El siglo religioso

Se ha repetido mucho la frase de Malraux: “el siglo XXI será religioso o no será”. Tanto como se ha controvertido, desde el ángulo funcionalista sobre todo, el efecto inevitable de la secularización sobre las viejas y nuevas culturas. Y sin embargo, la realidad es que el factor religioso está presente día tras día en la crónica de actualidad como eso que Alain Duhamel ha llamado estos días “el acelerador de la violencia”, el estopín imprescindible para disparar esa dinamita en que se ha convertido el “opio del pueblo”. Acaba de morir el patriarca de todas las Rusias, Alexis II, el hombre que ha logrado restaurar el prestigio de la religión hasta cotas impensables tras tres cuartos de siglo de persecución soviética, un ‘revival’ que ha incluido desde la vuelta al zarismo hasta la construcción –tan conveniente al nuevo Kremlin- de una fuerza poderosa que oponer en la periferia del perdido imperio a la energía del islamismo. Pero las religiones están actuando en medio mundo, con una fuerza nueva y fanática en muchos casos, configurando un mapa ideológico de sugestión medieval, desde la Irlanda recalcitrante en su antigua contencioso, hasta el furor islámico que hace pocos días provocó el espectáculo de Bombay, pasando por la cruel intransigencia hinduista que está empleándose a fondo, especialmente contra los cristianos, en varias regiones de India, por no hablar del papel radicalizador jugado por los grupos creyentes en EEUU. Se dice y repite que todos los continentes, sin excepción, están quedando a merced del integrismo religioso y, en consecuencia, que la amenaza de la violencia no es exclusiva de ninguno de ellos, así que los credos religiosos, potenciados por el fundamentalismo, se están convirtiendo en la fuente imprescindible para que terroristas y organizadores de guerras se provean de argumentos para sus fines temerosos. Y es verdad: el XXI amenaza con ser un siglo incrédulo y fanático a un tiempo, una era en la que está siendo posible la descreencia al tiempo que la intolerancia sectaria. A lo peor es eso lo que Malraux quería decir con su acertijo.

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La sociología de la religión no ha aclarado todavía, que yo sepa, las causas de este contramovimiento que balancea el de la secularización provocada por el desarrollo material de las civilizaciones. No hay una explicación de conjunto que de cuenta de ese doble fenómeno –el fin de la religión y el resurgimiento de las religiones—que cuestiona la vida civil tanto como la amenaza. Alfonso Lazo sugería en un brillante artículo aquí mismo que la persecución y el boicot antirreliogiosos pueden tal vez actuar como acicate para que los credos recuperen energías perdidas o adquieran otras nuevas. Sobre todo si se les ofrece la muletilla política, es decir, la oportunidad de presentarse a sí mismos no como movimientos estrictamente espirituales sino como proyectos mixtos en los que la política –normalmente el nacionalismo—tienen casi todo que decir. La herencia de Alexis II es precisamente ésa, una especie de nacional-cristianismo, opuesto frontalmente al romano y al ortodoxo griego, tras cuyos proselitismos se ve una vía de penetración política y extranjera. En España, sin ir más lejos, una campaña anticatólica rampante bien pudiera radicalizar la creencia tradicional de muchos sectores hasta ahora indiferentes, cosa que no ha ocurrido en Francia, sin duda gracias a la estricta observancia de un laicismo ‘ilustrado’ poco interesado, a estas alturas, en invadir nuevos territorios. La colosal bibliografía sobre el Cristo histórico de estos últimos veinticinco años, da una idea de la potencia que aún conserva la fe de sus seguidores. Un crucifijo lo quita cualquiera de la pared de una escuela –no sería la primera vez—pero ya no debe de resultar tan fácil desarraigarlo de una conciencia cultural  que conoce bien su significado pacífico. Sería una pena equivocarse como se equivocó Azaña hace tantos años ya.

