El chare de la Sierra

Por fin, el ‘chare’ de la Sierra, el hospital de referencia que amparará a veintinueve pueblos y una población de casi 40.000 personas. El anuncio de hizo en el año 2005, es decir, casi tres años y medio, y no es escatimó propaganda electoralista para divulgar la noticia. En fin, bien está lo que bien acaba, si es que acaba en tiempo y forma, que ésa es otra, porque los tiempos que vienen no permiten hacerse muchas ilusiones sobre la futura capacidad de inversión de la Junta, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de compromisos que la Administración autónoma tiene contraídos en la provincia. Vamos a ver si se cumple ese año y medio largo que se concede a los contratistas para construirlo. En total el Chare llegaría con cinco años de retraso pero a ver quiuén discute que menos da una piedra.

Clases de pobres

Han provocado no poco revuelo las conclusiones de un estudio sobre la pobreza extrema y sobre el origen circunstancias de los “sin techo” que, bajo los auspicios de la Caixa, han elaborado unos profesores de Comillas. Se muestra en él que no está justificado el tópico de que el ‘lumpen’ que vive al raso, los tristemente famosos  techo”, están ahí por su mala cabeza, es decir, a causa de la destrucción producida en sus vidas por la mala vida, la enfermedad mental y la adicción a las drogas, dado que un buen número de ellos –nada menos que el 40 por ciento de los estudiados—son recién llegados a ese ejército de la miseria a causa de la crisis económica y sus efectos sobre la construcción y el sector servicios. Por supuesto que no entiendo el escándalo, porque no veo porqué va a ser más lamentable la desdicha de esos desheredados radicales, por tener como tienen en un 10 por ciento, estudios universitarios o un porcentaje mucho mayor de estudios elementales y medios, que la de quienes con ellos comparten los rigores del abandono sin títulos ni categorías socialmente reconocidas. Lo que no quiere decir que esa información no implique su dosis de inquietud, pero sí que hasta para asomarnos al submundo de la miseria extrema seguimos utilizando nuestra anteojeras clasistas. Y lo que si que es peor, el estudio avisa de que, dadas las previsiones sobre el desarrollo de la crisis y su especial repercusión en esos sectores, el contingente actual se verá seguramente superado a medio plazo por nuevos descolgados que han agotado la protección de esa barbacana que es la protección familiar o amistosa. Pronto podríamos ver multiplicada esa legión de abandonados que no tiene qué comer ni donde reposar su cabeza. A ver cómo le arreglan su drama a estos los comensales de Washintong.

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Buena parte de la responsabilidad por estas situaciones corresponde, desde luego, al propio Estado y sus negligentes o confusos servicios, como lo demuestra la desconexión detectada entre las políticas de vivienda y las de protección social (que eufemísticamente siguen titulándose de “bienestar” social). Habría que llamar la atención también, a mi modo de ver, sobre el hecho de que esos dramas, tantas veces degenerados en tragedias, gozan de una extraña invisibilidad que el hábito y la buena conciencia de la gente instalada convierte en absoluta, a pesar de que sucesos terribles –como el mendigo asesino de Madrid o los varios casos de agresiones brutales y hasta de quema intencionada de indigentes—suelen conmocionar de modo efímero a la opinión. Ni siquiera funciona una red mínimamente adecuada de albergues nocturnos y comedores, y mucho menos un dispositivo de esa naturaleza capaz de atender las necesidades que sin duda se avecinan en este proceso masivo de desclasamiento social que el paro y la pobreza habrán de acarrear, no solamente sobre los segmentos más débiles del proletariado convencional, sino sobre amplios sectores de las clases medias bajas que, como ya ocurriera en Argentina, pueden verse en la calle y al relente una vez que los efectos previstos de esta debacle financiera terminen por hacerse presentes en nuestra vida. Hasta puede verse en esos ataques bárbaros a los desgraciados, como el sufrido hace poco por una indigente quemada viva en un cajero por un grupo de señoritingos, un ejercicio catártico, en cierto modo apotropaico, es decir, destinado a alejar la visión excesivamente incómoda o inasimilable hasta para conciencias tan expeditivas y malvadas. Pero lo probable, en definitiva, es que en un futuro no lejano las organizaciones civiles y, especialmente, las religiosas, que hoy son la única mano tendida a esa desgracia supina, se vean superadas sin remedio por al aumento de la catástrofe social y moral. Veremos qué hace para entonces ese Estado cuya presencia y función reclaman ahora quienes han sido cómplices indiferentes de las tropelías del Mercado.

El César y la plebe

Un dato definitivo para calibrar la sensibilidad social de la socialdemocracia que nos gobierna es el ofrecido ayer por El Mundo: Chaves gastará más en la remodelación del Palacio de San Telmo (residencia oficial con apartamento presidencial incluido) que en inversiones para centros destinados a atender a personas deficientes tal como establece la publicitada ley de Dependencia. Gesto cesárea –no iba descaminado ‘The Economist’, no, al hablar de su talante ‘real’—que no deja margen siquiera al debate, porque resulta elocuente hasta la evidencia. Los dineros de la máxima urgencia y necesidad, destinados a inversiones de lujo y todo, que es lo malo, con la bendición del Parlamento. Ni Chaves y los suyos pudieron jamás soñar siquiera con llegar a más ni la democracia a menos.

