Sin Gobierno

Entre el constante murmullo que circula a propósito de la incapacidad de nuestros partidos para ponerse de acuerdo en algo tan básico como es la gobernación del país, van distinguiéndose algunas voces que recuerdan el caso de Bélgica, que creo recordar que estuvo año y medio sin ejecutivo, sin que el país lo notara apenas. También hay guasistas que recuerdan lo pacíficos que discurren los días en puentes y vacaciones, es decir cuando el reloj funciona sin relojero que lo trastee, llevados sólo por lo que yo llamaría su inercia vital. ¿Son necesarios los Gobiernos? Yo no tengo dudas, a fuer de jacobino, pero no tengo más remedio que admitir la parte de razón que llevan esos objetores cuando ponen el ejemplo del Parlamento de Andalucía (y supongo que habrá otros muchos ejemplos), que tras consolidar su derecho a un mes de vacaciones, ha doblado ese derecho por el sencillo procedimiento de cerrar las puertas de la Cámara durante el mes de enero. Bien, ¿y quién nos dice, en vista de lo visto, que si se auto-otorgaran otros dos o cuatro meses de relax se iba a venir abajo el templo? Fuera de bromas, es obvio que la falta de acuerdo o la amenaza de un concierto inquietante para los mercados –pues ése es nuestro dilema– suponen un daño cierto para la nación y si no ahí están los datos sobre la retracción de las inversiones o los desplomes sucesivos de la Bolsa, hasta ahora camuflados, con el argumento del “efecto mariposa”, remitiéndonos a la súbita crisis china. Yo he visto correr como si escapara de una prisión a un gallo decapitado.

Por lo demás, no me cuento entre quienes se sorprenden de la cerrazón de Sánchez teniendo en cuenta que lo que ese hombre defiende es el pan de sus hijos. ¿Una “grosse koalition” en este país de cabreros? Hombre, tampoco es eso, porque la estatura y complexión de las políticas –como de las ideologías—van en estrecha relación con la de sus protagonistas y, con toda evidencia, ni Rajoy es Merkel ni Sánchez es Steinbrück, el hombre que, teniendo en su mano pactar con la izquierda y con la derecha, ha optó por prolongar la coalición. Uno anda convencido de que, al final, será Rajoy quien forme un Gobierno, seguramente efímero, y ya veremos qué ocurre cuando Podemos se haya merendado al PSOE o lo haya reducido a una fuerza marginal. Ahora se ha demostrado que nuestra democracia sigue estando inmadura. Eso se nota más que nada en la incapacidad de los partidos para supeditarse al bien común.

Olfato político

Habrá, seguro, quien vea en la proclama españolista de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, un forcejeo por el control de su partido, y también quien diga, con razón, que un máximo responsable de la autonomía andaluza no puede hacer otra cosa si pretende permanecer en esta taifa. Su gesto, en todo caso, es justo y razonable, y dadas las circunstancias, puede contribuir y mucho a evitar algún disparate que planean ciertas izquierdas. Le faltará lo que se quiera, pero lo que no se le puede negar a esta señora es un olfato político que le ha permitido escalar en su “aparato” y, contra todo pronóstico, convertirse en un referente nacional. Quien apueste o deje apostar por el separatismo en Andalucía tendrá poco que hacer por aquí abajo.

Mein Kampf

Siempre hubo libros prohibidos. De un capitán de Milicias de mis tiempos universitarios se contaba la extraordinaria anécdota, muy probablemente apócrifa, de que el encontrar en un macuto una edición bilingüe de “La República” de Platón arrestó incontinenti al aplicado e informó a sus jefes de que lo había hecho por tratarse de un libro que, además de titularse “La República”, estaba escrito en español y en ruso. Ahora acaba de publicarse, por vez primera en setenta años, la obra capital de Hitler, “Mein Kampf”, o sea “Mi lucha”, ese centón de tópicos y troje de odios y rencores –que es fama que ni siquiera lo escribió él sino la mano astuta de Rudolf Hess—que muchos de nosotros, espíritus inquietos, leímos en su día por curiosidad malsana. Dicen sus editores del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich que han editado la obra maldita tras someterla a una estricta crítica, un argumento que me convence poco teniendo en cuenta la dificultad intrínseca que implica imponer una lógica saludable a otra surgida de un sistema ideológico insensato. “Mein Kampf”, a mi modesto juicio, no es sino el discurso de un demagogo loco pero con buen olfato para reconocer cuáles eran los apetitos de sus posibles lectores, los alemanes de una época tremenda encogidos pavorosamente, como casi toda Europa, tras la Revolución Rusa. El enemigo judío, con toda su carga legendaria, la propia burguesía timorata o el proletariado corrompido eran el Mal, con mayúscula; la mítica depuración aria del paisanaje, el remedio. Ustedes verán.
Siempre hubo libros prohibidos. En nuestro siglo XVII para exponer la doctrina de Maquiavelo había que dar un rodeo por Tácito, como me enseñó mi maestro Maravall y acaban de ilustrar un grupo de filósofos en un espléndido volumen colectivo encabezados por Pablo Badillo. Los mismos que hacían un uso inmoderado de la “razón de Estado”, ellos que envilecían la Historia amañándola a sus intereses, prohibían a los Lipsio o a los Solórzano, esgrimir el fino estoque del florentino. Los alemanes han pensado que mejor es mostrar del disparate íntegro pero sometido a la crítica actual, que mantener en torno a ese libro bufo la siempre incitante bruma del misterio. Lean a Hitler y verán a qué grados de aberración e idiocia puede llegar la mente de un ambicioso. Pero también, a qué extrema complicidad puede someterse un pueblo sabio. Verán lo poco que se necesita para causar la mayor tragedia que ha conocido la especie humana.

