El otro racismo

En la prensa internacional viene repitiéndose desde hace algún tiempo la noticia de que un creciente movimiento está forrando a la industria y el comercio de cosméticos en la rama de blanqueadores de la piel en respuesta al deseo también progresivo de muchas personas “de color”, como dicen los americanos, de blanquear su pellejo. Es arquetípico el caso de Michael Jackson, desde luego, pero justo es reconocer que la tentación de cambiar de piel es tan antigua como el propio racismo y tan intemporal como la coquetería. Conocida es la obsesión blanqueadora de la mujer china y japonesa de todos los tiempos, para la que la piel blanca es paradigma de belleza suprema e impoluta, algo que merecería un largo comentario simbólico. Pero ya en nuestro propio mundo y tradición, ahí está la mujer romana que, según Ovidio, coleccionaba ungüentos en cuya composición entraba, según Jérôme Carcopino, el de blanco de creta, la saponaria o la sal de tártaro, mientras que aquel menciona las heces, la lanolina o el meollo de cierva. La tez blanca fue siempre –parece que desde el antiguo Egipto—un indicador de posición, una señal de clase, razón por la que la Edad Media conoció toda una industria cosmética del blanqueador femenino que no desdeñaba ni las sangrías con objeto de aclarar el color de la piel, y que algo más tarde, ya en pleno Renacimiento italiano, incorpora el uso del plomo y el arsénico que, lamentablemente, perdurará hasta nuestro días, por ejemplo, en los EEUU, donde la moda blanca aprieta lo suyo, aunque no tanto como en India y aún en África, donde parece que está haciendo estragos. Jackson no es el único acomplejado sino el penúltimo ejemplar de una especie que asoció siempre la palidez a la condición superior.

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Pero es obvio que el racismo es menos un problema psíquico como una cuestión de clase. Un campeón yanqui de los pesas pesados como Larry Holmes contestó un día a un reportero que le hizo notar su condición de negro: “Eh, joven, alto el carro que yo no soy negro; yo sólo fui negro mientras fui pobre”. Cuando los EEUU enviaron a Madrid un embajador negro a nadie se le ocurrió discriminarlo de los fastos sociales sino al contrario, como era natural, hasta el punto de que llegaría a convertirse en un personaje descollante de la ‘pomada’ madrileña. Y yo no sé si un eventual triunfo de Obama conseguiría modificar este añejo paradigma de la estética y la autoestima, pero sostengo que los racismos vulgares tanto como los amparados en la teoría, esconden una simple cuestión de clase, la racionalización de un veto que, como consecuencia, tiende a ser neutralizado artificialmente por los concernidos, Hace poco una bella modelo oscura era blanqueada todo lo posible por el ‘photoshop’ por la sencilla razón de que el ideal blanco (y rubio: el eterno mito ario) representa una mejor inserción social y un  estatus más elevado en todos los sentidos. Parece que hasta pobres emigrantes de razas morenas se andan empeñando en clínicas desaprensivas para lograr blanquear su piel a tono con el paradigma dominante, como requisito para igualar sus posibilidades en un mercado que no deja de tener muy en cuenta la apariencia física de los demandantes de empleo, algo que ha movilizado, con toda la razón del mundo, a los movimientos de resistencia antirraciales norteamericanos. En América precisamente llaman “el otro racismo” al provocado por la movida indigenista en los países del sur, en especial tras el triunfo de Evo Morales, pero a uno le parece que esa denominación deberíamos reservarla para este fenómeno derivado de la disconformidad con el color de la piel propia y el deseo de aparentar la ajena. Michael Jackson creerá probablemente que sus cuitas responden a un complejo estético. No sabe, la criatura, que, en realidad, ese complejo es más bien social.

El paripé de la deuda

Habrá reunión el Ministerio con objeto de cifrar la cantidad definitiva de la llamada “deuda histórica”, operación para la que el nuevo Estatuto pone un plazo que expira dos días después. Sin diálogo ni negociaciones con los demás partidos,  por descontado, pero con más que probable acuerdo previo, bajo la mesa, entre la junta y el “Gobierno amigo” que resulta imposible que no conozca hace tiempo las pretensiones de la autonomía teniendo en cuenta que el sistema de financiación está en el aire y los Presupuestos Generales a la vuelta de la esquina. La crónica de esa deuda es un centón de infidelidades, de camelos, de improvisaciones y de oportunismos que casi está uno tentado de que acabe ya, como sea, y se dediquen a trabajar sin disponer de este sonajero. De momento, la oposición dista mucho de la cifra estimada por la Junta, pero hay que reconocer que ni una ni otros manejan cuentas claras y convincentes y que, después de todo, del anterior pago a tocateja no hemos vuelto a tener noticias.

Culpas y penas

Ahora que tanto se discute en Huelva sobre la adecuación de las sanciones a los delitos, ahí está el caso del desalmado de Cartaza al que, por propinar una paliza e insultar en términos racistas  a una mujer inmigrante le ha caído la brevita de una multa de 3 euros diarios, es decir una multa de 90 euros en total en un mes. No se trata de comparar situaciones sino, simplemente, referirnos a los distintos raseros que mueven a la sociedad y sus instituciones, habida cuenta de que no hemos oído una sola voz enérgica entre nosotros reclamando mayor dureza contra hechos como el ignominioso que señalamos. No debería faltar algún lazo, del color que sea, para pedir que se castigue con la dureza razonable a un salvaje que de ese modo atropella a una mujer indefensa como la que más.

