Dando largas

Los despedidos de Delphi no han sido recolocados. Ni los de plantilla, ni los de empresas auxiliares, ni los eventuales: ninguno. Menos mal que la Junta ha ordenado que se les siga pagando el subsidio de paro una vez finalizado su derecho (menos a los eventuales), pero es evidente que ésa no era ni es solución para nadie, aparte de que apunta a un desmoralizador horizonte de ocio forzado que seguramente traerá cola en las desgraciadamente muchas situaciones parecidas que se plantearán en esta crisis. La Junta ha mentido, ha entretenido, ha trajinado a esas criaturas, y ahora busca tapar el escándalo de su fracaso cargando el fardo de la subsistencia (“¿sine die?) sobre las espaldas del contribuyente. ¿No decían que ese cierre patronal iba a ser una bendición para la Bahía? A la Junta habría que exigirle responsabilidades por este camelo carísimo e inútil originado por su propia ineptitud.

Uno de cada dos

No es una novedad, pero UGT acaba recordar, por boca de su secretario general, que en la comarca minera onubense el paro asciende ya al 50 por ciento, esto es, a uno de cada dos integrantes de la población activa, y ésa es una situación  insostenible que no hay derecho a entretener a base de subvenciones y mamoneos sino que es necesario abordar como una crisis terminal. Entre otras cosas porque todo hace r prever que todo vaya a peor en los próximos años, lo que literalmente condenaría a la zona minera a una verdadera muerte civil. Ni planes de diversificación, ni cuentos chinos: la Junta, los ayuntamientos del PSOE, la Mancomunidad, todos y cada uno vienen ganando tiempo a base de las políticas menos imaginativas y más truquistas. Uno de cada dos parados debe de ser la tasa más alta de España. El Gobierno y la Junta deben explicar qué piensan hacer.

La edad patriarcal

En un programa de televisión italiano, el ex-casi todo Giulio Andreotti, ochenta años más que largos, se ha quedado pajarito, mirando distraídamente al techo del estudio, la boca entreabierta y el gesto congelado, imagen que ha dado un susto memorable a la presentadora obligando a pasar a publicidad a toda pastilla. Andreotti, que ha sido capaz de sobrevivir al infierno de la política de su país en  incluso a la prueba evidente de su vinculación con la Mafia que fue el beso retratado al ‘capo’ Totó Riína, aclaró con sentido del humor que contra lo que el hombre no puede hacer nada es contra la edad que no perdona mientras bromeaba sobre su suerte de verse entre dos bellas presentadoras en lugar de entre dos ladrones. Casi coincidiendo en el tiempo, el primer ministro Berslusconi ha dado a una revista de pequeña tirada un articulillo en el que apuesta por una prolongación de la vida –especialmente útil  a los políticos, que son “quienes se ocupan de los demás”, según él–, argumentando que los progresos de las ciencias biológicas permiten augurar a corto plazo ese objetivo largamente acariciado por la Humanidad en todos los tiempos. No han faltado las referencias míticas a Matusalem o a Noé, y a la famosa francesa de Arlès que alcanzó lo 122 añitos, ni que decir tiene que sin el menor tacto cronológico en lo que se refiere a las citas bíblicas, pero Berlusconi apela a los avances recientes del saber para augurar una nueva era en la que no es descabellado apostar por una media de vida cercana a los 120 años de existencia. Creo recordar que fue Ambrose Bierce quien sugirió que seguramente el deseo de longevidad era más imperioso y vehemente entre las lánguidas marquesas que entre los mineros, pero bromas parte, no hay más remedio que entender la aprensión con  que la profecía del primer ministro ha sido acogida en su país. ¿Se imaginan a Andreotti en plena forma o a Berlusconi empezando, como quien dice, su audaz aventura política?

