Chaves vs. El Mundo

Es triste pero, sobre todo, es inusitado, ver a todo un presidente de la autonomía aferrado al intento de silenciar a un periódico independiente, más triste aún ver cómo insiste en su versión tergiversada de la letra y del espíritu de una sentencia que lo ha dejado por los suelos y que, encima, han podido y pueden leer miles de ciudadanos. Es posible que, además de la soberbia, el emperre de Chaves –al margen de la mala situación objetiva de Andalucía–responda a la estrategia de cerrar el otro frente abierto en torno a las situación de sus hermanos en el escándalo con quiebra incluida de Climo Cubierta, pero ninguna de esas motivaciones justifican una actitud inédita entre los mandatarios políticos que, por otra parte, es prácticamente imposible que, en el caso más favorable para él, pudiera despejarse antes de que ande ya olvidado en la reserva. Guerra o González fueron listos no removiendo lo que olía mal. Chaves, evidentemente, está muy lejos y por debajo de aquellos linces. 

Crónica negra

Se explica la angustia familiar y también las ocurrencias de la imaginación, pero si algo no hacía falta en estos duros momentos en la capital es la conexión, siquiera insinuada, entre el caso de la niña desaparecida en el Torrejón y el universalmente famoso de la niña inglesa. No se le puede pedir a la investigación lo que en sus manos no esté, pero sí que es necesario insistir en que una pronta resolución del caso evitaría a Huelva la dudosa oportunidad de saltar a la fama desde las páginas de sucesos. Empezando por la discreción mediática, es preciso extremar el esfuerzo porque el negro asunto no salga del ámbito policial y desde luego impedir que la insensatez o quién sabe si el oportunismo anden por medio.

El aula virtual

En Gran Bretaña acaban de descubrir que la Irish International University, un presunto centro docente que, a través de Internet y durante siete años, había conseguido engatusar por lo menos a cinco mil estudiantes de todo el mundo, no era más que una universidad imaginaria. Un cuento. La verdad es que no es fácil imaginar cómo hay tanta gente dispuesta a comprar duros a dos pesetas ni se comprende con facilidad que jóvenes de nivel universitario se traguen así como así esa inconcebible oferta de titulaciones sin esfuerzo y a buen precio que se ofrecen en el mercado internáutico, en especial siendo ya de sobra conocido el riesgo creciente que supone tratar con un ‘medio’ que, sólo en el año 2007, ha permitido duplicar el número de estafas a los incautos. La Irish University roneaba de mantener falsas vinculaciones con Oxford y Cambridge, precioso reclamo, sin duda, que lograba apreciar en gran mediad alquilando locales en aquellas instituciones para celebrar sus reuniones de apariencia institucional. El asunto –que salta a la actualidad tras años de escándalo en torno al mercado de títulos falsos hispanoamericano– no se agota, sin embargo, en el descubrimiento del fiasco de los cándidos, sino que ha llevado a la autoridad de aquel país a reconocer que en la actualidad funcionan a pleno rendimiento alrededor de un millar de centros británicos que ni de lejos reúnen las condiciones mínimas, y que cosechan sus pardillos a través de atractivos reclamos que en la Red prometen títulos sin esfuerzo y a cambio de un dinero razonable. No se olvide que del millón y medio de estudiantes universitarios españoles, uno de cada ocho, probablemente, cursa estudios a través del ‘ordenata’, lo que da una idea del alcance que tiene el problema de estas enseñanzas fraudulentas o inexistentes. Toda una industria falsaria se concentra en los EEUU, China, países de habla española y del Este europeo. La clientela está, obviamente, en el mundo más desarrollado que es donde, para redondear la paradoja, el engaño resulta más sangrante.
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El negocio de la titulación falsa es antiguo como la universidad misma, incluida España donde recuerdo haber leído (quizá en el Catálogo de Alegaciones Fiscales de la Inquisición, pero no me hagan mucho caso) el ocurrido en la propia Salamanca con ciertos impostores, aunque sepamos a ciencia cierta que siempre fue corriente entre nosotros el uso de títulos irreales. “El doctor tú te lo pones/ y de Montalbán no eres, con que quitándote el don/ te quedas sólo en Juan Pérez…”, ironizaba vitriólico Quevedo dirigiéndose al “doctor” don Juan Pérez de Montalbán, pero habría mil casos que citar a este propósito, a pesar de las penas severísimas que por aquel entonces planeaban sobre los quimeristas. Hoy el problema es otro, por descontado, pero la confusión provocada por la fantasía virtual ha resultado de lo más parecida a la que permitía el cambalache de las titulaciones en aquellos viejos centros amanuenses cuyo desorden, por lo demás, ha llegado a ser proverbial. Y no es otro ese problema que el vasto campo que Internet ofrece a la impunidad, junto a la irreflexiva convicción de mucha gente que tiende a conferir estatuto de realidad a las sombras virtuales, doble circunstancia frente a la que no es gran cosa lo que pueda hacer la vigilancia de los poderes públicos. Más interés tendría, a mi modo ver, considerar las causas y efectos de esa “titulitis” avasalladora que invade nuestra vida corriente, junto, tanto a la desmoralización de la ‘basca’ como al descrédito de nuestras universidades. No es extraño, en fin de cuentas, que quien conozca el detalle de nuestras titulaciones oficiales, tantas veces peregrinas por demás, termine por creer que todo el monte es orégano, ni lo es que al muchacho atento que ve lo que se trafica en este amañado zoco se le pase por la cabeza subirse al carro en plena cuesta abajo. Internet es hoy un inmenso patio, pero Monipodio sigue siendo quien lo gobierna.

