El agua, de mito a problema

No hay mitología ni historia sagrada entre los pueblos del planeta que no incluya la lucha por el agua. La Biblia tiene sus pozos, como el que Jacob dejó en herencia a José en Sicar y en el que Cristo conversó con la Samaritana. Los pueblos del desierto sacralizaron el pozo hasta protegerlo con piadosas costumbres que, sin embargo, no evitaron las guerras por su posesión. Son legendarias las normativas egipcias sobre el uso del agua que los huertanos de Valencia sustrajeron al derecho común por considerarlo asunto intransferible. Pero el agua era un recurso escaso de uso también moderado hasta que se impuso el modelo urbano y, posteriormente, su versión industrialista. Tomemos el caso de China, que consume hoy cinco veces al agua con que se aviaba hace medio siglo y cuya penumbrosa revolución actual gira obsesivamente alrededor de un vuelco en las infraestructuras que nada simboliza mejor que el audaz prodigio de la presa de las Tres Gargantas, que dará de beber al Norte seco del arruinado río Amarillo a costa de los caudales sureños del Yangtsé. Más cerca, aquí mismo en Andalucía. Una región de economía dual –agricultura/turismo– ve agravado por días su problema del agua. Cierto que Huelva se salva de esa quema, sin necesidad de recurrir a su tesoro freático, primero por el beneficio que supuso la presa del Chanza y, luego, por la del Andévalo –tan cuestionada y retrasada en su día por absurdas objeciones conservacionistas– que ha hecho posible el Plan Sur Andévalo, y que fue inaugurada, precisamente, por la ministra que hoy nos visita, bien popular entre nuestros agricultores desde entonces.
Junto al debate del travase de la España húmeda a la España seca –anunciado por Joaquín Costa y constante hasta Juan Benet– suele decirse que al agua es barata y que ése es el problema, pero entre tanto, un Plan Hidrológico Nacional, aprobado por el Consejo Nacional del Agua, integrante de todas las fuerzas y sectores, incluido el ecologismo radical, ha sido desechado por el Gobierno ante la presión de sus socios nacionalistas de Aragón y Cataluña, optando, alternativamente, por esa desalinización que tiene tan altos costes energéticos y plantea, según dice los biólogos, pavorosos problemas para la eliminación de las salmueras resultantes. Estos días estamos viendo que ni siquiera el PP defiende ya desde el programa aquel proyecto de gran aliento, seguramente forzado por la lógica electoral, pero lo cierto es que, no sólo el toronjal valenciano y “la huerta del Segura donde riega la huertana”, como cantaba la zarzuela, sufren la escasez de ese bien sin el que, no hay que darle vueltas, no hay vida que merezca ese nombre. Un solo ejemplo. Nuestros agricultores almerienses han de comprar el agua –mientras la desalinizada en Carboneras se envía a Barcelona– por un precio entre cinco y diez veces superior al que un arrocero de Sevilla habría de pagarle a la Administración por el agua de la cuenca del Guadalquivir, a lo que habrá de sumar lo que cuesta el transporte, y comprar el resto imprescindible a quienes la poseen en el Oeste, de manera que de 2 céntimos que cuesta en la Isla Mayor sevillana, el agua en el Negratín habrá subido el precio del metro cúbico en los 10 cts. que le factura la propia Administración, más el transporte, más los 18 cts. que le cobra el “dueño” vendedor de derechos, y amén del coste de distribución final.
Andamos luchando alrededor del pozo, ésa es la verdad, como hace cuatro, dos mil años, como hoy mismo en el África profunda, mientras dicen que el despilfarro es descomunal en el ámbito doméstico –si la  agricultura consume un 70 por ciento del caudal, el consumo urbano “pierde” por sus pésimas infraestructuras una cantidad insufrible, y sigue estando incontrolado o consentido en utilizaciones muy cuestionadas– el gasto parece desafiar incluso a las subidas de tarifas que, por si algo faltaba, son diferentes según el humor presupuestario de los municipios. Todo esto lo sabe mejor que nadie, seguramente, Elvira Rodríguez, una responsable que lamentablemente no tuvo demasiado tiempo pero con la que es muy posible que el panorama actual fuera muy diferente del que es. El agua ya no es un elemento del mito sino un desafío de la política y, lo que es peor, una amenazada condición de la vida. Hoy no se festejan paces junto al pozo ni se envenenan los veneros para acabar con el enemigo. Para eso disponemos ahora de los cambalaches post-electorales y la ley aliada con el sinsentido. Elvira Rodríguez supo verlo con claridad pero, lamentablemente, no le dieron tiempo.

