Hamlet vivo

He visto en Sevilla, y a cargo de la compañía Teatro Clásico de Sevilla que dirige Alfonso Zurro, un soberbio montaje del “Hamlet” shakespeariano. Actual y eterno, quiero decir que ajeno a la injustificada moda “actualizadora” de nuestra dramaturgia, a mi juicio, siempre que no se trate de la versión libre de un tema lejano, entre otras razones porque esa obra cumbre del teatro isabelino no es más ni será nunca más que un “remake” del mito construido por Sófocles sobre las huellas esquileas de “Los siete contra Tebas”, es decir, la tragedia –innata según los freudianos—del hombre, de todo hombre que sólo se resuelve –cuando se resuelve—en la difícil coyuntura adulta. Zurro ha recobrado la versión de Leandro Fernández Moratín, tan fiel al modelo renacentista, y ha sabido inculcar en cada actor el sentimiento del “pathos” sin el que la leyenda en cuestión no pasaría de folletín. La ventaja de “Hamlet” reside en su intemporalidad –lo que implica actualidad—de un mensaje que la gente, hombres y mujeres, entenderán siempre porque se aferra en lo más hondo de la entraña, sin necesidad de que nos lo deletree ese psicoanálisis que tanto ha contribuido a su difusión. Y eso lo vive con sentido trágico esta compañía contagiada del hálito emotivo de la presunta pasión originaria del ser humano, desde el joven y convincente protagonista hasta esa Gertrudis desleal en que don Leandro convirtió –con étimo germano y todo—a la conmovedora Yocasta que se balancea eternamente de su soga en nuestro subconsciente colectivo, pasando, ésa es la verdad, por el colectivo completo.

¿Paga el Poder a estos profesionales, los premia como hacía el evergeta griego o los fuerza a vivir su vocación sobre el más radical voluntarismo? No lo sé, aunque lo dude, pero sí sé que el teatro estaba abarrotado y que vi en los ojos de más de uno/a asomar la lágrima delatora. Una vez vimos un “Rey Lear” en el coliseo ateniense de Herodes, al pie de la Acrópolis, encarnado por actores rusos, y juro que se les entendía todo: tal es la potencia emocional y lógica del mito y su recreación literaria. ¡Soberbio, el montaje de Zurro, colosales sus actores! No voy a decir con Benavente aquello de ver el cielo en el escenario. Yo lo que vi antier fue a este mundo, al de ayer y al de hoy, al de siempre, conservado, por fortuna, en el bendito formol del entusiasmo farandulero. Un clásico es siempre un contemporáneo por mucho que el Poder lo ignore, quien sabe si con su cuenta y razón.

El viejo binomio

Muchas cosas han sucedido tras la masacre de París. Se han suspendido los encuentros de fútbol entre España y Bélgica, así como el de Alemania-Holanda y la sombra planea sobre el “clásico” Madrid-Barça. Sólo en Londres, en Wembley, se ha jugado, con un par y un derroche de patriotismo contagioso e internacionalista a los sones desgañitados de La Marsellesa. Hay miedo en Europa y en Francia siete de cada diez ciudadanos asegura que respalda el proyecto de ampliar la seguridad aunque sea a costa de la libertad. Es inevitable que ese viejo binomio, seguridad-libertad surja en cuanto aquella peligra debido a la evidencia de que sin seguridad no hay libertad que valga. No hablo, por descontado, de la Libertad con mayúscula, ese tópico de la retórica política, sino de las “libertades” civiles concretas que son las amparadas –y, por tanto, reguladas—por la Ley. Si éstas corren peligro no queda otra que limitarlas sin perjuicio de su fundamento. Lo demás es pura mitomanía. Y no se trata de bravatas –el otro día la explosión de una bombilla provocó una lógica estampida entre los valientes—sino de vivir con serenidad y determinación una conciencia de riesgo.

