Las facturas eran falsas

La decisión de los procesados por el caso de las facturas falsas del Ayuntamiento de Sevilla, de pactar con la Fiscalía la devolución de lo afanado a cambio de suprimir el juicio, es la mejor demostración de la realidad de esas infracciones que, en cualquier democracia medianamente rigurosa, acarrearía un seísmo en todo el gobierno municipal. A ver cómo se le explica ahora a los contribuyentes desde al Ayuntamiento de la capital de Andalucía que facturar en falso tampoco es tan grave, pues basta con devolver el dinero defraudado –sólo en caso de evidencia—y santas pascuas. ¿Financiación ilegal del partido y no lucro personal? Pues quizá peor me lo ponen y, sobre todo, peor se lo ponen a ese alcalde en el que no confía ya ni su propio partido

La obsesión del PSOE

¿Quién dijo que las Diputaciones no servían para nada (yo mismo) en un régimen autonómico? Sirven para pagar con el dinero de la provincia los intereses del partido dominante, bien colocando a todo bicho viviente caído en el paro político, bien subvencionando actividades contra el adversario. De hecho la Dipu de Huelva paga, según parece, a siete de cada diez concejales de la oposición en la capital, por el procedimiento de “liberarlos”, o séase, de pagarles para que se dediquen ‘full time’ a perseguir a los ‘populares’ con quienes no han podido en las urnas desde hace cuatro legislaturas. ¿No rechinaría eso en una auditoría como la gente, hay derecho a que con los impuestos de los agobiados ciudadanos se financie la estrategia del partido? De lo que no cabe duda es de que estas formas de dispendio lo son también de corrupción institucional.

Cosas del sexo

Las imágenes de la exhibición (‘espectáculo’, lo llamaban las autoridades académicas) ofrecida en la Escuela de Arquitectura de La Coruña por dos ‘strepers’ como salutación del optimista a los nuevos estudiantes, me ha traído a la cabeza la vieja anécdota que viví en la Complutense hace la tira cuando una alumna se desnudó inesperadamente, dio una carrera por el campus y, finalmente, se refrescó en la piscina/fuente que allí había depositado el ingenio de Fisac. La sorpresa provocó de inmediato la protesta de algún eminente y querido maestro, defensor de la integridad y el fuero del “alma mater” pero encontró la oposición complacida del ya casi provecto don Luis García de Valdeavellano, el ilustre institucionista, que cortó en seco las quejas: “Déjalos, hombre, déjalos, que ya era hora de que en esta Facultad se enseñara algo que mereciera la pena…”. El argumento de don Luis era infinitamente más coherente y enjundioso que las nimiedades que hemos podido oír por la tele a estos responsables académicos, alguno de los cuales, junto a la consabida monserga de la eliminación de prejuicios, ha llegado  a hablar de la propiedad y sus vínculos con la arquitectura, imagínense. No está en su mejor momento el culto al cuerpo, en todo caso, según parece, a la vista de la prohibición que en China se está llevando cabo del ‘streptease’ ritual que la tradición funeraria ha conservado hasta nuestros días, aunque quizá lo que esté en juego sea otra recuperación del espíritu censor en la mente de nuestras autoridades, como lo demuestra la prohibición de publicidad callejera dictada por la administración madrileña contra una película ciertamente “hard” titulada “Diario de una ninfómana” a la que, con  toda seguridad, los censores han asegurado el éxito de masas con su absurda decisión. También en el Festival de Cine romano se ha censurado otro film basado en un relato de Hemingway parece ser que en función, sobre todo, de cierto beso lésbico como los que Madonna ha puesto de moda hasta en los festorros de aldea.

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Para serles del todo sincero he de decirles que nunca entenderé ni el interés por garantizar la exhibición del cuerpo ni la obsesión por ocultarlo. Los generosos escotes que hoy se llevan se han impuesto sin violencia alguna y, por ventura, ante la convicción de los ocultistas de que ese tipo de moda no hay quien lo pare dada la proverbial tendencia femenina a mostrar su cuerpo. Hace poco, en cambio, una dama entrada en años y en carnes se exhibió en la romería lepera montada a caballo cual lady Godiva sin lograr más efectos que unas cuantas fotos de oportunidad y la rechifla de ese irónico pueblo. En el XVIII hubo  algún obispo que se especializó hasta tal punto en la policía del escote que llevó su casuismo a autorizarlos hasta “dos dedos por debajo del hoyuelo” pero de ninguna manera más abajo, como en los años 20 los famosos desnudos públicos de la pobre Mata Hari acababan siempre de espaldas para ocultar la leña. Estoy convencido, por lo demás, de que en esta materia tiene mucho que ver el pornógrafo subjetivo de ese censor más o menos maníaco, como aquellos que en nuestra postguerra desataron contra el ‘streptease’ de “Gilda” una tremenda campaña por haberse quitado un simple guante de satén. No se dan cuenta, por lo visto, de que el desnudo esta secularizado –como ya lo estuvo en la iconografía, incluso en la sacra—y de que, como advirtiera el incisivo Michel Leiris hace tiempo que llegó el día en que ya apenas hay magia en el desnudo. Los arquitectos de La Coruña han apostado por un 68 retrasado y algo palurdo de igual modo que la administración conservata de los Madriles pretende ponerle puertas al campo en medio de este paisaje dilatado y baldío. La secularización ha desacralizado el cuerpo tradicional pero aquí seguimos conviviendo entre antiguos y membrillos.