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Habría mucho que hablar sobre este deseo más o menos explicable de la longevidad. El biólogo Ginés Morata, premio Príncipe de Asturias, sostiene que hay que extremar la cautela frente a  la perspectiva que, en efecto, abren ciertas conquistas de la ciencia, por la razón elemental de que esta sociedad no sería capaz de absorber ese avance ni habría seguridad social capaz de soportar semejante peso, y ya el propio Borges ironizó sobre la atroz perspectiva de la inmortalidad en un relato memorable. Hoy sabemos que Terencio no llevaba razón cuando sostenía en el ‘Phormion’ que la vejez es una  enfermedad, pero hay que reconocer que si no lo es se le parece mucho, acaso porque en el plan o en la razón de la especie, el cálculo de la vida está discretamente limitado, quizá no a las drásticas edades pasadas (casi los 30 años de media hasta el XIX, para pasar a los 80 en el XX) pero sí a algún cálculo prudente que, entre otras cosas, haga imposible que dos sujetos como esos trapisondistas italianos pudieran eternizarse en sus manejos cerrando el paso a las nuevas generaciones. Ninguna condición más cuerda en esta perra vida que su carácter efímero al menos mientras el modelo zoológico –y en consecuencia, su sociología—no cambien de modo radical. ¡Imaginen e un Stalin o a un Hitler, supervivientes, por no citar más que un par de mosntruos, calculen viva y coleando a esa larga nómina de tiranos y sátrapas de la que sólo nos ha librado la común condición de los hombres ante la vida y la muerte. Confieso que hubiera dado algo por ver en directo el pipijerbe de Andreotti, ese caimán contrahecho que durante años ha controlado con una mano el papado y con la otra a la Mafia, el gesto suspenso, la mirada perdida, la boca entreabierta. Uno que entendía lo suyo de la vida, Rostand, decía que mientras más vieja fuera la Humanidad más necesidad tendría de sus viejos. Pero ese es ya otro cantar. Hoy por hoy no tenemos asegurada ni la juibilación.

Reinar después de morir

Como Ibarra en Extremadura, Chaves dispondrá en Andalucía el día en que se vaya del Poder, aparte de su fabulosa jubilación, despacho, asesores y coche oficial. Y lo dicen en plana crisis, cuando se anuncia que nuestra estadística de paro se desbocará el año entrante y el tinglado entero está en el aire. ¿Y por qué no se extienden esos privilegios a los grandes profesores, a los grandes médicos, a los grandes juristas, a los grandes trabajadores, en general, que tienen en el aire hasta la pensión? Ibarra, tan alcornoque como siempre, ha dicho que mejor es ese privilegio que dejar al “ex” a que “se ponga en el mercado para el primero que lo coja, no importa quién”. Juzguen ustedes solos, por su cuenta, vean el revés de ese chantaje que amenaza con hacer de todo un ‘presidente’ ‘conseguidor’. ¿No les dará vergüenza? Personalmente estoy convencido de que no.

La dehesa, sin ley

Ha pasado demasiado tiempo para que ni la subdelegación del Gobierno, ni el Ayuntamiento, ni las fuerzas policiales hayan conseguido siquiera una pista razonable para explicar los sucesos delictivos de La Dehesa, un simple barrio de Aljaraque, en el que los atracos a domicilio son ya algo común, a lo que hay que añadir robos de vehículos y hasta algún apuñalamiento por parte de un encapuchado. ¿Qué ocurre en Aljaraque, es algo que desborda la capacidad de esas instancias o hay algún gato encerrado en el negocio? Pues la respuesta es negativa, surge espontánea la pregunta de a qué aguarda la autoridad para hacer valer su fuero, caramba, que un barrio de Aljaraque no es Nueva York. El PSOE que tantas veces ha culpado al Ayuntamiento de Huelva de la inseguridad, no ve ahora responsabilidad alguna en el cuyo de Aljaraque. Hasta para que no lo atraquen a uno va a haber que llevar el carné en la boca.

