Música y letra

Estos días difíciles la Marsellesa ha pasado de ser un himno nacional –originariamente fue un canto de guerra y no un símbolo civil—a funcionar como el esperanto de las democracias. Escucharla en Wembley a grito pelado y con el acento del tantas veces enemigo, ha sido, por el momento, su apogeo, la demostración de que es posible un patriotismo democrático como más o menos sugirió Habermas, precisamente ahora que, en plena globalización, el patriotismo no está de moda más que en la aldea y la identidad se resiste a ser un rasgo colectivo. Por lo demás, España no es un país tan patriótico como Francia, Inglaterra o EEUU ni lo ha sido más que, excepcionalmente, siguiendo a Viriato o al cura Merino, como lo prueba que en tres o cuatro siglos no ha sido capaz de ponerle letra a su himno. Aquí se pita multitudinariamente el himno nacional y (y al jefe del Estado) y no se mueve una hoja, mientras que en Francia Sarko mandó suspender el partido donde eso ocurriera y estableció penas de prisión para los heroicos silbadores. En Inglaterra, en fin, son capaces de honrar al viejo enemigo entonando su himno como lenitivo para su tragedia.

¡La Marsellesa! Terrible himno, a poco que se sepa traducir la letra, pero utilísimo instrumento de convivencia, tan útil que hasta sirve para la exportación de la cordialidad, y del que se atribuye a Napoleón, entre tantos apócrifos, esta gran intuición: “Esta música nos ahorrará muchos cañonazos”. A mí me la enseñaron a cantar en “petit comité” y en una escuela francesa porque por aquel entonces solía relacionarse con la II República, de la que, efectivamente, fue himno antes de que se impusiera el de Riego, y también, seguro, porque hacía poco que había sido el himno clandestino contra los nazis de Vichy. Hoy, como puede verse, lo mismo sirve para emocionar hasta el llanto a la muchedumbre que para subir el ánimo de los hinchas en los campos de fútbol, y eso es algo que jode porque, evidentemente, no estaría a nuestro alcance, a estas alturas, “consensuar” un himno a gusto de todas las tribus entretenidas en desbaratar la vieja piel de toro. Se ha dicho que cada país tiene el himno de que se merece que viene a ser como decir que no somos más que lo que en nosotros, siglo tras siglos, victorias tras derrotas, penas tras alegrías, ha ido tejiendo lentamente la Historia. Nosotros sólo tenemos la música. Por coherencia con nuestro frágil patriotismo nunca tuvimos letra.

Tres imputaciones tres

Tres imputaciones tres, tiene ya en lo alto la presidenta de la Autoridad Portuaria de Huelva, señora de Paz –un elefante en una cacharrería—sin que la Junta le haya reñido siquiera. La primera imputación lo es por un presunto delito mediobambiental, la segunda por sendos delitos prevaricación, de atentar contra la integridad moral de los trabajadores, de malversación de fondos públicos y fraude de subvenciones, y la tercera, por atentar, o eso dicen, contra la libertad sindical y el derecho de huelga. ¿Qué tendrá la señora de Paz que mantiene tantas guerras sin que sus superiores le digan ni pío? Cuentan que tiene ordenado, por cuenta del maestro armero, renovar puntualmente el ramo de flores en su despacho. Va de lírica, como ven, pero claman contra ella desde lo más alto de su plantilla hasta el último trabajador.

