Guerras de religión

Hace unos días hemos visto anunciado por ahí que ya están a disposición  de los futuros contrayentes las ofertas parroquiales para la celebración de bodas en… 2009. Se las ven y se las desean los actuales novios para encontrar un altar disponible en que casarse en esta España secularizada a tope y que el Gobierno y su partido se proponen arrinconar en el corralito laicista, siempre invocando aquello del “nacional-catolicismo” que pactó con la dictadura. De la misma manera que los padres se vuelven locos para encontrar plazas para sus hijos en esos combatidos colegios religiosos que, ciertamente, tendrán sus defectos, pero cuya demanda aumenta año tras año a medida que la enseñanza pública se desprestigia y sin cuya contribución la enseñanza española quebraría sin remedio hoy por hoy. Por supuesto que hay unos cuantos equívocos en este batiburrillo político, empezando por la lamentable confusión entre ‘aconfesionalidad’, que es lo que civilizadamente impone la Constitución, y ‘laicismo’, que es cosa muy distinta y, por supuesto, más pugnaz e incluso beligerante, pero todo se entiende con facilidad si se tiene en cuenta que lo que busca ese partidismo laicizante no es otra cosa que rehabilitar el rancio cliché que identifica en España catolicismo con derecha extrema, reservándose, en consecuencia, a la autoproclamada izquierda el mérito de una secularización de enorme trascendencia sociológica y política. Una insalvable contradicción condiciona a un país en el que cuesta lo indecible lograr que lo casen a uno pero en el que, sólo en el último cuarto de siglo, ya se ha superado con creces el legendario millón de divorcios, y en el que, además, se combate a muerte desde el Poder a una educación de patrocinio religioso mientras el sistema público es puesto a caldo por los observadores especializados y no sólo por los redactores del Informe PISA, por cierto. ¿Ustedes han visto el cuadro famoso de la pelea de ciegos? Pues no les digo más.
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No tengo la menor duda de que el recurso al laicismo por parte de los programadores de ZP no es más que una maniobra partidista enmarcable en el horizonte de la estrategia de romper el bipartidismo para garantizarse el futuro apoyo negociado con las minorías periféricas. Lo que no supone, en absoluto, ignorar la torpeza de los agredidos, inexplicablemente enrocados en posturas rígidas y acordes con esa actitud, que ha denunciado Juan José Tamayo, de negarse a rajatabla a aceptar, entre otras cosas, lo que la teología conciliadora propone llamar la “mediación hermenéutica”. Es probable, pues, que hayamos de seguir moviéndonos entre esos dos extremos irreductibles, entre el desatentado protagonismo de ciertas minorías sexistas, por ejemplo, y los excesos intolerables de algún  purpurado insular, entre el proyecto de adoctrinar a los alumnos en el credo laico y la sombra de ciertos sectarismos nostálgicos de un modelo hoy inconcebible. Pero todo ello en un país bastante secularizado que hace cola a la puerta de las parroquias, en una nación de pretende pertenecer al “top ten” del planeta civilizado pero que combate cuanto puede la enseñanza regida por religiosos mientras  su sistema de instrucción pública va de mal en peor. Si la Iglesia decidiera hoy cerrar sus colegios habría que suspender el curso escolar por las bravas, y cuesta imaginar, por otra parte, lo que pudiera ocurrir si cerrara sus sacristías y dejara de publicar sus amonestaciones. Alguien se está equivocando aquí, eso es seguro, sin desdeñar la hipótesis de que los errados sean ambos contendientes, mientras el frenesí casamentero sólo es comparable al divorcista, y mientras la campaña contra la clásica enseñanza religiosa constituya un objetivo político. No acaba de salir España del túnel en una de cuyas bocas acecha la ‘Monja de las Llagas’ y en la otra Nakens con “El Motín” en la mano.

Curiosa reacción

Medio PSOE se ha levantado en armas contra las declaraciones de Esperanza Aguirre por mentar la bicha exhortando a Chaves a abandonar el caciquismo. Han salido a relucir todos los tópicos, desde el espejismo que sólo permite ver al cacique a caballo, hasta la marquesa a la que se atribuye, por definición, esa condición nefanda. Y no es para ponerse así, por favor, porque somos legión quienes venimos diciendo hace la intemerata que, como lo ilustra la acción del “régimen” chavista, un caciquismo de izquierda (o lo que sea eso) es tan posible como el de derechas. No nos hagan exponer nombres concretos, pero ¿acaso no sabe cualquiera en Andalucía quién el gran Cacique de la región, lo mismo que cualquiera sabe quién lo es en Cádiz o en Jaén? Un PSOE de “barones” regionales y “caciques” provinciales es el menos indicado para protestar porque lo señalen con ese dedo.

Malas mañas

El delegado de la Junta, Justo Mañas, se le apareció antier a la prensa, junto a la candidata frustrada, para adelantarle lo que ayer ocurriría en la reunión técnica de Sevilla, es decir, el desbloqueo definitivo del proyecto municipal del Ensanche que el presidente Chaves le había prometido formalmente al alcalde de la capital. Incluso la solución de un proyecto crucial para Huelva, insensatamente obstaculizado por la Junta y, por fin, desbloqueado, se aprovecha para hacer esa mísera pequeña política partidista, como queriéndole segar la hierba bajo los pies a Pedro Rodríguez, que es su impulsor y quien representa por mayoría absoluta, le guste o no a Mañas y a Parralo, a todos los onubenses. Eso no se hace. Entre otras cosas porque a nadie van a convencer de que el Ensanche se hace por ellos sino “a pesar” de ellos, y porque demasiada gente sabe bien que el retraso que lleva a la Junta hay que adjudicárselo. Un delegado de la Junta se explica que sea partidista. Que sea injusto y tramposo no tiene pase.

