La nueva capital

A Huelva no va a conocerla ni la madre inmemorial que la parió cuando tomen forma la reforma urbanística capital del Ensanche Sur y el nuevo diseño de la Isla Chica, dos proyectos capitales que van a acometerse,  además, en plena crisis económica (ésa que no existía, ya saben), con el consiguiente alivio para la economía capitalina y provincial. ¿No ha sido un doble error irreparable la oposición, incluso vergonzante, que ha tratado de frustrar ambos proyectos a base de denuncias, impugnaciones, querellas y todo el repertorio de la política sucia que ha envilecido nuestra vida pública durante estos últimos años? Una buena penitencia sería, para esos opositores malévolos, reconocer la realidad de esta nueva Huelva que ha avanzado más en tres quinquenios que en un siglo.

Ventana indiscreta

Cada minuto crece el temor de que la instalación de ventanas en Internet, en las que puede colgarse sin mayores problemas, la información disponible, va a marcar un antes y un después en la historia no escrita de la privacidad (la de la vida íntima es otra cosa, claro). Estos mismos días protestan los pilotos españoles porque desde el ministerio de Fomento que dirige la controvertida “lady Aviaco” se haya filtrado el informe provisional y secreto elaborado por los técnicos cobra la catástrofe de Barajas, incidente similar al ocurrido, en relación con la llamada “guerra de las Cajas”, en la consejería andaluza de Economía cuando la regentaba esa dama. Se ha convertido ya, en efecto, en un hecho corriente la filtración de documentos judiciales a los periódicos, algo en tiempos concentrado en el juzgado de Garzón pero posteriormente extendido a otras muchas oficinas judiciales, y más corrientes aún resulta el hallazgo de documentación sanitaria ‘sensible’ en contenedores de basura y al alcance de cualquiera, sin que los varios organismos encargados de al vigilancia y tutela de la privacidad hayan dado, por el momento, con ninguna fórmula capaz de impedirlo. El último incidente sobre el particular ha ocurrido en Noruega, país civilizado donde los haya, en el que, sin embargo, datos confidenciales de cuatro millones de noruegos han sido divulgados en cd.rom procedentes de organismos fiscales, al parecer, por error, aunque es cierto que ya en otra ocasión el organismo encargado de su protección descubrió que datos personales de sesenta mil noruegos, incluidos el del director del organismo, habían sido expuestos en la Red. Francamente, no creo que la privacidad –y ni siquiera la intimidad—vuelvan a estar a salvo con garantías a partir de ahora. Internet es una ventana tan benéfica como indiscreta y con eso hay que contar en adelante salvo que se prefiera meter la cabeza bajo el ala.

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No acabamos de ponernos de acuerdo, como otras tantas veces, sobre el progreso que supone la posibilidad de transparencia supina que proporciona la comunicación en red, pues si por una parte parece lógico pensar que la simple amenaza de publicidad evitaría más de un mal mayor, no es menos cierto que esa misma posibilidad, en manos de la incierta responsabilidad de cualquiera, constituye un riesgo grave para quienes den a ese ámbito reservado de la vida personal el valor que tradicionalmente se le ha otorgado en todas las civilizaciones. Nunca, además, fue tan colosal la masa de datos privados que se amontona en los ficheros de las Administraciones o entidades privadas, lo cual complica de manera decisiva la cuestión porque no es lo mismo un dato irrelevante que una información de índole fiscal o, pongamos por caso, sexual, que el ciudadano ha sido obligado a revelar en la confianza de que habría de ser respetado su fuero. En Noruega el escándalo esta siendo fenomenal, como no podría ser menos seguramente teniendo en cuenta la gravedad que supone la exhibición pública de datos sumamente reservados, pero aquí en España no vamos muy a la zaga, siquiera sea a título un poco paleto, cada vez que nuestras historias clínicas –celosamente guardadas por mucha gente en el mayor secreto—aparecen tiradas en la calle por pura falta de diligencia o cuando nos enteramos de que la propia Administración, esto es, el mismísimo Gobierno, se dedica a filtrar lo que le interesa con absoluto desprecio de los derechos e intereses de los dueños realengos de la información. Hay un antes y un después de ventanas como ‘You Tube’, ya digo, y no se ve por parte alguna la posibilidad de controlar esa exposición impúdica de nuestras vísceras más recónditas a la alcahuetería general, lo que no quiere decir que ignoremos el eventual valor de esos recursos de la Red razonablemente empleados. Nos hemos quedado sin patrimonio íntimo apenas sin advertirlo.

Cal y arena

El Servicio Andaluz de Salud (SAS) ha logrado la fórmula mágica para compatibilizar el fracaso con la excelencia, como lo demuestran los avances espectaculares en algunas especialidades (piénsese por ejemplo en cirugía de trasplante o prenatal) en contraste con el lastimoso estado de la atención en urgencias o la parsimonia de las listas de espera. La última adquisición ha sido un ‘software’ en el servicio de Oftalmología del Hospital “Virgen del Rocío”que dirige el Dr. Ruiz Lapuente, destinado a tratar enfermos con pérdida de agudeza visual, aplicable al tratamiento de intervenidos en cataratas o persistencia hiperplásica del vitreo, un adelanto hasta ahora empleado solamente en Inglaterra y Suiza. Lo dicho, entre el fracaso y la excelencia, no porque lo digan las complacientes encuestas que exhibe la consejera sino por la capacidad y empeño de sus sanitarios en la mayoría de casos. “Dios que buen vasallo si hubiera buen señor/a”. El refrán viene al pelo.

