Monigotes de Pascua

Estamos quedando como auténticos monigotes (nuestros mandamases, me refiero) desde que se produjo en las aguas españolas de Gibraltar el semihundimiento del barco “New Flame”. Gibraltar dice que ahí se las den todas, el Gobierno que la Junta, la Junta que no sabe de qué le están hablando, pero el “cuasipecio”, con esas 42.000 toneladas de peligrosa chatarra que se fuga poco a poco del casco, se puede ver a simple vista sin más que asomarse a la costa. Y encima, PP e IU, piden a estas alturas, en plena orgía navideña, que comparezca Chaves y explique en el Parlamento soberano qué piensa, qué ha hecho y qué no piensa hacer en este sucio asunto. Monigotes, ya digo, puros monigotes, unos y otros, todos. Si se hubiera tratado de un parón en Caja que impidiera cobrar a esa panda, seguro que habían crucificado hace tiempo al cajero y, por supuesto, cobrado. Si gobernara el PP aquí y en Madrid, las voces se confundirían con los ecos del “Prestige”. 

“Quercus nobilis”

El incansable ex-alcalde de Paterna, el gran Juan del Valle, fue siempre un animal político con mucho de nobílisimo alcornoque. Yo recuerdo cuando, a las puertas del Parlamento, llamó “chorizos” a los sindicatos y se fue para ellos como un ciclón. O cuando se enfrentaba al naciente barrerismo (a Arreciado le llamó “onagro”, sembrando el desconcierto léxico) en cuyos propósitos de “renovación” nunca creyó más que los renovatas mismos, o sea, nada. Y ahora, aparte de rondar por el alfoz alternativo de Rosa Díez Y Fernando Savater, encabeza la defensa del medio rural en su comarca, la suya, por la que quieren trazar un oleoducto sin duda peligroso en potencia para ella aunque rentable a tope para manos lejanas. Buena falta que haría en esta política ruinosa media docena de “quercus nobilis” como éste. O una entera. El problema es que dentro de los partidos nunca cabrán los espíritus verdaderamente libres.

Cárcel sin rejas

No parece que tenga fácil arreglo la sumisión de nuestros pequeños a la tele. Tal sumisión viene determinada, impuesta si se prefiere, por la necesidad de los propios padres en una sociedad que ha visto transformarse callada pero radicalmente su modelo familiar con la imprescindible incorporación de la mujer al trabajo, verdadera quiebra de nuestro neolítico particular en la medida en que, por vez primera, esa mujer/madre es desplazada del hogar en el que deja un vacío no sabemos si remediable o no. ¿Qué hacer con el niño, o mejor, qué va a hacer el niño que se queda sólo en casa, qué haría ni no existiese ese infalible fidelizador que es la tv, una vez que se ausenta del entorno íntimo esa referencia absoluta de seguridad que, a juicio de la mayoría de los expertos,  es la madre? El pisocanalista Serge Herfez manifestó recientemente su inquietud ante el proyecto de crear una cadena televisiva dirigida a una audiencia de niños entre los seis meses y los tres años, es decir, en esa edad auroral en que el sujeto, como las ocas famosas de Lorenz, se aferra a cualquier elemento dominante de su entorno, privado como está todavía de la capacidad de interaccionar libremente con el medio, y sujeto, en consecuencia, a la peligrosa tiranía de sus sensaciones. La preocupación de Hefez consiste en que esos nenes puedan acabar cautivos del “medio”, convertidos en sujetos enteramente pasivos, convencidos de que todo el poder pertenece a la imagen mientras que ellos carecen de cualquier posibilidad de reaccionar ante sus estímulos, seguros (dentro de lo posible, es decir, al margen de la “angustia de la separación” acarreada por la ausencia parental) por la imagen misma. Observen a los hijos, a  los nietos, absortos, abismados en el universo inverosímil pero antropomórfico de esos personajes que, en sesión continua, van fraguando su “Weltanschauung”, esto es, de su visión del mundo y de la vida, del reglamento de su conciencia, visiblemente sordos y ciegos para todo lo que quede fuera de la pantalla. Comprendo que el reajuste no admite soluciones fáciles, pero a mí esa experiencia me aterra casi tanto como me entristece.
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Naturalmente que muchas de las razones que se aducen para suavizar esta evidencia no son más que basura publicitaria. ¿Se desarrollan tres veces más (como he leído) los niños que alivian su soledad (porque de eso se trata) atentos a series animadas con música de Mozart o de Grieg? ¿Crece su sentido de la solidaridad motivados por el ejemplo de la fábula más o menos moralizante, supone una ayuda para ellos la moraleja implícita en las aventuras de esos héroes impuestos? No lo creo, de verdad, pero, en todo caso, llevan razón quienes denuncian que no tiene sentido convertir en ‘espectador’ pasivo a un ser que debería estar desarrollando “full time” su condición de ‘actor’, y del que la industria –habría que decir, otra vez, el Sistema– sólo espera tal vez aprovechar la favorable circunstancia doméstica para agenciarse el negocio futuro a base de esta clientela cautiva en su pasividad. Se suele alegar que nuestros niños aman como a pocas cosas a esos personajes, y es cierto. Pero el problema es precisamente ése, el efecto sutil, subliminal, que produce la que Edgar Morin llamaba “introyección”, lo mismo si valoramos su efecto en términos psicológicos que si lo hacemos en función de los proyectos del mercado. La revolución del hogar, como tantas que han puesto fin a una era, llega antes que sus mecanismos de ajuste, y eso lo van a pagar caro estas generaciones adictas a la fábula televisiva incluso si consiguen librarse de la programación carroñera que las trata como si fueran adultas con una antelación insufrible. Todos amamos a Donald, cualquiera ha lagrimeado con Bambi y debe de ser casi narcótico volar en una nave pilotada por coleguitas imaginarios. No saben los pobres que están consolándose de su soledad. Ni que están siendo adiestrados como futuros consumidores.

