El oleoducto y la ley

El Fiscal de Medio Ambiente, Alfredo Flores (de casta le viene al galgo), no cabe duda de que se gana el sueldo sin tentarse la ropa ante la presión política ni ningún otro factor. Ahora acaba de pronunciarse sobre el inquietante proyecto del oleoducto Huelva-Badajoz diciendo por derecho que esa construcción “no debe pasar por el Parque de Doñana si la ley lo prohíbe”, así de claro y que, en consecuencia, no es cosa de modificar una normativa, una legislación, para adecuarla a unos intereses. Será necesario –dice el Fiscal—contar con evaluaciones medioambientales rigurosas, lo que no significa que ignore que, al final, lo que más peso tiene son las decisiones políticas y, en este caso, ya sabemos que el trazado del oleoducto ha sido bendecido por el presidente del Gobierno. Es una suerte contar con un Fiscal como éste. Es una lástima que, a lo peor, la política se imponga a pesar de al Fiscalía.

Violencia gratuita

La condena del “ultra” marsellés Santos Mirasierra por su activa participación en los incidentes ocurridos en el partido entre el Olimpia de Marsella y el Atlético de Madrid ha levantado en Francia una considerable marejada en la que se han mezclado, aparte de una versión a todas luces “angélica” del suceso, los más rancios tópicos antiespañoles y alguna que otra barbaridad inaceptable incluso en ese sórdido ambiente la pasión exacerbada. Personalmente lo que estimo más deplorable de estos sucesos futboleros es la gratuidad absoluta de la violencia que en ellos se produce, la ridícula exaltación que trata de convertir estos simples comportamientos anómicos en una suerte de lance ético, acaso ideológico, en el que una banda de descerebrados da rienda suelta a sus instintos en nombre de imaginarios ideales e identidades igualmente arbitrarias. Lo que ocurrió en el estadio el día de autos, fue esta vez  visto por la inmensa mayoría y no consistió más que en una gratuita y salvaje rebelión que hubo de toparse –cierto que en condiciones de desigualdad lamentables para la autoridad—con el intento paciofocador de la pllicía que en ningún momento se excedió en sus acciones entre otras cosas porque carecía de medios y dotación adecuada para ello. El espectáculo de desorden provocado, las escenas de salvajismo –en las que aparece en primer plano y como actor destacado el ultra en cuestión—fueron de una intensidad inusitada y la imagen del jede del destacamento sangrando descalabrado por un banquetazo presumiblemente enviado por el mismo sujeto, verdaderamente desconcertantes para el espectador normal. Pretender la impunidad para actitudes como ésta es sencillamente absurdo y elevar el incidente a asunto político una de las mayores insensateces que cabe imaginar. Todos los ‘rebeldes’, incluido, por supuesto, el condenado, actuaron como auténticos cafres y si algo cabe reprochar a la policía sería su desproporcionada moderación ante un  ataque de esas características. La Justicia ha tenido en cuenta, seguramente, esta circunstancia.

                                                                    xxxxx

Han llovido, por descontado, las descalificaciones e improperios a esa Justicia desde la culta Francia, incluso despreciando los comentarios familiares, como ése de una hermana del condenado que ha dicho que hubiera sido preferible, para justificar la “dureza” de la sanción, que el bárbaro de su hermano hubiera “matado a uno de los policías” para justificar el castigo. La prensa, por lo general cauta, ha recogido, eso sí, toda la panoplia de insultos dedicados a España por la defensa y otras instancias que han hablado de “severidad inaudita”, decisión irracional, “pequeño autoritarismo de España” o del “orgullo y la pequeña vanidad española” que “para mostrar su esplendor” se han  ensañado con quine no sería más que una “víctima política”. Se comprueba, una vez más, que la violencia gratuita que se prodiga en los estadios sólo es posible por el amparo y respaldo que le presta un sensacionalismo mediático que, curiosamente, es el mismo que exhibe su talante ético al denunciar la barbarie “de los incontrolados de siempre”, que ni suelen ser pocos ni incontrolados. Por lo demás, sorprende la constancia de la tópica tradicional, la vigencia de ese mísero repertorio de clichés siempre a mano para apuntalar los chovinismos, todo hay que decirlo, lo mismo en Francia que en España, y que encajan con facilidad en esos magines elementales. Al contrario de lo que se pretende, en fin, tal vez lo que habría que procurar no es otra cosa que la determinación de erradicar con mano de hierro esta violencia gratuita que, de modo inconsciente, está devolviendo al ‘match’ su genuina condición de ordalía, y al deporte su carácter de sustitutivo reglado de la violencia primordial. No entro en esa sentencia pero he visto escandalizado el reportaje de esos vándalos que, además de su barbarie, reclaman también la impunidad.

