Reinar después de morir

Como Ibarra en Extremadura, Chaves dispondrá en Andalucía el día en que se vaya del Poder, aparte de su fabulosa jubilación, despacho, asesores y coche oficial. Y lo dicen en plana crisis, cuando se anuncia que nuestra estadística de paro se desbocará el año entrante y el tinglado entero está en el aire. ¿Y por qué no se extienden esos privilegios a los grandes profesores, a los grandes médicos, a los grandes juristas, a los grandes trabajadores, en general, que tienen en el aire hasta la pensión? Ibarra, tan alcornoque como siempre, ha dicho que mejor es ese privilegio que dejar al “ex” a que “se ponga en el mercado para el primero que lo coja, no importa quién”. Juzguen ustedes solos, por su cuenta, vean el revés de ese chantaje que amenaza con hacer de todo un ‘presidente’ ‘conseguidor’. ¿No les dará vergüenza? Personalmente estoy convencido de que no.

La dehesa, sin ley

Ha pasado demasiado tiempo para que ni la subdelegación del Gobierno, ni el Ayuntamiento, ni las fuerzas policiales hayan conseguido siquiera una pista razonable para explicar los sucesos delictivos de La Dehesa, un simple barrio de Aljaraque, en el que los atracos a domicilio son ya algo común, a lo que hay que añadir robos de vehículos y hasta algún apuñalamiento por parte de un encapuchado. ¿Qué ocurre en Aljaraque, es algo que desborda la capacidad de esas instancias o hay algún gato encerrado en el negocio? Pues la respuesta es negativa, surge espontánea la pregunta de a qué aguarda la autoridad para hacer valer su fuero, caramba, que un barrio de Aljaraque no es Nueva York. El PSOE que tantas veces ha culpado al Ayuntamiento de Huelva de la inseguridad, no ve ahora responsabilidad alguna en el cuyo de Aljaraque. Hasta para que no lo atraquen a uno va a haber que llevar el carné en la boca.

Ellos se entienden

Un alto funcionario libio, Mohammed Shalgam acaba de revelar el secreto a voces (ya en 2003 hubo quien lo dijo y repitió en Italia sin lograr el menor eco) de que fue el Gobierno italiano, por decisión personal de Benito Craxi, quien avisó a Gadafi del inminente ‘raid’ que iba a ser lanzado por Reagan contra su país. Hoy por ti mañana por mí, Craxi preveía tal vez su futuro de prófugo de la Justicia italiana, su exilio dorado en Túnez y la leyenda (fidedigna por completo) de sus lingotes de oro guardados secretamente en la banca suiza, aunque no habría podido imaginar que, a su muerte, tendría funerales de Estado organizados por la izquierda con D’Alama a la cabeza y las muy exclusivas preces del propio y comprensivo Wojtila. Una cosa queda sin explicar, en todo caso, y es cómo es posible que si los servicios italianos alertaron al líder terrorista el 14 de abril (1986), el fulminante bombardeo yanqui del día siguiente –232 bombas y 48 misiles en doce minutos—habría provocado la muerte de decenas de personas, incluyendo a la hija adoptiva de Gadafi, mientras él lograba ponerse a salvo. La barbaridad de Reagan trataba de justificarse en hechos tan tremendos como el atentado contra el avión civil de la Pan Am ocurrido en Lockerbie en el que fallecieron 270 personas, y el posterior perpetrado contra cierta discoteca, aparte de su apoyo manifiesto al IRA y otras bandas terroristas, despreciable historial que ha sería finalmente condonado a ese líder ‘iluminado’, por intercesión de Blair, a cambio de que el coronel se comprometiera a no fabricar armas de destrucción masiva, pagara una indemnización a las familias de las víctimas y facilitara determinadas informaciones sobre Al Qaeda, tras lo cual la propia un levantó las sanciopneOOOONU tuvo a bien levantarle las justas sanciones que sobre él y su régimen pesaban. Gadafi, Reagan, Craxi, D’Alema, Wojtila, Blair, la ONU: a la vista está que ellos se entienden.

