El trampeo electoral

Tengo entendido que el alcalde de Huelva (cuatro mandatos, tres por mayoría absoluta) no asistirá a la presentación que la trirreprobada ministra de Fomento hará, ¡en la Diputación!, de la maqueta de la estación del Ave prometido por ZP en abril. Lógico: ningún alcalde con sentido de la dignidad ciudadana admitiría que se desplace al pueblo de Huelva (eso representa su alcalde, incluso si no es del PSOE) a una segunda fila y menos teniendo en cuenta el papel decisivo jugado por el Consistorio en el proyecto frente a la impropiedad que supone llevar el partidismo al extremo de reconvertir la Diputación, que nada pinta en esa bautizo, en vitrina de cualquier progreso. No tienen bastante con utilizar la prescindible y carísima institución provincial como asilo sin fondo para los “arrecogíos” del partido (hay en ella más asesores que en torno a Chaves) sino que pretenden usarla como ariete contra el Ayuntamiento. Hace bien el alcalde en no asistir. Cuanto antes desenmascaremos a estos tramposos de la política,  mejor que mejor.

Bulgaria cuestionada

Hay que ser optimista, en vista del zambombazo propinado a la dirección por las bases en la asamblea de la capital, para dar por liquidada o en vías de liquidación la satrapía barrerista. Pero hay que ser zambombo para no ver que lo ocurrido –Jiménez en el último puesto, Cinta Castillo despeñada al octavo– descubre un seísmo de imprevisibles consecuencias en las capas bajas de la militancia. Por supuesto que desde la Dipu y sus graneros se pueden encauzar las disidencias y los protestantismos, pero la cosa, probablemente, viene de más lejos –desde Sevilla por lo menos– y los rebeldes intuyen que cuentan con apoyos invisibles pero quizá determinantes. Esa generación –Barrero, Petronila y los suyos– ha caducado sin percatarse siquiera y de sobra sabe ella lo poco que puede confiarse en la lealtad de los protegidos, sobre todo cuando éstos ven peligrar el chollo. No creo que haya nada decidido pero sí que la dirigencia del PSOE onubense tiene ya poco recorrido. Miren cómo la desafían, no ya Saldaña, sino los alcaldes costeros y calculen.

