El libro y la hoguera

Todo el mundo habla del acto de Bellas Artes a favor de Garzón destacando de él la parrafada de Cristina Almeida en la que manifestó su impulso primario de quemar los libros políticamente incorrectos y, en concreto, los de César Vidal. Una verdadera pena, por encima de cualquier otro sentimiento porque ella, como muchos de nosotros, recordamos muy bien la época en que los extremistas de la dictadura, de la mano de Covisa o bajo la protección de ‘Billy el Niño’, quemaban nuestras librerías solamente por el hecho de serlo. Quemar los libros de la disidencia o de la crítica es un antiguo reflejo que ya se le ocurrió a Diocleciano, a Savonarola, a Calvino, a Torquemada, a Goebbels y a Pinochet antes que a Cristina Almeida. Recuerden ‘Fahrenheit 451’, el relato de Bradbury llevado al cine. Pero, más cerca en todos los sentidos, recuerden los incendios de las librerías madrileñas o provincianas a manos de la “guerrilla” franquista, la obsesión por eliminar por el fuego, como en un ritual purificador, cuanto contradecía aquella mísera cultura asfixiante tras sus puertas cerradas. Este ‘crescendo’ funeral y guerracivilista pasa ya de la raya con mucho incluso tratándose de  esos “intelectuales” sobrevenidos que cumplen el raro papel –para un intelectual—de vigilar la viña del Gobierno amigo. “Los perros guardianes” les llamó Paul Nizan en otro de los libros quemados por entonces. Mala cosa, expresar siquiera ese instintivo impulso de coger la tea y acabar con la materialidad de la disidencia. ¿Acaso la Historia, mejor o peor, de los llamados “revisionistas”, va a desaparecer por eso? ¿Y quién es ella ni nadie para quemar, nada menos, que el libro ajeno, la razón que no coincide con la suya? Nadie, absolutamente nadie.

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 Da pena ver a dónde está llegando la marea, pensar que la idea de quemar el libro es la inmediatamente anterior a linchar al escritor, la penúltima respecto al gesto cainita de romper la baraja y legitimar imaginariamente la violencia. Y más si cabe en personas que han vivido de cerca la represión –no como otras–, que conocen al dedillo esos procedimientos, que saben por experiencia lo fácil que es comenzar el conflicto y lo difícil que es detenerlo. Demasiados signos fatídicos en esta etapa, desde las fosas abiertas y los esqueletos al aire, al apogeo del dualismo que divide a esta sociedad como no la había estado ni en las postrimerías de la dictadura, aquella época gris y gélida en la que también se recurrió a la quema de libros por parte de los exorcistas de turno. Por lo demás, no veo en esa lista junto a los justicieros que apoyan a Garzón ni a Hugh Thomas, ni a Elliot, ni a Stanley Payne ni a otros muchos entre los que, de verdad, saben del tema, pero sí a muchos de los que no me parece ninguna temeridad presumir lo contrario. ¿O es que esperaban que al destapar esa caja de Pandora iban a escapar sólo los males ajenos? No esperaba uno, sin embargo, ver a los viejos conocidos de los malos tiempos, por más que hayan cambiado de uniforme y levanten ahora el puño contrario, reproduciendo las mismas pulsiones de aquellos bestias liberticidas. ¡Quemar el ‘stand’ de El Corte Inglés para acabar con los libros Vidal, de Moa y demás! Uno quiere seguir creyendo que hay cosas que no volverán, es más, lo creía a pies juntilla, hasta que oído esa voz conocida expresando, no sé si con inocencia o con insensata brutalidad, las mismas consignas de antaño, el elogio del fuego, la pira de libros ardiendo como metáfora hipostática del auto de fe definitivamente criminal. Otro paso decisivo, fatal, pues. Vamos que nos matamos (literalmente) hacia un enfrentamiento abierto, que invoca y prefigura ya la violencia, sin complejos, como una gracia malaje, el exterminio del adversario. De momento sólo de sus libros. Pero quién sabe si, con el tiempo, todo se andará.

