La última, otra vez

Ya hay en Huelva un Juzgado de Violencia sobre la Mujer. Ha tardado tres años en inaugurarse (se inauguró, por fin, antier) y Huelva ha sido, otra vez, la última provincia en recibir esa imprescindible ayuda. Tampoco hemos oído voces feministas en esta ocasión, y menos procedentes del feminismo en nómina, como no las oímos en casos anteriores (que no hará falta recordar) cuando el maltratador era “uno de lo suyos”. Aunque –las cosas por su sitio– incluimos en esos silencios a todo el feminismo sin excepción, que no es sólo el que vive del asunto en el ámbito del PSOE el que cierra la boca. Aquí tienen un caso: tres años de retraso, la última provincia de Andalucía en conseguir ese instrumento, y ni flores. Uno no sabe, la verdad, si se ponen de acuerdo o es la pura casualidad, pero esa indiferencia en la lucha contra el maltrato a la mujer parece común a todas las tendencias políticas.

Mirando al cielo

Confieso, para empezar, que estoy un poco hasta la coronilla de este debate definitivamente aporístico sobre el cambio climático. Hay demasiada carga de pasión en él, lo nubla un exceso de intereses de todo tipo, comenzando por los políticos, intereses que, por si algo faltaba, son encontrados, incluso excluyentes. En este momento y desde la entrada en liza de Al Gore, no cabe duda de que la opinión favorable a la realidad del apocalipsis anunciado ha enraizado en la mentalidad progresista, singularmente desde que los cuestionados 2.500 sabios del IPCC de la ONU emitieron su tremendo informe respaldando el alarmismo, y más todavía desde que la Academia Nobel laureó al mismo Al Gore que ahora predica el nuevo evangelio aunque, mientras permaneció en el poder, se limitó, como Pablo en el martirio de Esteban, a guardarle la ropa a los lapidadores. El éxito de su película (porque hay mucha gente que incluye el documental en el género de ficción) es incuestionable, y hay que ser ciego para no ver que esa teoría ha tornasolado en religión y cualquier discrepancia o crítica contra ella está siendo tratada como simple herejía. Los Gobiernos, siempre abiertos al oportunismo, han incorporado la hipótesis tremendista a sus programas políticos, pero la discusión aumenta de tono por momentos y crece el número de voces cualificadas que osan oponerse a la corriente de moda, por supuesto entre grandes presiones en ambos sentidos y no menos graves estímulos no sabemos bien si provenientes de la poderosa industria amenazada o del sentido del deber de los expertos. En la gran prensa mundial el tema ha sido exaltado y rebatido, para acabar desapareciendo y resurgir como un Guadiana, pero siempre en medio de un ruido cada día más furioso. Lord Monckton de Brenchley, viejo thatcherista, ha desafiado a Gore lo mismo que Dennis Avery, profeta defensor del CO2 al que pretende liberar de las responsabilidades que se le imputan, y una película realmente curiosa, “The Great Global Warming Swindle”, ha puesto patas arriba el sombrajo pesimista antes de desaparecer misteriosamente de Google y reaparecer luego rescatada por manos diligentes. Se dice que el presunto desacuerdo entre los hombres de ciencia es una estrategia de confusión puesta en marcha por la industria pero, sea como fuere, “Newsweek” descubre que sólo uno de cada tres americanos creen en la responsabilidad del hombre en el presunto desastre al que ZP atribuye más víctimas que al terrorismo. He aquí uno de esos enredos que enfrentan al ciudadano con la complejidad insuperable de una información enteramente fuera de su control.

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Un memorioso ha evocado las hoy inconcebibles escenas del Támesis helado con sus patinadores, en los Alpes se halló bajo un glaciar un camino medieval, la “pequeña Edad de Hielo” del XVI no se cuestiona ya y algún experto sostiene que esos calentamientos no son más que espontáneos subidones que se producen cada 1.500 años. A saber. Doy por perdido, al menos de momento, el debate de fondo, para fijarme en la situación de una opinión pública inerme ante las fabulosas manipulaciones posibles en la sociedad medial, frente a un poder en la sombra impenetrable para el ciudadano y “mediatizado” probablemente para los propios “medios”. Una voz tercermundista sostiene, para acabarlo de enredar, que todo este montaje de alarmas no es sino un truco occidental para arrebatarle a los africanos “el sueño de la industrialización”. Y nosotros discutimos con nuestros hijos, a favor y en contra, depende de los vientos, tan perdidos como ellos y como tantos predecesores nuestros que no pudieron penetrar el sentido real de su circunstancia. Hay quien se pasa la vida porfiando escéptico bajo el volcán y quien alquila el balcón para contemplar las erupciones futuras. Dicen,  por ejemplo, que el Sol ha cambiado. El que no cambia ni a la de tres es el Hombre.

