La feria de la crisis

Ya veremos al final de esta crisis galopante cómo cuenta cada cual la suerte que tuvo en la feria. Una crisis es una circunstancia adversa para unos y ventajosa para otros, y de ninguna de ellas han dejado de salir fortunas caudalosas amasadas precisamente con las pérdidas ajenas. Imagínense la oportunidad de inversión que las brutales caídas que está experimentando la Bolsa representa para los afortunados con recursos disponibles o la que la discreta adquisición de viviendas a la baja supondrá para los inversores de futuro. Estamos viviendo la ruina de muchos y la fortuna de otros, lo cual no es ni más ni menos que el mecanismo áureo del sistema de capital regido, en definitiva, por la vieja máxima de que en este perro mundo, “cuando una gana un duro, otro lo pierde”. Los observadores especializados han detectado una importante progresión del enriquecimiento de los millonarios durante el año pasado, es decir, ya en plenos pródromos de la crisis, así como el también progresivo distanciamiento entre los afortunados y los sin suerte, es decir, la creciente concentración de la riqueza de un estrecho segmento social paralela al empobrecimiento de las vastas áreas desposeídas hasta de lo más elemental. Dicen que en Rusia los millonarios herederos del sovietismo poseen ya dos tercios de la riqueza del enorme país y que entre América del Norte y Europa reúnen el 60 por ciento de la propiedad mundial, pero al mismo tiempo el propio Banco mundial ha descubierto que sus canónicos cálculos sobre la miseria planetaria estaban equivocados de manera que es preciso aumentar al menos en cuatrocientos millones los “unieuristas” que sobreviven (y mueren, claro) cada día en el mundo pobre. Los más ricos han experimentado un crecimiento espectacular, eso sí, lo cual no puede ser ajeno precisamente a la crisis de los desdichados pobladores de la llamada geografía del hambre. La crisis está suponiendo unas fabulosas “rebajas” que harán aún más profunda la sima de la desigualdad.

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La razón y el estímulo del sistema es la desigualdad. Esta temporada hace furor en los restaurantes de élite el ingrediente de oro en las comidas y otras ocurrencias que traen a la memoria el exhibicionismo despilfarrador de la decadencia romana y de tantas otras crisis históricas, mientras que sabemos que los tuaregs empiezan a tener problemas de subsistencia a pesar de su frugal dieta de leche de camella mezclada con un puñado de mijo. El colosalismo financiero se funda en ese deseo de distanciamiento, en esa auténtica competición por el liderato económico y en la ‘diferencia’, que es insaciable por su propia naturaleza, y para el que la eventual filantropía no es más que una pieza de su estrategia de representación además de un recurso fiscal. Por eso se sabe con exactitud el montante de los grandes capitales mientras que ha sido posible durante un decenio largo reducir o quién sabe si escamotear cientos de millones del número de pobres miserables repartidos por el mundo. En España mismo, bastante más que en el resto de la Unión Europea, la previsión de empobrecimiento con motivo de esta crisis es dramática como están poniendo ya de relieve los datos sobre fallidos que vamos conociendo. Nos va a hacer falta un Baroja que nos pinte la miseria proletaria de la ‘Aurora Roja’, un Galdós que nos retrate las duquitas secretas de las clases medias y las trepadas y trapisondas del marqués de Salamanca, el presunto amante de Marianita Pineda, el que compró a real la hectárea del Madrid más caro hoy día. Porque el dinero mana tranquilo en los meandros de la vida cotidiana pero se precipita a raudales en los rápidos de las crisis, cuando los muchos pierden lo poco para que lo recojan los poquísimos. Qué miserable razón, qué pobre estímulo, la desigualdad, pero eso es lo que hay. Cuando termine la crisis habrá que echar las cuentas.

Ejemplo político

No sé qué pensará la legión de parados al oír que los políticos van a congelarse sus generosos sueldos. Menos se me ocurre como reaccionarán si se enteran de que hasta para ese mínimo gesto no se ponen de acuerdo si no es muñendo antes acuerdos de partido. Y menos si cabe al saber que hay padres de ministras que tienen el descaro de subirse el suyo (¡el de la ministra de Igualdad!) con todo el desahogo del mundo. La austeridad que se reclama a las administraciones no puede consistir es esa comedia de céntimos sino en cortes drásticos a partidas perfectamente injustificadas que suponen la ayuda necesaria para muchos ciudadanos. Pero, en cualquier caso, no cabe justificarla con una congelación que apenas supone nada. La Junta mantiene en este momento gastos suntuarios que no piensa tocar, incluyendo la fortuna que reparte anualmente entre los “agentes sociales”. Arañar los euros del IPC no deja de ser una tomadura de pelo.

La mano de obra

Leo que en Huelva hacen falta 5.500 trabajadores extranjeros para garantizar las cosechas en la agricultura. ¿Y por qué extranjeros, cómo es eso si esta provincia es la que más parados nuevos tiene de todas las andaluzas y su media de desempleo es superior a la andaluza y a la nacional? ¿Cómo puede ser necesaria mano de obra extranjera mientras crece el paro indígena? Algo no funciona en el actual planteamiento laboral, en las coberturas del parado, en las condiciones que se le ponen a quien percibe el subsidio, cuando miles de parados locales se niegan a trabajar donde hay tanto trabajo de sobra que es preciso recurrir a la inmigración. Nadie quiere enfrentarse a ese toro, claro está, ni el PSOE, ni el PP, ni IU, ni los sindicatos: nadie. Pero por lo menos que no digan que “faltan” trabajadores donde el paro crece desbocado.

