Ministro contumaz

El ministro de Justicia insiste en que es muy libre de criticar las sentencias de lo es jueces y magistrados desde el Gobierno. No se da cuenta de que la propia institución, un ministerio de Justicia formando parte de un Gobierno, supone ya un golpe tremendo a la exigencia de independencia entre los poderes del Estado, como alguna vez explicó Jiménez de Parga. Su intervención y la de la Vicepresidenta a favor de la condena del juez Tirado han sublevado a los ropones pero lo peor es que están dejando en evidencia el insaciable designio del Poder Ejecutivo de controlar la Justicia y ajustarla a sus intereses. Ya no disimula, o quizá es que ha llegado un punto en que resulta imposible el disimulo. A este ministro, que es tosco por demás, se le nota más que a ninguno.

El último AVE

Dicen desde el Ayuntamiento que el AVE llegará a Huelva el último, es decir, tras todas las capitales andaluzas. Y sostienen que en ese retraso –debería estar terminado hace un año ya—no hay que buscar más responsabilidad que la del Gobierno que sistemáticamente ha excluidos de los Presupuestos Generales el Estado la consignación pertinente, obligado como está a desviar los dineros hacia sus socios catalanes. Lo demás, la tesis de que el AVE se retrasa por culpa del Ayuntamiento no se sostiene en pie porque a nadie beneficiaría políticamente más ese logra que al consistorio de la capital. Es más, ésa es quizá la razón por la que el PSOE local prefiere la demora y enreda con excusas que tampoco se sostienen. Isla Chica, El AVE, la Ciudad de la Justicia…: la guerra partidista de la oposición está retrasando años a la capital por la cuenta que le tiene.

La mala memoria

Ahora le ha tocado a Milan Juntera. Un documento hallado en el Instituto para la Investigación del Régimen Totalitario (“memoria histórica”, en versión checa) parece que prueba de manera terminante que nuestro admirado autor fue en su día, cuando contaba con 21 añitos, la persona que delató a la policía a otro estudiante que resultó, como consecuencia, condenado a muerte y, luego, a una larga pena de cárcel y trabajos forzados en una mina de uranio. No hará falta decir que Kundera ha salido presto a la palestra para desmentir la especie asegurando que no recuerda nada parecido y que debe de tratarse de una maniobra incriminatoria de ese Instituto o, más concretamente, de “un atentado contra un autor” que, en su caso, justo es recordar que fue expulsado del PCCH y obligado a exiliarse a Francia, donde continúa viviendo tras su espectacular éxito como novelista. Hay una vasta teoría de que la delación es algo connatural al hombre en determinadas condiciones  –se dice que donde hay clandestinidad hay irremediablemente delación—y recuerdo lo que  me impresionó en su momento la afirmación de Jules Romains de que la vocación delatora era frecuentísima en la especie humana a poco que las circunstancias la favorecieran, una tesis que tiene su más divertida ilustración en la delirante y espléndida novela de Chesterton “El hombre que fue jueves”, crónica de una intrincada conspiración en la que todos los participantes resultan ser infiltrados. En todo caso, las teorías de la delación –las vindicativas y las blandas—suelen ser producto de las situaciones posteriores a estados represivos y reflejar expresivamente la dualidad maniquea de sentimientos que en estos se engendra sin remedio. Cela dio una lección de prudencia supina cuando calló como un muerto ante la difusión interesada por la ultraderecha franquista de un lejano ofrecimiento juvenil en el que el escritor incipiente y sin trabajo creería entrever la pura susbsistencia. La denuncia del delator suele ser una delación a su vez. La mala memoria tiene ese punto flaco.

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Ha habido incluso pesimistas que han visto la propia y simple vida cotidiana como en entramado inextricable de delaciones aunque ninguno, que yo recuerde, como el gran Michelet que veía la sociedad como una especie de caserón en el que la traición se producía en el propio hogar, con la mujer espinado al marido, el hijo a la madre y así sucesivamente, y todo ello sin ruido, todo lo más como un triste murmullo –cito de memoria (“Des Jésuites”, introducción)–, un rumor de gentes que murmuran los pecados ajenos, que se roen mutuamente “tout doucement”. Claro que también ha sido literaturizada la imagen del delator relativamente redimido en el calvario de su mala conciencia y que pasa su vida melancólica lamentando su fracaso moral. Mucha novelería, demasiada para  mi gusto. La realidad palpable es que todo propósito de revolver pasados superados por la vida acaba descubriendo lo que no buscaban (o tal vez sí)  los inquisidores, que habría que ver dónde estaban y qué hacían en los tiempos duros de la clandestinidad, esos en que es posible que un joven como Kundera acabe delatando a un compañero al que ni conoce, vaya usted a saber por qué a estas alturas en el caso de que fuera cierto. Hay una vieja película de John Ford que retrata con mano maestra la circunstancia de esas desdichas que pueden convertir a un buen sujeto en un informador, pero la experiencia le dice a uno que debe de haber infinidad de personajes como el de Ford revestidos hoy de inquisidores y de verdugos cuando resulta preciso. Hará mal Kundera si pleitea por este motivo y da, con ello, al pregonero los tres cuartos que necesita para cumplir los designios de “los otros delatores”. Artur London nos contaba emocionado en París cómo él llegó a delatarse desesperadamente a sí mismo en Praga cuando la leyenda decía que hubo curas chinos que se cortaban la lengua para no ceder a la tentación.