Memoria cosmética

Un memorable obituario que Raúl del Pozo le ha hecho a Ángel González nos ha permitido revivir idealizado un tiempo –el de los años 80, por el que probablemente no hubiéramos dado un duro mientras duró– recreado en la preciosa orfebrería sentimental del recuerdo.  Un personaje tan poco reputado como “resistente”, el presidente Chaves,  alardeaba también el otro día en el programa de Quintero de las carreritas ante los “grises” que, por lo visto, hubo de dar en su día. “Cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”, no le demos vueltas, sobre todo por la admirable capacidad que posee la memoria para transfigurar la realidad y embellecerla con esa poderosa cosmética que es la nostalgia de uno mismo, pero también porque la memoria está siempre indefensa frente al ultraje de la fantasía. Tierno inventó un tiempo maravilloso soplando como Dios sobre un simple barro divertido, del mismo modo que los abuelos soñaron despiertos y festivos la pesadilla de los años 20 o Valle logró redimir estéticamente el retrato de aquel Madrid “brillante y hambriento” en el que los zagalones aristocráticos practicaban el deporte de arrancar la pañosa al viandante y sus héroes imaginarios daban réplicas inverosímiles a la policía maurista. La memoria es así de agradecida y así de falaz, pero es posible que, de no serlo, el olvido sería la única historia posible, y nosotros meras víctimas pasivas del tiempo devastador. Incluso el evocador pesimista practica en su memoria una operación cosmética, teniendo en cuenta que infierno y paraíso están hechos de una misma sustancia. Recordamos apañando materiales psíquicos de derribo, eso es todo. Es tan fácil ronear la cabo de los años de haber sido perseguido por la Justicia como difícil, probablemente imposible, probar lo contrario, aparte de que perseguidos o no por los “grises”, hubo un tiempo en el que, ciertamente, todos, resistentes y ocultos, nos reconocemos con agrado como en el espejo de la madrastra.
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Al reclamo de un fino comentario de Pedro Cuartango, leo el libro de Rodric Braithwaite “Moscú 1941”, en el que se descubre que, bajo la insufrible tragedia de la población asediada por el ejército nazi, Moscú era una fiesta donde se dispararon sin tasa todas las pasiones y en la que la propia tragedia resultó ser la más eficaz coartada de la trasgresión. Ya lo ven, la fiesta en plena catástrofe, el infierno reconvertido en apasionante verbena, tal como los autores antiguos nos recuerdan que tantas otras veces ocurriera antes en tiempos de guerras, pestes y calamidades. O bien, la mediocridad transfigurada en prodigio, el miedo trasmutado en hazaña, la juerga evocada como odisea. Y en el fondo un múltiple pero idéntico memorioso, el evocador de sí mismo capaz del portento de pintar el cuadro del revés sin omitir el más mínimo detalle y logrando acaso una verosimilitud incontestable. Decoramos el pasado para afeitar nuestra propia imagen, en una operación tan ingenua como práctica, sin la cual quizá no resultaría fácil reconciliar el presente narcisista con un pasado que pretendemos más bien prometeico. Pero leyendo a Braithwaite comprendemos también lo contrario, a saber, que a veces el descrédito de lo que fue encubre una circunstancia bien distinta de la rememorada. El debate hermenéutico no se cerrará nunca, probablemente, en torno a la pretendida ciencia de la Historia, sin que ni positivistas o partidarios del naturalismo vayan alguna vez a dar con la clave universal que garantiza la objetividad sobre el pasado, esa dimensión que solemos creer objetiva olvidando la radical implicación en ella de nuestra subjetividad. Los físicos modernos se dieron cuenta de que no era posible al investigador mantenerse fuera del campo observado, es decir, de la inevitabilidad de la contaminación ideológica. Los historiadores aún no han hallado la manera de impedir que quien no lo hizo se empeñe en afirmar que corrió ante los “grises”.

Chaves vs. El Mundo

Es triste pero, sobre todo, es inusitado, ver a todo un presidente de la autonomía aferrado al intento de silenciar a un periódico independiente, más triste aún ver cómo insiste en su versión tergiversada de la letra y del espíritu de una sentencia que lo ha dejado por los suelos y que, encima, han podido y pueden leer miles de ciudadanos. Es posible que, además de la soberbia, el emperre de Chaves –al margen de la mala situación objetiva de Andalucía–responda a la estrategia de cerrar el otro frente abierto en torno a las situación de sus hermanos en el escándalo con quiebra incluida de Climo Cubierta, pero ninguna de esas motivaciones justifican una actitud inédita entre los mandatarios políticos que, por otra parte, es prácticamente imposible que, en el caso más favorable para él, pudiera despejarse antes de que ande ya olvidado en la reserva. Guerra o González fueron listos no removiendo lo que olía mal. Chaves, evidentemente, está muy lejos y por debajo de aquellos linces. 

Crónica negra

Se explica la angustia familiar y también las ocurrencias de la imaginación, pero si algo no hacía falta en estos duros momentos en la capital es la conexión, siquiera insinuada, entre el caso de la niña desaparecida en el Torrejón y el universalmente famoso de la niña inglesa. No se le puede pedir a la investigación lo que en sus manos no esté, pero sí que es necesario insistir en que una pronta resolución del caso evitaría a Huelva la dudosa oportunidad de saltar a la fama desde las páginas de sucesos. Empezando por la discreción mediática, es preciso extremar el esfuerzo porque el negro asunto no salga del ámbito policial y desde luego impedir que la insensatez o quién sabe si el oportunismo anden por medio.