El pequeño rey

Me suena que ha habido otras disposiciones anteriores, pero ésta es definitiva: una madre de Jaén, a la que su hijo desobediente le había arrojado una zapatilla, ha sido condenada a un mes y medio de cárcel y un año de alejamiento del menor por responderle con una bofetada y agarrarle del cuello. La razón –al margen de las que da la propia disposición judicial– la ofrece paladina una asociación dedicada a defender a los menores, en cuyo criterio, la cosa está bien clara: a los niños no se les puede pegar, ni siquiera con el consabido y doméstico cachete, porque ello merece la consideración de maltrato y, en consecuencia, es tratado como delito por algunos jueces. De manera que una madre que reprende a su hijo por no hacer los deberes y recibe a cambio un zapatillazo –como es el caso– carece, en este momento de desconcierto penal y procesal, de cualquier recurso efectivo para hacer que el niño se enderece y atenga a la norma razonable, al tiempo que no tiene quien la defienda cuando es agredida por el menor, al que su propia condición lo exonera de responsabilidad en términos inaceptables. Hay en España miles de padres que denuncian a sus hijos por maltrato y apenas existen instrumentos legales para reparar esa tragedia familiar, pero el buenismo imperante determina la fulmínea intervención de la Justicia (¿) ante un mero sopapo, incluso si está plenamente justificado por las circunstancias. Que no se le puede pegar a un niño está fuera de discusión; el toque está en decidir que es eso de “pegar” y por dónde cae la linde que separa tan afrentosa acción de un mero gesto correctivo que, como es natural, salvo excepciones, no implica propiamente maltrato ni constituye, se mire como se mire, un ataque grave a la dignidad del corregido. Hemos pasado en un abrir y cerrar de ojos del “ius vita et necisque” (derecho sobre la vida y sobre la muerte) del clásico ‘pater familias’, a la dictadura de un “pequeño rey” al que se ha instruido en el manejo de un inquisitorial teléfono de denuncia y de unos derechos insostenibles. Quizá la familia, como unidad social básica, jamás había sufrido un ataque tan disolvente.

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La educación  tradicional europea –sin despreciar ocurrencias como las de Pestalozzi o Ivan Illich—ha funcionado siempre sobre la noción de jerarquía partiendo de la base –por completo sincera—de la incapacidad del tutelado para distinguir por su cuenta y riesgo entre el bien y el mal, y más todavía en su inexperiencia para conciliar su “naturaleza” o inclinación con su verdadero interés. Sospecho que la insultante situación de fracaso de la autoridad que vivimos en la sociedad en su conjunto,  tiene su origen en el seno familiar, en el cual, por imposición externa o propia debilidad de criterio, la coacción pedagógica (no la violencia, que es cosa distinta) ha ido cediendo terreno ante la exigencia utópica de igualdad absoluta. No se respeta al profesor, al policía ni al juez (sobran los ejemplos) porque la “escuela familiar” ha dado en abundancia sus disfuncionales frutos, eso es todo, todo lo contrario de lo que ocurrió en otros países europeos en los que la afirmación disciplinaria no ha excluido el castigo corporal hasta fechas bien recientes. Nunca se puede estar seguro de estas cosas, pero no es improbable que con esta extravagante decisión judicial se haya abocado a ese niño a instalarse en una anomia ventajista que la vida se encargará –por las bravas, lo más probable—de reducir a sus justos límites disciplinarios si no a hacer que le reviente bruscamente en las manos tan peligroso artefacto. No se le puede pegar a un niño. Vale, ni a un padre. Lo curioso es que este sistema judicial esté garantizando lo primero a base de ‘ejemplares’ sentencias mientras que ante lo segundo se limite a mostrar su estupor y alegar que carece de medios coercitivos. Los niños son un tesoro. Es una pena que se los utilice para sufragar la banalidad de algunos adultos.

‘Malaya’, ‘Astapa’…

La situación en la que la nueva imputación del juez a un edil del PSOE ha colocado al Ayuntamiento de Estepona es insostenible. Y van a cometer el mismo error que cometieron frente al despiporre de Marbella, es decir, atenerse y aplicar el “laissez faire, laissez passer”, mirar cómplices la faena desde detrás de la barrera, sacando la punta del capote en los lances más comprometidos pero sin salir en ningún momento a hacer el quite por derecho. Lo ocurrido en Estepona, por lo que el juez va diciendo, ha sido muy grave, más de lo que puede justificar que un gobierno municipal siga siendo mangoneado por los mismos que están en tela de juicio. Yo no sé si hablar de disolución, como han hecho por ahí, pero al menos no tengo dudas de que la Junta y el Gobierno, por no halar del PSOE, deberían entrar a saco en esa sentina y abrir las ventanas de par en par.

Pierde Huelva

El TSJA ha fallado a favor de la tesis del Ayuntamiento dn el contencioso sobre el Ensanche Sur, boicoteado por la Junta de Andalucía –a pesar incluso de las promesas de Chaves—que le han costado a la capital mucho dinero y unos años de retraso en su modernización. ¿Recurrirá la Junta? Puede, pero sería muy raro que quien (insensatamente, por cierto) defiende la supremacía final de ese Tribunal autonómico en el nuevo Estatuto, diera el espectáculo de irse hasta el Supremo buscando prolongar el daño. En todo caso, dinero y tiempo perdido. Alguien se preguntaba ayer desde estas páginas quién debería correr con el gasto de este despropósito, y no le faltaba razón al apuntar a quien ha ido poniendo obstáculo tras obstáculo. Durante mucho tiempo hemos de preguntarnos lo mismo.

