El enroque italiano

No cabe duda de que las nuevas circunstancias en que viven los países occidentales están propagando un difuso cuando no expreso sentimiento de miedo. Hay demasiados indicios de repliegue, de enroque en la legislación más exigente, de reacción –y tomen el término como gusten—ante el avance de unos cambios que, en cierto modo, apuntan, al menos en el imaginario colectivo, a la anomia y al peligro consiguiente para la vida tradicional. Es verdad que, en el caso de Italia, ese sentimiento de inseguridad afecta incluso a realidades tan antiguas como la prostitución pública, que ahora acaba de ser  prohibida enérgicamente en una ley que impone penas de cárcel a las que la ejercen y severas sanciones a los usuarios, pero más en general, es de temer que la prevención general apunte sin más a la amenaza de cambios que supone la presencia de unas poblaciones forasteras. Bien elocuente fue la medida de fichar policialmente a los gitanos extranjeros (rumanos, en especial) sin distinción de edad ni sexo, una medida que provocó, por cierto, el éxodo masivo hacia nuestro país de muchos de los afectados. Y ahora, de la mano de la xenófoba Liga del Norte, pero desde luego con el apoyo tácito de una notable mayoría, una nueva disposición dirigida a controlar la presencia islámica, va a disponer la prohibición de mezquitas en el radio de un kilómetro alrededor de las iglesias, los requisitos de aprobación por referéndum local, permiso de la administración regional, exigencia de que los imanes hablen italiano y estén registrados en un censo oficial, prohibición de establecer escuelas coránicas y minaretes y, en fin, descarte radical de la poligamia. El multiculturalismo, como se ve, no vive sus mejores momentos ni las sensatas propuestas de integración parece que estén siendo aceptadas ni por los extranjeros afectados ni por una mayoría social que, más allá del voluntarismo, desconfía seriamente de ellos. Mucho me temo que la xenofobia no sea ya sólo cuestión de xenófobos declarados.

                                                                   xxxxx

Lo que pone de relieve al enroque italiano es, a mi juicio, el profundo sentimiento de inseguridad actual que la presencia de poblaciones foráneas y de culturas radicalmente diferentes ha acabado de disparar en nuestros países desarrollados. En el muro del gueto municipal de Padua podía leerse una pintada exigiendo ingenuamente esa “alianza de civilizaciones” que ha vendido barato el oportunismo político pero que queda seguramente tan a trasmano como cualquier otra utopía, como hemos podido comprobar con tristeza en el reciente conflicto multirracial ocurrido en Roquetas de Mar en el consabido marco de pobreza y necesidades elementales no atendidas. Crece la sensación de inseguridad y con ella la ideología ‘defensiva’, propiamente ‘reaccionaria’, que sustenta como única solución el cierre a cal y canto frente a terceros de la convivencia tradicional. El problema está en que esa presencia no deseada es ahora un fenómeno estructural, algo que no va a dejar de aumentar en el futuro y con lo que habrá que contar, disponiendo, a ser posible, alguna fórmula de acogida que ni imponga la diferencia ni fuerce la absorción sino que, como ocurriera en la Europa post-romana o en los propios EEUU, prepare una fórmula de progresiva aceptación de la cultura huésped sin menoscabo de la peculiaridad de las otras. Cierto que el xenófobo no es éste ni aquel de manera aislada sino el mundo en su conjunto –en el mundo islámico no se permiten iglesias o se castiga con la muerte la apostasía—pero no menos verdadero es que hay en sobrados ejemplos de convivencia razonable. El enroque es hoy una jugada imposible, al menos a medio plazo. La asustada Italia que anda cerrándose en banda ante la nueva demografía va a comprobar más pronto que tarde la inutilidad de todo intento de ponerle puertas al campo.

La Junta de autoabsuelve

Carpetazo, como estaba cantado, a la investigación interna en la Junta para determinar posibles responsabilidades con motivo del caos burocrático que propició, no cabe duda, la tragedia de la niña Mari Luz. Nada tiene que ver la Junta –lo dice ella—ni por su falta de previsión, ni por la insuficiencia clamorosa de medios en la Administración de Justicia, ni por los fallos detectados, a pesar de que el saliente CGPJ habló de “fallos clamorosos”, “pasividad” y  “caótica falta de funcionarios” achacable a la Junta, en concreto a dos de sus consejerías. Pero igual que la propia Junta, los partidos, empezando por sus cabezas, comparten la responsabilidad en este ocultamiento de las causas profundas y determinantes al cargar contra el juez como cortina de humo. La Junta no tiene culpa de nada a pesar de ser la responsable de un servicio administrativo en el que los jueces, ojo, no tienen autoridad.

En plena crisis

Los proyectos en infraestructuras pendientes en la provincia onubense, es decir, todos, serán acometidos, llueve o ventee, en la próxima legislatura a pesar de la crisis. Ya veremos, porque si no los hicieron cuando el viento soplaba de popa, a ver cómo van a hacerlo ahora que cada día nos trae una mala noticia económica y cuando hemos entrado oficialmente, no ya en crisis, sino en recesión. En fin, el tiempo dirá, aunque el PSOE sevillano o el de aquí son expertos en dilaciones y excusas, enredos burocráticos y aplazamientos ‘sine die’, y no tendría nada de particular, en consecuencia, que antes o después se dejen dormir de nuevo esos proyectos retrasados que se anuncian en campaña o en visitas pero que luego se olvidan.

