El hermano lince

El actor Antonio Banderas suscribió ayer en Doñana el Pacto Andaluz por el Lince Ibérico, iniciativa que cuenta con numerosos apoyos. Gran proyecto, no cabe duda, intención preciosa como cualquier otra conservacionista y respetuosa con la Madre Naturaleza. Sólo un pero: los expertos calculan que cada ejemplar vivo en estos momentos nos ha costado 20 millones, 20, de pesetas y eso, en tiempos en que Cáritas se desvive para dar de comer y sacar de penas a miles de ciudadanos empobrecidos aún más por la crisis, merece siquiera una reflexión. Sería cosa de que, imitando a Medio Ambiente, Bienestar Social movilizara sus recursos a favor de esta otra especie sin protección que es el hombre de la mano tendida. Ya veríamos después cuántos famosos se apuntaban a esa iniciativa.

Negocios calientes

La ciudad de Sevilla ha sido elegida por el profeta Al Gore como sede de una sucursal o franquicia de su enorme negocio en torno al cambio climático. Lo pagará Urbanismo (¡) y, en un primer momento, el coste será de 120.000 euros, que habrá que añadir a la millonada que cobró el profeta por acceder a retratarse con Chaves no hace tanto tiempo. Hay dudas, y hasta protestas, sin embargo, en muy variados ámbitos porque, como es sabido, este negocio del cambio climático tiene sus apóstoles y sus detractores que alegan, cada uno por su lado, argumentos contradictorios dejando a la inmensa mayoría sin posibilidad razonable de formarse un criterio fundado. Parece, para empezar, que el hielo del Ártico –ése que dicen que está haciendo emigrar a los osos y a diezmando a las focas—ha crecido un porcentaje significativo en los últimos años, y desde la Antártica informan otros científicos que aquella enorme plataforma continental profundiza y aumenta su volumen a pesar de los espectaculares derrumbes que se ha hecho ya costumbre mostrar como prueba del deshielo de la zona. Siempre me acuerdo en este punto del caso de los mineros coloniales de Riotinto, cuyos minuciosos registros meteorológicos, mantenidos con esmero durante más de un siglo, muestran una uniformidad que desmiente las ideas de cambios significativos en la temperatura o caudal de las precipitaciones, pero ahora que los instrumentos son mucho más sofisticados y se juega mucho en el envite, la verdad es que tampoco acaban de quedar claras las razones de la inquietud sembrada por los apocalípticos. Ahora mismo, la presión económica de la crisis parece que provocará en abandono temporal de las restricciones acordadas en Kioto –las que Gore no firmó cuando era vicepresidente, por cierto–, dicen que para no dar ventaja desleal a los países mejor adaptados al protocolo frente a los que, como España, valga el caso, han logrado el año pasado un inquietante incremento de la tasa de polución. No es cosa cuerda negar que esta civilización está atentando contra el planeta pero ello no quita para que el alarmismo ecologista se haya convertido en un negocio pingüe.

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Por supuesto que ese alarmismo es en muchos casos sincero e incluso vivido con angustia por sus voceros, pero también parece claro como el agua que el asunto se ha convertido en un instrumento útil en las estrategias políticas que vienen usándolo como cortinas de humo para ocultar otros problemas probablemente más acuciantes. Esta misma crisis que nos devora lo ha hecho pasar a un segundo plano, al margen de maniobras como la sevillana y otras propagandas, pero en todo caso es obligado pensar que junto a la superchería o a la ignorancia figura una preocupación sincera que ve en el actual modelo de producción –feroz en muchos casos—un factor agresivo que las condiciones naturales no podrían resistir mucho tiempo. ¿Y qué? Siempre hubo logreros junto a los espíritus preocupados, nunca faltaron los trincones al lado de quienes se preocuparon de avisar con tiempo a las criaturas de los riesgos que corre su medio natural. En la actualidad hay sobrados científicos que descartan el peligro a corto plazo y sostienen, con razón, que problemas como el del hambre o el del abandono de tan vastas poblaciones deberían tener una prioridad que el Poder se encarga de aplazar con la excusa de la propia alarma. Yo lo que digo es que si tanta prisa se han dado todos para salvar a la Banca de sus propios pecados, habrían hecho lo propio de saber a ciencia cierta que lo que se iba al carajo era el planeta mismo, con sus cajas fuertes, sus mansiones, sus pantalanes y sus paraísos. De momento, ya digo, Kioto puede esperar. Está quedando patente que, para tóxicas, las “subprime” y no el CO2. Cuando nuestros hijos acaben de pagar sus hipotecas tendrán tiempo de gastar adrenalina contemplando el agujero de ozono.

