Cosas nuestras

Otra vez Andalucía en boca de todos, de nuevo nuestra sufrida imagen soportando la rechifla nacional a causa de un documento oficial –un panfleto propagandístico del río Guadalquivir—en el que aparece, decorando la margen del Rió, junto a la Mezquita cordobesa, la catedral de Palma de Mallorca. Y no me vengan con que se trata de una anécdota, porque la realidad es que la Junta contribuye con frecuencia a difundir esa ‘amable’ imagen de nuestra comunidad que algunos de nuestros compatriotas celebran desaprensivamente como si fuera real. ¿Quién ha confeccionado esa propaganda, quién la ha autorizado en la Junta, cuánto ha costado? Los andaluces no tenemos por qué sufrir la ignorancia de una Administración autónoma que encarga y paga a ciegas nuestro propio retrato a quien no sabe siquiera donde estamos situados. ¡Las cosas de Andalucía! Esa es una desdichada expresión que la Junta debería ser la primera en combatir y no en fomentar.

Las cuatro reglas

Creo que ha dicho Mario Jiménez, autodidacta al cabo, que los Presupuestos del Estado benefician a Huelva provincia más que ninguna otra andaluza, y que los onubenses, uno a uno, salen mejor parados que ningún otro andaluz. Pero eso es decir poco. ¿Por qué no divide lo que se le asigna a Cataluña para ver a cuánto sale cada catalán y luego lo compara con nuestros contribuyentes? Que sume, que reste, que multiplique y que divida y verá como Andalucía sale perjudicada sin remedio frente a Cataluña, a pesar de ser nuestra comunidad mucho más pobre y atrasada. Ese es el quid de la cuestión y no el similiquitruqui optimista. Si fuera verdad lo que el PSOE dice que el Estado (el Gobierno) le da a Huelva, estaríamos a la cabeza de España, siendo la triste realidad que estamos a la cola.

Crisis de confianza

Ha sido garantizar el ministro Solbes que los ahorros de los españoles no corren ni mucho menos el peligro de verse abocados un “corralito” como el argentino, y prender el pánico entre las masas. Me cuenta un amigo bancario que en su empresa ha sido preciso habilitar una especie de unidad de información para atender a los clientes e impositores que al banco acuden en tropel para plantearle sus dudas en medio de esta grave crisis de confianza que parece ser que es el talón de Aquiles de la vorágine que nos azota pero para conjurar la cual nadie tiene remedio. Todo el mundo opina en estos momentos sobre la situación económica y los arcanos de la economía –esa ciencia con tan probada incapacidad de predicción—pero la sensación general es que la gran masa de los opinantes improvisa respuestas y, en cualquier caso, que en absoluto existe una línea de horizonte capaz de tranquilizar a la opinión soliviantada por las incesantes noticias de catástrofes financieras. Naturalmente los bancarios tampoco saben gran cosa de economía de crisis, circunstancia que convierte en mucho más grave la cuestión cuando el cliente llega con la pregunta de si la inversión en bonos del Estado –lo de las “croquetas”, ya saben—es más segura que ninguna otra, o bien acuden con el último hallazgo de la leyenda urbanita: el recurso a la hipoteca en yenes aprovechando que los créditos son mucho más barato en Japón pero sin tener en cuenta que esa revalorización del yen frente al euro, seguramente convertiría la aventura en el cuento de la buena pipa. Hay quien desesperadamente anda reinando en la idea de fortificar su caja fuerte o quien opina que la posibilidad menos mala, ocurra lo que ocurra, debe de ser invertir los ahorros en títulos del Estado alemán, hoy por hoy menos sospechosos de verse en un síncope que los del resto de nuestro entorno, pero no parece que haya otra actitud discreta en el momento presente que aguardar, vigilantes pero pacientes, con una vela puesta Dios y otra al diablo. Los pobres bancarios van de cráneo esta temporada.

                                                                xxxxx

Hay águilas que mantienen su confianza basada en el concepto razonable de que ningún sistema es tan idiota como para hundirse a sí mismo, como lo prueba la general defección relativa de los ultraliberales frente a un Estado intervencionista que constituye la última esperanza, incluso la suya. Lo que se nos cuenta de Sansón no es más que un mito que nos alecciona contra la insensatez, probablemente con la intención de que nadie se deje arrastrar por la pulsión autodestructiva que, como es natural, no es solución para nadie. Pero ahí está el problema de la confianza, la quiebra del sentimiento de seguridad que el Estado debe inspirar al individuo, el desplome del crédito que el ciudadano concede inconscientemente al Estado mientras las cosas van bien y el viento sopla favorable. Una crisis es el resultado de una estafa bien tramada y eso es algo que, si no a las primeras de cambio, desde luego sí a las segundas o a las terceras, las víctimas acaban percibiendo con variable  pero suficiente nitidez. Después de todo, el sistema de mercado no es más que una inmensa red de relaciones garantizadas entre sí, y ésa es la razón por la que en el momento en que esos avales empiecen a mostrarse como papel mojado, se alabee o incuso quiebre el espinazo del gran tiburón. Hemos pasado en demasiado poco tiempo de la ilusión del ciberbanco a la nostalgia del calcetín y, finalmente, la verdad es que las demoledoras imágenes de las caceroladas argentinas están demasiados recientes como para pedirle al personal que conserve la calma y confíe en ese ángel de la guarda que empieza a proyectar sobre su propio descrédito la figura del ángel exterminador. Se recuperará la confianza, seguramente, y volveremos a las andadas, ya lo verán, nuevamente narcotizados por la ilusión financiera. Ojalá. No se olvide el hecho portentoso de que los tiburones no pueden dormir.

