Diputaciones

Lo que ha ocurrido en Almería –el asunto de los asesores que confesaron ante una cámara oculta cobrar en la Diputación sin más oficio que servir en su partido, el PSOE—no es un c aso aislado, seguramente, vamos, ciertamente, convertidas como están las Diputaciones –todas— en albergues de “arrecogíos” de los partidos gobernantes, en muchos casos, hay que decirlo, por el sencillo procedimiento de repartirse con la oposición, a prorrata se entiende, los empleos y sueldos. Urge desenmascarar ese juego sucio en virtud del cual los partidos se financian también en las Diputaciones reconvertidas en colocaderos de sus clientelas, y eso no debe de ser difícil de realizar porque los datos en cuestión son públicos. Y si se demostrara que, como en Almería, la Diputación paga al partido, ahí está el Juzgado. La impunidad debe romperse de una vez. En Almería han empezado ya.

Pepe Juan (Bis)

A Manuela Parralo la han dejado caer. Se pongan como quieran ponerse, el ascenso auspiciado de Manuel A. Jiménez demuestra que en el partido nos e fían de ella, y el hecho de que el ganador oficialista mantenga de boquilla que Parralo sigue siendo candidata recuerda demasiado a aquellos idus lejanos en que decían que Pepe Juan Díaz Trillo, tras su doble fracaso, continuaba siendo la esperanza blanca para batir a Pedro Rodríguez. La diferencia es que esta vez han madrugado para que la operación  resulte más tragable y menos áspera, que tiempo habrá, en todo caso, de buscarle, como le buscaron al otro, un nicho para su acomodo. Parralo, municipalmente, es un juguete roto que, además, en la oposición está dando una medida de lo más precaria. Jiménez puedes ser el puente para buscarle repuesto sin prisa pero sin pausa.

Palabras mayores

Como quien no quiere la cosa, las reacciones de los Gobiernos —hay que decir que tras las huellas del denostado Bush—están cambiando de la noche al día el panorama ideológico que parecía cristalizado en un paradigma intocable: el del liberalismo radical. Nadie habla de cambiar de Sistema, claro está, y son los propios fautores de la crisis quienes se están encargando de enderezar las cosas a base de administrar el único recurso que han encontrado a mano: el dinero de todos. Hace falta salvar al Sistema, qué duda cabe, porque con su hundimiento nos hundiríamos todos, y no hay otro dinero disponible que el público, o sea que las opciones son limitadísimas por no decir única, como lo está demostrando, aparte de la proeza americana, la huída hacia delante de España, la nacionalización masiva de los bancos británicos, la garantía plena de los depósitos en Irlanda, la protección francesa a sus entidades y su intervención en las belgas, etcétera, pero no hay duda de que esta “intervención” masiva, intensa, desconocida hasta ahora, debe hacernos reflexionar sobre las contradicciones de la teoría y, en su caso, sobre el fracaso del modelo mismo. El presidente de Paraguay, que es sacerdote, monseñor Lugo Méndez, acaba de decir que el capitalismo está llegando a su fin, porque tras dos siglos de dominación y diversos ensayos de formas, la realidad es que la predicción marxista de las crisis como instrumentos funcionales e inevitables del desarrollo está ahí, quizá más convincente que nunca, lo mismo que lo está el fracaso del socialismo llamado ‘real’, incapaces ambos de funcionar respetando a un tiempo la iniciativa privada y una vocación intervencionista decidida que convierta al Estado-espectador en el motor de la economía. Ya veremos en qué para el asunto, pero es evidente que este momento la vida económica de todo Occidente está en manos de un Estado obligado a salvar al Sistema aunque sea pasándole la factura a los contribuyentes. Mucho menos hizo Mitterand y lo pusieron a parir.

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La lección de esta crisis, por el momento, es que si el socialismo no funcionó, el capitalismo tiene ya un pie y parte del otro en el crack. Pero la opción de salvarlo lo significa que su modelo sea el único posible, sino mientras se admita como único, precisamente, es decir, mientras –como acaba de hacerse y se va a seguir haciendo—se apuntalen sus ruinas con los métodos del adversario. Nunca se había visto en la historia económica un despliegue de heterodoxias salvadoras como el que estamos presenciando, lo cual no significa que no haya más que una gestión imaginable de la vida económica sino que, por definición, están excluidas las demás… a no ser que sea el propios Sistema el que las aplique y regule. El caso de España es más curioso aún si cabe, porque lo que en realidad esconde al plan de ZP es la compra a los bancos de su asfixiante deuda inmobiliaria, lo que podría permitirles levantar cabeza y, quién sabe, si volver a las andadas, todo gracias a un Gobierno “socialista obrero” que hace lo que debe, sin duda, pero sólo y exclusivamente porque ha renunciado definitivamente a su razón de ser. La crisis pasará, como todas, dejando tras de sí un campo de batalla lleno de millones de víctimas, y el capital recuperará su proverbial virtud de crecer y reproducirse de nuevo, al menos hasta que llegue otra nueva crisis. Hablábamos ayer de la cara oculta de la situación, de la galdosiana hambruna de la clase media sin recursos, de la tragedia del proletariado en paro (sobre todo del inmigrante), contraste supremo de la cara brillante en la que la vida seguirá siendo plácida y en los pantalanes seguirán amarrados los mismos yates. Y todo ello por virtud del dinero de todos, de ese tesoro público que cierta ministra ignorante dijo que no pertenecía a nadie pero que ahora estamos viendo claramente a quien pertenece de verdad.