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Quizá el problema supremo de la lucha contra el terrorismo internacional sea la falta de un estatuto, siquiera ético, para combatirlo más allá de cambalaches y combinaciones entre los poderes. Lo que, visto desde una perspectiva más humana, quiere decir que una cosa es el juego a ras de tierra que las propagandas permiten entrever al ciudadano peatonal, y otra muy diferente el que, de hecho, se juega por arriba en las cancillerías y por abajo en los servicios secretos. Libia, sin ir más lejos, “va bien” según una ‘dura’ como Condolezza Rice ha proclamado en una visita reciente sentada precisamente junto al citado Shalgam. Recuerdo que cuando Aznar visitó a Gadafi y se comparó esa gentileza con el duro trato dado a Sadam Husein, alguien a quien respeto se le ocurrió proponer una justificación cuantitativa de los horrores perpetrados por ambos, inmerso sin percibirlo, a pesar de su liberalismo militante, en la propuesta marxista de que “la cantidad engendra la calidad”. Todos, hasta mi respetado amigo liberal, acaban entendiéndose entre sí en cuanto la prensa desaloja, los focos se apagan, la media luz se impone en la estancia y el Poder se queda a solas consigo mismo hasta reconocerse en los rasgos del Otro, reflejado en el complaciente espejo de la “razón superior”. Hoy, por ejemplo, Gadafi ya no es el enemigo a batir sino el socio que busca dónde invertir en España y muñe con Italia un generoso tratado de amistad tras el cual se prevé ya hasta la colaboración militar. Ellos se entienden, no cabe duda, buenos y malos, rojos y negros, moros y cristianos, inquilinos en esa elite cambiante pero todopoderosa que no sólo decide la suerte de las naciones sino que absuelve o condena según  soplen los vientos, en ocasiones, incluso a los mismos sujetos. El terrorista Gadafi es hoy más amigo que ayer pero menos que mañana. Si cambian las cosas, no ha de faltar algún Craxi que lo avise con tiempo, como lo avisaron a él.

Más sopa boba

Se agrava la situación familiar en Andalucía, según ese observador de excepción que es ‘Cáritas’, cuyos servicios están palpando día a día el deterioro de la vida y el aumento de las ayudas demandadas, a pesar incluso de la moderada baja en los precios de los alimentos. ‘Cáritas’ reprocha que se movilice tanto dinero para salvar a la banca mientras es escatima con cuentagotas el destinado a combatir la pobreza, y no le falta razón en la medida en que el espectáculo mendicante tras un cuarto de siglo de gobierno sedicente socialista constituye al menos una paradoja. Y ya veremos qué ocurre cuando el paro, como está previsto hasta por el Gobierno, alcance cotas más bajas y los salarios, en consecuencia, se desvencijen. ¡La ‘Andalucía imparable’ haciendo cola a las puertas del comedor público! Mal que le pese, la Junta debe empezar su reacción por abajo, que es por donde más falta hace.

Alfombras de Bollullos

Mientras los expulsados de IU se manifiestan con fuerza ante la asamblea de la coalición en Salobreña, nos enteramos que, en noviembre, cuatro comisiones, cuatro por falta de una, abrirán sus trabajos en el ayuntamiento de Bollulos para esclarecer las zonas oscuras del anterior mandato. La “pinza” IU-PP, más que justificada ante la insolencia de Valderas y los suyos, podría apuntarse un tanto indiscutible si finalmente esos sabuesos contables logran confirmar sospechas todavía en el aire, como dónde está los 300.000 a la residencia para enfermos de Alzehimer que nunca se hizo, adónde fueron las subvenciones no justificadas o por qué ese Ayuntamiento pequeño y lleno de necesidades se gastó 80.000 euros en la excursión masiva a Fitur. Igual se acaban arrepintiendo de no haber llegado a un  acuerdo con los “rebeldes” cuando ya no tenga remedio.