Mal momento

Mal momento han elegido los ediles gaditanos para abandonar el Pleno municipal en protesta por los modos, según ellos, insultantes de la alcaldesa Teófila Martínez., teniendo como tienen pendiente en el partido el caos del alcalde de Getafe y nada menos que presidente de la FAMP que ha osado llamar “tontos de los cojones” a los votantes del PP, desde el Ayuntamiento de un pueblo que cuenta con casi un 42 por ciento de voto conservador. Es posible que haya habido malos modos por parte de la alcaldesa, pero creo más bien que, a estas alturas, lo que hay en esa oposición infructuosa son nervios y dificultad para seguir encajando un liderato rival tan prolongado. De los Plenos no debe uno irse –les pagan por asistir—salvo caso extremo y no es creíble que un perro viejo como Román no pueda soportar unos gritos de Teófila. Muchos no saben qué hacer y se les nota demasiado.

Miedo en Calañas

La Justicia tendrá sus razones, hay que suponerlo, pero la decisión de poner en libertad bajo fianza al presunto homicida del minusválido hallado muerto en la carretera ha despertado en el pueblo calañés el natural sorpresa, aparte de indignación e intranquilidad. Lo ha reconocido el Ayuntamiento que piensa pedir refuerzos policiales por lo que pueda ocurrir como consecuencia de la tensa situación y la correspondiente orden de alejamientos que resulta de lo más razonable. Estas medidas son difícilmente comprensibles para una ciudadanía a cuyo criterio repugna ver a un presunto matador en libertad, en especial mediando las circunstancias que, al parecer, rodean este lamentable caso.

El siglo religioso

Se ha repetido mucho la frase de Malraux: “el siglo XXI será religioso o no será”. Tanto como se ha controvertido, desde el ángulo funcionalista sobre todo, el efecto inevitable de la secularización sobre las viejas y nuevas culturas. Y sin embargo, la realidad es que el factor religioso está presente día tras día en la crónica de actualidad como eso que Alain Duhamel ha llamado estos días “el acelerador de la violencia”, el estopín imprescindible para disparar esa dinamita en que se ha convertido el “opio del pueblo”. Acaba de morir el patriarca de todas las Rusias, Alexis II, el hombre que ha logrado restaurar el prestigio de la religión hasta cotas impensables tras tres cuartos de siglo de persecución soviética, un ‘revival’ que ha incluido desde la vuelta al zarismo hasta la construcción –tan conveniente al nuevo Kremlin- de una fuerza poderosa que oponer en la periferia del perdido imperio a la energía del islamismo. Pero las religiones están actuando en medio mundo, con una fuerza nueva y fanática en muchos casos, configurando un mapa ideológico de sugestión medieval, desde la Irlanda recalcitrante en su antigua contencioso, hasta el furor islámico que hace pocos días provocó el espectáculo de Bombay, pasando por la cruel intransigencia hinduista que está empleándose a fondo, especialmente contra los cristianos, en varias regiones de India, por no hablar del papel radicalizador jugado por los grupos creyentes en EEUU. Se dice y repite que todos los continentes, sin excepción, están quedando a merced del integrismo religioso y, en consecuencia, que la amenaza de la violencia no es exclusiva de ninguno de ellos, así que los credos religiosos, potenciados por el fundamentalismo, se están convirtiendo en la fuente imprescindible para que terroristas y organizadores de guerras se provean de argumentos para sus fines temerosos. Y es verdad: el XXI amenaza con ser un siglo incrédulo y fanático a un tiempo, una era en la que está siendo posible la descreencia al tiempo que la intolerancia sectaria. A lo peor es eso lo que Malraux quería decir con su acertijo.

                                                                 xxxxx

La sociología de la religión no ha aclarado todavía, que yo sepa, las causas de este contramovimiento que balancea el de la secularización provocada por el desarrollo material de las civilizaciones. No hay una explicación de conjunto que de cuenta de ese doble fenómeno –el fin de la religión y el resurgimiento de las religiones—que cuestiona la vida civil tanto como la amenaza. Alfonso Lazo sugería en un brillante artículo aquí mismo que la persecución y el boicot antirreliogiosos pueden tal vez actuar como acicate para que los credos recuperen energías perdidas o adquieran otras nuevas. Sobre todo si se les ofrece la muletilla política, es decir, la oportunidad de presentarse a sí mismos no como movimientos estrictamente espirituales sino como proyectos mixtos en los que la política –normalmente el nacionalismo—tienen casi todo que decir. La herencia de Alexis II es precisamente ésa, una especie de nacional-cristianismo, opuesto frontalmente al romano y al ortodoxo griego, tras cuyos proselitismos se ve una vía de penetración política y extranjera. En España, sin ir más lejos, una campaña anticatólica rampante bien pudiera radicalizar la creencia tradicional de muchos sectores hasta ahora indiferentes, cosa que no ha ocurrido en Francia, sin duda gracias a la estricta observancia de un laicismo ‘ilustrado’ poco interesado, a estas alturas, en invadir nuevos territorios. La colosal bibliografía sobre el Cristo histórico de estos últimos veinticinco años, da una idea de la potencia que aún conserva la fe de sus seguidores. Un crucifijo lo quita cualquiera de la pared de una escuela –no sería la primera vez—pero ya no debe de resultar tan fácil desarraigarlo de una conciencia cultural  que conoce bien su significado pacífico. Sería una pena equivocarse como se equivocó Azaña hace tantos años ya.

