Persona interpuesta

No dará la cara Chaves en el Parlamento para explicar por qué tanto la Junta como el Gobierno se saltaron el Estatuto con motivo de la llamada “deuda histórica”. Hablará en su lugar Griñán, lo que siendo una garantía de que las cosas se entenderán mejor, no deja de ser una interposición de personas, ponte tú que me quito yo. De todas formas, Griñán no podrá eludir la mayor, en este caso el salto sobre la fecha límite establecida en el Estatuto para cuantificar esa deuda, y tendrá que comerse el marrón que le deja su jefe, incapaz por muchos conceptos, como de sobra es sabido, de desenvolverse con solvencia. De modo que el salto a la torera se quedará sin explicación posible –sofismas aparte—y Chaves demostrará una vez más su limitación política. Saltarse un Estatuto y no ser capaz de explicarlo siquiera, es el colmo.

Camelo y mangazo

No se pierdan ésta. La Dipu, la Federación Andaluza de Municipios y Provincias y la consejería de Medio Ambiente celebran hoy en Punta Umbría –¿dónde mejor?—una jornada de formación para políticos y técnicos escogidos que llevará el bonito título de “El cambio Climático: un gran reto ambiental y socioeconómico para los gobiernos locales”. El tema merece la pena –no hay más que ver su inconcreción—pero sus ponencias no le van a la zaga: “Las Administraciones Públicas ante el abordaje del cambio” o “La estrategia andaluza ante el Cambio”. Hay muchos invitados y todo saldrá a pedir de boca, ni que decir tiene habiendo gambas, jamón y coquinas. No hay que descartar la idea de que tamaño “homenaje” sea un gesto de austeridad ante la crisis que a todos (o a casi todos, vamos) nos apabulla.

La infancia mártir

Una amiga médico que participó no hace mucho tiempo en Benin en una misión humanitaria de “Justicia y Paz”, me describió un cuadro estremecedor de aquella cultura que, al fin y al cabo, hoy día, está como quien dice, a la vuelta de la esquina. Básicamente se trataba del conflicto insuperable de la mentalidad mágica (yo diría, mejor, mítica) que rige todos los órdenes de la vida a pesar de la superficial occidentalización de muchas de sus costumbres, en especial las indumentarias. Lo que más había desgarrado a mi amiga fue comprobar la costumbre de eliminar a los nacidos con alguna anomalía (parto de nalgas, salida de la dentición inferior antes que la superior, por ejemplo), así como a los gemelos, por el simple procedimiento de abandonarlos o estrellarles la cabeza contra un  árbol, una costumbre antiquísima que, más allá de las civilizaciones mediterráneas clásicas –en las que la simbología atribuida al fenómeno era más compleja–, se fundó siempre en la idea de que el par de gemelos, probablemente invencible, amenazaba al orden cósmico y, en consecuencia, debía ser eliminado. En otro reportaje reciente que recojo en la prensa europea se da cuenta de la misma costumbre de eliminar a los gemelos en cierta etnia de Madagascar atenida estrictamente al “tabú de los gemelos”. Los niños serían en ella abandonados a la puerta del establo para ser recuperados en el improbable caso de que sobrevivieran a la tráfico de los zebús y abandonados a su suerte en caso contrario, tal como en Benin son abandonados por la propia madre si el progenitor no acude a reconocer su parentesco en un tiempo prudencial, entre otras cosas porque, en el caso de los gemelos, planea la sospecha de que la paternidad haya podido ser compartida a causa del adulterio. Hay una extensísima bibliografía sobre el tema (ver Iung, Eliade, Krapper, Schneider entre tantos otros) pero lo que hoy nos conmueve es la noticia de que esas prácticas atroces –en definitiva, esas mentalidades salvajes—sigan vigentes en un mundo globalizado a tantos efectos pero del todo indiferente a la barbarie que supone ese primitivismo ya anacrónico.

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Sobre Benin nos habla también el informe de primera mano aparecido estos días en la competencia sobre el tráfico de niños esclavos, otra costumbre definitivamente asentada no sólo por una larga tradición esclavista sino por la situación de extrema pobreza en que vive el país. Los padres indigentes venden sus hijos a explotadores de Costa de Marfil que los emplean en trabajos esclavos, lo mismo en explotaciones de cacao que en las temibles canteras nigerianas, por lo general a cargo y sometidos a un sayón designado por los propios padres que no escatima los castigos físicos, en ocasiones de insufrible crueldad. Los derechos humanos no rigen, evidentemente, para ese mundo ancho y ajeno que contempla la televisión instalado en el neolítico aunque cuente con voto en la asamblea de la ONU (en el caos de Benin desde el año 60) sin que la institución se entere de lo que ocurre en ese país como en tantos. La hipocresía de Occidente es moralmente insuperable y ello explica quizá la razón de su tolerancia ante los intolerables abusos de algunos de sus miembros señeros, pero sobre todo, deja en evidencia la ridícula propuesta de alianza entre civilizaciones dominadas por la brutal superstición y aquellas otra en que rige, siquiera sea de boquilla, el imperativo moral y jurídico de los derechos del hombre. Mi amiga salvó, con riesgo de su propia vida, a una nacida destinada a morir llevándola subrepticiamente a una misión religiosa pero también vio morir a unas trillizas, a pesar de sus protestas, abandonadas por sus padres temerosos del tabú. El voto de Benin en la ONU vale tanto como el de Francia. No cabe duda de que, a fuerza de cerrar los interesados ojos, hemos hecho un pan como unas tortas.