Es claro que las tiranías no soportan el dilema que plantea ese binomio: simplemente aniquilan todo resquicio de libertad, y sanseacabó. Desde la siracusana, la nazi o la nuestra, todas las dictaduras son idénticas en ese punto: disfrazan el liberticidio como garantía de seguridad. Pero en democracia también cabe cohonestar ambos términos. Uno de cada siete franceses así lo han comprendido estos días y así lo reclaman, seguros en su consolidada democracia de que lo justo y necesario es resolver sin estridencia ese binomio vertebral de la dignidad humana sin el cual nunca se acaba de superar el “estado de Naturaleza” por la civilización. Lo que no se puede es pretender vivir a merced del crimen, paralizados por el terror, en esta nueva Edad media telemática en la que las piras arden y las hachas tallan los cuellos lo mismo que en la pasada, acaso por un malentendido sobre la índole de los derechos del hombre y el alcance de la Justicia. La seguridad es condición inexcusable de la libertad, qué le vamos a hacer, como ésta es el laurel que garantiza la nobleza en la frente del hombre. Ni el hombre es un Dios para el hombre, como fingen algunos, ni un lobo para el vecino, como ideó Plauto y difundió Hobbes. Nada más peligroso que engañarnos a nosotros mismos.

Tocar la p…

La actual consejera de Hacienda y Administración Pública, María Jesús Montero, que antes lo era de Salud –ya conocen el axioma borbollista de que “to er mundo vale pa to”—hizo célebre en la crónica del Club del AVE una imprecación tan machista como terminante: “¡A mí no me toquéis la p…!, frase que la retrata admirablemente de frente y de perfil. Pero, ay, ahora ha llegado el Tribunal Constitucional y le ha tocado lo que querido, a saber, el famoso “decreto del enchufismo”. Ya ven que todo es relativo en la vida pública y que la chulería sólo vale con “los de abajo” pero se convierte en servidumbre cuando “desde arriba” te cogen las medidas. La Función Pública autonómica nunca ha merecido una gobernanza experta convencido el partido en el poder de que los funcionarios deben ser clientes. Pero a veces, sin embargo, hay que parar el carro y tragársela doblada. ¡Enhorabuena a los funcionarios, aunque sea por una vez!

Armar el Belén

Es fruta del tiempo y más en plena otoñada anticlerical. Por estas calendas no falla el radical clamando contra la instalación del “belén” tradicional, como van menudeando desde hace unos años quienes, con la primavera, protestan por la celebración tradicional –ni siquiera digo “cristiana”, ya ven—de la Semana Santa. Algunos se manifiestan entusiastas porque acaban de descubrir casualmente el origen solsticial de la fecha navideña, otros critican la costumbre entre penitencial y folclórica (en sentido antropológico) de sacar por las calles Cristos y Vírgenes, como si se tratara de una intolerable agresión a la laicidad de los empecinados. Nada que objetar a las nuevas tradiciones, como los horrores del Halloween o las orgullosas cabalgatas de los “diferentes”, pero, ah, con las tradiciones ancestrales –que, lógicamente, en España son cristianas– es preciso acabar en nombre de la libertad. La de ellos, no la de todos. Ahora, por ejemplo, Manuela Carmena ha abierto de nuevo la caja de los truenos –y no hay día que no truene desde que ella llegó—ordenando trasladar y reducir el “belén” municipal con el argumento de que instalarlo en el Ayuntamiento sería ofender a los madrileños que no son creyentes. Bueno, está bien, pero por esa misma lógica, cuando Carmena ordena colocar ondeante en la balconada municipal la bandera del arco iris de los colectivos gays, habría que pensar que lo hace convencida de que todos los ciudadanos/as madrileños/as son gays, ¿o no?