`Tintin´ bajo sospecha

Las aventuras de “Tintin´´ fueron escritas en la juventud de mi padre pero hace más de treinta años acabaron en la habitación de mi hija tras haber pasado por la mía. Si hablo por mí, he de decir que, entre tanto “Guerrero del Antifaz”, tanto “Roberto Alcázar” y tanto “Cachorro” como sostuvieron mi imaginación, las viñetas de “Tintin´´ con su inseparable perrillo y su amigo chino me hicieron comprender pronto que había otras emociones aparcadas al margen del entusiasmo nacionalista, que era lo que se gastaba por entonces. Había que ser muy superficial para no percibir en aquellas aventuras, no solamente cierto personalísimo sentido de la universalidad, sino un proyecto cultural palpable que declaraba a la legua que –como con los años hemos acabado sabiendo– la China retratada por el héroe no era un invento ni el Congo revisitado una escena imaginaria, sino estudiados trasuntos de una realidad bien documentada y mejor conocida. Traigo a colación el tema porque, tras la intensa polémica ocurrida en los EEUU, Francia, Inglaterra o en la propia Bélgica, su patria, en Jerusalén acaba de celebrarse un congreso por todo lo alto dedicado –¡con la que está cayendo por aquellos lares!– a la grave cuestión de dilucidar la ideología del gran Hergé, su difunto autor, sospechoso hoy de colonialista e incluso de xenófobo como ya en su día, tras la liberación de París, lo fuera de colaboracionista con los nazis a juicio de algunos censores “aliados”. No se habla apenas, curiosamente, de “Tintin y los Soviets” ni de las impagables aventuras de esa pandilla en el Tibet, sino del famoso viaje al Congo en el que la erística que no nos deja vivir parece ser que ve ahora actitudes racistas en las bromas y veras que en él se gastan sobre la inteligencia de los blancos y la lamentable limitación de una negritud que no lo tendría fácil en el tebeo para sumar dos más dos. No hay nada que hacer: “Tintin´´ está bajo sospecha y bueno está el horno fundamentalista para pedirle cordura o, cuando menos, sentido de la circunstancialidad.
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No es que me chupe el dedo al extremo de no ver en la historieta de Hergé y sus personajes un eco reconocible de leopoldismo, ni de que se me escape que en la cosmovisión tintiniana subyace un sentido de la superioridad blanco-europea (a punto he estado de decir aria, y a ver por qué no, dado el contexto) en la que campea la famosa idea de que el negrito es irremediablemente indolente, pero, coño, ya me dirán que importancia puede tener eso comparado con lo que entre todos hemos acabado por perdonarle a los Paul Morand,  Céline, Drieu de la Rochelle  o Bernanos. En España, Jordi Pujol dijo públicamente por referencia a los andaluces que debían buscarse la vida en la próspera y protegida Cataluña, que cada pueblo tenía la suerte que merecía, y eso no es nada para lo que sus émulos han dicho o perpetrado luego imbuidos de un extravagante sentido de su superioridad regional. Fíjense: el pobre Hergé no tuvo inconveniente en eliminar de sus comics ciertos pasajes dudosos, a pesar de lo cual un estudiante congoleño, Mobutu-Mondondo, por poco logra hace poco retirar sus obras del mercado aunque, ciertamente, con el resultado de multiplicar sus ventas entre los curiosos y los cabreados. A mí este pleito de “Tintin´´ me inquieta en la medida en que creo que no es un hecho aislado ni casual sino que concierne al generalizado maximalismo que gustosamente censuraría el “Cantar de los Cantares” por lo que pueda tener de deliquio machista o el “Mío Cid” por su consustancial cercanía al santiaguismo medieval. Este mundo empieza a resultar incómodo a fuerza de inquisiciones aunque, al menos entre nosotros, aún no se le haya metido mano a nuestro enmascarado “Guerrero´´ ni tenido en cuenta su memorable saña antiislamista. Vamos a dejarlo, no sea que alguien se ponga manos a la obra, porque de menos vive hoy en España una legión de cuentistas.

La CA de IU

Golpe de mano, declaración de guerra. Ésas y no otras fueron las expresiones con que los jerifaltes comunistas andaluces reaccionaron ante la exitosa maniobra de Llamazares que concluyó con la destitución de los clásicos representantes andaluces en la dirección de ese partido de partidillos. La cosa no es para perder el sueño, seguramente, pero pone de relieve que la coalición está viviendo una crisis acaso terminal de la que no se salvan ya ni los mascarones de proa. IU es víctima de un PSOE a cuyas puertas lleva llamando con los nudillos desde hace varias legislaturas pero también de su propia intriga interna y, en cualquier caso, esta purga al viejo estilo deshace sin remedio el averiado sueño que fue IU-CA. Claro que la debacle culmina ahora, porque lo que se dice empezar, empezó cuando se fue excluyendo del proyecto el aliento anguitiano. En IU ha campado desde hace mucho tiempo el “principio de Peter”. Ahora sólo está tocando fondo. 

La Bulgaria onubense

La  previsión de esa minerva autodidacta que es Mario Jiménez es simple: las listas que el “aparato” decida elaborar serán aprobadas por el 99 por ciento de las amaestradas asambleas locales y sanseacabó. No esto ni lo otro: el 99 por ciento, guarismo y expresión cabal de los partidos sujetos que resultan impensables en cualquier organización abierta y, en suma, democrática. La degeneración de la democracia –explicada por tantos politólogos desde hace decenios– consiste en este secuestro del Sistema a manos de los partidos y en el control de esos partidos por oligarquías profesionalizadas. Claro que, al menos, por ahí se disimulan las cosas y se reducen los inútiles porcentajes búlgaros hasta límites verosímiles. En Huelva –y no sólo en Huelva, por supuesto– ni eso. Ha sido abrir la boca Saldaña y escupir el otro la unanimidad. La sociedad no debiera extrañarse luego de ver trasladados a la vida pública estos vicios de origen.