Sansón y el templo

Hay ya por ahí agoreros evocando las imágenes de potentados cayendo a plomo desde sus altos despachos de Wall Strett, bandas descontroladas saqueando comercios y madres con niño suplicando una limosna en pleno Manhattan. ¿Será para tanto? La bronca de Lehman Brothers, los amagos de otros colosos, la caída en picado de las bolsas de Europa y Asia hacen buena la expresión de Ramón Tamales de que la crisis –esa crisis que no existía según el Gobierno hace nada y menos—ha alcanzado nuestras costas con grado cinco. Una catástrofe, se mire por donde se mire, un vendaval que deja por el suelo tres mil parados diarios y un reguero de quiebras ante la que los juzgados dicen no dar abastos, el desconcierto generalizado en la ciudad alegre y confiada que antier no más pudo creer el cuento de la “new age”, del crecimiento continuo y el progreso indefinido, como cima de un capitalismo histórico que, por fin, habría superado sus contradicciones. Esto se viene abajo, como lo prueba la irrupción del innombrable fantasma del 29, el ‘crack’ maldito del que el Sistema habría aprendido –se nos decía—las reglas del juego, pero sobre todo, como lo evidencian los malos datos en cascada que se suceden desde hace semanas, a cual peor, y esa significativa actitud de los profesionales de nadar y guardar la ropa. Una crisis, claro, no es lo mismo vista desde arriba –desde el propio Poder, por ejemplo—que vivida desde abajo, no es lo mismo preocuparse por la avalancha del paro o la reducción de salarios que padecerlos en carne propia, especialmente cuando no queda ya as alguno en la manga de la credulidad y lo confirma la pamplina del presidente ZP pidiendo “pedagogía” para frenar el tsunami o la lamiosa palabrería de Solbes hace tiempo agotada. Esto se viene abajo, parece claro. Ahora bien, a la salida del túnel verán cómo la ‘pole’ la mantienen los mismos que nos metieron en él y en el pelotón reconoceremos también las mismas caras.

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Que una sociedad pueda pasar de la euforia a la desesperación sugiere que la ideología que gasta es inapropiada o equívoca, aunque es preciso reconocer que la vida económica, esa actividad de todos manejada por pocos, es una de las realidades más racionalizables (en sentido freudiano) entre las que el sujeto pueda optar. Incluso en este punto crítico hay voces –la de Solbes mismo—que adelantan un extravagante calendario según el cual la crisis acabaría el año próximo invirtiéndose felizmente la situación actual, frente a otras que no se recatan en anunciar un apocalipsis sin precedentes del que lo único que sabemos seguro es que saldrá multiplicada la legión de desposeídos, sin techo los frustrados hipotecarios, parados los trabajadores y tal vez tocados sin remedio por mucho tiempo los sectores más débiles de la población activa. ¿Se hablará entonces del fracaso capitalista, del optimismo suicida del crecimiento a toda costa? Pues eso está por ver, a pesar de que, al menos en estos momentos de ira y desconcierto, una inmensa mayoría hasta hace poco entusiasta respira lastimeramente por la herida en su propio costado. Los economistas se bastan y sobran para explicarlo todo y hasta es posible que un Keynes genial surja de entre los escombros y nos dé una receta para otra buena temporada. De momento, en todo caso, no ha llegado esa hora sino la de aguardar minuto tras minuto el teletipo que anuncia orlada de negro la caída de otro gigante que arrastrará previsiblemente con él a otros varios. La realidad sí que es “pedagógica”, terca, implacable, frente al lenguaje y sus construcciones. Sobre ella resbala el repertorio de conceptos –desde “desaceleración” a “recesión”—que abruman a las víctimas. ZP y hasta la ministra Bibiana, eso sí, seguirán cobrando el mismo sueldo. Puede que por ahí ande alguna buena clave para entender este caos, ¿no les perece?

Se acabó el disimulo

En el Ayuntamiento de Sevilla, casa de Monipodio según parece, se están produciendo cosas tan raras como facturaciones falsas, obras inexistentes, desapariciones de bienes y nepotismo por un tubo. Son cosas ya prácticamente asumidas poro el ciudadano –¡y por la Justicia, en cierta medida!—que a los políticos importan más bien poco porque saben que gozan de una especie de impunidad mil veces comprobada. Ahora la portavoz del consistorio, sorprendida por la evidencia de un montón de contrataciones de familiares de ediles, no ha tenido mejor respuesta que decir que, al fin y al cabo, “el enchufismo no es un delito”, que ya hay que tener cara de sobra y vergüenza justita para esgrimir ese argumento. La corrupción –los últimos casos lo demuestran—ni tiene arreglo fácil ni siquiera tiene conciencia. Esa frase inconcebible vale por todo un psicoanálisis del Poder.

La crisis en Huelva

La culpa de la crisis en Huelva no la tiene el lío de las “sub prime”, el ruinoso tinglado norteamericano de créditos e hipotecas basura, ni el efecto dominó inevitable tras los desplomes de los gigantes de Wal Strett, ni el quietismo del Gobierno que hasta hace poco llamaba ‘antipatriotas’ a quienes osaran sacarla a colación y que ahora recomienda “pedagogía”, como si los ciudadanos fueran tontos y no supieran contar solos lo que llevaban y lo que llevan en el bolsillo. No señor: la culpa de la crisis en nuestra provincia la tiene al alcalde de la capital, o al menos eso proclama la más que cortita oposición sociata en el consistorio, que le acusa de subir los impuestos a la construcción. Es grave esta estrategia de la mentira, de la desinformación sistemática, que practica hace tres legislaturas lo que no perdieron las tres elecciones. Y el problema irá a peor a medida que el tiempo corra y el PSOE no decida quién sucederá a Parralo como candidata como, lógicamente, tendrá decidido, hace tiempo.