Universidad controlada

Universidad controlada 

La Universidad de Sevilla ha suspendido un acto electoral previsto en la campaña de Rosa Díez por temor, según un decano, a que pudieran producirse altercados. He visto pocos cuentos tan mal trabados, pocas excusas tan innobles, teniendo en cuenta que en esa universidad se fueron prácticamente de rositas y fueron tratados con guante de seda, unos bárbaros que asaltaron el Rectorado, destrozaron bienes históricos y se constituyeron en asamblea por las bravas tras echar a la calle a los claustrales. Se boicotea a Rosa Díez, evidentemente, porque esta universidad está en manos de la Junta de Andalucía y gobernada por su partido, así de sencillo. Pero ninguna universidad puede salir indemne de una decisión partidaria como ésta sino gravemente afectada en su prestigio. El “régimen” lo controla todo sin necesidad siquiera de intervenir. Para eso están muchos decanos y similares. 

Freno al optimismo

Mucho hablar de inversiones millonarias y nos enteramos, por el propio Servicio Andaluz de Empleo, que el paro ha subido en Huelva durante el último año casi un 10 por ciento, lo que sitúa a la provincia entre las de mayor tasa de desempleo de España, con un 16’71 por ciento sobre la población activa, aparte de viajar por debajo de la media andaluza y ser la provincia peninsular con mayor paro femenino. El optimismo de la Junta –secundado por el silencio o los matices de los sindicatos– no van a detener este proceso de deterioro que lleva ya dos años en ascenso constante, y proclamas, como la última de Chaves, en el sentido de que “es precipitado sacar conclusiones” no son más que muletazos para aliñar la faena y entretener al personal. ¿Para que ha servido la transferencia de políticas activas de empleo, qué medidas de choque ha adoptado Chaves en estos dos años de lenta pero imparable caída del empleo? Cualquier recuperación pasa indefectiblemente por frenar ese optimismo en el que, en última instancia, no creen ni ellos.

El show electoral

Un periodista italiano de ‘Il Foglio’, Giuliano Ferrari, ha irrumpido en público amordazado para protestar por la creciente apropiación del debate público por los propios protagonistas, esto es, por la evidente conversión en puro “realitiy show” televisivo de unas comparecencias electorales en las que la información ha sido sustituida sin remedio por la propaganda. Se refiere Ferrari a los debates italianos, esos montajes tan manipulados en los que, para que se hagan una idea, rigen pactos de corrección política tan extravagantes como el compromiso de no referirse a la Mafia en ningún caso y menos, claro está, a sus posibles y visibles relaciones con la política institucional y de partido. La organización pactada de choques entre candidatos, en la que los asesores han logrado desplazar sin remedio a los profesionales de la información, ha reducido esos enfrentamientos a meros espectáculos más dirigidos a la perceptiva primaria que a la inteligencia crítica, toda vez que los propios espectadores, ajenos en su mayoría a los resortes técnicos o pseudotécnicos de la retórica contendiente, suelen estar menos interesados en ‘lo que’ dicen los actores que en ‘cómo’ lo dicen. A Zapatero lo traiciona el subconsciente cuando anuncia su propósito de ganar “con una amplia sonrisa” mientras que hay que ser lerdo en extremo para  no advertir que a Rajoy lo encorseta el miedo a confirmar el estereotipo del político agresivo y crispador con que la hábil estrategia adversaria ha logrado maniatar la campaña de su partido. Poca gente habrá entendido la mayoría de las abrumadoras referencias macroeconómicas de ambos contendientes, por ejemplo, a cambio de lo cual se ha hablado y mucho de sus trajes y corbatas, y hasta de cierto inoportuno salivazo que la cámara indiscreta habría captado al primero. Claro que mucho peor es la constante acusación de mentir cruzada entre ambos que relativiza sin remedio el eventual juicio del espectador y, lo que es peor, acepta si es que no institucionaliza la mentira en el contexto dialéctico. ¿Qué se puede esperar de un debate en el que el presidente en funciones llama diez veces mentiroso a su rival mientras éste se lo llama a él veintisiete?
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Lo que reivindica la mordaza de Ferrari es el regreso a un debate abierto y controlado neutralmente, en el que los candidatos no se ciñan a los cuestionarios domésticos sino que se enfrenten a las imprevisibles preguntas de profesionales cualificados y de demostrada imparcialidad. ¡Tiene gracia que estos amañadores, capaces de cualquier trucaje o trampa, aleguen que no es posible encontrar en España un par de periodistas de confianza probada, tal como se encuentran en USA o en Francia! Pues bien, mientras los debates se pacten en las covachuelas y versen sobre repertorios de asesoría no tendrán otro valor que el de animar el cotarro reduciendo la democracia profunda a una caricatura y a un sucedáneo de sí misma, a un sistema de formación de la voluntad colectiva basado en la valoración superficial de los aspirantes y no en sus auténticos saberes y valores. Hay por ahí una broma que dice que ZP aprendió la economía que sabe en un par de tardes. ¿Y qué más da, si acude seguro de que ni el otro ni él, por supuesto, habrán de salirse del guión? Hay que sustituir a esos “liniers” inermes que hacen como que controlan lo que evidentemente no está en sus manos controlar, por auténticos “árbitros” con capacidad, no sólo para garantizar las reglas, sino para preguntar y repreguntar a su vez, para pedir llegado el caso la prueba que se insinúa sin llegar a mostrarse, para procurar que, en caso de doble imputación de mentira, se aclare, en lo posible, el entuerto o quede en evidencia el mentiroso. En USA lo hacen así y no pasa nada. Aquí, en esta democracia facial y demoscópica, si en algo están de acuerdo todos es en que la propaganda es siempre menos peligrosa que la información.

