Malos tragos

No todo va a ser besuqueo y abrazos a las farolas. Durante la campaña, los candidatos han de soportar de vez en cuando la crítica desalineada de un descontento o la bronca de un grupo que se siente engañado. Así le ha sucedido a Albert Rivera en pleno centro de Cádiz, cuando trabajadores de Delphi le echaron en cara ser “la muleta del PSOE”, y le avisaron de que Susana “les va a dar la patada” para que Ciudadanos termine como terminó IU. Con patente ingenuidad, algunos de ellos incluso le gritaron eso de “nos debéis una explicación”, ¡las criaturitas!, mientras el líder catalán, tras vitorear a “la Pepa”, les anunciaba la buena nueva de que “Aquí (en Andalucía) “el cambio ya ha empezado”. Para ellos, seguro –que le pregunten a Marín o a él mismo–, pero los demás ni nos hemos enterado.

Diciembre crítico

No sólo en España, mecida por el clima entre la borrasca y el anticiclón, va a ser diciembre un mes problemático. Dos noticias rotundas nos llegaron este fin de semana que permitirá a algunos incorregibles aferrarse a la pamema de que mal de muchos, consuelo de tontos. Es la primera el triunfo de la ultraderecha en Francia, el salto que ha permitido a la hija de Le Pen situarse en cabeza de ese pelotón de los torpes, amenazando en el mejor de los casos –si el sistema electoral francés no lo remedia— con una nueva experiencia de “cohabitación” y en el peor, con la novedad de una vuelta a la Europa de preguerra, con sus recortes de libertades y sus insufribles políticas racistas y xenófobas. La segunda ha sido la derrota electoral de la “revolución bolivariana”, esa tiranía populista que inventó el “huerto familiar” –el retorno al primitivismo ilusorio a la autosuficiencia agraria—de paso que financiaba a los linces de Podemos con sus petrodólares. No sabemos aún qué consecuencias tendrá este doble seísmo aunque no sean nada tranquilizadoras las noticias que llegan desde Caracas o desde Atenas, y los franceses anden rascándose la coronilla sopesando una vuelta a Vichy. Un mes difícil, qué duda cabe, un tiempo solsticial en el que, de momento, parece que los belenes de toda la vida ya están siendo prohibidos mientras en la plaza Sintagma los podemistas griegos desengañados lanzan cócteles Molotov contra la revolución imposible. Parece lejanísima la Pascua bajo este sol de invierno.

Ahí vamos, en consecuencia, entrillados entre dos extremismos, el de los que se han hecho un sayo con el viejo capote nazi y los que pretende sacarle brillo a las botas stalinistas con una mano y con la otra trincar el soborno venezolano. El tiempo huye a grandes zancadas, o lo parece, entre debate y debate, entre notición y notición, los burócratas de Bruselas mirando desconcertados a la señora Merkel y los “fermiers” galos viendo como renace ante sus ojos el fantasma de la dictadura en una era en la que ya no es posible imaginar un nuevo juicio a Pétain. Y en España, ese dominó a cuatro en el que todos hacen señas al compañero temiendo cada cuál tragarse el seis doble. El 20-D veremos. Pero habrá que incluir la equis de nuestras perplejidades en esa inestable ecuación internacional, todos mirando hacían atrás, como la mujer de Lot, para contemplar el espectáculo de la ruina, cada vez más lejos del villancico, de la copa de anís y del mazapán secularizados.

Andalucía no cuenta

En la ceremonia del “debate decisivo”, si se aludió a Andalucía y sus problemas fue para invocar el fantasma de los ERE. Ni una palabra sobre la exclusiva tasa de paro que padecemos, ni mentar la desindustrialización galopante en que se hunde hasta el buque insignia, nada sobre la pobreza registrada a pesar de ser la mayor de España. Andalucía no interesa a los nuevos protagonistas más que a los viejos, mientras aquí abajo, la presidenta Díaz, preparada para el abordaje, sostiene en la boca el cuchillo afilado. Nunca como ahora la democracia ha sido un teatro en el que no sabemos bien que es el prota, quien el antago, ni quien el deuteroagonista. Nunca como ahora, teniendo tanto peso real, significamos tan poco en la política que acaba en Despeñaperros.