Siete años después

Al cumplirse los siete años de la atrocidad de las Torres Gemelas sorprende encontrar en la prensa internacional una insistente desconfianza que conduce, aún a estas alturas, a cuestionar la autoría atribuida oficialmente a Al Qaeda. Un humorista francés bien notorio acaba de ser obligado prácticamente por la opinión a retractarse de su broma sobre la inocencia de Bin Laden y los suyos, pero mucho más curiosa es la panorámica de la opinión internacional ofrecida por un estudio de la universidad de Maryland –que acaba de ser publicado y reproducido por la prensa francesa–, y en el cual se descubre que, sólo en nueve de los diecisiete países encuestados, la gente de la calle cree en la versión oficial del atentado. Hay diferencias tan significativas como obvias, tales como la atribución del atentado a Israel –una hipótesis que tampoco cumple ya los siete añitos–, mayoritaria en los países de Oriente Medio, o la insidiosa y audaz tesis que implica al propio poder estadounidense en la masacre, que habría sido calculada en función de inconfesables intereses políticos inmediatos. Que Al Qaeda fuera la autora sólo lo cree, al parecer, menos de la mitad de los ciudadanos, aunque en los países europeos esa tasa se eleva considerablemente hasta alcanzar el 64 por ciento en Alemania. No cabe dudar de que la estrategia de los EEUU ha fracasado en toda la línea, especialmente tras la desdichada guerra de Irak, un conflicto sangrante y sin salida aparente que ha devuelto a aquella gran potencia a las ínfimas cotas de prestigio en que la sumió la contienda vietnamita. Siete años después del mayor atentado de la historia, un nuevo antiamericanismo ha dado al traste con la tendencia a reconsiderar viejas críticas observables a partir de la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. La “cruzada” contra el terror no sólo ha fracasado en términos bélicos sino que ha acabado cuestionando más que nunca el liderato americano. Después de todo, la gente no es tonta.

                                                                    xxxxx

Los grandes magnicidios no suelen aclararse nunca, sino derivar en versiones cada vez más peregrinas hasta perder relevancia histórica. Así ha ocurrido siempre y así está ocurriendo, como puede verse, con la tragedia del 11-S, pero con el agravante de que hemos creado entre todos un fantasma –real o imaginario, ése es otro problema- cuya amenaza tiene embargado a medio mundo a pesar de la indulgencia con que la opinión parece ser que lo trata ya. El balance que puede hacerse a estas alturas ha de resaltar el creciente clima de inseguridad mundial y la consecuencia lamentable que supone la pérdida de credibilidad de liderato de eso que llamamos Occidente, pérdida agravada por la fractura relativa de la opinión que ha alejado a Europa de esos EEUU como consecuencia de otro fracaso, el de la OTAN, justo cuando se teme un rebrote de la superada estrategia bipolar que evidencia el ascenso y la actitud cada día más desafiante de la nueva Rusia. Nada sabemos a ciencia cierta siete años después, al menos más allá de las diferentes hipótesis, incluida la de que Al Qaeda se atribuyó el atentado por razones propagandísticas que, en cualquier caso, la han convertido en el ectoplasma más temido e inasible. No era la guerra, ni el terror, menos aún la tortura, el camino para superar la insoportable crisis que ilustran las ruinas de la Zona Cero aunque, ciertamente, resulte más sencillo decir qué es lo que no era pertinente que aportar una alternativa juiciosa. Quizá eso sea lo que explique que en Francia o Italia, en Alemania o Inglaterra, se ponga en duda la intervención del terrorismo islamista y, sobre todo, que haya tanta gente –casi uno de cada cinco alemanes—que apuntan a los propios servicios americanos o a Israel como autores de la catástrofe. La revancha no era, a la vista está, el mejor camino. Lo malo es que nos hemos percatado cuando quizá ya no tiene solución.

El juez culpable

Dice el ministro de Justicia, refiriéndose a la ridícula sanción impuesta por el CGPJ al juez Tirado, que le parece  “difícil contentarse con tan poca cosa”. Dice el padre de la niña asesinada que la decisión “avergüenza a todos los jueces”, sostienen los jueces que no era cosa de buscar en ese juez “una cabeza de turco” y argumentan los funcionarios (que conocen bien el tejemaneje) que sale “más barato cargarse a un juez que arreglar la Justicia”. Por su parte, la Junta, por boca de la consejera de Justicia, deja caer que “se ha perdido una gran ocasión de trasladar a toda la ciudadanía que la Justicia llega a todos los rincones ya todo el mundo”, algo en lo que estamos de acuerdo pleno porque es esa Junta la que debería cargar con este mochuelo por su terca cicatería y su política tan poco atenta a las necesidades de esa Administración en crisis. Sí, es barato y fácil cargarse a un juez (que de todas maneras, es culpable) y demasiado caro, por lo visto, pasarle factura a la Junta por su intolerable indiferencia ante el caos judicial.

El alcalde se queja

Da pena escuchar al Alcalde quejarse –uno cree que con toda la razón del mundo—de la persecución realmente maniática a que lo someta el PSOE municipal, su fracasada alternativa desde hace cuatro legislaturas, y augurar que no ve posible que la tensión en el debate y en la convivencia municipal amaine y se suavice en vista de la “neurosis obsesiva” contra él que padece esa alternativa en la oposición, y no hay más que pensar en el número de demandas y querellas contra él que ésta lleva perdidas para comprender que no le falta la razón a Pedro Rodríguez. Es una pena que el objetivo no sea mejorar Huelva sino cargarse al Alcalde, como lo sería cualquier actitud hostil del regidor hacia sus adversarios. Nuestra clase política –me atrevo a decir que en Huelva más que en parte alguna—parece incapaz de compartir responsabilidades a favor del bien común.