Verdad y mentira

Si algo demoledor está aportando esta abrupta campaña a la realidad política es la indignante quiebra de la credibilidad de los candidatos a juzgar por las acusaciones que entre ellos mismos se cruzan. Zapatero llamó el lunes 10 veces mentiroso a Rajoy y éste le devolvió el cumplido en 27 ocasiones. Chaves también trató de desacreditar a Arenas sin el menor tacto y Arenas usó como idea-fuerza la de que Chaves tiene irremediablemente agotada su credibilidad. Todos se acusan de mentir, con lo cual no solamente cuestionan los proyectos sino que desacreditan al propio sistema, un sistema que, evidentemente, carece de instrumentos para constatar lo que es verdad o es mentira, incluso cuando haya ocasiones en que las pruebas estén a la vista, como los incumplimientos de los compromisos electorales o la propia experiencia de los ciudadanos. Es ya un tópico la imagen del político embaucador. La democracia, a este paso, será más pronto que tarde una farsa completa. 

El enigma del AVE

Debería aclararse (por ambas partes, PP y PSOE) cual es la verdad sobre el proyecto de AVE onubense. ¿Será un “tren de altas prestaciones”, como ha asegurado el alcalde en un mitin, y en ese caso, qué coños quiere decir eso? ¿O será un  AVE con todas las de la ley como han comprometido el mismo día el consejero Griñán y el secretario Barrero? No debe de ser tan difícil explicar eso documentadamente, con papeles firmados por delante y no sólo de boquilla, sobre todo en un momento como el presente en el que llamar embustero o mentiroso a al adversario se ha convertido en una desconcertante rutina. Si el PP sabe de lo que habla debe aportar las pruebas, y si lo cierto es lo que compromete el PSOE, lo mismo. Ya está bien de cuentos y de largas, como para que ahora nos caiga encima el chaparrón de acusaciones mutuas.

Cultura a escote

En medio de la tenaz ofensiva contra Sarkozy (romance con la Bruni, intrigas de Cecilia, conflicto en torno a la inmigración o al himno nacional, encuestas demostrativas de su declive ante la opinión pública, manifiestos a favor de Ségolène), un grupo de intelectuales franceses despidió febrero, junto a sindicatos y federaciones culturales, movilizándose contra el severo ajuste presupuestario que, según ellos, persigue la aplicación del modelo liberal al mercado de la Cultura y, según él, no es más que la revisión de un insostenible compromiso del Estado cuyas subvenciones y ayudas desbordarían su proyecto de ahorro nacional. En un manifiesto enviado a la prensa incluyen esos protestantes una frase, a medio camino entre Keynes y Virgilio, que merece la pena reproducir intacta –“La granada de la ley del mercado ha entrado en el jardín de la cultura”– cuyo dudoso lirismo pone, acaso, el dedo en la llaga, puesto que ‘Sarko’, entre amoríos y amoríos, no ha ocultado nunca su mal concepto de la cultura subvencionada que en la culta Francia, como cabe suponer, alcanza niveles notables. Está, pues, servido de nuevo el debate sobre el antiguo dilema que opone el intervencionismo cultural a la autonomía de la Cultura, sobre el que tanta agua crítica ha llovido en el pasado y sigue cayendo en estos tiempos del cólera, dicho sea por si alguien pudiera pensar que ese pleito es exclusivamente español y actual, siendo como es un viejo motivo de discordia entre dos conceptos irreconciliables, anterior, desde luego, al forcejeo liberal-socialista. En Grecia era el Estado, en efecto, el que pagaba los gastos de una Cultura abierta dirigida a todos (menos a las mujeres y los esclavos, por supuesto), mientras que en Roma esa actividad protectora llegó a convertirse en un instrumento de promoción política de primera magnitud, el evergetismo, con el que competían entre sí los magnates aspirantes al poder. Al pueblo había darle “panem et circenses” y en ambos mercados intervenía el Estado (valga el anacronismo del término) a dos manos con la oligarquía. Paul Veyne tiene un libro insuperable sobre el tema y a él les remito.
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Al margen del propósito ahorrador, la repetida cuestión es si ese Estado debe sostener artificialmente con dinero público la actividad cultural o si la producción de los creadores debe concurrir a un mercado abierto y sometido, como cualquier otro, a la tensión entre oferta y demanda, de tal modo que el éxito sea el único baremo del valor y el consumo sea realmente espontáneo y no asistido. ¿Debe el Poder, en definitiva, mantener esas industrias deficitarias o sería preferible que un cierto ejercicio de darwinismo cultural pusiera a cada cual en su sitio y al público en el de todos? Hay quien dice que no habría cine español sin dinero público y quien sostiene que el cine español no ha salido de su mediocridad precisamente por esa asistencia, salvo cuando ha hecho de la mediocridad su reclamo masivo. Pero sobre todo hay quien plantea si no tendría más sentido concentrar la ayuda en la educación hasta lograr con ella despertar la demanda de cultura, que dispersarla en proyectos justo para paliar el rechazo del público consumidor. Si no se subvenciona al pintor ni al poeta, ¿por qué habría que financiar un cine o un teatro que fracasa en la taquilla? Una pregunta de difícil respuesta, pero que cada día cuenta con más convencidos como Sarkozy de que toda producción debe jugarse los cuartos en un mercado libre, entre otras cosas porque no es imposible que la protección acabe perpetuando la mediocridad, en el mundo de la cultura como en el de cualquier otra actividad. Es posible que estemos asomándonos al ocaso de la visión elitista de de la cultura y del arte, desde la idea de que carece de sentido abarrotar un  teatro regalando entradas. Sólo la educación conduce a la cultura. Ésa parece ser la perspectiva de Sarkozy.