Triunfo del pánico

El domingo fue aterrador en Bruselas. El centro de la capital europea, en plena alerta terrorista –declarado y prorrogado el más alto nivel de alarma– vivió un domingo frío y desierto. La tropa y la policía cortó las calles y el Metro, se decidió no abrir el lunes las escuelas ni los teatros, muchos comercios y restaurantes echaron el cierre voluntarios. Eso se llama ganar antes de vencer: el terrorismo va ganando esta batalla por goleada si tenemos en cuenta que ha desarbolado se seguridad francesa revelándonos lo que muchos no sabíamos: que la central operativa del terror internacional anda instalada en Bélgica y que la coordinación ante el fantasma del pánico será cualquier cosa menos eficaz. ¿Se puede ganar una guerra sin vencer antes al enemigo? No sé lo que cabe responder en términos técnicos y marciales, pero ateniéndonos al sentido común cabe decir que sí. ¿Qué si no un éxito del terror islamista es ver a París aterrado, desaparecido prácticamente el turismo, tomado de modo literal por las fuerzas de seguridad, vivir el soponcio más bien hiperbólico del operativo montado alrededor del Bernabeu con motivo del “clásico”, contemplar en la tv y en sesión continua las ruinas morales de Bruselas? En la guerra convencional –recordemos Irak o Afganistán—no se triunfa hasta que se saca de un agujero a Sadam o se muestra a la prensa el cuerpo acribillado de Bin Laden; en la terrorista, sí. En la terrorista basta con alterar a fondo la convivencia del atacado, es suficiente con sembrar entre la muchedumbre un miedo intenso, no para ganar una guerra, desde luego, pero sí para celebrar el triunfo de una batalla.

La que está cayendo no es otra guerra, un conflicto armando más en la historia de la Humanidad. Más bien se parece a la leyenda del Viejo de la Montaña y sus asesinos –que resultó no ser, ni mucho menos, una ilusión de Marco Polo–, al ideal milenario de la guerra sin frente, incluso sin guerrillas, de la organización secreta de sicarios ismaelitas abducidos por la promesa coránica del oasis celeste servido por huríes y reservado al guerrero, los “hassasin” de corvos puñales, que atacaban por sorpresa a sus víctimas invocando a Alá. No todo el mundo sabe que “asesino” viene de “hashsashin” y ésta de hachis, la droga con que se propulsaba la temeridad terrorista cuando no existía el “captagon”, ese psicótropo que vuelve feroz al cobarde y templado al histérico. Van ganando la guerra, eso está claro. Y más claro aún que Occidente no sabe cómo responder.

Hamlet vivo

He visto en Sevilla, y a cargo de la compañía Teatro Clásico de Sevilla que dirige Alfonso Zurro, un soberbio montaje del “Hamlet” shakespeariano. Actual y eterno, quiero decir que ajeno a la injustificada moda “actualizadora” de nuestra dramaturgia, a mi juicio, siempre que no se trate de la versión libre de un tema lejano, entre otras razones porque esa obra cumbre del teatro isabelino no es más ni será nunca más que un “remake” del mito construido por Sófocles sobre las huellas esquileas de “Los siete contra Tebas”, es decir, la tragedia –innata según los freudianos—del hombre, de todo hombre que sólo se resuelve –cuando se resuelve—en la difícil coyuntura adulta. Zurro ha recobrado la versión de Leandro Fernández Moratín, tan fiel al modelo renacentista, y ha sabido inculcar en cada actor el sentimiento del “pathos” sin el que la leyenda en cuestión no pasaría de folletín. La ventaja de “Hamlet” reside en su intemporalidad –lo que implica actualidad—de un mensaje que la gente, hombres y mujeres, entenderán siempre porque se aferra en lo más hondo de la entraña, sin necesidad de que nos lo deletree ese psicoanálisis que tanto ha contribuido a su difusión. Y eso lo vive con sentido trágico esta compañía contagiada del hálito emotivo de la presunta pasión originaria del ser humano, desde el joven y convincente protagonista hasta esa Gertrudis desleal en que don Leandro convirtió –con étimo germano y todo—a la conmovedora Yocasta que se balancea eternamente de su soga en nuestro subconsciente colectivo, pasando, ésa es la verdad, por el colectivo completo.