Ministro contumaz

El ministro de Justicia insiste en que es muy libre de criticar las sentencias de lo es jueces y magistrados desde el Gobierno. No se da cuenta de que la propia institución, un ministerio de Justicia formando parte de un Gobierno, supone ya un golpe tremendo a la exigencia de independencia entre los poderes del Estado, como alguna vez explicó Jiménez de Parga. Su intervención y la de la Vicepresidenta a favor de la condena del juez Tirado han sublevado a los ropones pero lo peor es que están dejando en evidencia el insaciable designio del Poder Ejecutivo de controlar la Justicia y ajustarla a sus intereses. Ya no disimula, o quizá es que ha llegado un punto en que resulta imposible el disimulo. A este ministro, que es tosco por demás, se le nota más que a ninguno.

El último AVE

Dicen desde el Ayuntamiento que el AVE llegará a Huelva el último, es decir, tras todas las capitales andaluzas. Y sostienen que en ese retraso –debería estar terminado hace un año ya—no hay que buscar más responsabilidad que la del Gobierno que sistemáticamente ha excluidos de los Presupuestos Generales el Estado la consignación pertinente, obligado como está a desviar los dineros hacia sus socios catalanes. Lo demás, la tesis de que el AVE se retrasa por culpa del Ayuntamiento no se sostiene en pie porque a nadie beneficiaría políticamente más ese logra que al consistorio de la capital. Es más, ésa es quizá la razón por la que el PSOE local prefiere la demora y enreda con excusas que tampoco se sostienen. Isla Chica, El AVE, la Ciudad de la Justicia…: la guerra partidista de la oposición está retrasando años a la capital por la cuenta que le tiene.

La mala memoria

Ahora le ha tocado a Milan Juntera. Un documento hallado en el Instituto para la Investigación del Régimen Totalitario (“memoria histórica”, en versión checa) parece que prueba de manera terminante que nuestro admirado autor fue en su día, cuando contaba con 21 añitos, la persona que delató a la policía a otro estudiante que resultó, como consecuencia, condenado a muerte y, luego, a una larga pena de cárcel y trabajos forzados en una mina de uranio. No hará falta decir que Kundera ha salido presto a la palestra para desmentir la especie asegurando que no recuerda nada parecido y que debe de tratarse de una maniobra incriminatoria de ese Instituto o, más concretamente, de “un atentado contra un autor” que, en su caso, justo es recordar que fue expulsado del PCCH y obligado a exiliarse a Francia, donde continúa viviendo tras su espectacular éxito como novelista. Hay una vasta teoría de que la delación es algo connatural al hombre en determinadas condiciones  –se dice que donde hay clandestinidad hay irremediablemente delación—y recuerdo lo que  me impresionó en su momento la afirmación de Jules Romains de que la vocación delatora era frecuentísima en la especie humana a poco que las circunstancias la favorecieran, una tesis que tiene su más divertida ilustración en la delirante y espléndida novela de Chesterton “El hombre que fue jueves”, crónica de una intrincada conspiración en la que todos los participantes resultan ser infiltrados. En todo caso, las teorías de la delación –las vindicativas y las blandas—suelen ser producto de las situaciones posteriores a estados represivos y reflejar expresivamente la dualidad maniquea de sentimientos que en estos se engendra sin remedio. Cela dio una lección de prudencia supina cuando calló como un muerto ante la difusión interesada por la ultraderecha franquista de un lejano ofrecimiento juvenil en el que el escritor incipiente y sin trabajo creería entrever la pura susbsistencia. La denuncia del delator suele ser una delación a su vez. La mala memoria tiene ese punto flaco.

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Ha habido incluso pesimistas que han visto la propia y simple vida cotidiana como en entramado inextricable de delaciones aunque ninguno, que yo recuerde, como el gran Michelet que veía la sociedad como una especie de caserón en el que la traición se producía en el propio hogar, con la mujer espinado al marido, el hijo a la madre y así sucesivamente, y todo ello sin ruido, todo lo más como un triste murmullo –cito de memoria (“Des Jésuites”, introducción)–, un rumor de gentes que murmuran los pecados ajenos, que se roen mutuamente “tout doucement”. Claro que también ha sido literaturizada la imagen del delator relativamente redimido en el calvario de su mala conciencia y que pasa su vida melancólica lamentando su fracaso moral. Mucha novelería, demasiada para  mi gusto. La realidad palpable es que todo propósito de revolver pasados superados por la vida acaba descubriendo lo que no buscaban (o tal vez sí)  los inquisidores, que habría que ver dónde estaban y qué hacían en los tiempos duros de la clandestinidad, esos en que es posible que un joven como Kundera acabe delatando a un compañero al que ni conoce, vaya usted a saber por qué a estas alturas en el caso de que fuera cierto. Hay una vieja película de John Ford que retrata con mano maestra la circunstancia de esas desdichas que pueden convertir a un buen sujeto en un informador, pero la experiencia le dice a uno que debe de haber infinidad de personajes como el de Ford revestidos hoy de inquisidores y de verdugos cuando resulta preciso. Hará mal Kundera si pleitea por este motivo y da, con ello, al pregonero los tres cuartos que necesita para cumplir los designios de “los otros delatores”. Artur London nos contaba emocionado en París cómo él llegó a delatarse desesperadamente a sí mismo en Praga cuando la leyenda decía que hubo curas chinos que se cortaban la lengua para no ceder a la tentación.