Trágala y sambenito

La Inquisición castigaba al hereje –el disidente—con una pena pero, además, como sambenito, símbolo de exclusión y degradación. Algo parecido a lo que hace la Junta de Andalucía al publicar en el BOJA los datos personales –protegidos por la ley, por cierto—de los ciudadanos que, en uso de su fundamental derecho a la libertad de ideas y a la libertad religiosa, han optado por publicar en aquel boletín la relación de objetores de la asignatura Educación para la Ciudadanía, respaldados por no pocas sentencias, entre otras cosas. El “régimen” no admite discrepancias y menos desafíos legales por lo que expone en su picota particular a quienes osan llevarle la contraria. Vamos a ver, por lo menos, para qué sirve la traída y llevada ley de Protección de Datos.

Esta vez, con tiempo

No parece que el PSOE esté dispuesto a jugar con el calendario de la manera que tan mal resultado le dio en las últimas municipales, y ya he sugerido aquí que el relevo de Manuela Parralo está en marcha o va a estarlo enseguida. A ver si no qué hace Manuel Alfonso Jiménez haciéndose campaña para la secretaría local de la capital, actual y discutido feudo de la candidata frustrada, es decir, para la secretaría local del partido en Huelva. No querrán que los pille el tiempo como les ocurrió cuando se entretuvieron hasta última hora discutiendo de galgos y podencos sobre la suerte de Trillo, sino despejar el camino con tiempo e ir preparando sin prisas el relevo de una opción sin grandes posibilidades por otra más sugestiva. Porque si gana Jiménez eso por lo que públicamente trabaja, Parralo quedaría, como Trillo en su día, en situación de “disponible” y a la espera del premio de consolación. Pedro Rodríguez dedicado ‘full time’ a la alcaldía no es cualquier cosa.

Juego sucio

La candidata republicana a la vicepresidencia de los EEUU, Sarah Pali, ese “pittbull maquillado” según ella misma, ha tirado por la calle de enmedio para acusar al candidato Obama de haber mantenido relaciones con terroristas. Con tan poca base, al parecer, como que Obama habría coincidido alguna vez con Bill Ayers, un excombatiente de Vietnam que, en su día ya lejano, intentó una campaña de atentados en el país. Los demócratas no se han inmutado gran cosa con una acusación tan sensible en la actual circunstancia americana –repetido al menos tres veces por Palin—ni siquiera cuando han visto colgado en ‘Youtube’ un spot referido al tema, pero en cambio se han divertido lo suyo el enterarse de que el magnate del porno Larry Flint anda preparando a toda máquina una película del género protagonizada por una “doble” de Palin conseguida a través de un anuncio en Internet. Vale todo, pues, a partir de ahora en esa democracia de referencia para la que el sexo fue siempre, después de todo, un buen motivo y caballo de batalla desde la crónica de los míticos primeros padres del país hasta la historia de Clinton y la becaria, pasando por el libro publicado hace unos años por el propio Flint con el título “Sexo, mentiras y política”, de fácil acceso en la Red, y su ocurrencia de ofrecer un millón de dólares a quien pudiera probar que había mantenido una relación sexual con un miembro del Congreso. Ya saben que hubo un tiempo en que la muñeca inflable más demandada en el mercado ‘hard’ fue una copia, al parecer, poco afortunada, de la señora Nixon, lo que ya dice mucho de la proximidad emocional entre el poder y el sexo, al menos en aquella gran nación. Es probable que de aquí a las elecciones la lucha desagarrada nos proporcione tanto juego sucio como requieran las expectativas electorales, y eso es algo que, en definitiva, en un espectáculo político de esa envergadura, resulta desolador.

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Hay muchas razones para que el ciudadano americano se abstenga en los comicios dando lugar a esa paradoja que es un sistema representativo de extrema fortaleza basado en una participación real escandalosamente baja, pero quizá este indecente recurso a la degradación, incluso simbólica, del adversario no sea la menor de ellas. Una realidad que ha dado lugar alguna vez a hipótesis que parecen arrancadas del Montesquieu más determinista, como la de que los Estados que votan más son aquellos en que el clima es menos propicio mientras que la abstención se dispara en los que disfrutan de clima amable. O a la teoría de que el escepticismo que lleva a la abstención no es más que la respuesta a la pésima información política que el elector recibe lo mismo desde el entorno de los candidatos que desde una prensa poco escrupulosa a la hora de jugar con la verdad y la mentira. Que esa prensa diga un día que Kerry era un falsario y que sus medallas vietnamitas eran un invento, para al día siguiente sostener lo contrario, pongamos por caso, explicaría en buena medida la sensación sentida por el ciudadano medio de carecer del criterio fundado que legitimaría su voto. Como lo explica, sin duda, ver a la propia candidata agitar ante el rival el fantasma del terrorismo o contemplar en la cartelera su retrato pornográfico. Baltasar Porcel ha escrito que se puede convivir políticamente con la miseria siguiendo el modelo del Nápoles inundado de basura, es decir, tapándose la nariz y mirando para otro lado, pero eso no es garantía segura de nada tranquilizador. No vamos a inventar a Maquiavelo ahora, aunque no estaría de más preguntarse una vez más hasta qué punto el gran florentino estaba proponiendo un paradigma del poder o simplemente reflejando la realidad que tenía a su alrededor. Pocas cosas han quedado tan claras con esta crisis como la debilidad del ‘lidership’ americano. Con sucesos como los comentados, la verdad es que no hacen falta mayores explicaciones.

