Cosecha de otoño

“Qué están haciendo ustedes con nuestro dinero” (el juez de Invercaria a un imputado); “¿Y le dio usted un millón y medio de euros a una productora domiciliada en un gimnasio?” (el mismo); “La pobreza que afecta a más del 40 por ciento de los andaluces es una realidad inasumible”, (Teresa Rodríguez, secretaria general de Podemos); “No puede ser que se paguen antes las dietas de los diputados que el salario social o la ayuda a la dependencia” (la misma); “La honestidad es revolucionaria”, (José M. González “Kichi”, alcalde de Cádiz); “Frenar iniciativas de Oposición es la práctica más caciquil y fullera”, (Luis Carlos Rejón, ex–coordinador de IU-CA); “La mayoría de los expedientes, antes de 2011, fueron tramitados por el personal no funcionario de la Faffe que no seguía el más mínimo procedimiento administrativo”; (David Delgado, delegado provincial del Sindicato Andaluz de Funcionarios (SAF) en Málaga).

Vivir para el otro

Yo no me sé la crónica de las Hermanas de la Cruz, esa orden tan sevillana y andaluza que ha conseguido en un siglo y pico que Roma le canonice a dos de sus Madres o, por mejor decir, a dos de sus hijas, pero recuerdo que mi padre veía como un signo milagroso el hecho de que la II República consintiera su enterramiento conventual y le pusiera una calle céntrica en Sevilla que no le quitó ni el Frente Popular. Las veo desde niño en mi entorno familiar, vestidas con su eremítica estameña, silenciosas y diligentes, siempre al servicio de los enfermos y necesitados, como recuerdo la tabla recia en la que durmió hasta su muerte alguna de mis tías o su presencia amable y candorosa en el lecho de muerte de mi madre, grandísima aficionada suya, tal como ahora las veo de buena mañana apretar el paso camino de alguna faena, los ojos bajos como quien no quiere dar crédito a lo que ve. Lo que se fraguó en un piso alquilado por una zapaterita de banquilla, anda hoy trajinando por medio mundo y hasta ha conseguido de Roma dos canonizaciones nada menos, la de su humilde fundadora y la de una señorita madrileña, licenciada en aquellos años difíciles, elevada a los altares en tiempo récord y coincidiendo con el quinto centenario de la doctora Teresa, de Ignacio de Loyola y de Francisco Javier. He conocido pocas aficiones como las que despiertan estas azacanas a lo divino, ancladas voluntariamente en los rigores ascéticos de antaño, pero incansables frente a una desdicha que es siempre la misma. No sé en qué acabará formulándose el culto a santa María de la Purísima. Del de santa Ángela, baste decir que el canon no ha logrado arrebatarle a sus devotos el derecho a seguirla llamando “madre Angelita”.

Cuando sostuve hace tiempo en algún libro que cada época tiene su modelo de santo, se me escapó la evidencia de que, siendo ello probablemente cierto, existen en el mundo santos intemporales, como encallados en su recia voluntad solidaria precisamente desde la marginación, desde su renuncia heroica a una vida propia consagrada a los otros, a los demás, un día tras otro, llueva o ventee, sin requisitos ni condiciones. Dos santas en un siglo y pico lo dicen todo. Recuerdo que cuando las llamé para anunciarles que no tenía otro remedio que reducir mi vieja contribución mensual me colmaron de agradecimiento como si les acabara de regalar un tesoro. La caridad no tiene precio. Y ellas, que lo saben bien, la despachan al por mayor.

¡Qué lástima!

Veo en la tele el debate entre el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, y el de Podemos, Pablo Iglesias. La razón contra la ocurrencia, el cálculo frente a la improvisación, el realismo frente a una utopía hace tiempo caducada. ¡Vaya paliza que le dieron al podemita! Y sin embargo, visto el debate desde Andalucía, muchos nos hemos preguntado cómo se compadece tanto sentido común y tan viva voluntad de regeneración, con el pacto leonino que Ciudadanos mantiene con un “régimen” andaluz del PSOE que ejemplifica a las claras justamente el envés de esos propósitos. ¿Es que tienen engañados a Rivera desde aquí o es que en Rivera no es oro todo lo que reluce? En ese debate se dijo que los ciudadanos exigirán con mayor rigor a los nuevos partidos que a los tradicionales. Rivera no debería olvidarlo, fuera él quien lo dijera o fuera el otro.