Formas de ver

Para Chaves el escándalo del coche del consejero de Turismo (66.000 euros de ala), el mismo que en Extremadura el Presidente le ha hecho devolver a su Vicepresidenta, no es más que un “escándalo inventado” que “se presta a la demagogia”. Desde Canal Sur, el PSOE que lo teledirige dice que es “indecente” protestar por la inclusión en un examen para futuros periodistas de la casa, una pregunta sobre los supuestos amoríos de Aznar con una ministra francesa. ¿Qué quieren? La mayoría absoluta equivale a una dictadura legítima y el chavismo parece empeñado en refrendar este antiguo axioma. Aunque sea a base de vileza o de cara dura, aunque no se sostenga el argumento y hasta los ciegos vean la realidad. El “régimen” en Andalucía es cada día más fuerte. Sólo desde él se dice qué es justo o no lo es, qué es una vergüenza y qué no. Con el silencio cómplice de la mayoría, por supuesto. Echen una mirada y compruebe quién se ocupa de estos abusos y quien calla por sistema. Ahí tienen la mejor clave para entender lo que está ocurriendo aquí.

Crisis en el JRJ

No parece fácil contradecir al sindicato Satse en el asunto de la fuga masiva de enfermeros del ‘hospital de referencia’ Juan Ramón Jiménez. Si lo es, el SAS no tiene más que publicar la relación de bajas en sus plantillas, pero eso no parece posible ni quien tal lo pensó. Hay demasiados problemas en ese centro piloto, demasiado conflicto o demasiada incompetencia, aunque parece lógico pensar que un sindicato profesional como ése no va a arriesgarse a salir dando números y circunstancias sin tener a mano los resguardos y las pruebas. Y si es verdad que se han ido 60 enfermeros obligados por la falta de orden, la penuria de medios y la mala organización del trabajo, la cosa constituye un problema de primera magnitud. Era difícil superar o siquiera emular al doctor Pozuelo y, sin embargo, no tendría mucho de extraño que el SAS lo logre y en poco tiempo.

El desafío del arte

Una brigada de policía especializada ha logrado, tras arduos esfuerzos, localizar y detener en Madrid a un ‘artista’ espontáneo que se dedicaba, con nocturnidad y alevosía, a lanzar contra los muros neoclásicos de El Prado bombas de pintura rellena de vivos colores que dejaban sobre ellos un dudoso combinado cromático de discutible valor. No es por entrar en la vieja porfía, pero tengo para mí que si esa operación la hace el Barceló que ha confeccionado la cúpula de Bruselas, lo menos que hubiera obtenido habría sido una sonora disputa entre admiradores y protestantes que verían en el chafarrinón algo muy distinto a lo que pudieran ver en una gamberrada. Cualquiera sabe donde termina el genio y comienza el camelo, o viceversa, pero el arte, desde hace ya muchos decenios, busca cada vez más la firma, la personalización del autor y el relumbrón de la obra, a contracorriente de la clásica norma de Quintiliano, “ars celare artem” (el arte consiste en ocultarlo) en lugar de lo contrario. Barceló pasa mucho, por supuesto, de estas consideraciones posibles, y a ver quién no la haría en su lugar una vez vistos en la inauguración de su obra desde el Rey hasta el último mono y tras haber escuchado en el Congreso cómo el rifirrafe entre la Oposición y el Gobierno sobre el tema, procuraba escrupulosamente evitar el juicio de valor para centrarse en cuestiones tan prosaicas cómo de dónde ha salido el dineral que ha costado el chafarrinón de nuestro artista de moda o cual de los dos partidos mayoritarios es más generoso con el mundo pobre, de cuya asignación ha salido, por lo visto, el dinero de referencia. Es posible que la estimativa artística no haya hecho coincidir nunca la opinión de los ‘expertos’ con la del destinatario natural de la obra, que no es otro, en principio, que la gente en su conjunto, pero está claro que hemos alcanzado un punto en el que la creación ha derivado hacia un  arte solipsista, pasto de las elites cómplices y exclusiva de ellas. Sí, ya sé que la crítica es fácil y el arte difícil, pero a ver cómo le explican al embadurnador de El Prado que su ‘obra’ constituye un delito si lo hace él y una excelencia si la perpetra un famoso.

