La mano visible

Me imagino el engorro de los manchesterianos a la hora de explicar la historia de ‘Freddie’ y ‘Fannie’, la decisión del Estado yanqui de intervenir con su larga “mano visible” en la economía, pero no de cualquier manera, sino con un zurriagazo de 140.000 millones de dólares, para que se hagan una idea, algo así como 23 billones, con be, de las viejas y añoradas pesetas. Los dos colosos hipotecarios –una creación del “New Deal”, no vayan a creer— habían vendido a otros bancos sus hipotecas basura abultando una bolsa de títulos equivalente a cinco veces el PIB español, y esa fabulosa estafa blanca, esa virguería ingenieril, había puesto en el alero la economía del país más rico de la Tierra que amenazaba con estallar su burbuja y no dejar títere con cabeza. El sistema de capital tiene estas contradicciones, avaladas por los ideólogos liberales, en virtud de las cuales, mientras el viento viene de popa la propiedad es sagrada e intocable, pero cuando se planta de cara exige que le echen un cable –¡y qué cable!—por la razón elemental de que, como en el caso de Sansón, su caída supondría el hundimiento completo del templo. Hoy sólo los empecinados del integrismo colectivista se oponen a que el Estado ‘salve’ a la banca en caso de apuro, en la medida en que la suerte de ella concierne y determina la del resto de las economías, pero la realidad es que, en cada caso de auxilio, son los contribuyentes quienes pagan los platos rotos. En esta ocasión se trata de clarificar la situación de los mercados mundiales mediante el respaldo estatal del pufo privado, es decir, de proteger la banca como requisito imprescindible de la estabilidad global, grave objeción al presupuesto canónico de que el Mercado, con mayúscula, funcionando en libertad, ajusta los intereses de modo automático. Desde Smith a Hayes, con ser admirables sus aportaciones, los predicadores neo o priscoliberales lo tendrían difícil a la hora de explicar por qué los ciudadanos han de pagarle con sus impuestos 140.000 millones de dólares a quienes hasta ayer fueron amos exclusivos de la gran burbuja.

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Cuando uno gana un duro otro lo pierde, eso sí que no cabe ser discutido. Los cruzados de la liberalización tendrían que explicar cómo encajan en su teoría intervenciones de este calibre, y qué razón moral puede explicar que sea el conjunto de los ciudadanos el que acabe sufragando el enorme gasto que exige la regeneración de un sistema podrido. Aunque parece más urgente que se apliquen a sacar consecuencias del presente cataclismo, en USA y fuera de USA, comenzando por reconocer la evidencia de que la economía de mercado, abandonada a su puro arbitrio y sin freno alguno, tiende seguramente a excesos que, tarde o temprano, acaban pagándose. Aquí se negocia hasta con basura financiera, es probable que desde la seguridad de que, llegado el apuro, vendrá el denostado Fisco con su “mano visible” a remendar el roto aunque sea con paño ajeno. El gran hallazgo del egoísmo humano es ese postulado de que el beneficio es exclusivo de quien lo produce mientras que las pérdidas siempre pueden ser socializadas sin que el contribuyente, ni por sí ni por medio del Estado, tenga la posibilidad de intervenir siquiera en casos tan flagrantes como el de la burbuja inmobiliaria. Toda la “New Age”, la extravagante sugerencia de que el crecimiento tendía ya definitivamente a infinito y de que, al fin, el capitalismo había superado sus últimas contradicciones, se ha venido abajo por arriba, pero la factura, como era de esperar, se la han pasado a los de abajo. Lo de ‘Freddie’ y Fannie’ ha sido el mayor fiasco de la tesis liberal en la medida en que ha supuesto también la mayor intervención estatal de la historia en una economía apurada. Todos queremos una sociedad sin armas, pero todos agradecemos el gendarme cuando nos asaltan la casa.

Ahora, los bautizos

Desde Sevilla a EL Borge avanza diligente la secularización burocrática promovida por una izquierda narcisista que, al parecer, no tiene nada mejor que hacer en esta terrible coyuntura de la crisis económica, que andar casando heteros o gays en los Ayuntamientos, y desde ahora también bautizando a los neófitos con agua sin bendecir. Cuesta creer que cierta izquierda, incluso en el ala extremista o testimonial, ande empantanada en esta obsesión laicista, como si en ello le fuera la vida a los millones de parados aumentan cada hora, mientras calla o se arruga bajo la férula socialdemócrata o las tentaciones de la “casa común”. Aparte de que, en todo caso, las iglesias se extirpan pero no se reproducen como pretende estos ministraros sin tonsura. No son más tontos porque no se lo proponen, pero todo indica que podrían serlo sin gran dificultad.

Guantes de seda

Es asombroso el silencio ante la grave sentencia que ve prevaricación en las acciones de la Junta de Andalucía en el famoso caso del hotel de El Algarrobico. Asombroso. Para empezar, el silencio del propio PSOE que, aparte de unas intrascendentes nimiedades de Chaves sobre la cuestión, no se ha planteado siquiera reaccionar ante semejante varapalo a uno de sus alcaldes y a su mandamás. Tanto o más, el silencio de la oposición que tiene en bandejas un argumento de oro para poner en su sitio las responsabilidades en el caos urbanístico de la Costa, aparte de lo que supone el durísimo alegato que en la sentencia lanza el juez contra la actuación de la Junta. ¿No es rara tanta cautela, tanto tentarse la ropa, en un personal que no necesita mucho, cuando tiene ganas, para despellejar al rival? El PSOE junta a su hegemonía el temor reverencial de sus adversarios. Se ve mejor que nunca cada vez que lo tienen a tiro y lo dejan irse de rositas.