Uno está convencido, por lo demás, de que este sarampión antirreligioso, anticlerical y lo que se tercie, que se trae entre manos cierta izquierda, no es más que una calculada humareda para ocultar el vacío ideológico en que lamentablemente se agitan más cuanto más radicales son. Muchos de nosotros vivimos con cierto desasosiego el abandono de los viejos mitos de la izquierda como la dictadura del proletariado, gracias a Dios, pero luego –es decir, ahora—hay algunos que han cambiado otros menos agresivos, como la colectivización de los bienes de producción, pongamos por caso, por el carril-bici. Hoy un rojo fetén –recién eclosionado o sin evolución—es un ciudadano que brama con razón contra la banca, culpa a la Iglesia hasta de las mareas marinas, defiende a ciegas la “discriminación positiva” y, en cuanto se acerca el Adviento, comienza a apedrear el mito navideño, tan entrañable, a solsticiazo limpio. Carmena, por ejemplo, ya se ha estrenado. Puede que los Reyes le traigan carbón.

Primer asalto

La imputación masiva de medio centenar de los más altos cargos de la Junta, presididos por dos presidentes, en el “caso ERE”, ha sido un golpe duro para el “régimen autonómico” que, como ahora sabemos, viene funcionando al margen de la Ley desde hace casi un cuarto de siglo. Me dirán que a ninguno de ellos –de momento—los acusan de malversación, que el dinero no va a recuperarse ni a tiros y que el procedimiento de la nueva juez hará más largo todavía este calvario. Y es cierto todo ello, pero no cabe duda de que la juez ha puesto el dedo donde debía: apuntando a la cabeza, que es donde se ha gestado el desmán. Mal final para unas carreras políticas. Peor para una autonomía en la que nadie cree ya fuera de sus propios clientes.

Vacunar al niño

Tengo entendido que alguien ha enviado al Fiscal el caso del niño de Olot que falleció enfermo de difteria contra la que no había sido vacunado por voluntad de sus padres. No es mala idea, por poco que a uno le gusten las imposiciones, pero en esta coyuntura cultural, en la que proliferan tantos prejuicios ideológicos, a veces alentados por ciertos sectores de la llamada medicina alternativa, no está de más que, al menos, se reflexione sobre los límites de la patria potestad a la hora de interferir en la práctica médica. Creo que no es discutible que esta minoritaria tendencia que rechaza la vacunación, fracasada plenamente en Europa, deriva del mismo caudal irracionalista que inerva tantos aspectos de nuestra convivencia, como reacción a una práctica médica generalizada a la que, desde la ignorancia o el fanatismo, se ve como una suerte de atentado contra la naturaleza. Padres de niños que fuerzan al juez a ordenar la imprescindible trasfusión sanguínea rechazada por la religión de sus padres, colectivos gitanos que, por las mismas razones, se oponen a la vacunación de su prole, constituyen una realidad difícil de entender. Desde la ciencia se desaconseja, en todo caso, forzar legalmente la vacunación, entre otras cosas porque esas experiencias han probado que, con obligatoriedad o sin ella, la inmensa mayoría acaba decidiéndose por la prevención sin la cual el riesgo epidémico está comprobado.

Asombra comprobar este fracaso de la razón que implica, como es obvio, inevitablemente, un “regreso” al pasado, aunque entiendo que no debe tratarse el caso de los padres reacios a los remedios clínicos como un fenómeno extravagante sino como una conquista más del irracionalismo que, acaso como reacción a cierto cientificismo impertinente, ha conquistado a amplios sectores de la población contemporánea, como demuestra el éxito de la superchería, incluso temeraria, difundida por algunos medios. Que en España la vacunación no sea obligatoria salvo en situaciones de riesgo patente de epidemia –y algún caso se ha dado ya—tiene no poco que ver, hay que decirlo también, con la desconfianza política de una población que ha sido ya testigo de repetidas pifias de la autoridad sanitaria. Pero más si cabe, a mi entender, con el curioso aumento del rechazo a la Razón y el auge de las ideologías contrarias. No toda la culpa concierne a esa autoridad sino que hay que buscarla también en el eclipse cultural de unas ciudadanías confundidas.