Palo y tentetieso

La Junta uno quiere bromas con sus funcionarios. A uno que tuvo la ocurrencia de denunciar por prevaricación, hace algún tiempo, a varios altos varios de Agricultura, la consejería tiró por la calle de en medio y, paralizando indebidamente el procedimiento sancionador, se limitó a cesarlo, “prescindiendo total y absolutamente” del camino establecido sin siquiera darle audiencia. Total, un número, que el un Juzgado de Sevilla acaba de anular, aunque el perjuicio del trabajador público –con 42 años de servicios prestados– mal arreglo puede tener ya, sobre todo si, como protesta el Sindicato de Funcionarios, la Junta apela esta sentencia que, en todo caso, no podría evitar ya que el “castigado” hubiera cumplido por las bravas la mayor parte de la sanción impuesta. Esta debe de ser la “reforma de la Función Pública” prometida y la idealizada “carrera administrativa: palo y tentetieso. Menos mal que, al menos pro una vez, la Justicia se ha plantado ante el capricho y la arbitrariedad de los políticos. 

Cargados de razón

Muchas cosas le ha dicho CCOO a UGT, es decir, José Delgado a Luciano Gómez, con motivo de la proyectada manifestación en defensa del empleo industrial que así, como quien no quiere la cosa, le metería sin disimulo el sindicato a la precampaña electoral, pero ninguna tan rotunda y elemental como la razón de que “éste no es el momento para la manifestación planteada porque puede redundar en el enfrentamiento ciudadano” impidiendo el indispensable “consenso mayoritario” en toda la provincia. La verdad es que poco espacio le está dejando esta vez CCOO a su competidora, pues esa clamorosa evidencia descubre sin remedio el propósito partidista de Luciano Gómez. Y lleva razón en que un problema básico y clásico como ése no debe resolverse sin todas las garantías y menos convirtiéndolo en arma electoral de una formación política. Es difícil saber si  UGT está todavía a tiempo de evitar ese “enfrentamiento”, pero si no encuentra una salida no es dudoso que habrá de pagar un alto precio ante la opinión.

