IU, en su papel

Se defiende Valderas de las acusaciones de entreguismo al PSOE pero los hechos confirman, caso tras caso, su sempiterno objetivo de entrar en la órbita del partido gobernante. Ahí tienen el papel penosísimo que está jugando la coalición, socia del PSOE en el Ayuntamiento de la capital andaluza, y que no es otro que el jugado durante años por el grupo en el Parlamento de Andalucía: apoyar al Poder para evitar a toda costa las acciones decisivas contra la corrupción, negándose a constituir comisiones investigadoras e incluso –como estos días, a que se aclare el llamativo escándalo de se concejo singular al que se la amontonan casos como los de nepotismo o facturas falsas. Es difícil estar al caldo y a las tajadas, sobre todo mucho tiempo. E IU lleva legislaturas dejándose los nudillos, con mayor o menor disimulo, a las puertas de Chaves.

Puentes electorales

Nada se sabe de los puentes que iban a hacer sobre la marcha en Huelva, de creer a los altos mandos durante la campaña electoral. La consejera –para eso está ahí– dice un día que nada sabe del tema y al siguiente que la ridícula consignación presupuestaria a ellos destinada nada significa puesto que la obra ya ha empezado. El camelo de los puentes se cuartea cada día que pasa y mucho nos tememos que la crisis galopante, ahora ya recesión, retrasará ‘sine die’ esa revolución viaria que se sacaron de la manga los mitineros en las últimas municipales. No habrá puentes, ya lo verán, ni este año ni el que viene ni probablemente el siguiente, sencillamente porque no hay dinero y porque Huelva no figura entre las prioridades del PSOE. Ahí está el proyecto de aeropuerto o el de AVE para demostrarlo. Y el de los puentes, por supuesto.

La reina muda

Una doble y discutible convención viene rigiendo desde la Transición entre nosotros. La primera es que la Corona –que reina pero no gobierna—debe callar a pesar del rol conciliador que la Constitución le atribuye. La otra es que sobre la Corona no se habla. Por eso no me extraña el turbión  levantado por las opiniones de la Reina, poco acordes con lo políticamente correctas, que aparecen  recogidas en el libro de Pilar Urbano. ¿Puede opinar la Corona fuera de los discursos escritos y visados por el Gobierno? Miren, no voy a meterme en la eterna discusión sino para fijarme en el hecho insólito de la celeridad con que la Casa Real se ha sentido forzada a emitir una dudosa réplica que, partiendo de la idea de que la Reina ha resbalado con todo su equipo, no hace sino desautorizarla de plan o y, de camino, tratar de dejar en evidencia poco verosímil a la autora del libro en cuestión. Porque, verán: la Casa Real, que se ha regido habitualmente por la sabia estrategia del silencio y rara vez ha levantado la voz ante rumores y noticias muy graves, se ha apresurado a dar árnica ante la presión de determinadas minorías de moda, como los colectivos de gays y lesbianas, que por lo visto no aceptan que la Reina exprese una opinión que comparte una amplia mayoría de ciudadanos, pero que, curiosamente, parecen de acuerdo en exceptuar a esa mujer de la regla de igualdad y derechos femeninos para convertirla en florero institucional. Una Casa Real que no tuge ni muge cuando se acusa al monarca de enriquecerse desde el poder, de pagar sus amoríos con fondos reservados o de matar un oso previamente briago, cede a la primera ante la declaración de un ‘lobby’ sobrevenido cuyo poder está a la vista. El Rey puede mandar callar a un jefe de Estado; la Reina no puede mostrar siquiera su opinión particular. El marginalismo es como una muñeca rusa: ábrela y saldrán otras.

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Me explico como republicano que soy. Cuando la Reina dice que la ley civil no puede ignorar la natural parece ignorar el progreso que supuso para las civilizaciones el largo proceso de secularización de este último concepto dado el primitivismo y la brutalidad de muchas de esas leyes “naturales”: “no matarás en tan ‘ley natural” como la que establece la lapidación. Pero discrepar conceptualmente del llamado “matrimonio” homosexual es algo que comparte la Reina con la inmensa mayoría y, desde luego, abogar porque el cargo se designe por mérito y no por cuota sexual, también. El problema es, pues, si la Reina puede opinar o no y así como no tendría importaría mi criterio para nada , sí que importa y mucho que desde esos ‘lobbies’ marginales se exija su silencio y la cosificación de su figura. Más claro todavía: ¿alguien  cree que la Casa Real hubiera emitido ese pésimo desmentido si los protestantes hubieran sido los colegios médicos, las asociaciones de consumidores o incluso la influyente masonería? Pues yo no. ¿Cómo entender que esa Casa permanezca muda cuando alguien describe al Rey como “hijo de un crápula de condición deleznable (sic)” o lo acusa de corrupto y de organizar el golpe del 23-F y salga perdiendo el trasero a la palestra cuando quien protesta es un colectivo gay y cuatro gatos de menor cuantía? De ninguna manera, ya digo, a no ser que admitamos finalmente que este país está siendo dominado por esos grupos de presión que han pasado de perseguidos a dictadores de lo correcto. Un marginalismo que traga con que la Constitución siga discriminando a las hembras en el derecho de sucesión a la Corona, exige una Reina muda, decorativa, destinada de por vida a permanecer en pie dos pasos detrás de su marido. Este país tiene ya funcionando a toda máquina sus nuevas inquisiciones y no faltaría entre esa ultravanguardia mimada quien pretendiera ponerle su sambenito a la mismísima Reina y pasearla en burro de la Zarzuela a Chueca.