La huida a Egipto

Quizá por el respeto que siempre le he tenido al personaje, me han rechinado las duras palabras que, frente al fenómeno crucial de este tiempo, que es el éxodo masivo de muchedumbres en busca de paz y bonanza, nos ha espetado el cardenal Cañizares, arzobispo actual de Valencia. En efecto, esa autorizada voz ha avisado sobre el peligro que para Europa y para España implica la inmigración masiva de esos desgraciados, en los que él ve nada menos que un “caballo de Troya” tras preguntarse si, junto con los desesperados que sólo buscan salvarse, viajará también gente peligrosa, un recelo, desde luego, justificado y que comparten muchas instancias políticas europeas, pero que resuena mal en boca de un prelado tan razonable, por lo general, a quien habría que recordarle –y sería una pena—el emotivo mito de la huida a Egipto, tan significativo en el mundo cristiano. ¡Mira que recelar de unas familias que huyen de Herodes y, lo que es peor, deslizar bajo ese recelo la sospecha de terrorismo! ¡A quién se le ocurre poner en tela de juicio el derecho de asilo, al clavo ardiente al que se agarran –como en su día la Sagrada Familia—para escapar al tirano! Mi sorpresa viene determinada, ya digo, precisamente por el buen concepto que tengo del cardenal, y la verdad es que no he logrado encontrar atenuante alguno para sus duras palabras, acaso las más explícitas entre todas las críticas que llevamos oídas desde los ámbitos más reaccionarios.

No es que uno no comprenda la inquietud que a monseñor Cañizares, como a todo hijo de vecino que no sea del todo lelo, le ha de producir la imagen de esta “invasión”, sino que resultan por completo impropias en boca de un cristiano tan señalado unas cautelas que parecen copiadas del argumentario lepenista y que discrepan, por supuesto, de las pronunciadas ya varias veces por el Papa actual. Todos estamos suspensos e inquietos ante este reajuste demográfico sin duda histórico y a la amenaza terrorista, pero de ahí a oponerse al asilo de tanto indigente y tanto perseguido, va un abismo. Cañizares, un gran conservador, ha sido siempre, que yo recuerde, también un gran discreto, y ningún cristiano discreto le cierra la puerta en las narices a unos fugitivos que han dejado miles de muertos en el camino hasta hacer del Mediterráneo una tumba abarrotada. Estas cosas tienen mal arreglo, pero desde mi confianza en el personaje, no pierdo la esperanza de que recoja velas y vea en esta fuga hacia Europa un “remake” de la huida a Egipto.

El pito del sereno

La Justicia en España se está convirtiendo en el pito del sereno. No con los de abajo –y no lean esto a título demagógico—pero sí con los de arriba, tanto si éstos simulan su respeto como si, como en el caso catalán, se divierten acosándolo ante la pasividad de un Poder sin atributos. Miles de personas han aclamado al presidente Mas a su llegada y a su salida del Juzgado en el que ha comparecido para responder por el desacato manifiesto que supuso el llamado “referéndum” independentista. De nada ha servido la enérgica protesta del TSJC denunciando esa intolerable presión ejercida desde la calle sobre la Justicia, sino más bien todo lo contrario, al convertirse el acto en un homenaje a ese zombi político que, por otra parte, se ha declarado único responsable de los hechos. ¿Se concebiría algo semejante ante una cámara británica o ante un juzgado francés? Evidentemente, no, porque hay que reconocer que a toda esta parafernalia ha contribuido en gran medida la tibieza de un Gobierno español medroso que ha jugado a la única carta de no levantar más polvareda. No cabe duda de que la papeleta de Rajoy era considerable, pero tampoco –vistos los hechos, la creciente marejada de la anomia en Cataluña—que no ha tenido el valor imprescindible para defender el debido respeto a la unidad constitucional frente a los fanáticos de la independencia. Nadie –solo ellos, los fanáticos—hablan aquí de tanques en la Diagonal. Hubiera sido necesario, sin embargo, una acción policial capaz de limitar el cachondeo del último año.

Mal les hubiera ido con la República a estos héroes de pacotilla que, sin duda, hubieran acabado en la trena por incumplir la Ley y no respetar las sentencias. Pero Rajoy es un liberal de los clásicos –de los del “laissez faire, laissez passer”–, un político de aguardo no de ojeo, un adepto anacrónico de Gandhi, circunstancia de la que se han aprovechado los insurgentes. Ni con González ni con Aznar hubiéramos asistido al espectáculo entre ridículo y tremendo de esta exhibición de impunidad, que ha puesto al Estado a los pies de los caballos tras demediar a Cataluña. ¿Absolverá la Justicia a Mas y los suyos? Si eso llega a ocurrir no sólo habrá que pedirle cuentas a los amotinados sino a quienes, desde el poder del Estado, han consentido la progresiva degradación de las situaciones y, en fin, la fractura de la vieja España. Nunca un califato ha sido tan bizcochable con una taifa. Queda por ver qué dicen los jueces.

Los intrusos de UGT

El colmo: un sindicato de clase trampeando la normativa para “colar” a un puñado de “intrusos” en su propio ERE. Lo dice una juez, quizá provocada por la jactancia de la secretaria regional, Carmen Castilla, presumiendo en Canal Sur de haberle ganado a la Junta “su primer pleito” de los que ésta se ha visto forzada a plantearle al “sindicato hermano” a la vista de los abusos inconcebibles que llevamos vistos. ¡La UGT de Pablo Iglesias (el genuino) timando con facturas falsas y fabricando falsos jubilados! Sabíamos desde hace decenios que el sindicalismo tenía que reinventarse, pero ahora sabemos también que, con los actuales sindicalistas, a lo peor eso ya no es ni posible.