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La vanguardia, de la que decía Valerie que todo cambia en este mundo menos ella, ha sabido blindarse contra la humilde crítica demótica, improvisando axiomas y pamplinas que,  la verdad es que si no convencen a nadie en sus cabales sí que son capaces de rabear lo suyo en cualquier debate estético. Cuando un tipo como Duchamp te dice que el enemigo del arte es el buen gusto o cuando Cocteau asegura que, en materia de arte, cualquier valor que se pruebe resulta (es) vulgar, se están cerrando las puertas a la crítica libre, incluso a esa “crítica del gusto” sobre la que divagó Galvano della Volpe, reduciendo el criterio a un catecismo curiosamente restringido y de aplicación y uso estrictamente minoritario. Cuando me meto en este tema recurrente en mis preocupaciones, recuero siempre lo que dijo un hombre tan interesante como René Lobstein (“Les douce Douzains du Négoce”) cuando aseguró que el final del arte no era otro que ocupar su plaza auténtica como servidor de la publicidad, un augurio atroz que cada día parece más probable a la vista de lo que estamos viendo (y pagando). Ésa debatida cúpula, sobre la que sorprendentemente no se ha oído ni un  tímido disentimiento, ha costado –con sus rojos sangre, sus verdes esmeralda, sus turquesas inefables y sus panes dorados—más que la mayoría de nuestra obras de arte disponibles y no ha habido ni una mala cara en la inauguración, por supuesto, como no ha habido ni una crítica fuera de los circuitos oficiales del arte. Perdonen la aparente vulgaridad del argumento, pero estoy convencido de que si en lugar de Barceló la firman cuatro pelanas de Vallecas los echan a gorrazos y, desde luego, no hubiéramos visto al Rey en la inauguración. ¿Cuestión de gustos? A lo mejor es hora de pensar si no se trata más bien de sentido común.

Las oposiciones de la Junta

En la Junta los únicos no entran por oposición son los que mandan. El resto, como hace poco en Canal Sur, debe responder a preguntas que aluden a imaginarias relaciones sentimentales de Aznar con una ministra francesa (hace falta mala leche para eso y poca vergüenza para culpar a la empresa contratada) o bien enfrentarse a un examen con preguntas repetidas, como sucedió en una reciente prueba padecida por los oftalmólogos contratados del SAS. ¿Cuántas oposiciones lleva impugnadas y perdidas la Junta. cómo es posible que prolongue durante un  año el desenlace de una prueba a médicos que operan todos los días en sus servicios o resuelven expedientes sin saber si mañana irán a la calle? Y encima, como digo, los únicos que entran por la cara, sin pruebas ni oposiciones, son precisamente los que mandan. El milagro es que esa Administración  siga en pie.

Secretos del oleoducto

No le falta razón a Valderas cuando habla del “tío” y del “sobrino” por relación al proyecto de de oleoducto que va a comprometer gravemente, pero tampoco a la consejera cuando –capciosamente o no-l lo desafía a dar nombres y circunstancia concretas. No vale tirar la piedra y esconder la mano, y ei IU tiene noticia fidedigna de que esa obra responde a favores debido al tráfico de influencia, debe aportar lo que sabe al Parlamento o incluso al Juzgado si procede. Que el oleoducto en cuestión está protegido por el PSOE está demostrado, que sus promotores poseen medios de comunicación al servicio del “régimen” es un secreto a voces, que ZP en persona avala el negocio es público y notorio. Si IU sabe algo más concreto e incriminante debe publicarlo sin demora y dejarse de medias palabras.