El pequeño rey

Me suena que ha habido otras disposiciones anteriores, pero ésta es definitiva: una madre de Jaén, a la que su hijo desobediente le había arrojado una zapatilla, ha sido condenada a un mes y medio de cárcel y un año de alejamiento del menor por responderle con una bofetada y agarrarle del cuello. La razón –al margen de las que da la propia disposición judicial– la ofrece paladina una asociación dedicada a defender a los menores, en cuyo criterio, la cosa está bien clara: a los niños no se les puede pegar, ni siquiera con el consabido y doméstico cachete, porque ello merece la consideración de maltrato y, en consecuencia, es tratado como delito por algunos jueces. De manera que una madre que reprende a su hijo por no hacer los deberes y recibe a cambio un zapatillazo –como es el caso– carece, en este momento de desconcierto penal y procesal, de cualquier recurso efectivo para hacer que el niño se enderece y atenga a la norma razonable, al tiempo que no tiene quien la defienda cuando es agredida por el menor, al que su propia condición lo exonera de responsabilidad en términos inaceptables. Hay en España miles de padres que denuncian a sus hijos por maltrato y apenas existen instrumentos legales para reparar esa tragedia familiar, pero el buenismo imperante determina la fulmínea intervención de la Justicia (¿) ante un mero sopapo, incluso si está plenamente justificado por las circunstancias. Que no se le puede pegar a un niño está fuera de discusión; el toque está en decidir que es eso de “pegar” y por dónde cae la linde que separa tan afrentosa acción de un mero gesto correctivo que, como es natural, salvo excepciones, no implica propiamente maltrato ni constituye, se mire como se mire, un ataque grave a la dignidad del corregido. Hemos pasado en un abrir y cerrar de ojos del “ius vita et necisque” (derecho sobre la vida y sobre la muerte) del clásico ‘pater familias’, a la dictadura de un “pequeño rey” al que se ha instruido en el manejo de un inquisitorial teléfono de denuncia y de unos derechos insostenibles. Quizá la familia, como unidad social básica, jamás había sufrido un ataque tan disolvente.

                                                                     xxxxx

La educación  tradicional europea –sin despreciar ocurrencias como las de Pestalozzi o Ivan Illich—ha funcionado siempre sobre la noción de jerarquía partiendo de la base –por completo sincera—de la incapacidad del tutelado para distinguir por su cuenta y riesgo entre el bien y el mal, y más todavía en su inexperiencia para conciliar su “naturaleza” o inclinación con su verdadero interés. Sospecho que la insultante situación de fracaso de la autoridad que vivimos en la sociedad en su conjunto,  tiene su origen en el seno familiar, en el cual, por imposición externa o propia debilidad de criterio, la coacción pedagógica (no la violencia, que es cosa distinta) ha ido cediendo terreno ante la exigencia utópica de igualdad absoluta. No se respeta al profesor, al policía ni al juez (sobran los ejemplos) porque la “escuela familiar” ha dado en abundancia sus disfuncionales frutos, eso es todo, todo lo contrario de lo que ocurrió en otros países europeos en los que la afirmación disciplinaria no ha excluido el castigo corporal hasta fechas bien recientes. Nunca se puede estar seguro de estas cosas, pero no es improbable que con esta extravagante decisión judicial se haya abocado a ese niño a instalarse en una anomia ventajista que la vida se encargará –por las bravas, lo más probable—de reducir a sus justos límites disciplinarios si no a hacer que le reviente bruscamente en las manos tan peligroso artefacto. No se le puede pegar a un niño. Vale, ni a un padre. Lo curioso es que este sistema judicial esté garantizando lo primero a base de ‘ejemplares’ sentencias mientras que ante lo segundo se limite a mostrar su estupor y alegar que carece de medios coercitivos. Los niños son un tesoro. Es una pena que se los utilice para sufragar la banalidad de algunos adultos.