El ideal primitivo

Tiene un no sé qué de atractivo, no me pregunten la causa, casi todo lo primitivo. Sobre todo, paradójicamente, para los revolucionarios, auténticos o de pacotilla. Los grandes utopistas, desde Moro a Fourier, imaginan el plano alzado de un nuevo mundo derivado de la imaginación platónica incluso en sus intentos tardíos y, como a veces se ha insinuado, de las primitivas comunidades cristianas. El mundo aparte que los buenos burgueses como Abreu o Sagrario de Veloy trataron de hacer en Tempul no era más que un sueño colectivista calcado de los modelos viejos, incluida Esparta, que no prosperará precisamente por anacrónico, como no prosperarían, andando el tiempo, las colectivizaciones ensayadas por los anarquistas en Aragón o los absurdos ensayos monetaristas del Frente Popular. El último de estos visionarios extraviados, el Chávez venezolano, ha legalizado este verano una rara economía mixta basada en el trueque primitivo, las monedas comunales de las regiones y la moneda nacional, el bolívar fuerte, que desde ahora navegarán como puedan en ese mar de aguas revueltas. Es verdad que esa ley populista tiene sus límites, pues más allá del intercambio equitativo de bienes y servicios o del cambalache de las monedas locales, el Estado sigue manteniendo una suerte de último control sobre el valor de éstas que, además, sólo podrán circular en su ámbito lugareño. El momo cimarrón o el relámpago de Catatumbo, el guaiqueri, la lionza, el paria o el tamunangue, convivirán con el zambo y el tipocoro, en plan figurantes de una enredadísima comedia indigenista en la que el tirano se apoya como en un sustrato firme. Veremos hasta cuando y con qué consecuencias.

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Es imposible no ver la falacia de esta representación, por supuesto, en un país que, entre otras cosas, atraviesa una dura crisis a pesar de la escalada del crudo en que basa su economía, una crisis que, por ejemplo, lleva registrada en lo que va de año una subida de precios de más del 17 por ciento y que debe recurrir a la asistencia social para mantener un nivel siquiera mínimo de vida. Pero la vuelta a la fantasmagoría del Antiguo Régimen, el regreso a los orígenes más remotos, el recurso a la imaginación simbólica, siguen proporcionando a esos extravagantes ensayistas un nimbo poético mucho más atractivo (y menos controlable, que es quizá de lo que se trata) a la hora de seducir a las masas. En Sucre o en Falcón, en Yaracuy o en Barinas, el indigenismo se empina sobre la solidaridad primordial del trueque o se reconoce en el espejo mal azogado de estos símbolos arcaicos, con seguridad inviables, abonados por una demagogia párvula pero de enorme eficacia. No está en sus cabales un régimen que retorna a la economía del intercambio o que permite el uso de monedas particulares en su territorio, por supuesto, pero para Chávez se trata de dar al mundo indígena la ilusoria esperanza de un retorno a los orígenes entrevistos –como es norma en los utopismos primitivos– como el anhelado paraíso perdido. Ajenos a la aventura bolsística de sus barriles petroleros, “los de abajo”, como los llamaba Azuela, entretienen su hambre cuando no su miseria regateando con el vecino en el mercadillo o intercambiado con él trozos de papel mojado, mientras la nueva burguesía bolivariana se disputa a cara de perro la auténtica fortuna popular. El primitivismo seduce, no cabe duda, y pocos rasgos más atrayentes que esa ficción del comercio libre y la moneda múltiple en la que se permite grabar el perfil ingenuo del primitivo, héroe imaginario de una guerra inexistente. Dicen desde el Gobierno golpista que se trata de “impulsar las raíces y saberes del pueblo” y no mienten más que en la intención. En la realidad, lo que pretenden es que el indígena no acabe de hacerse nunca una idea cabal de lo que vale ya un barril de crudo.

Chaves acepta la crisis

Poco se ha conseguido de las entrevistas del presidente de la Junta con los líderes de la oposición. Nada que hacer en Canal Sur –tampoco en esta legislatura–, ni el menor compromiso sobre la financiación. Eso sí, Chaves ha aceptado que estamos en crisis, ¡oooh!, aunque haya necesitado para ello que le caiga encima un alud de más de 600.000 parados, pero no ha cedido más que en el truco de siempre: crear un “comité de sabios” que digan lo que hay que hacer. Se atribuye a Churchill eso de que “un camello es un caballo diseñado por un comité de expertos”, de modo que ya saben. Por lo demás, recuerden el roneo de los “sabios de Doñana” que se gastaron la intemerata y acabaron recomendando, como fórmula de progreso de la comarca, el cisco picón y la miel del Parque. Ante la crisis no tenemos siquiera gobiernillo frente a una oposición que no puede ser más cómoda.

Aquel incendio

Cuatro años cabales ha tardado en llegar a la Audiencia el sumario instruido con motivo del terrible incendio de costó dos vidas y devastó nuestros campos y los sevillanos mientras Chaves veraneaba. Durante este tiempo, casi nada da nada, aparte de las protesta de la plataforma “Nunca Más”, tan meritoria como ingenua. ¿Y que se podrá hacer al cabo de cuatro años? Pues quizá imputar a aquel raro sujeto y presunto pirómano y poco más. Nadie se ha ocupado de las pérdidas, poco se ha hecho por la restauración del quemado o por la prevención sistemática de posibles nuevos casos. Pero ¿quién se acuerda ya de aquello? El Poder tiene en la Justicia su mejor cortafuergos incluso, como se ve, en caso de incendio. En Guadalajara, al menos, hubo cabezas políticas que rodaron y que acabaron en el banquillo. Aquí, apenas un crespón olvidado y un vago recuerdo de la catástrofe.