La corrala política

El Tribunal Supremo ha admitido a trámite la demanda de protección al honor interpuesta por el presidente del PP andaluz, Javier Arenas, contra es estólido personaje sobrevenido que es Luis Pizarro, vicesecretario del regional del PSOE, y mano izquierda de Chaves, por haber calificado a aquel, así, a pelo, de “matón de discoteca”. El Alto Tribunal ampliará ahora la demanda, a petición del injuriado,  para incorporar los últimos improperios dirigidos al mismo personaje por el obsesivo Pizarro, entre lso que destaca el muy estalinista de tratar de inutilizarlo calificándolo, tras las huellas del propio Chaves, de trastornado mental. Sería curioso recontar las gravísimas  imputaciones injurias dirigidas a Arenas desde el entorno de Chaves, y casi tan curioso contabilizar las que aquel se ha tragado. Hace falta como el agua que un juez sanciones alguna vez a uno de estos deslenguados que, aforados o por libre, parece que no son capaces de mejor política que el insulto.

Vivir al relente

Por los datos que se van conociendo (y hay que incluir la ayuda recién concedida pro la Junta para los más desfavorecidos) quizá no bastan los mecanismos público y privados que se dedican a proteger a los que, como consecuencia sobre todo de la crisis económica, no tienen, en Huelva, ni un techo ni de qué comer. Quizá no fuera demasiado designar a un comisario de confianza –a ser posible ‘cívico’, no vinculado a las Administraciones—para averiguar a fondo la situación y tratar de proveer en consecuencia. Una sociedad como la onubense no puede consentir esa miseria extrema, visible en plena calle además, como no debe tolerar la pobreza vergonzante que humilla a tantas familias descolocadas por la circunstancia. No es justo dejar a ‘Cáritas’ y otras organizaciones todo el peso de esa tarea. Sobrando tantas oficinas y consejos, no se ve por qué no establecer uno dedicado a la solidaridad más elemental.

‘Yankee, come here’

Parece ser que, sin quitarle méritos a la ‘gendarmerie’ francesa ni a la Guardia Civil, han sido los americanos, los denostados yanquis, para entendernos, quienes han dado en el clavo descubriendo las direcciones de correo electrónico que utilizaba Txeroki, el jefe de ETA, para impartir instrucciones a sus sicarios. Parece algo normal en este clima de prevención antiterrorista, pero ya verán como tanto proamericanos como antiyanquis se estrujan el coco en busca de razones, cada cual para arrimar el ascua a su sardina, no por nada sino porque esta porfía es tan vieja ya que no va a reducirse ni por uno ni por cuarenta gestos amistosos que haga el denostado. Después de todo, ésa es la suerte de todos los Imperios –incluyendo el nuestro–, esas soberbias elevadas que acaban siempre dando motivos para su propia degradación, como saben bien los estudiosos desde Hegel a Gibbon y desde Toynbee a Cipolla. Pero el caso del antiyanquismo es quizá más jodido porque de hecho ha funcionado durante medio siglo largo como una seña generacional y, muy especialmente, como una suerte de indicador de prestigio de las elites intelectuales europeas cuando menos a partir de la incomprensible guerra de Vietnam, seña que ha sido renovada luego en la mentalidad adversaria a causa de  los recientes sucesos de Irak por no hablar de otros menores, frutos todos ellos, probablemente, de ese especial autismo en que la gran potencia ha vivido encerrada mientras vendía tanques y mandaba leche en polvo a las “provincias” lejanas. Siempre creí que tanta fobia carecía de base aunque tuviese motivos, y nadie desde luego tan implacable en la crítica a esos motivos como sus propios observadores desde Whright Mills a Norman Mailer. El antiyanquismo tradicional ignoró porque quiso la contribución mayúscula de los EEUU a la libertad del mundo en las dos guerras llamadas mundiales y sirvió eficazmente de contrapeso –hoy sabemos lo que fue aquello—al otro Imperio aunque nosotros, los de mi generación, justificaramos al ‘Dr. No’ frente a ‘007’.

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Filias y fobias históricas cambian, bien embargo, como bien sabemos por la Historia, y nunca mejor que en este bicentenario goyesco para comprender que el enemigo de ayer puede ser el aliado de hoy e incluso el anfitrión que te presta silla y bandera, y te da asiento a lumbre rescatándote de la intemperie. La “pérfida Albión” hizo un papel nada desdeñable en la Independencia que ahora conmemoramos mientras Wellington destruía minuciosamente toda la industria española (cerámica, vidrio, tapices) que pudiera hacerle la competencia a su país. Normal. Y hoy los EEUU, más a más, la vapuleada CIA, nos pone en la mano, como quien no quiere la cosa, la guadaña para cortarle la cabeza a la hidra etarra, un hecho que viene a sumarse a las fotos presidenciales prodigadas estos días por la propaganda oficial (por la de aquí, se entiende) como primer movimiento hacia lo que bien podría acabar siendo un cambio radical de estimativas, incluso para cuantos llevaron (llevamos) en la solapa aquel botón negro que decía provocativamente “Yankee, go home” para que se enterara el que pudiera. Verán, no acabo de tragarme eso de que los EEUU andan pisando la raya de un cambo de era y menos que pudiera ser Europa la encargada de hacerle el relevo, como no pierdo la esperanza de que una etapa distinta logre banalizar por lo menos el estigma que durante medio siglo nos ha mantenido en la mano el hacha de guerra, haciéndonos vivir de espaldas o en contra de un país mal juzgado en el que, sin embargo, podíamos admirar desde James a Faulkner y desde Parsons a Whitman. Ningún Imperio fue comprendido a fondo en su época. Todavía no es tarde para que hasta ZP acabe entiendiendo esta buena razón.