El orden profesional

La estructura social se conserva y reproduce a través de las profesiones. Lo que un hombre hace en la vida marca, en principio, su calidad y establece su estatus. Hay profesiones, en consecuencia, para cada estamento o clase, según el tipo de sociedad y hasta las hay hereditarias, porque la noción de prestigio va asociada a la de empleo. Fíjense que no digo trabajo, sino empleo pero, en cualquier caso, lo que convierte a la profesión en un indicador de prestigio es que éste va asociado automáticamente a esa función. Todos conocemos el viejo lema de la aristocracia española que exponía con nitidez las tres opciones de sus hijos: “Iglesia, Mar o Casa Real”. Para el resto, es decir, para lo que quedaba fuera de los estamentos, aquel orden gremial instituyó la figura del ‘maestro’ que, en su taller, instruía al ‘aprendiz’ hasta consagrarlo ‘oficial’ una vez que demostrada su suficiencia en el ‘oficio’. Después vinieron las máquinas y, con ellas, la fábrica, que fue la maestra moderna de la “fuerza de trabajo”, la escuela del proletariado y también de amplios sectores integrados en las clases medias, y como en el primer modelo, el del taller, en la fábrica sólo se enseñaba el oficio, pues la educación estaba reservada a los estamentos dominantes. Fue mucho más tarde, con motivo de la complejidad creciente de la maquinaria y cierto desarrollo de la moralidad burguesa –¿ ‘ilustrada’?—cuando se abrió paso la idea de la formación humana del aprendiz, es decir, de que la dignidad humana exigía compartir la Cultura, siquiera en términos rudimentarios, hasta en los más bajos estratos del trabajo. Cuando Franco instituyó la FP no hacía más que responder a esta llamada post-estamental (o protoclasista, según prefieran) a la que era inevitable prestar oídos en un mundo moderno. Lo que Franco hizo, como lo luego haría la democracia, fue una educación de segundo nivel, para pobres y rebotados del primero. Eso es lo que explica tan fácilmente el fracaso de ambos modelos.

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Ahora va a abrirse la puerta para que los trabajadores no titulados pero prácticos en sus profesiones consigan sin estudios de ninguna clase un título de Formación Profesional, o sea, con un simple examen en el que deberán probar su competencia laboral, ya sin geografías ni literaturas, historias ni lenguas o matemáticas, a pelo, como si dijéramos, en esta vuelta a la Edad Media en que el muchacho currelaba en casa del maestro hasta conseguir su bendición o, si se prefiere, en este nuevo maquinismo en el que al trabajador se le pide que conozca su oficio, maneje la máquina y se deje de monsergas. Se renuncia, pues, al ideal vagamente humanista que buscaba dignificar al trabajador –una obsesión de los viejos ‘arbitristas’, por cierto—dándole siquiera ese barniz de Cultura que, como diría Gracián, habría de contribuir a hacerlo “persona”, a liberarlo de esa noción materialista de sujeto casi físico, que Marx bautizó atinadamente como lo que era, como “fuerza de trabajo”. ¿Para qué quiere un trabajador saber ciencias naturales si tiene bastante con conocer el manejo de la fresa, la técnica del enfoscado o el truco del sofrito? Pues claro, hombre, para nada. La imagen que el franquismo se hacía del obrero, al menos de boquilla, va a quedar muy por encima de la que se hace esta demagogia institucional y postmoderna que ha mantenido durante decenios la FP como un sistema para pobres y rebotados hasta que ha decidido, al parecer, que ni eso resuelta necesario a estas alturas de la desculturización. Títulos para todos, que la Cultura puede esperar o, sencillamente, ignorarse, al menos entre las clases –ahora sí—que coexisten en nuestra sociedad desigual. A mi entender no van a elevar al trabajador dándole un título, pero sí que van a cargarse la posibilidad de que muchos alevines accedan a un trabajo con un mínimo bagaje cultural.

Un caso, límite

El caso de la anciana de Fuengirola que, a sus 104 años, ha sido avisada de que no cobrará la prestación de la ley de Dependencia “hasta dentro de uno o dos años”, no es sólo una broma insensata, incluso macabra en cierto sentido, porque, en realidad, lo que pone de manifiesto es el fracaso radical de una ley aprobada, como tantas, a la buena de Dios, es decir, sin rigor alguno en las previsiones presupuestarias. El palo que el Defensor del Pueblo le ha dado se lo pasará la Junta por el arco y ese ejército de pacientes acabará siendo, ni más ni menos, una legión estafada. Es imprescindible que se arbitren medidas de resarcimiento a esos perceptores defraudados. Y muy conveniente que aprendamos a distinguir, bajo las propagandas, lo que es un auténtico avance social de lo que no es más que un rentoy publicitario del Gobierno.

La fiscalía, sin medios

Mucho hablar de la tragedia ocasionada por la insuficiencia de la Justicia, poco de la responsabilidad de la Junta al regatear durante años y años a las Audiencias y Juzgados los medios informáticos imprescindibles hoy día para que no ocurran caso como el de Mari Luz. Dice la Fiscalía del TSJA, en efecto, que en la Memoria de esta ñoa no aparecen datos fiables de nuestra provincia porque la Fiscalía de la Audiencia carece de una instalación informática mínimamente fiable, y esto es un escándalo después de tantas reclamaciones. La crisis de la Justicia no se debe a jueces y fiscales, sino al abandono cicatero en que la Junta mantiene sumida a esa Administración trascendental. No es que desde Sevilla se le niegue a Huelva una Ciudad de la Justicia, sino que se le regatean hasta los ordenadores. Cuando ocurra lo que nadie desea, debemos recordar esta realidad antes de cargar contra los juzgadores.