Honores impropios

La Universidad de Cádiz investirá doctores “honoris causa” a los viejos sindicalistas Nicolás Redondo y Marcelino Camacho, personajes de singular dedicación  a la política a los que nadie negaría el enorme mérito ciudadano que merecen. Hace poco también fue recibido como miembro de la Academia de Ciencias Sociales y Medio Ambiente (motejada por algunos como la “Academia de la Junta”) el secretario de la UGT, Cándido Méndez. ¿No parece que no son esos los honores y títulos que, sin duda merecen los sindicalistas, no sólo porque resulta más que dudosa su cualificación académica sino porque nada menos apropiado para un síndico que esa “integración” tan elocuente? Sobran en el Estado distinciones y honores para quienes se lo han ganado a pulso. Recurrir a estos tan alejados de su perfil resulta inexplicablemente desatinado.

El futuro que viene

El alcalde de la capital, Pedro Rodríguez, ha admitido ya en público su propósito de presentarse por quinta vez a las elecciones municipales que se celebrarán en el 2011, proyecto que –a pesar de esos aires de fronda que intentan desde dentro menearle el sillón—se verá avalado, seguramente, por una auténtica transformación de la ciudad desde Isla Chica al Ensanche Sur. Por otra parte, las lenguas de triple filo apunta, tam,bién desde dentro que ya está prácticamente decidido por el círculo íntimo o “,esa camilla” el relevo de la candidata frustrada, Manuela Parralo, que sería apeada de su expectativa, como ya lo fuera Díaz Trillo, en el último momento. No cabe duda de que, de momento, lleva ventaja el Alcalde, y justo es decir que si esa operación  es cierta, ni siquiera Parralo se la merece.

Política y moda

La candidata republicana, Sarah Palin, usa gafas japonesas. Gafas sin montura, fabricadas con titanio en un pueblo japonés de nombre ¡Obama!, no se lo pierdan, obra de un diseñador de moda llamado Kazuo Kawasaki. La exitosa imagen de Palin ha hecho puesto de moda sus gafas no sólo en Norteamérica, que sería lo normal, sino en el mismísimo Japón, donde el afortunado fabricante, aunque se niega a concretar sus pedidos, confiesa que ha visto multiplicada la demanda al menos por diez. Gafas famosas de políticos ha habido no pocas, desde las mínimas que popularizó Gandhi hasta las famosas “gafas Truman” que el presidente americano impuso en medio mundo tras su hazaña de Hiroshima, pero la verdad es que ese ‘complemento’ se ha vuelto un objeto de primera necesidad en la vida pública como lo prueba que la propia Palin tenga cinco pares reconocidos en su guardarropa. Lo curioso es que ese modelo liviano ya lo lució Colin Powell sin que trascendiera poco ni mucho, lo que indica que la actual boga es eminentemente femenina, como fue masculina la que reprodujo por millares las famosas azules de John Lennon que, precisamente, ahora acaba de donar Yoko Ono para formar parte de cierto homenaje al Holocausto, y esa circunstancia sugiere curiosos presagios electorales. Las gafas caracterizan ya incluso a la santidad, como demuestra la estudiada coquetería del Dalai Lama o las frecuentes imágenes de santos recientes que, en muchas iglesias italianas, han incorporado ese complemento a la iconografía contemporánea. Los críticos coinciden en la bisoñez de Palin, en su pleno desconocimiento de la política exterior (no ha tenido pasaporte hasta antier), en que su baza reside en la apariencia y en que su fotogenia es infinitamente más decisiva que su cacumen, y en ese contexto se comprende que unas gafas bien elegidas constituyan un factor electoral decisivo. Una no va a comprarse las gafas de otra para acabar votando al rival, digo yo.

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De la frivolidad de la estimativa pública es buena muestra esta moda galopante que dice bastante sobre la función de las gafas como sugestivo factor de conformación de la aparente personalidad, y más todavía sobre la banalidad de muchos de los criterios con que la opinión pública se orienta en las democracias, incluso en las más consolidadas. Hay que admitir que la indumentaria política fue siempre influyente y suele citarse el caso de la moda filipina –el célebre “negro español”—que conviene aclarar que no fue elegido por el rey Felipe como muestra de austeridad precisamente sino por la riqueza del paño negro, prohibitivo por aquel entonces, y que acabaría vistiendo, según dicen, al propio Descartes. Pero que en una coyuntura dramática como la presente, unas elecciones americanas se fijen más en las gafas que en el mensaje, dicen que no poco vulgar, de la adversaria de Obama, resulta más que preocupante, no sólo por sus eventuales consecuencias en las urnas (en Japón las imitadoras de Sarah no irán a votar) sino en la medida en que el hecho pone de relieve la frivolidad de las estimativas. Claro que la sociedad medial no da gran margen a la política profunda ni el contexto audiviosual prima precisamente a las ideas frente a las formas, sino todo lo contrario y, en consecuencia, son éstas las que tienden a llenar el espacio vacío en el que la mayoría ni repara siquiera. Hasta se habla en EEUU de la fuerte miopía de la Clinton y su numantina resistencia a las gafas como uno de las razones posibles de su fracaso frente al candidato demócrata, lo cual, definitivamente, resulta desolador para quienes saben hasta qué punto la suerte del planeta depende de un país poderoso pero que se rige por criterios tan banales. Bourdieu se habría rasgado las vestiduras, seguramente, ante esta exhibición de mimetismo fútil que llega ya hasta Japón.