Sota y caballo

El ruido y la furia de la campaña han logrado ir paliando hasta extinguir el rumor de que un libro escrito por un amigo íntimo del Rey –concretamente unas memorias una impresas en una editorial andaluza– ha sido liquidado en una trituradora cinco días antes de su prevista publicación. Ni que decir tiene que el amigo en cuestión era el embajador Prado Colón de Carvajal, figura decisiva en la biografía del monarca y a quien los observadores del ramo, como ‘Sverlo’, Jesús Cacho o García Abad, no dudan en señalar como el “íntimo compañero de negocios del Rey durante tres décadas”, esto es, durante el periodo en que el patrimonio familiar del actual Jefe del Estado ha pasado de la reconocida precariedad a la opulencia hasta convertirse, si hemos de creer lo que a este propósito dicen las publicaciones especializadas, en una de las grandes fortunas del mundo. No es la primera vez –ni será la última– que en España se destruya un libro incómodo para el Poder, una tradición que se remonta al negocio que supuso para Blasco Ibáñez la compra masiva de “La Bodega” por parte de los Domecq, que en la novela aparecían como caciques bajo el pseudónimo de los “Dupond”. También en los albores de la Transición se destruyó en unos talleres valencianos una biografía de González que a los censores del partido les resultó (a mi juicio, con razón) menos favorable que perjudicial. La lucha contra los “papeles” críticos es tan antigua como la política (César manejó con virtuosismo para contrarrestarlos el panfletismo primitivo de las “Acta diurna”), pero en el caso que nos ocupa no se trata tanto de ese holocausto bibliográfico sino de la persistencia en la estrategia informativa del país de lo que pudiéramos llamar el “tabú real”, que tanto dio que hablar cuando Bárbara Rey denunció en el 97 un elocuente robo de material fotográfico en su casa y amenazó, cómo no, con escribir en su momento un libro, nada menos que “sobre el mundo entero”. Y ya estamos con lo del remedio y la enfermedad, porque, vamos a ver: ¿qué es peor, lo que pueda decir en su libro el confidente del Rey o lo que, en base al rumor, pueda imaginar sin tasa la opinión pública?
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Naturalmente no seré yo quien arriesgue una respuesta a esa pregunta, pero tampoco quien se quede indiferente ante la noticia de que el libro escrito por un cortesano reconicido –condenado varias veces, todo debe decirse– ha de ser destruido para que no llegue al conocimiento ciudadano. El rumor no es por sí mismo ni bueno ni malo; la bondad o la maldad estará, en todo caso, en su verosimilitud, y ésta, como es lógico y natural, depende no poco de la réplica autorizada que se le dé, nunca del silencio. Aparte de que “la callada por respuesta” constituye un derecho del peatón pero no del prócer que, sin perjuicio de lo establecido sobre la carga de la prueba, debe soportar una carga suplementaria de responsable decoro. No tiene la misma necesidad de limpiar su buen nombre el cabrero en su majada que el rey en su corte, aparte de que un Jefe del Estado ha de ser paradigma de rectitud. Bien, pues eso es lo que cuestiona la decisión de triturar el libro del confidente del Rey, eso es lo que deja el campo libre a la imaginación o a la malicia para pasearse desde la Barcelona del caso Gran Tibidabo a la Arabia wahabita de los petrodólares, lo mismo que el presunto robo en casa de la actriz y la oscura intervención de ciertos servicios, dio pábulo a historietas en las que ese Jefe del Estado aparecía en gayumbos más contento que unas pascuas. La dignidad del Rey no es sólo un derecho privado sino un espejo en el que no cabe reflejarse turbiamente. Si alguien cubre con un velo ese espejo, mala cosa, porque mucha gente se preguntará el por qué, y lo que es peor, se dará, sin duda, la respuesta que mejor le cuadre. Yo mimos me pregunto qué gravedades dirá Colón en esas memorias para que Pimentel haya decidido triturarlas.

No existimos

¿Ustedes oyen algo serio sobre los problemas de Andalucía o perciben, más bien, que el estruendo de la campaña de las “generales” ahoga por completo las voces que deberían debatir lo nuestro? Se comprende que para Chaves una y otra sean la misma campaña, y mejor todavía se entiende que ni loco quisiera presentarse en público sólo para que le echen en cara el argumento irrefutable: “Si estamos tan bien, si tanto avanzamos, si vamos embalados que no hay quien nos pare, ¿por qué seguimos a la cola de España mientras otras regiones han prosperado considerablemente durante estos 20 o 30 años?”. Las elecciones van juntas y revueltas porque Chaves no quiere oír esa pregunta lógica y aplastante, al menos en la calle. El ridículo nivel de información de los andaluces, averiguado de sobra, demuestra que el procedimiento lo beneficia. Ya me dirán, entonces, para qué cambiar. 

La varita mágica

No se explica la contundencia de Nilefós al presentar su decisión de cierre si tan fñácil resultaba llegar a un acuerdo con la Junta –como el que, al parecer, han llegado la consejería de Trabajo y la empresa– para mantener el empleo mientras duran las conversaciones. Y no es por ser pesimistas, pero no hay que olvidar que el tiempo de elecciones es tiempo milagrero, y nada tendría de extraño que en esta radical e inexplicado giro, Nilefós estuviera siendo amable con la estrategia electoral de la Junta y su partido, a los que un conflicto de esta naturaleza no puede favorecerle y sí perjudicarle. Después de las elecciones hablaremos, en cualquier caso, pero insisto en que carece de lógica no agotar las vías de posible solución antes de decretar un  cierre. Todo esto huele de lejos a varita mágica electoral. Tras el 9-M lo que sea, sonará.

