, y tendrá que comerse el marrón que le deja su jefe, incapaz por muchos conceptos, como de sobra es sabido, de desenvolverse con solvencia. De modo que el salto a la torera se quedará sin explicación posible –sofismas aparte—y Chaves demostrará una vez más su limitación política. Saltarse un Estatuto y no ser capaz de explicarlo siquiera, es el colmo.

Camelo y mangazo

No se pierdan ésta. La Dipu, la Federación Andaluza de Municipios y Provincias y la consejería de Medio Ambiente celebran hoy en Punta Umbría –¿dónde mejor?—una jornada de formación para políticos y técnicos escogidos que llevará el bonito título de “El cambio Climático: un gran reto ambiental y socioeconómico para los gobiernos locales”. El tema merece la pena –no hay más que ver su inconcreción—pero sus ponencias no le van a la zaga: “Las Administraciones Públicas ante el abordaje del cambio” o “La estrategia andaluza ante el Cambio”. Hay muchos invitados y todo saldrá a pedir de boca, ni que decir tiene habiendo gambas, jamón y coquinas. No hay que descartar la idea de que tamaño “homenaje” sea un gesto de austeridad ante la crisis que a todos (o a casi todos, vamos) nos apabulla.

La infancia mártir

Una amiga médico que participó no hace mucho tiempo en Benin en una misión humanitaria de “Justicia y Paz”, me describió un cuadro estremecedor de aquella cultura que, al fin y al cabo, hoy día, está como quien dice, a la vuelta de la esquina. Básicamente se trataba del conflicto insuperable de la mentalidad mágica (yo diría, mejor, mítica) que rige todos los órdenes de la vida a pesar de la superficial occidentalización de muchas de sus costumbres, en especial las indumentarias. Lo que más había desgarrado a mi amiga fue comprobar la costumbre de eliminar a los nacidos con alguna anomalía (parto de nalgas, salida de la dentición inferior antes que la superior, por ejemplo), así como a los gemelos, por el simple procedimiento de abandonarlos o estrellarles la cabeza contra un  árbol, una costumbre antiquísima que, más allá de las civilizaciones mediterráneas clásicas –en las que la simbología atribuida al fenómeno era más compleja–, se fundó siempre en la idea de que el par de gemelos, probablemente invencible, amenazaba al orden cósmico y, en consecuencia, debía ser eliminado. En otro reportaje reciente que recojo en la prensa europea se da cuenta de la misma costumbre de eliminar a los gemelos en cierta etnia de Madagascar atenida estrictamente al “tabú de los gemelos”. Los niños serían en ella abandonados a la puerta del establo para ser recuperados en el improbable caso de que sobrevivieran a la tráfico de los zebús y abandonados a su suerte en caso contrario, tal como en Benin son abandonados por la propia madre si el progenitor no acude a reconocer su parentesco en un tiempo prudencial, entre otras cosas porque, en el caso de los gemelos, planea la sospecha de que la paternidad haya podido ser compartida a causa del adulterio. Hay una extensísima bibliografía sobre el tema (ver Iung, Eliade, Krapper, Schneider entre tantos otros) pero lo que hoy nos conmueve es la noticia de que esas prácticas atroces –en definitiva, esas mentalidades salvajes—sigan vigentes en un mundo globalizado a tantos efectos pero del todo indiferente a la barbarie que supone ese primitivismo ya anacrónico.

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Sobre Benin nos habla también el informe de primera mano aparecido estos días en la competencia sobre el tráfico de niños esclavos, otra costumbre definitivamente asentada no sólo por una larga tradición esclavista sino por la situación de extrema pobreza en que vive el país. Los padres indigentes venden sus hijos a explotadores de Costa de Marfil que los emplean en trabajos esclavos, lo mismo en explotaciones de cacao que en las temibles canteras nigerianas, por lo general a cargo y sometidos a un sayón designado por los propios padres que no escatima los castigos físicos, en ocasiones de insufrible crueldad. Los derechos humanos no rigen, evidentemente, para ese mundo ancho y ajeno que contempla la televisión instalado en el neolítico aunque cuente con voto en la asamblea de la ONU (en el caos de Benin desde el año 60) sin que la institución se entere de lo que ocurre en ese país como en tantos. La hipocresía de Occidente es moralmente insuperable y ello explica quizá la razón de su tolerancia ante los intolerables abusos de algunos de sus miembros señeros, pero sobre todo, deja en evidencia la ridícula propuesta de alianza entre civilizaciones dominadas por la brutal superstición y aquellas otra en que rige, siquiera sea de boquilla, el imperativo moral y jurídico de los derechos del hombre. Mi amiga salvó, con riesgo de su propia vida, a una nacida destinada a morir llevándola subrepticiamente a una misión religiosa pero también vio morir a unas trillizas, a pesar de sus protestas, abandonadas por sus padres temerosos del tabú. El voto de Benin en la ONU vale tanto como el de Francia. No cabe duda de que, a fuerza de cerrar los interesados ojos, hemos hecho un pan como unas tortas.

Honores impropios

La Universidad de Cádiz investirá doctores “honoris causa” a los viejos sindicalistas Nicolás Redondo y Marcelino Camacho, personajes de singular dedicación  a la política a los que nadie negaría el enorme mérito ciudadano que merecen. Hace poco también fue recibido como miembro de la Academia de Ciencias Sociales y Medio Ambiente (motejada por algunos como la “Academia de la Junta”) el secretario de la UGT, Cándido Méndez. ¿No parece que no son esos los honores y títulos que, sin duda merecen los sindicalistas, no sólo porque resulta más que dudosa su cualificación académica sino porque nada menos apropiado para un síndico que esa “integración” tan elocuente? Sobran en el Estado distinciones y honores para quienes se lo han ganado a pulso. Recurrir a estos tan alejados de su perfil resulta inexplicablemente desatinado.

El futuro que viene

El alcalde de la capital, Pedro Rodríguez, ha admitido ya en público su propósito de presentarse por quinta vez a las elecciones municipales que se celebrarán en el 2011, proyecto que –a pesar de esos aires de fronda que intentan desde dentro menearle el sillón—se verá avalado, seguramente, por una auténtica transformación de la ciudad desde Isla Chica al Ensanche Sur. Por otra parte, las lenguas de triple filo apunta, tam,bién desde dentro que ya está prácticamente decidido por el círculo íntimo o “,esa camilla” el relevo de la candidata frustrada, Manuela Parralo, que sería apeada de su expectativa, como ya lo fuera Díaz Trillo, en el último momento. No cabe duda de que, de momento, lleva ventaja el Alcalde, y justo es decir que si esa operación  es cierta, ni siquiera Parralo se la merece.