¿Paga el Poder a estos profesionales, los premia como hacía el evergeta griego o los fuerza a vivir su vocación sobre el más radical voluntarismo? No lo sé, aunque lo dude, pero sí sé que el teatro estaba abarrotado y que vi en los ojos de más de uno/a asomar la lágrima delatora. Una vez vimos un “Rey Lear” en el coliseo ateniense de Herodes, al pie de la Acrópolis, encarnado por actores rusos, y juro que se les entendía todo: tal es la potencia emocional y lógica del mito y su recreación literaria. ¡Soberbio, el montaje de Zurro, colosales sus actores! No voy a decir con Benavente aquello de ver el cielo en el escenario. Yo lo que vi antier fue a este mundo, al de ayer y al de hoy, al de siempre, conservado, por fortuna, en el bendito formol del entusiasmo farandulero. Un clásico es siempre un contemporáneo por mucho que el Poder lo ignore, quien sabe si con su cuenta y razón.

El viejo binomio

Muchas cosas han sucedido tras la masacre de París. Se han suspendido los encuentros de fútbol entre España y Bélgica, así como el de Alemania-Holanda y la sombra planea sobre el “clásico” Madrid-Barça. Sólo en Londres, en Wembley, se ha jugado, con un par y un derroche de patriotismo contagioso e internacionalista a los sones desgañitados de La Marsellesa. Hay miedo en Europa y en Francia siete de cada diez ciudadanos asegura que respalda el proyecto de ampliar la seguridad aunque sea a costa de la libertad. Es inevitable que ese viejo binomio, seguridad-libertad surja en cuanto aquella peligra debido a la evidencia de que sin seguridad no hay libertad que valga. No hablo, por descontado, de la Libertad con mayúscula, ese tópico de la retórica política, sino de las “libertades” civiles concretas que son las amparadas –y, por tanto, reguladas—por la Ley. Si éstas corren peligro no queda otra que limitarlas sin perjuicio de su fundamento. Lo demás es pura mitomanía. Y no se trata de bravatas –el otro día la explosión de una bombilla provocó una lógica estampida entre los valientes—sino de vivir con serenidad y determinación una conciencia de riesgo.

Es claro que las tiranías no soportan el dilema que plantea ese binomio: simplemente aniquilan todo resquicio de libertad, y sanseacabó. Desde la siracusana, la nazi o la nuestra, todas las dictaduras son idénticas en ese punto: disfrazan el liberticidio como garantía de seguridad. Pero en democracia también cabe cohonestar ambos términos. Uno de cada siete franceses así lo han comprendido estos días y así lo reclaman, seguros en su consolidada democracia de que lo justo y necesario es resolver sin estridencia ese binomio vertebral de la dignidad humana sin el cual nunca se acaba de superar el “estado de Naturaleza” por la civilización. Lo que no se puede es pretender vivir a merced del crimen, paralizados por el terror, en esta nueva Edad media telemática en la que las piras arden y las hachas tallan los cuellos lo mismo que en la pasada, acaso por un malentendido sobre la índole de los derechos del hombre y el alcance de la Justicia. La seguridad es condición inexcusable de la libertad, qué le vamos a hacer, como ésta es el laurel que garantiza la nobleza en la frente del hombre. Ni el hombre es un Dios para el hombre, como fingen algunos, ni un lobo para el vecino, como ideó Plauto y difundió Hobbes. Nada más peligroso que engañarnos a nosotros mismos.

Tocar la p…

La actual consejera de Hacienda y Administración Pública, María Jesús Montero, que antes lo era de Salud –ya conocen el axioma borbollista de que “to er mundo vale pa to”—hizo célebre en la crónica del Club del AVE una imprecación tan machista como terminante: “¡A mí no me toquéis la p…!, frase que la retrata admirablemente de frente y de perfil. Pero, ay, ahora ha llegado el Tribunal Constitucional y le ha tocado lo que querido, a saber, el famoso “decreto del enchufismo”. Ya ven que todo es relativo en la vida pública y que la chulería sólo vale con “los de abajo” pero se convierte en servidumbre cuando “desde arriba” te cogen las medidas. La Función Pública autonómica nunca ha merecido una gobernanza experta convencido el partido en el poder de que los funcionarios deben ser clientes. Pero a veces, sin embargo, hay que parar el carro y tragársela doblada. ¡Enhorabuena a los funcionarios, aunque sea por una vez!