Los ojos cerrados

Tengo entendido que un grupo de científicos está tratando de producir una ‘píldora del olvido’ a pesar de la oposición de ciertos lobbies integristas influyentes, más que nada religiosos, que ven en la memoria del sufrimiento un elemento esencial de la personalidad. No sé qué pensar, la verdad, aunque siempre he sospechado que la historia homérica de los lotófagos debía de tener un doble fondo simbólico hasta ahora poco o nada abordado. La memoria es tan esencial como el olvido, en cierto modo una y otro son haz y envés de una misma moneda vital, dos recursos anímicos irrenunciables pero que, como intuyeron los psicoanalistas, deben ser controlados cuerdamente, equilibrados, como si dijéramos, para compensar nuestro funambulismo emocional. Mala cosa la memoria a secas, el inventario bruto que conduce a la identidad, pero mala también el predominio del olvido que conduce a la inopia y expone a la reincidencia. El maestro Ayala, con su siglo largo a cuestas y su excepcional lucidez, ha salido a los medios, una vez más, para decir que una recuperación artificial y anacrónica de la ‘memoria histórica’, en los términos en que la ha planteado Garzón por ejemplo, resulta inaceptable, y que la necrófila decisión de reabrir las fosas de la guerra civil no es más que “una manipulación repugnante”, digna reacción de un protagonista de aquellos lejanos pleitos que, a diferencia de estos fosores vocacionales, podría haber estado dentro de una de esas sepulturas. Los ojos del Poder –y tras ellos los de sus clientes y paniaguados—se abren y se cierran a voluntad, según soplan los vientos. Sólo la mirada serena del hombre libre es capaz de contemplar con perspectiva un pasado demasiado complejo para ser expuesto en almoneda.

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Ojos cerrados para lo que conviene, abiertos cuando interesa. Occidente reacciona en cuestión de horas a la crisis financiera, pero lleva años mirando para otro lado para no ver las tragedias africanas con las que tanto tuvo y tiene que ver. Con las del Congo y Rwanda, por ejemplo, de las que acaba de decir el canciller francés, Bernard Kouchner, junto a su colega británico, que se trata probablemente de “una masacre como jamás haya conocido el continente”, que ya es decir, una tragedia de muchos años que se ha llevado por delante a millones de seres entre víctimas directas y colaterales. O con la reciente historia de la niña somalí –niña violada de 14 años, nada de adúltera de 24—lapidada ante la pasividad general sólo para borrar el rastro de la violación. O como la terrible ola de violencia en India, especialmente centrada en la persecución criminal de las comunidades cristianas que han osado acercarse con la mano tendida a las castas ‘intocables’. Hiela la sangre comprobar la indiferencia de las grandes instancias internacionales ante el escándalo continuo de la violencia y la injusticia, en contraste con la exigente actitud mostrada por ellas cuando el interés propio lo aconseja, pero consuela el espectáculo de entereza que supone ver a un viejo luchador salir a dar la cara en defensa del sentido común, como ha hecho este Ayala hoy agasajado pero cuya vida trituró, en buena medida, durante tantos años, el exilio y la experiencia de la derrota. La bella utopía del olvido reconciliador que buscan los sabios con sus píldoras, suena bien de entrada, pero lo cierto es que el hombre culpable descubrió en la noche de los tiempos ese recurso ansiolítico y no ha dejado de utilizarlo desde entonces. Lo que nadie aconseja, en cambio, es el cultivo de la ‘mala memoria’, el ejercicio de anamnesis perpetrado en el diván de los oportunistas. La vida sería insoportable con el recuerdo –pensaba Martin du Gard–, lo suyo sería elegir con tino lo que debe olvidarse. Y lo que debe permanecer en la conciencia, claro. Esa elemental pero difícil higiene de la existencia es la gran prueba que desde siempre comprometió al Poder.