Bellaquería y mal gusto

No sé si el amanuense que confeccionó los test de Canal Sur incluyendo una pregunta sobre la imaginaria relación del ex-presidente Aznar con la ministra Dati, lo hizo por su cuenta o siguiendo ingeniosas sugestión superior. En cualquiera de los dos casos, la broma es una vileza como lo hubiera sido preguntar por el GAL, por el “caso Montaner” o por los hermanos de Chaves, temas más relevantes, a todas luces, para un aspirante a periodista, que aquella leyenda rosa. Canal Sur no sólo se comporta como la voz de su amo sino que hace méritos y menea el rabo para que el amo se fije en al propiedad de su papel, pero lo peor es el grado de bellaquería y de mal gusto que implica una maniobra de esa naturaleza, merecedora tal vez de que el CAA le diera un tirón de donde fuera preciso.

El chare de la Sierra

Por fin, el ‘chare’ de la Sierra, el hospital de referencia que amparará a veintinueve pueblos y una población de casi 40.000 personas. El anuncio de hizo en el año 2005, es decir, casi tres años y medio, y no es escatimó propaganda electoralista para divulgar la noticia. En fin, bien está lo que bien acaba, si es que acaba en tiempo y forma, que ésa es otra, porque los tiempos que vienen no permiten hacerse muchas ilusiones sobre la futura capacidad de inversión de la Junta, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de compromisos que la Administración autónoma tiene contraídos en la provincia. Vamos a ver si se cumple ese año y medio largo que se concede a los contratistas para construirlo. En total el Chare llegaría con cinco años de retraso pero a ver quiuén discute que menos da una piedra.

Clases de pobres

Han provocado no poco revuelo las conclusiones de un estudio sobre la pobreza extrema y sobre el origen circunstancias de los “sin techo” que, bajo los auspicios de la Caixa, han elaborado unos profesores de Comillas. Se muestra en él que no está justificado el tópico de que el ‘lumpen’ que vive al raso, los tristemente famosos  techo”, están ahí por su mala cabeza, es decir, a causa de la destrucción producida en sus vidas por la mala vida, la enfermedad mental y la adicción a las drogas, dado que un buen número de ellos –nada menos que el 40 por ciento de los estudiados—son recién llegados a ese ejército de la miseria a causa de la crisis económica y sus efectos sobre la construcción y el sector servicios. Por supuesto que no entiendo el escándalo, porque no veo porqué va a ser más lamentable la desdicha de esos desheredados radicales, por tener como tienen en un 10 por ciento, estudios universitarios o un porcentaje mucho mayor de estudios elementales y medios, que la de quienes con ellos comparten los rigores del abandono sin títulos ni categorías socialmente reconocidas. Lo que no quiere decir que esa información no implique su dosis de inquietud, pero sí que hasta para asomarnos al submundo de la miseria extrema seguimos utilizando nuestra anteojeras clasistas. Y lo que si que es peor, el estudio avisa de que, dadas las previsiones sobre el desarrollo de la crisis y su especial repercusión en esos sectores, el contingente actual se verá seguramente superado a medio plazo por nuevos descolgados que han agotado la protección de esa barbacana que es la protección familiar o amistosa. Pronto podríamos ver multiplicada esa legión de abandonados que no tiene qué comer ni donde reposar su cabeza. A ver cómo le arreglan su drama a estos los comensales de Washintong.

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Buena parte de la responsabilidad por estas situaciones corresponde, desde luego, al propio Estado y sus negligentes o confusos servicios, como lo demuestra la desconexión detectada entre las políticas de vivienda y las de protección social (que eufemísticamente siguen titulándose de “bienestar” social). Habría que llamar la atención también, a mi modo de ver, sobre el hecho de que esos dramas, tantas veces degenerados en tragedias, gozan de una extraña invisibilidad que el hábito y la buena conciencia de la gente instalada convierte en absoluta, a pesar de que sucesos terribles –como el mendigo asesino de Madrid o los varios casos de agresiones brutales y hasta de quema intencionada de indigentes—suelen conmocionar de modo efímero a la opinión. Ni siquiera funciona una red mínimamente adecuada de albergues nocturnos y comedores, y mucho menos un dispositivo de esa naturaleza capaz de atender las necesidades que sin duda se avecinan en este proceso masivo de desclasamiento social que el paro y la pobreza habrán de acarrear, no solamente sobre los segmentos más débiles del proletariado convencional, sino sobre amplios sectores de las clases medias bajas que, como ya ocurriera en Argentina, pueden verse en la calle y al relente una vez que los efectos previstos de esta debacle financiera terminen por hacerse presentes en nuestra vida. Hasta puede verse en esos ataques bárbaros a los desgraciados, como el sufrido hace poco por una indigente quemada viva en un cajero por un grupo de señoritingos, un ejercicio catártico, en cierto modo apotropaico, es decir, destinado a alejar la visión excesivamente incómoda o inasimilable hasta para conciencias tan expeditivas y malvadas. Pero lo probable, en definitiva, es que en un futuro no lejano las organizaciones civiles y, especialmente, las religiosas, que hoy son la única mano tendida a esa desgracia supina, se vean superadas sin remedio por al aumento de la catástrofe social y moral. Veremos qué hace para entonces ese Estado cuya presencia y función reclaman ahora quienes han sido cómplices indiferentes de las tropelías del Mercado.