El declive político

Cuando discutimos sobre el increíble enredo en que se halla inmersa la política española solemos olvidarnos de algo tan sencillo y obvio como es el declive de la “clase política”. Tenemos hoy en nuestro Parlamento y el resto de nuestras instituciones, el peor plantel de personajes políticos no sólo de la democracia sino tal vez de nuestra historia, un hecho que tiene fácil comprobación con un simple repaso a la información gráfica que nos demuestra lo insondable de nuestra crisis indumentaria. Hemos pasado, casi sin darnos cuenta, de la cartera a la mochila, de la formalidad en el vestir a la funcionalidad más ramplona, de los viejos currículos apretados de títulos a esos historiales que caben en un papel de fumar y sobra sitio, y eso es algo que va a pagar España, no ya a lo largo de una legislatura casi imposible, sino ya, de entrada, cuando se constituyan una instituciones ocupadas por paracaidistas ocasionales procedentes de la agitación callejera o de la astucia mediática. Nunca hemos dispuesto de un elenco tan desastrado e inexperto como el que ha salido de las últimas elecciones generales que será, por lo demás, el que habrá de enfrentarse, más tarde o más temprano, a la exigente política que nos impone la crisis y la pertenencia a la Unión Europea. Y no es que uno eche de menos a los Romanones de chaqué y chistera, sino que un somero conocimiento de lo que es la política y la Administración nos avisa del riesgo de un informalismo que más que expresar novedades anuncia un más que probable descalabro.
Nuestra democracia ha heredado de la Dictadura que la precedió la idea de que la política práctica puede depositarse en manos de cualquiera con tal de que el beneficiado mantenga lealtad a su fautor. Ha bajado el nivel de formación de nuestros cuerpos funcionariales, multiplicados en las autonomías, y ahora, además, se ha abierto la puerta a la calle para que penetren en el “sancta santorum” los más bullangueros de la chirigota, que no suelen ser, normalmente, los mejor formados ni tienen por qué ser los más inteligentes y capaces, y ello en el peor momento histórico que ha vivido España en régimen de libertades. Aseguran los expertos que el descenso del paro no ha sido espectacular en diciembre a causa de la incertidumbre de los inversores que reclaman ante todo, como es natural, una seguridad jurídica que el cuadro que acabo de describir dificulta sin duda. Jamás ha alcanzado la política española un fondo tan abismado.

Suum cuique

Lo dijo el romano: dar a cada uno lo suyo. En el Parlamento de Andalucía hay que lamentar el acuerdo unánime de los partidos en trincar sueldo, dietas e indemnizaciones se trabaje o no en la institución, un acuerdo provocador en esta hora de ajustes y recortes. No les da vergüenza atribuirse dos meses de vacaciones pagadas –enero y agosto—mientras la muchedumbre se aprieta el cinturón. Todos menos Podemos, hay que reconocerlo, lo que demuestra la debilidad ética y política de las formaciones clásicas y hasta qué punto han asumido los representantes del pueblo la desvergonzada capacidad de regularse a sí mismos trabajos y privilegios. Si esos son los encargados de controlar al Gobierno, imagínense lo que podrá hacer éste.

Curiosidad infantil

Escucho a una experta por la radio. Cuenta que cuando explicaba a unos niños que la Luna gira alrededor de la Tierra y que ésta lo hace alrededor del Sol, uno de ellos le lanzó el dardo de la inocencia: “Y entonces, Seño, el Sol alrededor de quién gira”. Confiesa que no sin incomodidad les ha explicado que el Sol, como todas las estrellas de nuestra galaxia, giran en una milenaria danza astral, alrededor de un gigantesco agujero negro que va engulléndola poco a poco –es un decir—sin que nadie tenga idea ni repajolera idea de qué es lo que sucede tras su “horizonte de sucesos”. Los niños tienen una robusta curiosidad comparados con los adolescentes y, por supuesto, con los jóvenes recién barbados, quienes, por lo visto, pierden ese interés por el enigma que secretamente arrastra la imaginación infantil. ¿Por qué el hombre nace curioso y, salvo raras excepciones, pierde luego la curiosidad, sustituida acaso por un pragmatismo que tal vez ya no le abandone nunca? No lo sabemos, pero así es y mucho me temo que irá a peor a medida que destruyamos la inocencia feliz e inquisitiva a base de esos milagros electrónicos que la santa infancia aprende a manejar mejor que nadie por el simple pero científico procedimiento de “prueba y error”. Según los expertos, la zanja que separa las primeras etapas de la vida es ya casi insalvable pero también es seguro que irá ensanchándose con el tiempo.
Sospecho que la futura pedagogía deberá introducirse en esos trebejos electrónicos si quiere aprovechar el vertiginoso progreso tecnológico que, sin darnos cuenta apenas, nos lleva en volandas. Nada explica mejor la entidad y vida de una célula, pongo por caso, que un diseño visual adecuado, en el que el neófito “vea” lo que tiene que “entender”, pues ya Heisenberg demostró en su día que nuestro cerebro requiere –tal que en la caverna platónica– “ver para entender” aunque sea por sombras: sólo somos capaces de comprender lo que es visualizable, lo que la imaginación sea capaz de proyectar en la pantalla primitiva de nuestro cine interior. ¿Pero por qué perdemos tan pronto la curiosidad, origen del conocimiento, si dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo? Tengo entendido que no se sabe y, pensándolo bien, a ver qué más da mientras la tentación lúdica se obceque en el pasatiempo en lugar de mostrar tanto motivo apasionante como hay dentro y fuera de nosotros. Quizá habría que prolongar la inocencia en vez de cambiar el plan de estudios.