Los que sobran

Estos frentes polares están poniendo en el punto de mira las políticas sociales en lo que se refiere a la protección de personas sin hogar, los famosos “sin techo”, a la gente sin oficio ni beneficio, a la que la crisis empuja con vigor hacia el desgalgadero. En Francia, el Gobierno –tras la noticia de varias muertes callejeras de indigentes sin ningún recurso– ha rondado la idea de promulgar una  ley que declarara obligatoria la acogida en los albergues de los miles de tirados en plena calle, bajo el frío helador, confortados acaso por el café o el caldo caliente que les acercan organizaciones caritativas, idea que no ha prosperado, por supuesto, en nombre de ese prurito de libertad que incluye la opción de morir congelado si así se desea. No sólo son inmigrantes, porque cada día se les suman descolgados del sistema, personas desahuciadas sin techo ni trabajo pero con una prole que alimentar, una legión que ha saturado los centros de acogida obligando al Gobierno a destinar a ese fin, por vía de emergencia, 160.000 euros que seguramente no resolverán el problema. La potente organización francesa de caridad no se ve las manos para acoger a tanto rebotado de la sociedad, como en España, ‘Cáritas’ se ve sobrepasada en sus posibilidades por la avalancha de necesidad y de miseria que se le viene encima, denunciando que no se trata de incidentes circunstanciales (una vendimia, una campaña cualquiera) sino de un fenómeno ya estructural, de la realidad de que la red de apoyo a esa población sin recursos vitales mínimos ha quedado muy por debajo de la necesidad misma. Esa gente no tiene ningún vínculo que el Sistema pueda apreciar, son “the expendables” (excedentes, sobrantes) de que habla Lenski, como ha recordado Pagola. Y a los que no cuentan, a los prescindibles, no hay que esperar que el Sistema los provea de nada. A nadie importan porque nada tienen. Me temo que vuelvan las imágenes de la Gran Depresión, con sus fogatas nocturnas, sus cadáveres arrebujados y sus zombis desconcertados. La solidaridad no es más que una palabra, el concepto secularizado de la denostada caridad. Todo ha cambiado con el tiempo menos la calamidad.

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Lenski lleva razón: sobran, están de más. Pero ni siquiera en el sentido coyuntural que se atribuye al parado, sino de un modo definitivo, sin esperanza, porque no hay ‘do ut des’ posible cuando nada se posee, aparte de la necesidad. Vamos a ver esta temporada lo que es la pobreza en plena crisis, adónde alcanza con su mano descarnada la miseria absoluta, ese ser portador de derechos grandilocuentes que se muere de frío hambriento, acurrucado en un soportal o un cajero. “The expendables”: no cabe expresión más ajustada, más estricta, más elocuente que la de ese antropólogo. Porque ni siquiera son la antítesis de esa dialéctica; son, simplemente, la excrecencia, lo que no cuenta siquiera en la estadística negativa con que el Sistema cuadra sus cuentas. Al fin y al cabo, la pobreza asistida es circunstancial y, por esa misma razón, cuenta todavía, aunque sea en el oscuro renglón del “ejército de reserva” que contribuye a nivelar los salarios y a preservar los beneficios. Pagola recuerda que el griego antiguo distinguía entre el “penés” o proletario uncido a su faena, y el “ptojos” que no tiene qué llevarse a la boca, el lumpen con una mano detrás y otra delante, personaje arrancado al chafarrinón romántico de Hugo o al rebelde protosocialismo de Zola, que cada mañana son recogidos de la calle, encajada la mandíbula, sin pulso y la sonrisa helada, por los servicios encargados de mantener el decoro público. Se ha pensado, ya digo, en esconderlos por ley aunque no se ha llegado a hacer. O se ha mirado en otra dirección, que es más cómodo. España supo mucho de pobres desde sus grandes siglos. Es probable que ahora acabe sabiendo mucho más.

Christma de El Ejido

El Ayuntamiento de El Ejido ha tirado por la calle de en medio –con la que está cayendo—y ha prohibido en sus cales la mendicidad y la prostitución. No le faltará sus buena razones, por supuesto, pero es de esperar que haya previsto las consecuencias de esa providencia, especialmente dura en esta circunstancia de miseria que está pulverizando las posibilidades vitales de muchos ciudadanos marginados. Pobres y prostitutas tendrán que comer y dar de comer a los suyos como tendrán que dormir cada noche, a ser posible, bajo un techo digno. No sabemos cual será le proyecto de ese Ayuntamiento pero de haberse limitado a la prohibición habrían hecho un pan como unas tortas.