El paripé de la deuda

Habrá reunión el Ministerio con objeto de cifrar la cantidad definitiva de la llamada “deuda histórica”, operación para la que el nuevo Estatuto pone un plazo que expira dos días después. Sin diálogo ni negociaciones con los demás partidos,  por descontado, pero con más que probable acuerdo previo, bajo la mesa, entre la junta y el “Gobierno amigo” que resulta imposible que no conozca hace tiempo las pretensiones de la autonomía teniendo en cuenta que el sistema de financiación está en el aire y los Presupuestos Generales a la vuelta de la esquina. La crónica de esa deuda es un centón de infidelidades, de camelos, de improvisaciones y de oportunismos que casi está uno tentado de que acabe ya, como sea, y se dediquen a trabajar sin disponer de este sonajero. De momento, la oposición dista mucho de la cifra estimada por la Junta, pero hay que reconocer que ni una ni otros manejan cuentas claras y convincentes y que, después de todo, del anterior pago a tocateja no hemos vuelto a tener noticias.

Culpas y penas

Ahora que tanto se discute en Huelva sobre la adecuación de las sanciones a los delitos, ahí está el caso del desalmado de Cartaza al que, por propinar una paliza e insultar en términos racistas  a una mujer inmigrante le ha caído la brevita de una multa de 3 euros diarios, es decir una multa de 90 euros en total en un mes. No se trata de comparar situaciones sino, simplemente, referirnos a los distintos raseros que mueven a la sociedad y sus instituciones, habida cuenta de que no hemos oído una sola voz enérgica entre nosotros reclamando mayor dureza contra hechos como el ignominioso que señalamos. No debería faltar algún lazo, del color que sea, para pedir que se castigue con la dureza razonable a un salvaje que de ese modo atropella a una mujer indefensa como la que más.

Sansón y el templo

Hay ya por ahí agoreros evocando las imágenes de potentados cayendo a plomo desde sus altos despachos de Wall Strett, bandas descontroladas saqueando comercios y madres con niño suplicando una limosna en pleno Manhattan. ¿Será para tanto? La bronca de Lehman Brothers, los amagos de otros colosos, la caída en picado de las bolsas de Europa y Asia hacen buena la expresión de Ramón Tamales de que la crisis –esa crisis que no existía según el Gobierno hace nada y menos—ha alcanzado nuestras costas con grado cinco. Una catástrofe, se mire por donde se mire, un vendaval que deja por el suelo tres mil parados diarios y un reguero de quiebras ante la que los juzgados dicen no dar abastos, el desconcierto generalizado en la ciudad alegre y confiada que antier no más pudo creer el cuento de la “new age”, del crecimiento continuo y el progreso indefinido, como cima de un capitalismo histórico que, por fin, habría superado sus contradicciones. Esto se viene abajo, como lo prueba la irrupción del innombrable fantasma del 29, el ‘crack’ maldito del que el Sistema habría aprendido –se nos decía—las reglas del juego, pero sobre todo, como lo evidencian los malos datos en cascada que se suceden desde hace semanas, a cual peor, y esa significativa actitud de los profesionales de nadar y guardar la ropa. Una crisis, claro, no es lo mismo vista desde arriba –desde el propio Poder, por ejemplo—que vivida desde abajo, no es lo mismo preocuparse por la avalancha del paro o la reducción de salarios que padecerlos en carne propia, especialmente cuando no queda ya as alguno en la manga de la credulidad y lo confirma la pamplina del presidente ZP pidiendo “pedagogía” para frenar el tsunami o la lamiosa palabrería de Solbes hace tiempo agotada. Esto se viene abajo, parece claro. Ahora bien, a la salida del túnel verán cómo la ‘pole’ la mantienen los mismos que nos metieron en él y en el pelotón reconoceremos también las mismas caras.

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Que una sociedad pueda pasar de la euforia a la desesperación sugiere que la ideología que gasta es inapropiada o equívoca, aunque es preciso reconocer que la vida económica, esa actividad de todos manejada por pocos, es una de las realidades más racionalizables (en sentido freudiano) entre las que el sujeto pueda optar. Incluso en este punto crítico hay voces –la de Solbes mismo—que adelantan un extravagante calendario según el cual la crisis acabaría el año próximo invirtiéndose felizmente la situación actual, frente a otras que no se recatan en anunciar un apocalipsis sin precedentes del que lo único que sabemos seguro es que saldrá multiplicada la legión de desposeídos, sin techo los frustrados hipotecarios, parados los trabajadores y tal vez tocados sin remedio por mucho tiempo los sectores más débiles de la población activa. ¿Se hablará entonces del fracaso capitalista, del optimismo suicida del crecimiento a toda costa? Pues eso está por ver, a pesar de que, al menos en estos momentos de ira y desconcierto, una inmensa mayoría hasta hace poco entusiasta respira lastimeramente por la herida en su propio costado. Los economistas se bastan y sobran para explicarlo todo y hasta es posible que un Keynes genial surja de entre los escombros y nos dé una receta para otra buena temporada. De momento, en todo caso, no ha llegado esa hora sino la de aguardar minuto tras minuto el teletipo que anuncia orlada de negro la caída de otro gigante que arrastrará previsiblemente con él a otros varios. La realidad sí que es “pedagógica”, terca, implacable, frente al lenguaje y sus construcciones. Sobre ella resbala el repertorio de conceptos –desde “desaceleración” a “recesión”—que abruman a las víctimas. ZP y hasta la ministra Bibiana, eso sí, seguirán cobrando el mismo sueldo. Puede que por ahí ande alguna buena clave para entender este caos, ¿no les perece?