¿Qué pasa en Ayamonte?

La Junta debe aclarar la situación de irregularidad urbanística grave que el Partido Popular viene denunciando con pelos y señales, sin que la excusa burocrática pueda servir de dilatorio ni la coyuntura de la crisis sirva para justificar circunstancias ilegales en atención a un supuesto interés colectivo. El desarrollo urbanístico de la costa ayamontina viene siendo conflictivo hace años (la playa de San Bruno se construyó allí donde las mareas llegaban con facilidad, por ejemplo) pero en esta ocasión las obras denunciadas son concretas y no resultan concebibles sin la anuencia de los servicios de la Junta. No aclarar con diligencia este enredo no haría más que potenciar la sospecha pública de que en ese Ayuntamiento hay gato encerrado. El partido, el alcalde y su predecesor verán si les interesa o no.

El otro racismo

En la prensa internacional viene repitiéndose desde hace algún tiempo la noticia de que un creciente movimiento está forrando a la industria y el comercio de cosméticos en la rama de blanqueadores de la piel en respuesta al deseo también progresivo de muchas personas “de color”, como dicen los americanos, de blanquear su pellejo. Es arquetípico el caso de Michael Jackson, desde luego, pero justo es reconocer que la tentación de cambiar de piel es tan antigua como el propio racismo y tan intemporal como la coquetería. Conocida es la obsesión blanqueadora de la mujer china y japonesa de todos los tiempos, para la que la piel blanca es paradigma de belleza suprema e impoluta, algo que merecería un largo comentario simbólico. Pero ya en nuestro propio mundo y tradición, ahí está la mujer romana que, según Ovidio, coleccionaba ungüentos en cuya composición entraba, según Jérôme Carcopino, el de blanco de creta, la saponaria o la sal de tártaro, mientras que aquel menciona las heces, la lanolina o el meollo de cierva. La tez blanca fue siempre –parece que desde el antiguo Egipto—un indicador de posición, una señal de clase, razón por la que la Edad Media conoció toda una industria cosmética del blanqueador femenino que no desdeñaba ni las sangrías con objeto de aclarar el color de la piel, y que algo más tarde, ya en pleno Renacimiento italiano, incorpora el uso del plomo y el arsénico que, lamentablemente, perdurará hasta nuestro días, por ejemplo, en los EEUU, donde la moda blanca aprieta lo suyo, aunque no tanto como en India y aún en África, donde parece que está haciendo estragos. Jackson no es el único acomplejado sino el penúltimo ejemplar de una especie que asoció siempre la palidez a la condición superior.

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Pero es obvio que el racismo es menos un problema psíquico como una cuestión de clase. Un campeón yanqui de los pesas pesados como Larry Holmes contestó un día a un reportero que le hizo notar su condición de negro: “Eh, joven, alto el carro que yo no soy negro; yo sólo fui negro mientras fui pobre”. Cuando los EEUU enviaron a Madrid un embajador negro a nadie se le ocurrió discriminarlo de los fastos sociales sino al contrario, como era natural, hasta el punto de que llegaría a convertirse en un personaje descollante de la ‘pomada’ madrileña. Y yo no sé si un eventual triunfo de Obama conseguiría modificar este añejo paradigma de la estética y la autoestima, pero sostengo que los racismos vulgares tanto como los amparados en la teoría, esconden una simple cuestión de clase, la racionalización de un veto que, como consecuencia, tiende a ser neutralizado artificialmente por los concernidos, Hace poco una bella modelo oscura era blanqueada todo lo posible por el ‘photoshop’ por la sencilla razón de que el ideal blanco (y rubio: el eterno mito ario) representa una mejor inserción social y un  estatus más elevado en todos los sentidos. Parece que hasta pobres emigrantes de razas morenas se andan empeñando en clínicas desaprensivas para lograr blanquear su piel a tono con el paradigma dominante, como requisito para igualar sus posibilidades en un mercado que no deja de tener muy en cuenta la apariencia física de los demandantes de empleo, algo que ha movilizado, con toda la razón del mundo, a los movimientos de resistencia antirraciales norteamericanos. En América precisamente llaman “el otro racismo” al provocado por la movida indigenista en los países del sur, en especial tras el triunfo de Evo Morales, pero a uno le parece que esa denominación deberíamos reservarla para este fenómeno derivado de la disconformidad con el color de la piel propia y el deseo de aparentar la ajena. Michael Jackson creerá probablemente que sus cuitas responden a un complejo estético. No sabe, la criatura, que, en realidad, ese complejo es más bien social.

El paripé de la deuda

Habrá reunión el Ministerio con objeto de cifrar la cantidad definitiva de la llamada “deuda histórica”, operación para la que el nuevo Estatuto pone un plazo que expira dos días después. Sin diálogo ni negociaciones con los demás partidos,  por descontado, pero con más que probable acuerdo previo, bajo la mesa, entre la junta y el “Gobierno amigo” que resulta imposible que no conozca hace tiempo las pretensiones de la autonomía teniendo en cuenta que el sistema de financiación está en el aire y los Presupuestos Generales a la vuelta de la esquina. La crónica de esa deuda es un centón de infidelidades, de camelos, de improvisaciones y de oportunismos que casi está uno tentado de que acabe ya, como sea, y se dediquen a trabajar sin disponer de este sonajero. De momento, la oposición dista mucho de la cifra estimada por la Junta, pero hay que reconocer que ni una ni otros manejan cuentas claras y convincentes y que, después de todo, del anterior pago a tocateja no hemos vuelto a tener noticias.