El periódico líder

El consejero de Empleo (¿para cuando llamarlo de Desempleo?), Antonio Fernández, no da una en sus menesteres. Si embargo, tiene una obsesión devoradora con El Mundo de Andalucía, al que él llama –lo mencionó catorce veces en su reciente comparecencia parlamentaria—“el periódico líder” o el “líder de referencia” de la oposición, cosa que desde aquí le agradecemos cordialísimamente. Fernández no da una. Ni la dio con Delphi, ni la está dando en Santana, ni la dio en el oscuro asunto Fivesur que dio origen a este incidente, en el que la Junta salió garante de una constructora, nadie ha podido saber por qué. Le está grande el traje a Fernández, lo que ya es decir en el actual vestuario de la Junta, y quizá lo único que justifica su permanencia es su griseidad. La región más afectada por la caída en picado del trabajo merecía poner al frente de ese departamento a alguien más capaz y menos obsesivo. Ya verán como Chaves  no lo hace.

Y van tres

Puestos a abusar del auspicio en esta sección que ya acertó de antemano las defenestraciones de Trillo y Parralo, arriesguémonos a decir que, aunque hay razones para pensar en que a quien se busca es a una mujer para derribar al Superalcalde,  Elena Tobar tampoco va a ser la candidata de las próximas municipales. Su debut ha sido malo, pero eso es lo de menos, toda vez que hace tiempo que hay razones para pensar que la mesa-camilla duda entre otras féminas con más relieve en el aparato aunque, ciertamente, sin especial atractivo electoral. Lo malo es que queda mucha legislatura y ello va a permitir un gobierno sin oponente, lo que nunca es bueno. Cuando al final decidan qué rostro maquillado poner en los carteles será quizá tarde para su propósito pero, además, se habrá perdido mucha energía política. Al PSOE le importa poco el Ayuntamiento. Lo que quiere, evidentemente, es la alcaldía.

Fuego y vudú

En un mismo día la Justicia francesa ha rechazado la demanda interpuesta por el presidente Sarkozy contra la empresa que anda distribuyendo muñequitos con su imagen junto a un lote de doce agujas para practicar vudú e instrucciones orales para acompañar el rito con improperios y expresiones denigratorias, y la Justicia española –o lo que queda de ella—ha debido absolver a los separatistas catalanes que quemaron la imagen del Rey, es decir, del Jefe del Estado, en solidaridad con otros condenados previos por la misma causa. Aquí el magistrado que presidía el tribunal ha dejado claro que le parecía “incomprensible” la actitud del fiscal al pasar sin solución de continuidad de la consideración de delito (única que compete a la Audiencia Nacional) a la de simple falta, o lo que viene a ser lo mismo, a la exoneración práctica de responsabilidad para futuros pirómanos de la realeza. Allá, en Francia, Ségolène Royal, siempre al quite y nunca recuperada de su derrota, se ha apresurado a esgrimir el socorrido argumento de la libertad de expresión aplicada en este caso a los practicantes de esa macumba. Los demócratas americanos, por su parte, han ahorcado en efigie a Sarah Palin aprovechando las carnavalescas de la noche de Hallowen tal como en muchos países islámicos (y no islámicos) se ha venido haciendo con la imagen de los Bush desde la primera guerra de Irak. Se está quebrando, al parecer definitivamente, el resto de sacralidad que pudiera quedar en la noción del Poder cuya función simbólica, al margen de los abusos, que los ha habido, ha prestado no pocos servicios a la convivencia ordenada. Pero hay, al mismo tiempo, en esas actitudes algo clamorosamente primitivo, una vuelta a la racionalidad mágica que pretende conseguir, en el procedimiento sublimatorio del sacrificio del líder, su daño y eliminación. Porque pase lo de esta majada cimarrona, pero ver ceremonias vudú en la culta Francia no me digan que no resulta no poco estrambótico.

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El problema podría estar en que todos regresáramos a la vez al neolítico y nos pusiéramos a incinerar o a  colgar de una viga a los líderes que nos incomodan, porque la verdad es que no quiero pensar lo que ocurriría si a estos o a los otros les diera por quemar en público las venerandas imágenes que cada mesnada tiene en su santuario, o simplemente, si se generalizara el desorden de afrentar a los barandas de cada bando incluso con un símbolo tan explícito como es el fuego. Aparte de que mucho tiene este asunto de heredado de las viejas inquisiciones para las cuales la quema en efigie era el último recurso –impotente pero vejatorio a tope—de los restos desenterrados de los discrepantes. En Egipto se mandaban borrar de las inscripciones sacras todo rastro de algunos faraones incómodos al nuevo monarca o a los propios sacerdotes, tal como Llamazares y otros cuitados proponen con vehemencia hacer ahora con los rastros de la dictadura pasada y esos descerebrados recién absueltos hacen con el mismísimo Jefe del Estado a pesar de que el Código Penal sigue siendo terminante al calificar de delito ese tipo de injurias. La magia, en este sentido degradado y burdo, es un mal sustitutivo de la impotencia y Sarko, mal que le pese a sus adversarios, queda tan a trasmano de esas supersticiosas agujas, que casi no se comprende su falta de sentido del humor al cabrearse por tan poca cosa. Dice Castiglioni, en su libro clásico sobre el tema, que fue el Estado, en su progresiva implantación histórica, el factor que acabó subordinando la magia y controlando a los magos. Quizá puede invertirse el argumento y ver en este renacer del maleficio un síntoma elocuente de la debilidad manifiesta de la organización política y social. Creo que ha dicho la Reina que menos mal que esas quemas son simbólicas. Me temo que se equivoca en el alcance real de estos autos de fe.