Los zombis del SAS

En carta a este periódico, un ciudadano de Aljaraque explica que el SAS ha cursado varias comunicaciones a su difunta suegra a pesar de que, tras su deceso, el hecho fue comunicado al organismo por los cauces oficiales. No es el SAS el único organismo de la Junta en llevar manga por hombro sus informaciones –recuérdese el reciente fallo del sistema informático que permitió la impunidad del asesino de Mari Luz–, pero no se puede negar que casos como el comentado ponen al descubierto una insolvencia nada despreciable en lesos servicios. Porque igual que se dio por viva a esa difunta pudiera darse por muerto sabe Dios a cuántos usuarios entre los que aguardan armados de paciencia en la lista de espera. Este caso no es simplemente uina anécdota. Es un indicador que pone bien a las claras qué clase de trabajo es el que desarrolla la burocracia de Salud.

Sobre la barba

El Museo de Historia Natural de Londres ha decidido exponer al público la barba de Darwin, o lo que queda de ella, justo ahora que la barba masculina vive uno de sus momentos históricos más bajos, lejanos ya los años revolucionarios en que llegó a convertirse en un auténtico emblema de la identidad progresista. Recuerdo el caso insólito de un economista contratado en la vieja Presidencia, M.B.,  que desobedeció la orden tajante del almirante Carrero de afeitársela sin excusas, desoyendo incluso las consideraciones moderadas que le hizo llegar López Rodó, pero es evidente que la barba ha perdido hoy la intensa significación simbólica que por entonces había logrado darle la vuelta al significado tradicional de elemento de respetabilidad aparte de signo inconfundible de virilidad. Por su parte nada menos que ‘Times’ ha organizado una encuesta para calificar las diez barbas señeras de la Historia en un   ránking que encabeza Karl Marx seguido de Rasputín, Lincoln, Lenin y hasta Fidel Castro, y en el que se incluye absurdamente la atribuida por la tradición a la figura de Cristo, un rasgo tardío en la iconografía, como probó hace mucho tiempo Émile Mâle, que no figuraba en las representaciones primitivas en las que Cristo aparecía como un efebo imberbe hasta que su imagen fue desbancada, en el arte de Jersusalem, por la de un oriental maduro con poblada barba negra y largos cabellos. No podemos entrar aquí en la trascendencia simbológica y teológica de este cambio radical como no sea para recalcar que obedece a una profunda mutación en la interpretación evangélica que, en esa fecha tardía, se ocupa ya en construir un mensaje más severo y acorde con el antiguo prurito de respetabilidad. Nadie vio ni habló nunca de esa barba de Cristo que ‘Times’ incluye junto a esas otras del todo terrenales.

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He visto pocas iniciativas tan banales e impropias de un ‘medio’ tan prestigioso, en cualquier caso, como ésta de exponer barbas tan dispares en una misma vitrina, como si ese aditamento no hubiera sido en la historia imaginaria del hombre –desde los egipcios a los griegos pasando por los celtas– bastante más que un aderezo estético, como lo demuestra el hecho de que fuera utilizado incluso por las mujeres principales como señal de alcurnia y soberanía y como un modo de igualar los derechos entres los sexos. Hoy mismo se mantienen  viva entre los fundamentalistas hebreos la prescripción del ‘Levítico’ de no cortar la cabellera ni recortar la barba, nota de virilidad y categoría, y tengo entendido que una barba de Mahoma –ésa por la que juran sus enfervorizados fieles en casos extremos–  puede verse expuesta y venerada en la ciudad de Srinagar. Lo que ha dejado de ser la barba es indicador sociopolítico, signo por el que se distinguían –no poco equívocamente, todo debe decirse—las izquierdas de las derechas antes de que todo el monte utópico y reivindicativo se convirtiera en orégano neoliberal. Hoy no veremos jóvenes barbados sino en raras ocasiones y salvo excepciones vamos a encontrarnos con responsables políticos y menos con ejecutivos que no luzcan cuidadosamente rasurado el rostro, lo cual no debe tomarse por nada definitivo pues bien sabemos que también en la Roma de César se impuso la tez rala hasta que Adriano popularizara su barba poblada, al contrario de lo ocurrido en China, donde las reverendas barbas patriarcales de la tradición  han sido sustituidas hace tiempo por el rostro lampiño. ¡El mundo cayéndose a pedazos y los grandes responsables de la opinión organizando exposiciones de barbas célebres incluyendo las inventadas! El fetichismo constituye un expediente seguro, al parecer, siempre que se trate de distraer al personal, con su oscura atracción, de otras preocupaciones más inquietantes. LO saben bien quienes conjuran esta hora difícil con los cuatro pelos de un relicario.

Hacia el millón de parados

Imagino lo mal que habrá sentado en la Junta la previsión del presidente de la Confederación de Empresarios Andaluces (CEA) de que los parados alcanzarán en Andalucía en fecha no lejana la cifra temible del millón. Un millón de personas mano sobre mano, ocupados muchos eventualmente en la economía sumergida. Condenados otros muchos a la auténtica muerte laboral si es que no a la pobreza definitiva. Mal balance para treinta años de gobierno pretendidamente ‘socialista obrero’ que ha mantenido en el último lugar entre las autonomías españolas a esta tierra “imparable” pero que anda cayendo en picado de manera vertiginosa. Los que no hacen previsión ni dicen esta boca es mía son los sindicatos. Los patronos, por lo menos, son pesimistas, que ya es algo.