Se acabó el disimulo

En el Ayuntamiento de Sevilla, casa de Monipodio según parece, se están produciendo cosas tan raras como facturaciones falsas, obras inexistentes, desapariciones de bienes y nepotismo por un tubo. Son cosas ya prácticamente asumidas poro el ciudadano –¡y por la Justicia, en cierta medida!—que a los políticos importan más bien poco porque saben que gozan de una especie de impunidad mil veces comprobada. Ahora la portavoz del consistorio, sorprendida por la evidencia de un montón de contrataciones de familiares de ediles, no ha tenido mejor respuesta que decir que, al fin y al cabo, “el enchufismo no es un delito”, que ya hay que tener cara de sobra y vergüenza justita para esgrimir ese argumento. La corrupción –los últimos casos lo demuestran—ni tiene arreglo fácil ni siquiera tiene conciencia. Esa frase inconcebible vale por todo un psicoanálisis del Poder.

La crisis en Huelva

La culpa de la crisis en Huelva no la tiene el lío de las “sub prime”, el ruinoso tinglado norteamericano de créditos e hipotecas basura, ni el efecto dominó inevitable tras los desplomes de los gigantes de Wal Strett, ni el quietismo del Gobierno que hasta hace poco llamaba ‘antipatriotas’ a quienes osaran sacarla a colación y que ahora recomienda “pedagogía”, como si los ciudadanos fueran tontos y no supieran contar solos lo que llevaban y lo que llevan en el bolsillo. No señor: la culpa de la crisis en nuestra provincia la tiene al alcalde de la capital, o al menos eso proclama la más que cortita oposición sociata en el consistorio, que le acusa de subir los impuestos a la construcción. Es grave esta estrategia de la mentira, de la desinformación sistemática, que practica hace tres legislaturas lo que no perdieron las tres elecciones. Y el problema irá a peor a medida que el tiempo corra y el PSOE no decida quién sucederá a Parralo como candidata como, lógicamente, tendrá decidido, hace tiempo.

Alcobas cerradas

Varios grupos críticos se han levantado de manos frente a la iniciativa de las mujeres de un pueblo turco –presentada en público por una diputada de su Parlamento– de cerrar a cal y canto sus alcobas y negarse a mantener relaciones sexuales con sus maridos en tanto no se solucione el problema del agua que padece la comunidad. Un viejo y caudaloso manantial, del que el pueblo solía abastecerse, ha sucumbido a la sequía que sufre la zona y esas diligentes mujeres deben acarrear diariamente el precioso líquido desde una fuente situada a trece kilómetros, el cántaro apoyado en el cuadril o sobre el rodetillo en la cabeza, ni más ni menos que como millones de mujeres del Tercer Mundo vienen haciendo día a día desde que el mundo es mundo. La razón de esos críticos/as se centra mayormente en el bien traído argumento de que negar u ofrecer condicionalmente el sexo supone la asunción, por parte de las mujeres, de un concepto que convierte a aquel en contrapartida y, lo que es peor, en arma secreta y extrema de la hembra para medirse con el macho, cuando lo lógico y pretendido por la modernidad, en este sentido, es hacer del sexo de ambos géneros un don complementario y libérrimo, no sujeto a contraprestaciones ni requisitos previos. Y llevan mucha razón, desde luego. No es buena cosa formalizar las relaciones entre los sexos en régimen de intercambio ajeno al propio sexo –la prostitución es, al cabo, un trueque de ese tipo–, ni tiene grandes probabilidades de salir adelante una huelga de piernas cruzadas como la que el genio irónico de Aristófanes propuso en ‘Lisístrata’ para acabar con la guerra. Lo que esas mujeres tendrían que hacer, en todo caso, frente a los haraganes de sus maridos, es negarse a ir al pozo y esperar a ver qué sucede.

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Hay entre los objetores a las rebeldes turcas algunos grupos feministas que comparten, al parecer, el criterio apuntado, sabedores, a buen seguro, de que la dramatización ideada por Aristófanes era más un guiño cómplice (y macho) a la desigualdad entre hombres y mujeres que una propuesta verosímil de solución a su razonable convivencia. Pero a mí me parece que, más que el negocio sexual, de suyo tan pirotécnico y llamativo, lo que a aquella diputada y al pueblo en general debiera preocuparle es la situación de miseria que, a estas alturas, sigue agobiando a esas muchedumbres privadas hasta del agua, en las que alguna solvente ONG estima que podría reducirse drásticamente la aterradora mortalidad infantil simplemente enseñando a las madres unos rudimentos de higiene que, naturalmente, requieren lo primero ese agua de la que carecen. En Turquía, de todas maneras, no es la primera vez que se produce un altercado de este tipo, pues ya hubo otras similares en lugares de Anatolia y otras zonas, aparte de que dicen que es un clásico del cine turco cierta película sobre el tema realizada hace un cuarto de siglo, sin que, fuera de la ficción, se tenga la menor noticia de que en alguna de esas ocasiones la revolución femenina sirviera para gran cosa. El gran equívoco de la farsa griega consiste en su alta improbabilidad –y no faltan en la pieza bromas bien significativas al respecto—pero, sobre todo, su gran trampa está en que el mismo gesto de utilizar el sexo como instrumento de fuerza conlleva inevitablemente su cosificación al convertir el deseo en una mercancía y su ponerle un precio a su satisfacción. Lo que asombra, después de todo, es que este tipo de fábulas sigan reapareciendo, puntuales como perseidas, cada vez que se plantea el conflicto desigual, y más todavía, si cabe, que lo haga en un país como ése en el que las relaciones entre los sexos son rígidas hasta la caricatura. Vamos a esperar unos días hasta ver cómo termina el rentoy de esas hembras turcas terciadas de griegas enfrentadas a sus machos parásitos. Aunque sólo sea para comprender mejor a Aristófanes y su esmerada ironía.