A partir el piñón

Oportuna y extraordinaria memoria la mostrada aquí, en este periódico, por Manuel Mª Becerro, rescatando del olvido, a propósito del premio “Jaén, paraíso interior” entregado por el vicepresidente Zarrías al juez Garzón, la opinión pública y publicada que el mismísimo Manuel Chaves tenía sobre el galardonado antes de su reciclaje. Recuerda Becerro el libro de María Antonia Iglesias, hecho con confidencias de altos dirigentes del PSOE, en el que Chaves el mismo Chaves que le otorfó hace un año la Medalla de Andalucía, dice del magistrado que “es una mala persona, lo era antes y lo es ahora” y que “es un gran simulador”, además de que “no parece que fuera trigo limpio”, que la operación de utilizarlo electoralmente fue “bastante negativa” y que “si hubiera sido ministro (como se le prometió) nos hubiéramos evitado algunos problemas”. Ahora el mudadizo juez es una malva y seguro que ya no es mala persona. De otro modo, ¿ premarían a porfía las instituciones del PSOE a quien llevó al partido mal despeñadero del GAL?

¡Ni que fuera Nueva York!

El alcalde de San Juan del Puerto se ha subido el sueldo 18.000 euritos, es decir, tres millones de las viejas pesetas, dejándoselo, finalmente, en 67.609 euros anuales, es decir, un millón mal contado al mes. Ésta es la austeridad mil veces prometida, la “congelación” de los salarios para combatir la crisis, la política entendida como vocación de servicio, un verdadero atentado al sentido común cuando en Europa entera, y por supuesto en España, la gente de la calle anda tentándose la ropa con tal de conservar el empleo, aguantar la rebaja salarial o, simplemente, mantener la garantía de sus ahorros en el banco. Algo le deberá el PSOE a estos ‘biempagaos’ (hay que incluir al ex-alcalde del Cerro y al de la Nava) cuando consiente este escándalo que, con toda seguridad, escandalizará en la provincia con peores perspectivas de paro de Andalucía.

Releer al clásico

Todo este terremoto de la crisis económica está dejando claro que los responsables mundiales, esos cuatro u ocho que tienen nuestras vidas en sus manos, andan improvisando como pueden remiendos para tapar agujeros y tónicos para frenar el desánimo. No tienen doctrinas sino recetas, quizá porque esta última era ha prescindido demasiado aprisa de casi todo el acerbo ideológico y cultural que venía permitiéndonos con anterioridad, a cada cual desde su ángulo, analizar la realidad y proponer soluciones. Todo el mundo parece estar despertando de ese ensueño –ay, “el fin de la Historia”—para volver a los clásicos, como si de pronto la vigencia de los viejos pensamientos arrumbados debiera ser rescatada para revisarla a la luz de este fenomenal fiasco que ha sido pasar de la ilusión de un modelo definitivo –eso que llamaban la “new age”—a una crisis de dimensiones sin precedentes que amenaza con llevarse por delante a tirios y a troyanos. El papa Ratzinguer ha decidido apoyar la antigua idea del cardenal Martini según la cual un problema histórico y decisivo de la fe es su desconocimiento de la Biblia y, en consecuencia, ha abierto un cónclave para buscarle solución a esa falla, sin pasarse ni quedarse cortos, es decir, con un pie puesto en la firmeza ortodoxa y el otro en la refrescante audacia que hace tiempo reclaman muchas comunidades. Por otro lado un maestro de los viejos tiempos, Eric J. Hobsbawm, anda empeñado en una campaña de vuelta a Marx, especialmente al estudio de los juveniles‘Grundisee’, convencido de que el actual olvido de su pensamiento responde tanto al fracaso del dogmatismo soviético como a la euforia liberalista potenciada por la caída del Muro. Por su parte, en USA y la propia Europa (no tienen más que leer la prensa diaria), teóricos de todas las tendencias reconsideran la posibilidad de un rescate de lord Keynes, el genio de la anterior crisis, para ayudar a comprender el estrepitoso fracaso del postulado de la no intervención que, por fin, se reconoce que ni Hayes ni Morgan Freedman descartaron nunca en situaciones críticas como la que vivimos y cíclicamente parece vivir el capitalismo. Hay que conservar los libros viejos, los manuales en los que creímos alguna vez, esos monumentos combatidos entre sí a cara de perro que, seguramente, contienen graves aciertos uno por uno.

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Ahora vendrá un periodo pragmático en el que todos los gatos serán pardos mientras se salvan los muebles o se rehace el edificio, pero luego volverán, no me cabe duda, las inútiles inquisiciones y los nocivos exclusivismos. Al fin y al cabo, no hay modo de seguir defendiendo (ni lo hace nadie ya, salvo un puñado de republicanos yanquis) que la salvación está en abandonar el mercado a su lógica perfecta y, en definitiva, sobre todo tras haber visto la nueva media defección de Europa, hay que aceptar que la única medida con pinta de solución de emergencia siquiera la debe la aldea global a esos EEUU que puede que, por tercera vez, salven a Europa de la debacle en menos de un siglo. Menos esperanzas cabe albergar de que los obispos convenzan a su feligresía menguante de que se enfrasque en la lectura de una Biblia que, por cierto, no estuvo bien vista por sus actuales promotores durante mucho tiempo. Y en cuanto a la resurrección de Marx que preconiza Hobsbawn, ya veremos, pero no es improbable que logre reponer las cosas en su sitio. Al fin y a al cabo, lo que se está demostrando inviable es un mundo si ideología, un proyecto no respaldado por la reflexión teórica. Hace poco los oyentes de la BBC eligieron a Marx como el mayor filósofo de la Historia mientras medio millón de alemanes lo elegían entre los más importantes de todos los tiempos. Arrumbamos los textos a la menor de cambio hasta quedarnos inermes frente a la realidad. Puede que la crisis nos fuerce a reconsiderar esa funesta manía.