Cerrar el chiringuito

Anticipándose a que la Junta y el SAS concelebren la liturgia anual de su estadística en bruto (total de “actos médicos” y demás), la asociación del Defensor del Paciente ha presentado una memoria de lo más pesimista que incluye datos como que 50.000 andaluces esperan ser intervenidos quirúrgicamente o que 175.000 figuran en la cola del especialista, razón por la cual la consejera ha descubierto el huevo de Colón mandando cerrar las agendas de los médicos especialistas en las que no se anotarán más citas hasta nueva orden, con lo que las listas de espera no se verán definitivamente desbordadas. Hay que decirlo una vez más: el sistema público de salud debe sus bondades a su cuerpo facultativo y sanitario en general, y sus defectos a la arbitrariedad, inepcia o ambas cosas, de sus gestores políticos y administrativos. Una lástima y un escándalo que, lamentablemente, un rutinizado Chaves hace años que asumió como inevitable.

La mujer del arquitecto

Hasta cuatro veces repitió ayer la candidata frustrada a la alcaldía, Manuela Parralo, que este alcalde había adjudicado “a dedo” una obra –el Palacio de Deportes– a su señor esposo. Nada más cierto, pero la verdad requiere ser completa para ser verdad auténtica, y la verdad completa es que, en aquella primera legislatura “en minoría”, esa adjudicación fue pactada con la oposición por aquellos novatos ante la evidencia de que el “régimen” la acogería de buena gana, y no me tiren de la lengua no sea cosa de que empecemos a dar nombres. Por lo demás, Parralo debería caer en la cuenta de que, con concurso o sin él, su marido se ha llevado la parte del león en las adjudicaciones de obras oficiales de los últimos decenios, cosa, por cierto, muy criticada a media voz por sus propios colegas. ¡Vaya golpe bajo que se le ha ocurrido a esta dama! A lo mejor no me cree, pero mi sincero deseo de que vuelva pronto a su Instituto se basa en la presunción de que lo peor, para ella, a lo peor está por llegar.

La meta del hombre

Cada vez se abre más camino la evidencia de que la idea del progreso ilimitado es pura “ideología”. Tan “ideología”, probablemente, como aquella otra que supeditaba el desarrollo de la especie y los logros de la sociedad a un plan divino expresado en el concepto de Providencia, que es la piedra miliar sobre la que, desde la Edad Media, reposa la conciencia del Occidente cristiano. Hay especies degeneradas de ese “mito del progreso”, por supuesto, la mayoría de ellas reutilizadas políticamente con notable éxito durante casi tres siglos, y que suelen aparejar el ridículo estrambote que se empeña en ilustrarlo con la mejora material de la existencia. Cuando los políticos, obviamente para capitalizar el éxito, hablan ingenua (o tramposamente, da lo mismo) de lo que ha avanzado Andalucía o la Argólida en los últimos decenios, recuerdan al padre atolondrado que se atribuye como mérito el crecimiento de su prole, al tiempo que unos y otro tienden, como por instinto, a presumir que esa progresión resulta imparable, indefinida y fatal, como si la experiencia humana no estuviera harta de probar la incertidumbre del destino. Hiroshima o los estragos del Sida demuestran que la Humanidad, sujeto de tan admirables avances,  es capaz de autodestruirse y que no hay nada inscrito en la naturaleza de las cosas que excluya el retroceso o incluso el apocalipsis. El texto clásico sobre el tema es el libro de John Bury, “La idea del progreso”, lúcida mirada sobre un tópico acaso irreversible que acompaña a la “modernidad” europea para fraguar sólidamente durante el XVIII: el de que el Hombre, aunque sea a trancas y barrancas, con independencia de los zigzags, avanza siempre hacia adelante. Bury vio con claridad que ese tópico, motor de civilizaciones y sagrario de esperanzas, no era sino la versión secularizada del mito providencialista fraguado en la Edad Media, es decir, el supuesto de que la condición del Hombre sobre la Tierra no depende de lo Alto sino del hombre mismo, de su capacidad, de sus fuerzas, y ya en la perspectiva niestzcheana, de su voluntad. Como Napoleón ante el papa, “Sapiens Sapiens” pretendía coronarse por su propia mano.
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Viene a cuento el recordatorio porque un instituto francés cree haber desarrollado un modelo matemático capaz de prever con exactitud el futuro deportivo, para concluir que la capacidad de superación atlética –aquel invento del optimismo griego– no es indefinida, como ha venido creyéndose, sino limitada de tal modo que puede anunciarse, para dentro de veinte años, el fin de las plusmarcas determinado por el agotamiento de la capacidad psicológica de los atletas y de la propia potencialidad del cuerpo humano. No será posible, pues, continuar arrancando décimas o milésimas de segundo a eso que el comentarismo cursi llama el “crono”, ni alzar más el cuerpo sobre la pértiga sin derribar el listón. De modo que resulta que el ser humano estaría tan limitado como la propia Madre Naturaleza, incapaz de producir recursos más allá de un límite discreto, de manera que igual que sabemos que las reservas naturales de petróleos tienen fecha cierta de caducidad, podemos estar seguros también de que el sueño olímpico de la superación sin fin –tan niestzcheano en el fondo, aunque se haya hablado de una “ilustración” griega– queda, al menos en teoría, a los pies de los caballos. Ni la tecnología ni la droga podrán salvar esa linde, además, por más que se esfuercen. Al fin y al cabo, hace mucho que la fe en el progreso acabó ingresando inadvertidamente en el predio de las creencias, y la razón tan bien erigida por Condorcet y los suyos, se ha canonizado tanto que la verdad es que hoy cuesta Dios y ayuda distinguirla del viejo providencialismo. Es una mala noticia para la industria del epinicio, pero me parece que un aviso interesante para las grandes soberbias de ese mono loco que hace siglos que corre por la pista como si la meta huyera delante de él