Cuadrar el sudoku

El sudoku de Solbes tenía trampa, naturalmente, por la sencilla razón de que ese modelo suyo en el que todos saldrían ganando era sencillamente imposible. Ahí tienen, para empezar, el pelotazo concedido a Cataluña en el capítulo de inversiones de los nuevos Presupuestos –en detrimento de Andalucía, entre otras comunidades—y ahí tienen el cambalache favorecedor de las autonomías fieles al PSOE a costa de las fieles al PP y demás formaciones. Lo terrible de esta situación es que al Gobierno no le queda más que el recurso a la injusticia para cuadrar el famoso sudoku, recurso que producirá inevitablemente el incremento de las diferencias entre regiones ricas y pobres, ni que decir tiene que a favor de las primeras. Van a poner más bálsamo allí donde la llaga de la crisis será menor, menos donde es más profunda y peligrosa. Veremos qué hacen si se llega a la gangrena.

Minicrisis friki

Buena solución la que el PP le ha dado al relevo de su Presidente nombrando para sucederle a un personaje tan incuestionado como el alcalde de Lepe. Lamentable el empecinamiento de la fracción disconforme que no acepta, por lo visto, a este candidato como no aceptaba al anterior cargo, por la sencilla razón de que su objetivo es estrictamente personal: el partido para ellos o para nadie. Ni siquiera la compleja circunstancia que vive el país y la provincia han bastado para hacerles desistir de su proyecto crítico para el que tienen tanto derecho como escasas probabilidades de éxito. Para romper un partido, o para intentarlo, hay que tener muy sobradas razones, y esta candidatura de segundo nivel, evidentemente, no las tiene. En manos del PSOE esos cimarrones habrían durado media hora. Eso es una de las cosas que le quedan por aprender al PP.

La familia en crisis

Me ha parecido escuchar por la tele que actualmente acaban separándose en España cuatro de cada cinco matrimonios. Debe de tratarse de un error, digo yo, porque lo que hasta hace nada y menos se sostenía en las informaciones estadísticas más o menos rigurosas era que el fracaso alcanzaba a uno de cada dos, si bien es cierto que tras la entrada en vigor de la ley del “divorcio-exprés” la tasa de divorcios se triplicó como el que no quiere la cosa. De todas maneras la cuestión es inquietante se mire por donde se mire, por ejemplo, si nos enteramos de que en Madrid se casa tanta gente como se divorcia, algo que se ilustra mucho mejor diciendo que, en realidad, se produce un divorcio cada 27 segundos, lo que viene a representar 91.000 en el decenio. Hay hasta quien asegura que hoy día se producen más rupturas que bodas y no falta quien achaque el suceso a las facilidades que ofrece la normativa vigente y, en particular, a lo barato que resulta dar ese paso una vez simplificado el proceso como lo ha sido. Claro que el fenómeno no es un hecho español ni internacional, sino una consecuencia del tremendo impacto de las nuevas circunstancias personales de los cónyuges sobre el concepto tradicional de la sagrada familia, aunque ya no vale atribuir a los EEUU el origen de esa moda –como hacía la generación de nuestros padres— puesto que en aquel gigante la media (uno de cada dos) no se diferencia de las observables, no sólo aquí, sino en otros países europeos, incluyendo alguno tan inesperado, por su tradición ultracatólica, como Irlanda, donde el despegue económico sensacional de los últimos tiempos ha dinamitado la vieja estructura familiar. Hasta circula por ahí un cierto cabalismo que cifra en siete años el promedio de duración de las uniones matrimoniales, destruyendo la célebre hipótesis de Taine de que el matrimonio consistiría en estudiarse mutuamente tres semanas, amarse tres meses, disputar tres años y tolerarse treinta. Hoy no se sostendrían en pie más que dos de esas tres propuestas.

                                                                xxxxx

Es posible que el progreso de esta nueva forma de convivencia no tenga remedio en las actuales circunstancias. Al incremento exponencial de las uniones prematrimoniales (¡en Irlanda, más que en ninguna parte!) habrá que añadir razones ideológicas de gran peso que juegan en esta ‘desregulación’ generalizada un papel tan importante como el nuevo concepto de los roles respectivos, la misma aceptación social creciente en todas partes y quizá, en última instancia, cierto relativismo, como suele decirse últimamente, que ha logrado despojar a la inmemorial institución  de su aura resistente. Hay países donde se teme que la eclosión de la familia monoparental tenga que ver y mucho con la protección social, y perspectivas, más o menos fundamentalistas, que ven en la relajación de la disciplina clásica (la de Taine) un efecto secundario de la secularización de las sociedades. Hoy es ya inabarcable la sociología de la familia, que en mis tiempos universitarios, no tan lejanos, cabían en unos discretos anaqueles de la librería, pero de ella hay que descontar, como es natural, la copiosa literatura apologética, confesional o como queramos calificarla, con más base en el miedo ideológico que en la apreciación objetiva de los cambios sociales irreversibles que estamos y hemos de seguir viviendo. Los efectos sobre la prole, la distorsión sobre la economía, el impacto sobre la política social y, de modo muy especial, sobre las previsiones de la de vivienda, sin contar otros eventuales desórdenes morales derivados de ciertos abusos, están ahí para avisarnos –me temo que inútilmente—de la trascendencia social de este fenómeno al que Engels, en su famosa obra, no consiguió más que añadirle unos dudosos puntos suspensivos. Tolstoï sostuvo en la “Sonata a Kreutzer” que el matrimonio de de su tiempo se basaba en el supremo egoísmo. Sería curioso asomarlo a este guiñol en derribo.