El país menguante

En lo que va transcurrido de este 2015 tan complicado destaca el hecho de que el número de fallecimientos registrado en España es mayor que el de los nacimientos. Envejecemos, pues, decrece la juventud, y ésa es una pésima noticia. Recuerdo haberle oído de viva voz a Alfred Sauvy que tanto le preocupaba el crecimiento masivo de la población tercermundistas como la eventual retracción de la natalidad en los países desarrollados y, ciertamente, esa preocupación por lograr una demografía idónea constituyó desde hace mucho una vehemente preocupación de nuestros observadores sociales. Los arbitristas y, en cierto modo también los mercantilistas de la Decadencia española, clamaron sin descanso frente al problema que suponía la despoblación en términos que, en el fondo, coincidían con los utilizados por Foucault: sin fuerza de trabajo no hay progreso económico que valga. Y en España, sobre todo en la España del XVII, entre la emigración masiva a las Américas y el azote de las incesantes guerras exteriores, la voz arbitrista es un verdadero coro recordándole al poder la necesidad de proveer la solución a ambos problemas. Hoy, sin embargo, y no precisamente a causa de la crisis pues la retracción venía de antes, España ha alcanzado por primera vez un crecimiento vegetativo negativo desde 1999, a causa del incremento de la mortalidad y del descenso paralelo de la tasa de natalidad. Ni siquiera la emigración, última y cuestionable esperanza para los demógrafos, parece que basta ya a remediar el declive de nuestra población.
No sabemos que nos aguarda a la vuelta del camino, pero es seguro que una sociedad que mengua en vez de crecer –y más en un momento en que el progreso biológico prefigura el mito de un alargamiento imprevisible de la vida—avanza hacia la obsolescencia o, cuando menos, a una situación socioeconómica de lo más delicada. Nuestros arbitristas, como documentó Jean Vilar en su clásico estudio, pedían brazos para la agricultura y bolsas para los imprescindibles impuestos, pero el demógrafo de hoy lo que solicita es la recuperación de un equilibrio que un futuro progresivamente automatizado contribuye, en gran medida, a impedir. Vamos hacia una sociedad peligrosamente egoísta porque la “sociedad de servicios”, con sus enormes ventajas, constituye el anverso de la sociedad patriarcal. Los hijos no traen un pan bajo el brazo ni mucho menos, pero algo habrá que hacer para renovar el rebaño si queremos evitar lo que ya es más que una amenaza.

Oídos sordos

Hace un puñado de años, el presidente de la Cámara de Cuentas, José Cabrera, que no tenía pelos en la lengua, informó al Parlamento de que la contabilidad de la Junta estaba “plagada de errores”. ¿Y saben cuál fue la respuesta? Pues ninguna, porque a la Junta la Cámara y el Defensor le han importado siempre un pito. Ahora LA Cámara clama de nuevo, en esta ocasión para advertir que la contratación de esa Junta está plagada de irregularidades. ¿Y qué pasará? Pues nada de nuevo: ahí está Ciudadanos – como antes estuvieron el PA e IU—para taparle las vergüenzas al amo. Nada mejor que la sordera voluntaria para mantener un “régimen”. ¡Imaginen si la Cámara fuera un órgano profesional e independiente en lugar de hecho a medida de los partidos!

Delitos pasables

stá de moda y resulta gratis en España provocar al sentimiento religioso con manifestaciones pseudoculturales taxativamente condenadas, sin embargo, en el Código Penal vigente. Desde un payaso burdo como Leo Bassi a un cantautor, tan admirado por otra parte, como Javier Krahe, se suceden las ocurrencias blasfemas apoyados en una jurisprudencia que se la coge con papel de fumar al dudar ante el romano “animus iniurandi”. En TV hemos podido ver a un cura enzarzado a mamporros con un zagal que pisoteaba la forma consagrada que acaba de comulgar, y en los papeles, una exposición financiada por la Junta extremeña en la que el talento del autor se agotaba en la más abyecta transgresión, acaso inspirada por “performances” como el Cristo erecto de la Bienal de Venecia. Lo último –y récord provisional—es la hazaña de ese sacrílego descerebrado y protegido por Bildu, o sea, por ETA, en el Ayuntamiento de Pamplona, donde ha expuesto los centenares de hostias recogidas, según él, en otras tantas comuniones, para “reflexionar sobre el sufrimiento propio y ajeno”. Ya sabemos que estos profesionales de la transgresión, émulos remotos de los surrealistas, son tratados con guante de seda en nuestros tribunales. Algún juez, a vueltas con la razonable aplicación del artículo 525 del Código vigente tiene sentenciado que burlarse de los sacerdotes o de Cristo queda “a una distancia abismal de lo establecido en ese precepto”. Una destacada podemita del Ayuntamiento de Madrid protagonizó en su día el streap-tease celebrado en la capilla de la Complutense y ahí la tienen, tan fresca, del bracete de la magistrada Carmena.
Los cristianos, a los leones, ya se sabe. Los mismos que esgrimen, tantas veces incluso desde la ignorancia, los rigores de una Iglesia histórica inquisitorial, se buscan la vida haciendo oficio de la provocación consentida y, en ocasiones, financiada, amparados en la experiencia de que la mayoría de las denuncias de blasfemia o sacrilegio son archivadas por los jueces. En un teatro madrileño y en Bellas Artes se ofreció la ocurrencia de un imbécil titulada “Me cago en Dios”. ¡Pero es tan difícil probar la intención “de humillar o herir los sentimientos religiosos de terceros”…! Claro que eso no debe extrañar demasiado en un país donde se abuchea masivamente al Jefe del Estado y en el que el Código Penal lo mismo funciona como una tralla que resulta ser papel mojado. No hay trilita tan sensible y amenazadora como la libertad mal entendida.