Manifiesto por la libertad de expresión

Los abajo firmantes, periodistas, comunicadores y trabajadores relacionados con la información, ante la celebración del juicio por presuntas injurias al presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, en relación con las informaciones publicadas en el diario EL MUNDO sobre el supuesto espionaje al que fue presidente de la Caja San Fernando, queremos manifestar nuestro incondicional apoyo, en lo personal y en lo profesional, a los periodistas que se enfrentan a este juicio, Francisco Rosell, director del periódico, y Javier Caraballo, redactor jefe y autor de la información, y nuestra absoluta confianza en que la Justicia reconocerá que en este caso han realizado su trabajo con el mayor rigor y la máxima diligencia, como siempre a lo largo de toda su trayectoria profesional.                       

Asimismo, rechazamos con la mayor contundencia posible las acusaciones interesadas que los implican en una supuesta trama para urdir un montaje con la intención de desprestigiar al presidente de la Junta de Andalucía. El único interés que mueve a cualquier periodista es contar la realidad tal y como llega a conocerla, sea cual sea, y no modificarla. La prensa libre ejerce una labor de oposición que nada tiene que ver con las simpatías que los periodistas tengan o dejen de tener hacia los gobernantes, o a la inversa.

Estamos convencidos de que Manuel Chaves se equivoca si se siente atacado por los medios y los periodistas que ejercen su derecho a la libertad de expresión, que no es otra cosa que la única forma de garantizar a los ciudadanos el disfrute de su derecho constitucional a recibir información y denunciamos, asimismo, cualquier mordaza que desde el poder se intente poner a este derecho fundamental, cualquiera que sea la forma que adopte.