Mano de Santo

La estrategia urbanística de la Junta y su (des)control del medio ambiente consiste desde siempre en buscarle la trampa a la Ley. En Doñana, cuando el círculo íntimo del entonces presidente González dio el pelotazo que suponía comprar días antes de la recalificación, resulta que “se perdió” la hoja correspondiente del PGOU de Almonte donde venía contemplada esa lotería trucada. Ahora, en el Cabo de Gata, parece que Chaves aprovechará el nuevo Plan de Ordenación de los Recursos Naturales (PORN) de esa delicada zona, cambiando la calificación del espacio en el que está edificado, hasta meterse en el mar, el famoso superhotel de El Algarrobico, de manera que el caso –sobre y contra el que han jurado en arameo desde el propio Chaves a la ministra pasando por la consejera– quede resuelto y la inconcebible agresión ambiental, legalizada por derecho. No se fíen de la palabra de los políticos en apuros porque, al final, olvidan su palabra, indefectiblemente, en beneficio del poderoso. Marbella, Chiclana, Monteenmedio, la propia sede del PSOE en Sevilla, prueban que ese negocio es irresistible. 

Plan especial…

Otro asalto en La Dehesa Golf, y van once. Los vecinos anuncian movilizaciones indignadas que, aunque poco probables a mi modesto juicio, estarían del todo justificadas. Si el PSOE pilla al PP en el Ayuntamiento de Aljaraque con la que está cayendo, arde Troya por sus cuatros costados. El PP ha pillado al PSOE y ahí lo tienen, apenas una tibia reacción. La hegemonía “sociata” se funda, a ojos vista, en este dominio de las técnicas de movilización social, y simétricamente, el atasco “popular” debe mucho a esa insalvable incapacidad suya para mover a la gente. Pero once asaltos en tan poco tiempo -¡y en ese barrio!– suponen un fracaso entero y pleno de la autoridad gubernativa. Ni les cuento desde cuándo estarían las huestes de doña Petronila acosando al impotente subdelegata del Gobierno, si el subdelegata no fuera “uno de los nuestros (suyos)”. No sé por qué me da que esas movilizaciones que ahora no tienen pinta de llegar lejos hubieran sido feroces en el caso que digo. 

