¡Ni que fuera Nueva York!

El alcalde de San Juan del Puerto se ha subido el sueldo 18.000 euritos, es decir, tres millones de las viejas pesetas, dejándoselo, finalmente, en 67.609 euros anuales, es decir, un millón mal contado al mes. Ésta es la austeridad mil veces prometida, la “congelación” de los salarios para combatir la crisis, la política entendida como vocación de servicio, un verdadero atentado al sentido común cuando en Europa entera, y por supuesto en España, la gente de la calle anda tentándose la ropa con tal de conservar el empleo, aguantar la rebaja salarial o, simplemente, mantener la garantía de sus ahorros en el banco. Algo le deberá el PSOE a estos ‘biempagaos’ (hay que incluir al ex-alcalde del Cerro y al de la Nava) cuando consiente este escándalo que, con toda seguridad, escandalizará en la provincia con peores perspectivas de paro de Andalucía.

Releer al clásico

Todo este terremoto de la crisis económica está dejando claro que los responsables mundiales, esos cuatro u ocho que tienen nuestras vidas en sus manos, andan improvisando como pueden remiendos para tapar agujeros y tónicos para frenar el desánimo. No tienen doctrinas sino recetas, quizá porque esta última era ha prescindido demasiado aprisa de casi todo el acerbo ideológico y cultural que venía permitiéndonos con anterioridad, a cada cual desde su ángulo, analizar la realidad y proponer soluciones. Todo el mundo parece estar despertando de ese ensueño –ay, “el fin de la Historia”—para volver a los clásicos, como si de pronto la vigencia de los viejos pensamientos arrumbados debiera ser rescatada para revisarla a la luz de este fenomenal fiasco que ha sido pasar de la ilusión de un modelo definitivo –eso que llamaban la “new age”—a una crisis de dimensiones sin precedentes que amenaza con llevarse por delante a tirios y a troyanos. El papa Ratzinguer ha decidido apoyar la antigua idea del cardenal Martini según la cual un problema histórico y decisivo de la fe es su desconocimiento de la Biblia y, en consecuencia, ha abierto un cónclave para buscarle solución a esa falla, sin pasarse ni quedarse cortos, es decir, con un pie puesto en la firmeza ortodoxa y el otro en la refrescante audacia que hace tiempo reclaman muchas comunidades. Por otro lado un maestro de los viejos tiempos, Eric J. Hobsbawm, anda empeñado en una campaña de vuelta a Marx, especialmente al estudio de los juveniles‘Grundisee’, convencido de que el actual olvido de su pensamiento responde tanto al fracaso del dogmatismo soviético como a la euforia liberalista potenciada por la caída del Muro. Por su parte, en USA y la propia Europa (no tienen más que leer la prensa diaria), teóricos de todas las tendencias reconsideran la posibilidad de un rescate de lord Keynes, el genio de la anterior crisis, para ayudar a comprender el estrepitoso fracaso del postulado de la no intervención que, por fin, se reconoce que ni Hayes ni Morgan Freedman descartaron nunca en situaciones críticas como la que vivimos y cíclicamente parece vivir el capitalismo. Hay que conservar los libros viejos, los manuales en los que creímos alguna vez, esos monumentos combatidos entre sí a cara de perro que, seguramente, contienen graves aciertos uno por uno.

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Ahora vendrá un periodo pragmático en el que todos los gatos serán pardos mientras se salvan los muebles o se rehace el edificio, pero luego volverán, no me cabe duda, las inútiles inquisiciones y los nocivos exclusivismos. Al fin y al cabo, no hay modo de seguir defendiendo (ni lo hace nadie ya, salvo un puñado de republicanos yanquis) que la salvación está en abandonar el mercado a su lógica perfecta y, en definitiva, sobre todo tras haber visto la nueva media defección de Europa, hay que aceptar que la única medida con pinta de solución de emergencia siquiera la debe la aldea global a esos EEUU que puede que, por tercera vez, salven a Europa de la debacle en menos de un siglo. Menos esperanzas cabe albergar de que los obispos convenzan a su feligresía menguante de que se enfrasque en la lectura de una Biblia que, por cierto, no estuvo bien vista por sus actuales promotores durante mucho tiempo. Y en cuanto a la resurrección de Marx que preconiza Hobsbawn, ya veremos, pero no es improbable que logre reponer las cosas en su sitio. Al fin y a al cabo, lo que se está demostrando inviable es un mundo si ideología, un proyecto no respaldado por la reflexión teórica. Hace poco los oyentes de la BBC eligieron a Marx como el mayor filósofo de la Historia mientras medio millón de alemanes lo elegían entre los más importantes de todos los tiempos. Arrumbamos los textos a la menor de cambio hasta quedarnos inermes frente a la realidad. Puede que la crisis nos fuerce a reconsiderar esa funesta manía.

El dinero local

Se multiplican las reclamaciones desde los Ayuntamientos, que quieren más dinero, mejor financiación por parte del Estado y llevan, en buena medida, razón. Convendría, sin embargo, una reordenación seria de las competencias antes de proceder al reparto, un plan de actividades y gastos que no duplicara las funciones como ahora se viene haciendo. Los Ayuntamientos se arruinan, en parte, por atender funciones sociales que no les corresponden y deben entender, además, que durante la crisis todos, incluso ellos, tendremos que apretarnos el cinturón. Más lógica vendría que se atendiera a la también creciente demanda de que se amorticen las Diputaciones, auténticos “colocaderos” de clientes partidistas, pero que carecen en plena autonomía, como tal administración periférica, de todo sentido. La crisis podría ser la ocasión de arreglar mucho desarreglo, una posibilidad sobre la que no albergo la menor esperanza.