Volver al pasado

Chaves quiere convertir el Parlamento de Andalucía en figura de lo que fueron las Cámaras de la España colonial, es decir, con sus representaciones extranjeras (americanas entonces) junto a las nacionales. Y basa ese sofisma  sofisma ridículo en que, puesto que el nuevo Estatuto habla de “circunscripciones provinciales”, no ve mayor obstáculo “para considerar a América y también a Europa como circunscripciones  provinciales andaluzas”. Ole. Nos toma por tontos, está claro, y la verdad es que, a estas alturas, algún  mérito hemos hecho para ello, pero es probable que nunca en su largo mandato haya tenido una idea tan absurda. Al “régimen” ya no se le resiste ni la geografía. Sólo le falta ahora incluir a Marruecos, como propuso Blas Infante.

Roma no paga

Empieza bien Manuel Andrés, el nuevo presidente pepero, rechazando de entrada todo tipo de hipotecas a su organización. El corte que le ha dado el alcalde de Palos ha sido memorable y si lo mantiene será, sin duda alguna, garantía de tranquilidad para su proyecto, que no debe nacer con la semilla de la ambición dentro. El fracaso del bando rebelde ha sido completo y es lógico, porque no tenía más razones que el las prisas de unos cuantos por escalar posiciones dentro del partido que tiene mucho por hacer en la provincia como para entretenerse en conspiraciones de juguete protagonizadas por descontentos. Ningún partido puede prosperar con servidumbres onerosas entorpeciendo la tarea del que lo dirige. Manuel mAndrés parece tenerlo claro desde el comienzo.

El modelo japonés

Se ha planteado en la tertulia de Carlos Herrera si era conveniente o no lo sería que los medios de comunicación  estén aferrados al notición de la crisis, multiplicando noticias deprimentes y difundiendo teorías no siempre coherentes. Mi opinión  ha sido que sí, que lo único que faltaba sería dejar este enigma de la crisis en las siete manos mal contadas que de verdad mueven sus hilos, en guardar silencio ante la catástrofe mientras la elite prodigiosa difunde sus versiones a placer. Dicen que es que la insistencia de la esa información  provoca el pánico, como si el pánico no fuera más que el efecto de la gigantesca estafa que se ha perpetrado aquí y que todos estamos empeñados –por la cuenta que nos tiene– en arreglar a toda costa, aunque seas pagando de nuestro bolsillo de contribuyente la alícuota que nos corresponda. ¿Quién tiene la culpa de que el personal no se fíe de la seguridad de sus ahorros? ¿No la están garantizando, incluso en España, los Gobierno de medio mundo? La gente se asusta porque tiene en la retina más o menos vaga la imagen del corralito argentino y las inútiles caceroladas que con desconcierto hemos estado tragándonos a la hora del telediario durante demasiado tiempo, pero también por la por la bendita evidencia de que si el Gobierno garantiza los depósitos es que corren peligro. No hay que tentarse la ropa, pues, a la hora de decirle a la gente la verdad, entre otras cosas porque la gente, en situaciones como la presente, puede en un momento dado igual sentarse en plan zen que lanzarse en tumulto a retirar del banco lo que es suyo. Una viñeta del NYT recogía el otro día la bronca que un marido dedicaba a su mujer al sorprenderla holgando con un extraño en su propio lecho, y el mayor reproche que le dedicaba era que estuviera cometiendo tamaña felonía sobre el colchón que guardaba los ahorros gananciales de toda una vida. El humor, como la literatura, se adelanta siempre a la realidad.

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En Japón se desató una crisis fenomenal hace más de quince años pero desde hace cinco más o menos han logrado estabilizar el desastre y –con interés próximo al cero por ciento—tratar de relanzar una economía boyante que ha quedado hecha trizas. Y se dice que si los japoneses sacaran al unísono al mercado todo el dinero que poseen disimulado en casa o en escondrijos seguros es probable que la recuperación entrara en una fase acelerada de no más de un par de años de duración. Es decir, que el desplome japonés ha durado una década instalado en la recesión, lo que no deja de ser un discreto aviso para nuestros navegantes, pero también sabemos ahora que buena parte de la responsabilidad por el retraso de la recuperación es consecuencia del lógico miedo de los ciudadanos. Se viene a la cabeza la que armo ‘Michael’, el de “Mary Poppins”, cuando se negó a entregar en el banco sus famosos dos peniques y la gente interpretó la escena como una prueba de falta de liquidez, organizándose el famoso tumulto que acabaría buscándole la ruina al padre del niño inocente y sólo se arreglaría por mediación de la propia ‘Mary Poppins’ que, en realidad, no era más que un hada buena. El problema, como dice un buen amigo mío, es que aquí están a la vista muchos sinvergüenzas especuladores pero no hay forma de ver por ninguna parte un hada buena. Ya he dicho otro día que espero un buen fin de este pavoroso embrollo porque no creo en Sansón: no hay nadie que se eche el templo en lo alto voluntariamente. Pero eso no excluye la posibilidad de que nuevos factores agraven la sensación de inseguridad de la gente provocando el miedo desatado, con lo que, como en el caso japonés, sería peor el remedio que la enfermedad. Esto no va a ser corto, probablemente. Lo que está por ver es qué destrozos deja en el camino el turbión desatado por la fe absurda en el progreso ilimitado.