El taxista de Londres

A medida que admiro y creo más en la divulgación científica  voy convenciéndome de la mala suerte que ha tenido la especie en helecho de que la Ciencia, por más que por fuerza se mueva dentro de un paradigma de imperioso condicionamiento social sea una cosa tan personal, sea en el fondo una cosa tan personal y, en cierto modo, intransferible. Echa uno de menos una especie de plan universal, algo así como un programa concertado al que los investigadores se adhirieran y fueran sumando en lugar de ir por libre en esa carrera que, en tantas ocasiones, los transporta al reino de la extravagancia.  ¿Qué pensar de un sabio que sale diciendo muy serio que los taxistas de Londres tienen mayor el hipocampo que sus colegas de ciudades más reducidas, hipótesis absurda, como se comprenderá, que responde a la relación generalmente asocia ese órgano a la percepción espacial? ¿Y de un prestigioso neurólogo al que veo sostener en ‘Perspectives on Psycological Science’ que los tíos que se consideran más felices ganan menos dinero y tienen un éxito menor que los discretos que no se consideran tan satisfechos con su existencia? Un estudio concienzudo, supongo, ha permitido al profesor Eric Wilson escribir un libro contra la felicidad en el que más o menos propone sustituir ese eterno ideal inalcanzable por el cultivo de la melancolía en la que él ve una fuente de inspiración al servicio de los creativos.  Un amigo me pasa un recorte de la competencia  en el que se descubre el Mediterráneo haciéndonos ver que si el cerebro de Einstein a los 16 añitos no era más que el de un adolescente, ese mismo órgano sería muy diferente a los 60 tras haber descubierto y probado la Relatividad. Nuestras revistas y foros más acreditados están llevando la divulgación a un punto que podría llegar a serlo de “no retorno” una vez que sepamos tanta ciencia vulgarizada que  estemos a pique de manicomio.

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Acabo de perder mis buenos ratos –se lo digo a ustedes como lo siento– leyendo el último libro de Desmond Morris, del que ya habíamos visto entregas en ‘The Times’, dedicado esta vez no a “El Mono desnudo” ni a “La mujer desnuda”, como en los viejos tiempos, sino a “El hombre desnudo”, un estudio anatomo-fisiológico que, sin perder nunca su clásica perspectiva zoológica, se aplica esta vez a demostrar que la sexualidad masculina es una prenda sumamente frágil que se fragua en el paso de la adolescencia a la edad barbada, en la idea de que la homosexualidad no sería otra cosa que el efecto de la excesiva y anacrónica adhesión del “iniciado” a su mundo infantil, es decir, al universo demediado en el que los roles vienen determinados por el sexo. Ahora bien, cuando Morris se suelta el pelo  ya no para en barras hasta afirmar esos alevines gays son más creativos que sus compis heteros, tanto que asegura que, alcanzada la edad adulta, tendrán dieciséis veces  más probabilidades de obtener un doctorado que un heterosexual. ¡Qué les parece! De la universidad de Nueva York nos llega la tesos de que existen diferencia neurológicas determinantes entre el hombre de derechas y el de izquierdas en función de la diferente manera que ambos “tipos” de cerebros tienen para procesar la información, aunque es cierto que el sabio en cuestión admite que habla de ‘tendencias’ y no de procesos inflexibles y fatales. ¿Cómo es posible que se gaste impunemente en estas chorradas el poco dinero que hay disponible para investigar tanta materia crucial en este momento vertiginoso de la historia de la ciencia? Yo no lo sé y supongo que el lector tampoco, pero seguro que los dos acabáramos con la camisa de fuerza si alguna de esas genialidades se nos hubiera ocurrido.

El habla política

No estoy de acuerdo con que el debatillo “a cuatro” concelebrado antier en Canal Sur por nuestras minervas de partido diera de sí poca cosa. Sólo la parte cómica del espectáculo merecería ya la pena e incluso los honores de la antología  en algunos casos como el de esta frase del candidato Chaves que publico para envidia de críticos y cazagazapos. Dijo Chaves, en un momento dado del ardoroso debate, en resumen, que Andalucía debería estar “en la mitad de arriba de la lista de la tabla del ránking de todas las comunidades” — palabra de honor, y si no se lo creen ahí está la fonoteca–, suprema anáfora que por sí sola valdría para reclamar un liderato vitalicio. ¡Qué precisión conceptista, qué verbo florido, cuánta exuberancia léxica! ¡Ni las zetas rebeldes de Valderas pudieron con el caso! ¡Qué nivel! (Seguro que Arenas ha tomado nota en el margen de su diccionario de sinónimos).