Peligro de muerte

Desde la universidad Pompeu Fabra o desde la de Carolina del Norte, los investigadores insisten en que la mortalidad es superior en Huelva al resto de España, como podrá comprobaren en el nuevo Mapa de Mortalidad que será publicado a final de año. El alarmismo no tienen sentido nunca, pero la táctica del avestruz no deja de ser una irresponsabilidad extrema cuando se presenta el caso. ¿Por qué se niega la Junta, la consejería de Salud, a estudiar científicamente, la causa de ese hecho incontestable que es que en nuestra zona se registran más muertes que en ninguna otra de la nación? Eso resulta injustificable y deberían ser las autoridades y los agentes sociales los primeros interesados en aclarar la tragedia. Esas muertes –Huelva, Sevilla, Cádiz—han de tener su causa y razón. Negarse a investigarlas constituye un verdadero atentado a la convivencia.

El sexo débil

En medio de la polémica suscitada en Francia por el avance de la violencia contra las mujeres, alguien acaba de recordar que, hasta 1994, en ese culto país era delito penado con la cárcel pegarle al perro pero no estaba castigado la agresión a la esposa. Hará falta algo más que sanciones, sin duda, para contener esta extraña ola parricida, como pone de relieve el propio Gobierno francés al señalar el brutal incremento de los asesinatos de mujeres registrados en este año (166 víctimas) respecto a los del pasado (‘sólo’ 136), lo que representa un 30 por ciento más y nada menos que una víctima cada dos días. Otro organismo oficial ha denunciado que 410.000 mujeres han declarado haber sido atacadas violentamente por hombres en los dos últimos años, periodo durante el cual, según otro informe, 130.000 mujeres fueron violadas en le país: dividan y saquen ustedes mismos la cuenta diaria. Y para remate del estropicio, el secretariado de Estado del ramo lamenta que sólo un dos por ciento de las mujeres atacadas –incluyendo desde la violación consumada a la tentativa, exhibicionismos, tocamientos y otras–  se deciden a denunciar los hechos. No es real la versión que explica la barbarie que padecen las mujeres españolas en función del temperamento y otros condicionantes, como puede verse, y como pone de relieve la sorprendente comprobación de que, a pesar del progreso criminal en la estadística, las cifras de nuestro país siguen por debajo de la media europea y, según datos del Centro Reina Sofía,  bastante por debajo de la mayoría de los países del planeta. Un país tan ‘civilizado’ como Finlandia supera, en cambio, con mucho esa media continental, mientras que por debajo de España apenas hay cuatro países en ese negro ránking. No es difícil concluir, por eso, que tal vez la evolución de esa delincuencia española se reserve todavía incrementos importantes. Todo parece que falla en los dispositivos protectores dispuestos alrededor del sexo débil.

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Quizá el sociólogo tenga más que decir sobre esta tragedia que el criminólogo, con independencia de que las sanciones hasta ahora arbitradas siguen siendo visiblemente inútiles a la hora de disuadir al atacante. En España el fracaso de la ley específica que tanto dio que hablar no es discutible como no lo es el peso que en semejante fracaso haya podido tener la carencia de medios de protección adecuados, pero todo indica que hay causas profundas que, en esta sociedad, están actuando de modo devastador sobre las conciencias lo mismo aquí que en otros países que tal vez cabría imaginar menos propensos a este tipo de desórdenes. Una dura legislación no han impedido en Guatemala alcanzar tasas aterradoras, seis u ocho veces mayores que las europeas, es cierto, aunque parece razonable esperar que una elevación drástica de penas, acompañada de medios de prevención suficientes, pudieran poner freno a esta sangría con la que a la sociedad le ha ocurrido lo peor que podía ocurrirle, a saber, acostumbrarse a ella, asumirla como un fenómeno poco comprensible pero inevitable. Por ahora, pues, un completo fiasco. El nuevo papel social de la mujer, su legítima independencia serán, si se quiere, la causa última de este desorden supino, pero no cabe dudar de que ante un fenómeno previsible como el que están viviendo todos los países desarrollados, la reacción debe ser general y estar basada en una filosofía común sobre el origen del problema. Lo asombroso es la inopia en que se mantienen los especialistas, cada cual parapetado en su interpretación particular y lejanos todos siquiera de un ensayo de entendimiento común, junto a la indiferencia de los poderes públicos que saben bien, a estas alturas, que han fracasado en sus publicitados planes de contención. En Francia dicen que van a hacer una campaña informativa. Aquí hablan ahora de construir más cárceles. Puede que ni aquí ni allá hayan entendido el fondo de la cuestión.

La jungla de la justicia

Insistimos: es normal que un juez y una secretaria de juzgado que provocan con su negligencia una situación irreparable sufran la correspondiente sanción, como lo es que entre ambas haya una proporcionalidad razonable. Ahora bien, la realidad de los Juzgados es tremenda desde hace muchos años y cada vez peor, y la gran responsabilidad por esta situación recae sobre la Junta de Andalucía –que con tanta vehemencia reclamó las competencias sobre esa Administración–, sorda sistemática a las reclamaciones de los jueces y funcionarios. Lo que se va a hacer, al fin, con el “caso Mari Luz” es un ejemplo diáfano de esa gran trampa que consiste en castigar al autor material para dejar en penumbra a los auténticos responsables. La Junta no invierte en Justicia porque no es electoralmente rentable: ésa es la clave. Abrumados bajo una montaña de papel, quienes administran esa Justicia no son los primeros culpables. El Ministerio lo sabe muy bien. Por eso está haciendo lo que está haciendo.