IU y Canal Sur

Como cabía esperar una entregada IU ha ofrecido su apoyo en el Parlamento al candidato que, en sobre cerrado, ha propuesto a su mayoría absoluta el presidente Chaves, pasándose bajo el arco los innumerables compromisos de diálogo y acuerdos con la oposición. Lo gracioso es que, encima, IU dice creer en las promesas de transparencia y pluralidad del  PSOE, como si eso fuera creíble incluso para el más desnortado de los observadores de la política andaluza, en la que Canal Sur juega desde su creación el mismo papel ancilar respecto a la Junta que la nombra, desnombra y paga. Eso sí, deja abierta la posibilidad de salvar los muebles si el PP se opone al nombramiento –¡y cómo no!—reservándose la posibilidad de “cambiar de opinión”. No se pueden decir más tonterías en menos tiempo.  No se puede evidenciar la actitud mendicante de manera más sugerente.

Sugerencia

¿Por qué no hacer en Huelva, en su Diputación, lo mismo que la oposición ha hecho en la de Almería, es decir, publicar la relación completa de “asesores” y similares, con expresión de sus emolumentos, una vez descubierto que, en realidad, esos “asesores” no tienen función alguna, por lo general, en la arcaica institución provincial sino que son “arrecogíos” del partido o incluso activistas del mismo pagado con dinero de todos?  Sería muy ilustrativo para saber quién es quién, para saber cuánto nos cuestan y para tratar de conocer, si posible fuera, qué es lo que hacen en sus despachos (si es que lo tienen) esos beneficiados con las sinecuras del partido. La Oposición tiene una oportunidad de oro para demostrar que ni es tonta ni es cómplice de semejante situación. Ya veremos, de todas maneras, si lo hace, que lo dudo…

Sopa y calcetín

La crisis tiene una cara mediática, brillante dentro de lo que cabe, jetas de barandas prometiendo todo lo prometible y expertos opinando a placer, pero también tiene una cara oscura en la que malviven, cada día peor, los auténticos afectados de la crisis, que no son los potentados que ven riesgo en su fortuna, sino los medianos y más chicos que en cuanto baja un poco el listón se ven aplastados sin remedio. Están volviendo, por ejemplo, los comedores públicos, las colas en ‘Cáritas’ para agenciarse una ayuda doméstica, la parroquia de desdichados que acude una vez al día a reparar fuerzas con la sopa boba de toda la vida o a recoger unas prendas con que vestir a su hijos. Pobres de solemnidad, inmigrantes en paro, pequeñoburgueses abrumados por el peso de la hipoteca galopante y tal vez por el fantasma del desempleo, recurren, como siempre, a la caridad pública e institucional de la Iglesia para poder salir adelante. He ahí un lado de la crisis que no sale en el telediario, del que no hablan las portadas de los periódicos y menos aún opinan los gurús que discuten sobre la coyuntura, un lado conmovedor y en ocasiones vergonzante en el que se mezclan los desposeídos sin distinción de clase ni estatus, homologados todos por la necesidad acuciante. Por otro lado, el ahorrador está que no vive pensando en las imágenes del “corralito” argentino que no hace tanto vio por la tele a medida que crece la opinión negativa que ve en la crisis una hecatombe sin remedio que pone en el alero el ahorro particular, pero que sobre todo se desmanda cuando oye decir a ZP o a Solbes que aquí no ocurre ni va a ocurrir nada con la misma cara pétrea con que, hace seis meses, aseguraban que hablar de crisis era cosa de antipatriotas. En un pueblo de Huelva –lo ha contado Javier Caraballo—la gente se ha arremolinado en las puertas de una entidad financiera para retirar sus ahorros, convencidas –quién sabe si por el efecto contrario de la postura oficial—de la quiebra del sistema. ¡El calcetín! No es la primera vez que la pobre gente pierde los ahorrillos de toda la vida en este país. Si encima el Gobierno mendaz le reclama tranquilidad y garantiza sus derechos, ya me dirán.

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Se entiende que lo suyo, lo discreto, sería no perder los estribos y confiar en las garantías que los propios Estados prometen a los ahorradores, pero está claro que las noticias diarias que nos llegan de los centros de decisión económica contribuyen a aumentar el pesimismo más que otra cosa. Es la otra imagen, sin embargo, la más preocupante, la más enternecedora, aunque sea la que apenas conmueve a una sociedad ensimismada en el egoísmo, una sociedad que ha cerrado los ojos a la locura de la expansión ilimitada o abusado del trabajo inmigrante ante la indiferencia del Gobierno, y que ahora confía, en última instancia, en que sean los remotos tesoros ajenos los que nos saquen del pozo. Hay una España que vive la crisis, entre inquieta y desvelada por conservar lo suyo, y otra que muerde silenciosamente el polvo y paga el pato de una gigantesca estafa financiera que casi todo el mundo ha bendecido mientras funcionó. Media España, pues, recuperando la alcancía y otra media acogida a sagrado bajo la denostada caridad que le da de comer, la viste y le paga los descubiertos, como si de golpe hubiéramos retornado a la cucharada y paso atrás con que la dictadura contuvo la hambruna de postguerra de paso que luchaba por desarraigar el piojo verde. Una foto de ZP con (parte) de los banqueros ha servido apenas para aumentar la escama del ahorrador que anda dividiendo sus ahorros en depósitos garantizados, pero ni le habrá llegado a esa muchedumbre silenciosa que ha roto la estadística de la pobreza justo cuando el país presumía de ser el más propicio para hacer fortuna. La hucha y la sopa boba, un drama y una tragedia. La política, mientras tanto, no sale del sainete.