Ellos se entienden

Un alto funcionario libio, Mohammed Shalgam acaba de revelar el secreto a voces (ya en 2003 hubo quien lo dijo y repitió en Italia sin lograr el menor eco) de que fue el Gobierno italiano, por decisión personal de Benito Craxi, quien avisó a Gadafi del inminente ‘raid’ que iba a ser lanzado por Reagan contra su país. Hoy por ti mañana por mí, Craxi preveía tal vez su futuro de prófugo de la Justicia italiana, su exilio dorado en Túnez y la leyenda (fidedigna por completo) de sus lingotes de oro guardados secretamente en la banca suiza, aunque no habría podido imaginar que, a su muerte, tendría funerales de Estado organizados por la izquierda con D’Alama a la cabeza y las muy exclusivas preces del propio y comprensivo Wojtila. Una cosa queda sin explicar, en todo caso, y es cómo es posible que si los servicios italianos alertaron al líder terrorista el 14 de abril (1986), el fulminante bombardeo yanqui del día siguiente –232 bombas y 48 misiles en doce minutos—habría provocado la muerte de decenas de personas, incluyendo a la hija adoptiva de Gadafi, mientras él lograba ponerse a salvo. La barbaridad de Reagan trataba de justificarse en hechos tan tremendos como el atentado contra el avión civil de la Pan Am ocurrido en Lockerbie en el que fallecieron 270 personas, y el posterior perpetrado contra cierta discoteca, aparte de su apoyo manifiesto al IRA y otras bandas terroristas, despreciable historial que ha sería finalmente condonado a ese líder ‘iluminado’, por intercesión de Blair, a cambio de que el coronel se comprometiera a no fabricar armas de destrucción masiva, pagara una indemnización a las familias de las víctimas y facilitara determinadas informaciones sobre Al Qaeda, tras lo cual la propia un levantó las sanciopneOOOONU tuvo a bien levantarle las justas sanciones que sobre él y su régimen pesaban. Gadafi, Reagan, Craxi, D’Alema, Wojtila, Blair, la ONU: a la vista está que ellos se entienden.

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Quizá el problema supremo de la lucha contra el terrorismo internacional sea la falta de un estatuto, siquiera ético, para combatirlo más allá de cambalaches y combinaciones entre los poderes. Lo que, visto desde una perspectiva más humana, quiere decir que una cosa es el juego a ras de tierra que las propagandas permiten entrever al ciudadano peatonal, y otra muy diferente el que, de hecho, se juega por arriba en las cancillerías y por abajo en los servicios secretos. Libia, sin ir más lejos, “va bien” según una ‘dura’ como Condolezza Rice ha proclamado en una visita reciente sentada precisamente junto al citado Shalgam. Recuerdo que cuando Aznar visitó a Gadafi y se comparó esa gentileza con el duro trato dado a Sadam Husein, alguien a quien respeto se le ocurrió proponer una justificación cuantitativa de los horrores perpetrados por ambos, inmerso sin percibirlo, a pesar de su liberalismo militante, en la propuesta marxista de que “la cantidad engendra la calidad”. Todos, hasta mi respetado amigo liberal, acaban entendiéndose entre sí en cuanto la prensa desaloja, los focos se apagan, la media luz se impone en la estancia y el Poder se queda a solas consigo mismo hasta reconocerse en los rasgos del Otro, reflejado en el complaciente espejo de la “razón superior”. Hoy, por ejemplo, Gadafi ya no es el enemigo a batir sino el socio que busca dónde invertir en España y muñe con Italia un generoso tratado de amistad tras el cual se prevé ya hasta la colaboración militar. Ellos se entienden, no cabe duda, buenos y malos, rojos y negros, moros y cristianos, inquilinos en esa elite cambiante pero todopoderosa que no sólo decide la suerte de las naciones sino que absuelve o condena según  soplen los vientos, en ocasiones, incluso a los mismos sujetos. El terrorista Gadafi es hoy más amigo que ayer pero menos que mañana. Si cambian las cosas, no ha de faltar algún Craxi que lo avise con tiempo, como lo avisaron a él.