El terrorista bueno

La visita de Gadafi a España, con su cortejo extravagante, su jaima y sus cien vírgenes guardianas, está resultando repugnante. No esto ni lo otro, sino repugnante. Una auténtica vergüenza nacional. ¿Que por qué? ¡Pues por casi nada! Para empezar, porque Gadafi es un dictador brutal que tiene en un puño a un pueblo pobre en un país potencialmente opulento. O porque durante muchos años ha sido el gran patrón del terrorismo internacional, el dadivoso jeque que auspiciaba a todos los asesinos o que les proporcionaba entrenamiento en sus bases, el mismo que enviaba en valija diplomática sus petrodólares a las brigadas del terror. Y el que mandó volar en vuelo al avión de la Panam matando a cientos de viajeros. Un regalo, Gadafi. Pero, ah, un regalo que ha conseguido el sobreseimiento de sus crímenes, lavando primero lo del avión con una indignante indemnización a los familiares de las víctimas, tramando negocios con las democracias europeas después y, finalmente, escenificando su conversión a la causa de la paz mundial con una presunta ruptura con Al Quaeda. ¿Me preguntaba alguien que por qué he dicho “presunta”? Sencillo, como verán, si dejamos hablar al propio Gadafi. Ahí van sus frases: una, “Estamos orgullosos de ser terroristas porque hemos contribuido a la liberación del continente africano”; otra, “Ser terroristas es el precio que teníamos que pagar”. Así de claro, así de cínico, y sin embargo, los países de Occidente han decidido declinar la negra honrilla y olvidar ese pasado infame. Pelillos a la mar. ¿No han visto al Rey, al Jefe del Estado, atenderle solícito y pasar junto a él revista a nuestras tropas? Aquí paz y después gloria. ¿Y a ZP, no han visto al ZP recién convertido al credo antiterrorista, conversar amigablemente con él como si no supiera qué clase de pájaro tenía delante? Tocante a pájaros, francamente, a mí me la empluma que el Rey se rebaje a escoltar a un malnacido y hasta que el presidente de esta democracia en almoneda se enrolle entre el susodicho y el imprescindible intérprete. Ahora bien, como ciudadano libre en un régimen de libertades, como habitante de la libertad, no tengo otro remedio que escupir mi desprecio por el colmillo. Escupido queda.
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Por lo visto hay clases de terrorismo, terroristas malos y terroristas buenos, malvados a los que perseguir sin fronteras e impunes a los que ofrecerles alfombra roja. A ver con qué lógica podemos exigir, como exigimos (no todos, es cierto), que se persiga sin tregua a los etarras, desde qué equidad celebraremos que los entrullados en Francia pudieran pechar con condenas perpetuas, díganme en qué apoyarnos moralmente para pedir que aquí también se aplique esa severidad extrema en lugar de andarnos con paños calientes como ha venido haciendo el Gobierno toda la legislatura. No podrán. Esta visita constituye una ignominia, rebaja la dignidad nacional al suelo de las convenciones más rastreras, deja a nuestros máximos representantes a la altura del betún por mucha cara de circunstancias que pongan ante las cámaras, mecachis, mientras estrechan la mano ensangrentada de ese jeque con estrella. La tv ha entretenido al personal con el circo –una jaima, cien vírgenes, a ver qué más espectáculo cabe pedir–pero es necesario recordarle a la audiencia quién es ese extravagante personaje que, entreverado de domador y payaso, se pasea ufano por la pista. Es Gadafi, el terrorista, el verdugo de los pasajeros de la Panam, el financiero del terror, hoy reconciliado con la elite del mundo libre por la virtud infalible de su fabulosa fortuna. Me ha dado vergüenza ver al Rey y al Presidente agasajándolo como si tal cosa, nada menos que en el mismísimo palacio de El Pardo, para que de nada falte en el bautizo. Y no sé, la verdad, por qué registro salir mañana cuando se nos crucen los carniceros de ETA o los suicidas de Bin Laden. A lo peor es que, sencillamente, hay clases de terroristas y yo, torpe de mí, no lo sabía siquiera.