Adhesiones

Ignacio Díaz Pérez, César Vidal, Herman Tertsch, Gotzone Mora, Javier Domínguez Mariscal, Montse Ramírez Codina, Francisco Pérez Gamero, Juan Pablo Colmenarejo, Félix Machuca, Carlos del Barco Galván, Antonio Checa Godoy, Eusebio Pérez Fernández, Diego Tavero Bolaños, Carmen Elías Iglesias, Francisco Rubiales, Juan Miguel Vega Leal, Pedro de Tena, Manuel Contreras Peláez, Ramón Ramos Torres, José Carlos Villanueva, Agustín Pery Riera, Iñaki Gil Vázquez, Javier Rubio Rodríguez, Eva Díaz Pérez, Eduardo del Campo Cortés, Esther Alvarado Parra, Manuel María Becerro Pérez, Carmen Torres Palmero, Miguel Ángel Majadas Alonso, Antonio Salvador Ruiz, José Landi Grajera, Clara Fajardo Triguero, Félix Martínez Zapata, José Contreras, Javier Borrás Almenar, David Padilla, Manuel Mateo Pérez Rodríguez, Natalia Cano Gutiérrez, Carlos Crivell Charneco, Carlos Aimeur Urios, Reyes Gómez González, Francisco Justicia Ventura, Antonio Cejas Rubio, Berta González de Vega Dávila, Francisco Robles, Luis F. Rull Fernández, Benigno Camañas Sanz, Luis Miguel Fuentes, Teresa López Pavón, Agapito Maestre Sánchez, Belén Gómez del Pino, Aurelio Fernández Lozano, Javier González Fernández-Cotta, Rafael Pérez Unquiles, Francisco Javier Recio García, Roberto Pardo Salas, Andrés Marín Cejudo, Rafael Madero Cubero, Wanda Cuseo, Ángel Munárriz Fernández, Joaquín Caro Romero, Juan J. Camacho Vilches, Rafael Alcalá, Elena Lázaro Real, Andrés Moya Moya, José María Rondón León, Beatriz Novo Seco, Héctor Fernández Medrano, Joaquín Núñez Aguilera, Rafael Burgos Martínez, Raúl Navarro Guardiola, Francisco Escribano Castro, Gema Peñalosa López, Miquel González Ivars, Juan José Marcos Guillén, Sergio Sampedro Maestro, Inmaculada Lidón Navarro, Javier Ruiz Cavanilles, Pablo Álvarez Quilis, Jaime Nicolau Saiz, Guillermo Ruiz Sanz, Iván Pérez Faubell, Alberto Mas Sánchez, Vicente Martínez Useros, Héctor Sanjuán Pons, Amparo García Villaplana, Noa de la Torre Alfaro, José Martín Pérez, Daniel Borrás, Jessica Escavias Pastor, Antoni Rubio, María José Gálvez Carmona, José Carlos Aguado, José Luis Lombilla, Manuel Barrero, Daniel Martínez, Francisco Ruiz Roldán, David Yoon Sun, Javier Pons Acosta, Ignacio González Sánchez, Ignacio Álvarez Pérez, Manuel Ramos “Mágnum”, Susana Villaverde Aguilar, Leonor Cabrera Torrado, Fernando Ruso, Juan Carlos Serrano, Carmen López, Miguel Cabrera, Laura Sánchez, Raquel Pérez Rodríguez, Joseba Murga Eizagaechebarria, Cristina García Redondo, Juan Sánchez, David Cuesta, Javier Carballo, Nerea Samperio, Jordi Folqué, Ana Carolina García, Javier M. de la Horra, Luis Montoya, Remedios Serrano, Ana Galera, Mariano López, Mar Espinosa, Laura Estepa Duque, María del Mar Rodríguez Ortiz, Almudena Salinas, Juan Marfil Mateos, Santiago Salas de Vega, Antonio Félix, Francisco Javier Carrillo Sierra, María Jesús Fernández Pedreira, Antonio Muñoz Navajas, Antonio José Suárez Candilejo, Sergio Pérez Antón, Luis Javier Ezquerra, Patricia Rull, Pilar Orgaz, Inmaculada Jiménez Jiménez, Mertxe Carneiro Bello, Federico García Crespi, Miguel Ángel Agea Amador, Chelo Izquierdo, Mercedes Lora, Rafael M. Martos, Santiago Martínez-Vares Gigliotti, Eva Ávila Mayo, Carlos Crivell Reyes, Cristina Cuervas García, Antonio Moreno Osorio, Nicolás Alzaga, Sergio Robles Hernández, Margarita García Cano, Cristóbal González Montilla, Simón Onrubia Bodas, Olatz Ruiz Melero, Marta Sánchez Esparza, Estefanía Ortiz Macías, Javier Bentabol Manzanares, Emilio Palomo Herranz, Vicente Villa, Antonio Castro Caro, Luis Benages Mateu, Carlos Alarcón Sánchez, Antonio Albert Matea, Pedro Córdoba García, Julián Estrada Aguilera, David León, José Acosta Sánchez, Manuel Martín Martín, Marisa Recuero Carbonell, Rafael Ruiz Yuste, Juan J. Cienfuegos, Juan José Martínez Ortiz, Pedro Ruiz Morcillo, Narciso Simón Galindo, Luis Ferreiro Vila, Lucas López López, Lucas Soria López, Juan M. Castaño Gallego y otros.

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