Las facturas eran falsas

La decisión de los procesados por el caso de las facturas falsas del Ayuntamiento de Sevilla, de pactar con la Fiscalía la devolución de lo afanado a cambio de suprimir el juicio, es la mejor demostración de la realidad de esas infracciones que, en cualquier democracia medianamente rigurosa, acarrearía un seísmo en todo el gobierno municipal. A ver cómo se le explica ahora a los contribuyentes desde al Ayuntamiento de la capital de Andalucía que facturar en falso tampoco es tan grave, pues basta con devolver el dinero defraudado –sólo en caso de evidencia—y santas pascuas. ¿Financiación ilegal del partido y no lucro personal? Pues quizá peor me lo ponen y, sobre todo, peor se lo ponen a ese alcalde en el que no confía ya ni su propio partido

La obsesión del PSOE

¿Quién dijo que las Diputaciones no servían para nada (yo mismo) en un régimen autonómico? Sirven para pagar con el dinero de la provincia los intereses del partido dominante, bien colocando a todo bicho viviente caído en el paro político, bien subvencionando actividades contra el adversario. De hecho la Dipu de Huelva paga, según parece, a siete de cada diez concejales de la oposición en la capital, por el procedimiento de “liberarlos”, o séase, de pagarles para que se dediquen ‘full time’ a perseguir a los ‘populares’ con quienes no han podido en las urnas desde hace cuatro legislaturas. ¿No rechinaría eso en una auditoría como la gente, hay derecho a que con los impuestos de los agobiados ciudadanos se financie la estrategia del partido? De lo que no cabe duda es de que estas formas de dispendio lo son también de corrupción institucional.

Cosas del sexo

Las imágenes de la exhibición (‘espectáculo’, lo llamaban las autoridades académicas) ofrecida en la Escuela de Arquitectura de La Coruña por dos ‘strepers’ como salutación del optimista a los nuevos estudiantes, me ha traído a la cabeza la vieja anécdota que viví en la Complutense hace la tira cuando una alumna se desnudó inesperadamente, dio una carrera por el campus y, finalmente, se refrescó en la piscina/fuente que allí había depositado el ingenio de Fisac. La sorpresa provocó de inmediato la protesta de algún eminente y querido maestro, defensor de la integridad y el fuero del “alma mater” pero encontró la oposición complacida del ya casi provecto don Luis García de Valdeavellano, el ilustre institucionista, que cortó en seco las quejas: “Déjalos, hombre, déjalos, que ya era hora de que en esta Facultad se enseñara algo que mereciera la pena…”. El argumento de don Luis era infinitamente más coherente y enjundioso que las nimiedades que hemos podido oír por la tele a estos responsables académicos, alguno de los cuales, junto a la consabida monserga de la eliminación de prejuicios, ha llegado  a hablar de la propiedad y sus vínculos con la arquitectura, imagínense. No está en su mejor momento el culto al cuerpo, en todo caso, según parece, a la vista de la prohibición que en China se está llevando cabo del ‘streptease’ ritual que la tradición funeraria ha conservado hasta nuestros días, aunque quizá lo que esté en juego sea otra recuperación del espíritu censor en la mente de nuestras autoridades, como lo demuestra la prohibición de publicidad callejera dictada por la administración madrileña contra una película ciertamente “hard” titulada “Diario de una ninfómana” a la que, con  toda seguridad, los censores han asegurado el éxito de masas con su absurda decisión. También en el Festival de Cine romano se ha censurado otro film basado en un relato de Hemingway parece ser que en función, sobre todo, de cierto beso lésbico como los que Madonna ha puesto de moda hasta en los festorros de aldea.

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Para serles del todo sincero he de decirles que nunca entenderé ni el interés por garantizar la exhibición del cuerpo ni la obsesión por ocultarlo. Los generosos escotes que hoy se llevan se han impuesto sin violencia alguna y, por ventura, ante la convicción de los ocultistas de que ese tipo de moda no hay quien lo pare dada la proverbial tendencia femenina a mostrar su cuerpo. Hace poco, en cambio, una dama entrada en años y en carnes se exhibió en la romería lepera montada a caballo cual lady Godiva sin lograr más efectos que unas cuantas fotos de oportunidad y la rechifla de ese irónico pueblo. En el XVIII hubo  algún obispo que se especializó hasta tal punto en la policía del escote que llevó su casuismo a autorizarlos hasta “dos dedos por debajo del hoyuelo” pero de ninguna manera más abajo, como en los años 20 los famosos desnudos públicos de la pobre Mata Hari acababan siempre de espaldas para ocultar la leña. Estoy convencido, por lo demás, de que en esta materia tiene mucho que ver el pornógrafo subjetivo de ese censor más o menos maníaco, como aquellos que en nuestra postguerra desataron contra el ‘streptease’ de “Gilda” una tremenda campaña por haberse quitado un simple guante de satén. No se dan cuenta, por lo visto, de que el desnudo esta secularizado –como ya lo estuvo en la iconografía, incluso en la sacra—y de que, como advirtiera el incisivo Michel Leiris hace tiempo que llegó el día en que ya apenas hay magia en el desnudo. Los arquitectos de La Coruña han apostado por un 68 retrasado y algo palurdo de igual modo que la administración conservata de los Madriles pretende ponerle puertas al campo en medio de este paisaje dilatado y baldío. La secularización ha desacralizado el cuerpo tradicional pero aquí seguimos conviviendo entre antiguos y membrillos.

Ministro contumaz

El ministro de Justicia insiste en que es muy libre de criticar las sentencias de lo es jueces y magistrados desde el Gobierno. No se da cuenta de que la propia institución, un ministerio de Justicia formando parte de un Gobierno, supone ya un golpe tremendo a la exigencia de independencia entre los poderes del Estado, como alguna vez explicó Jiménez de Parga. Su intervención y la de la Vicepresidenta a favor de la condena del juez Tirado han sublevado a los ropones pero lo peor es que están dejando en evidencia el insaciable designio del Poder Ejecutivo de controlar la Justicia y ajustarla a sus intereses. Ya no disimula, o quizá es que ha llegado un punto en que resulta imposible el disimulo. A este ministro, que es tosco por demás, se le nota más que a ninguno.