Altos Pirineos

El reciente acuerdo suscrito por los titulares de Educación francés y española para establecer, a partir del año 2011, un plan de estudios bilingüe que permitirá a los alumnos de ambos lados de los Pirineos –en adelante, los “bachibacs”– obtener un título único al final de la Enseñanza Media, podría ser un primer paso en la inaplazable reacción frente al monopolio del inglés que está abduciendo enteramente ala Unión Europea. El auge creciente del inglés ha forzado hace poco cierta protesta de los socios, mal dispuestos a admitir que las instrucciones de Bruselas exijan el uso exclusivo de este idioma en determinados ámbitos, pero cualquiera con sentido común no debe albergar ni la menor duda de que cualquier resistencia que imaginemos en este sentido no ha de pasar de testimonial. Para España, desde luego, no sería mala cosa la difusión del francés, no sólo por proximidad lingüística, sino de cara a la posibilidad futura de que el español, combatido sin contemplaciones dentro de nuestras fronteras, conservara en cambio la posibilidad de funcionar como nexo con el continente hispanoamericano, aquel sueño de García Morente que se quedó olvidado en el camino. Lo que no sé es si resultará fácil homologar por las buenas lo que se enseña a uno y a otro lado de los Pirineos, sin contar con la dificultad intrínseca que supondrá el aprendizaje del francés en España –e imaginen el del español en Francia– una vez que hemos ido desmantelando con más prisa que pausas nuestro propio profesorado. Incluso la vieja institución del liceo, que antaño garantizó una razonable francofilia a aquel país, no es ya lo que era ni mucho menos. Yo recuerdo bien cuando en España era posible en esos centros estudiar un doble bachiller o, en su defecto, alcanzar un aceptable dominio de la lengua y la civilización francesa (porque se decía así, ‘civilización’ y no ‘cultura’) mediante un eficaz sistema de “certificats” antecedentes de los actuales ‘Delf’ y ‘Dalf’ pero tal vez más rígidos. A mí mismo me alcanzó la oportunidad de ser evaluado por personajes de primer orden en el hispanismo –por entonces destinados en la embajada madrileña–como Georges Demerson, minucioso conocedor de nuestra cultura ‘ilustrada’, el auténtico descubridor del nuevo Olavide, Marcelin Défourneaux, o un Paul Guinard, que figura entre los eximios conocedores de nuestra pintura barroca, en especial de Zurbarán y de El Greco. Con aquel sistema y gente como la citada todavía resultaba imaginable una discreta homologación que permitiera la fantasía del viejo embajador francés que creyó ver hundirse los pirineos cuando Felipe de Anjou aceptó nuestra corona. Con lo que hoy tenemos a  la vista, no sé qué decirles.
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Puede que el bochornoso espectáculo ofrecido por ZP en su ingenuo estreno parisino haya pesado en el ánimo de nuestros responsables para propiciar este invento. Ahora bien, ¿cómo ignorar el desfase que existe entre nuestros planes de estudio y, sobre todo, entre las realidades escolares de un país, como España, puesto a caldo en el Informe PISA y otro, como Francia, en el que su flamante presidente abrió su mandato proponiendo a los maestros de su país nada menos que la ‘refundación’ de la escuela? Ignoro en qué podrá acabar este sugestivo proyecto pero parece obvio que, de seguir adelante con él, habrá que tocar a rebato en las propias covachuelas desde las que se ha permitido la decadencia de un idioma hoy, por lo demás, en franca inferioridad frente al codiciado inglés de nuestros ejecutivos. Cuesta imaginar a esos “bachibacs” bilingües y emparejados por no sabemos qué milagro pedagógico, pero ciertamente su mera propuesta constituye un estímulo para tantos como nunca nos hemos resignado a contemplar cómo la ‘koiné’ inglesa unificaba el rico mapa hablante de la vieja Europa. Barbey  proponía hablar varias lenguas aunque charláramos sólo en una.