Villancico romano

 Al papa Ratzinger, severo teólogo, no le cuadra, por lo visto, la familiar imagen del “belén” navideño, ese “presepio” o pesebre que instituyó el santo Francisco, poco antes de morir –exactamente en la Navidad de 1223, y en el castro de Greccio, en pleno valle de Rieti, en la Umbria–, inspirado por el relato de Lucas. Por lo visto el papa se inclina por el texto de Mateos que — antes de situar taxativamente el parto en Belén, ojo– permitiría deducir tácitamente que se produjo en Nazaret, frente al mencionado de Lucas que apuesta por la misma candidatura en consonancia con el anuncio profético de Miqueas y la tradición davídica, tantas veces cuestionado por tirios y troyanos. Y desde luego, el pontífice quiere eliminar del “nacimiento” ese buey y esa mula que, ciertamente, no se mencionan en el Evangelio pero que sí que aparecen, que uno haya visto y comprobado, en autores tan canonizados como el Pseudo-Mateos, Orígenes, Gregorio Nacianceno o Ambrosio. Hace bien poco ha recordado Thomas Cahill el episodio de Greccio narrado por el maestro Buenaventura, el casi coetáneo de Francisco, en el que se recuerda que el santo, convencido de estar hablando de Belén, por supuesto, habría pedido licencia al papa de Roma antes de disponer un establo en el que aparecían ya los dos animales, para los que, incluso, mandó acarrear la imprescindible paja. El debate sobre la piadosa representación no es nuevo, desde luego, como el propio Cahill trata de sugerir ilustrándolo con el fresco que Giotto pintó en la basílica de Asís y en el que la legendaria pareja animal aparece minimizada, a lo que tengo que objetar que en su fresco de la capilla paduana de los Scrovegni, el mismo Giotto la representa en primer término junto a un patriarca meditabundo, aunque también es verdad que los hace desaparecer, un poco más adelante, en la viñeta de la adoración de los Magos. A ver qué hacemos ahora con el anuncio de Isaías, “cognovit bos possessorem suum et asinus praesepe domini sui”, que no necesita traducción, supongo, o con esa “alegría” gitana que se cantaba antiguamente en Cádiz, “Una vaca y un mulo,/ m’equivocao,/ que era un buey y una mula/ aquel ganao”. A ver, pregunto.

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A uno le parece, modestamente, que lo mejor que puede hacerse con los mitos sagrados es preservarlos en el formol de la religión popular, no sea que en cualquier momento salte la liebre racionalista y un Cardini cualquiera nos agüe la fiesta. El sabio Louis Réau estudia el asunto en su monumental “Iconografía” y recuerda que, en la exégesis simbólica, buey y mula podrían ser la prefiguración de los dos ladrones del Gólgota, o acaso la de judios y gentiles –como, por su parte, justifica Gregorio de Niza– pero que lo que el arte tradujo de manera literal fue el ingenuo y emotivo relato del Pseudo-Mateos. Con quien sí coincide Ratzinger es con el Concilio, pero no con el Vaticano II sino con el de Trento, cuyos padres procuraron limitar el realismo eliminando –junto a las comadronas famosas (que ya había rechazado Jerónimo con su célebre dictamen “Nulla ibi obstectrix”, esto es, allí no había ninguna partera)– esos dos animales que no sólo les parecían apócrifos sino cortitos de “nobleza”. Ratzinger va a ser un papa polémico pues se distancia lo mismo de la vieja “pietas” francisca, tan popular y crédula, como de los curas de barrio madrileños que se las traen tiesas con monseñor Rouco justo por ir derechos a un esencialismo doctrinal que nunca ha dejado de inquietar a la jerarquía. Y en cuanto a la piedad hogareña tampoco quiere bromas este pastor tudesco y doctrinario. La próxima vez que vaya a París pasaré de largo frente la portada de Nôtre Dame en cuyo tímpano se ven arrodillados buey y mula bajo el lecho de la Virgen, nostálgico del villancico rancio, “La mula le gruñe, el buey le bajea…”. Los teólogos son muy suyos. Si tragan con la religión popular de vez en cuando es porque no tienen otro remedio.