El alma del niño

No está muy claro, me parece a mí, el ideal de la educación del niño, de la iniciación del ser humano en el complejo ritual de las sociedades organizadas. Me ha costado lo mío hacerme con “The Ape and The Child”, el mono y el niño, el libro publicado hace lo menos cuarenta años por un psicólogo americano, profesor en Indiana, el doctor W.N. Kellogg, que tuvo la ocurrencia de ensayar la educación conjunta de su propio hijo con un bebé primate, famoso experimento que demostró –para sobresalto de mucho ‘ilustrado’ de solapa– que, finalmente, la mente del simio superaba con claridad a la del humano a la hora de adquirir conocimiento y llegar al dominio efectivo de signos y símbolos, normas y sentimientos. No se trataba de un ejercicio de aprendizaje inducido, como el que los esposos Gardner harían luego con la famosa “Washoe” a la que lograron enseñar cien signos del lenguaje de los sordomudos, ni tampoco de una fábula como la que Kafka tituló “Informe para una Academia” para probar irónicamente que la libertad no era, en definitiva, más que un mal humano, y que educar un primate equivale a hacerlo ‘descender’ hasta el nivel inferior de los hombres, es decir, la evidencia del fracaso de la Ilustración en su conjunto. Tampoco de postular la primacía del “hombre moral” producto de la educación (de la “socialización”, en definitiva) que trató de colocarnos Truffautt en su película sobre “El niño salvaje” en la que, como es sabido, recompuso materiales que venían de la emocionante historia de Víctor de Aveyron. Y menos aún, por supuesto, de la conmovedora historia del ‘Kaspar’ de Peter Handke, trasunto –no poco novelero, por cierto—del ‘Segismundo’ calderoniano. Lo que Kellogg acabó comprobando es que la distancia que separa al niño del mono está, en buena medida, a merced de la influencia ambiental así como las incapacidades concretas del segundo (la del lenguaje hablado, por ejemplo) no son más que insuficiencias funcionales y orgánicas que vienen a confirmar la pauta del proceso evolutivo. El feroz experimento de Kellogg sería un jarro de agua fría sobre la arraigada presunción homocéntrica.

                                                                   xxxxx

Aunque el caso Kellog terminó bien (Donald, el hijo-cobaya, acabaría siendo, a su vez, un prestigioso médico), la lectura de estas páginas estremecen por cuanto tienen de audacia prometeica y, más todavía, porque nos ponen ante los ojos esa idea patrimonial de la prole que gasta mucho ‘padre padrone’. Y al cerrar el libro, uno no sabe ya si hablar del alma del niño o del alma del mono, pero sí que tiene claro como el agua que algo falla en el fundamento de nuestras convicciones y, más concretamente, en nuestro irrefrenable androcentrismo heredado también de la revolución global del siglo XVIII. Ese libro terrible por tantos conceptos, pero ingenuo en no pocos, debería ser hoy de lectura obligada para los sectores integristas del creacionismo militante y para los espíritus fascinados por ese ‘diseño inteligente’ que incluye a nuestros antepasados los simios en medida mucho mayor de la que probablemente se imaginan. He visto esas fotografías de los dos sujetos, el pequeño Donald (caucasiano puro, según todas las trazas) y el monito Gua, que aprendieron juntos aunque no acompasados los secretos que el mundo adulto les proponía como tarea vital, y he sentido una desolada emoción pensando en cuánto experimento se sigue haciendo por ahí, dentro y fuera del aula, sin encomendarse a Dios ni al diablo, siempre impulsados por el resistente complejo de superioridad que legitima nuestra tiranía sobre los llamados ‘irracionales’. Cuentan que Donald Kellogg conservó toda su vida gestos y maniobras adquiridas en comandita con su compañero de aventura y definitivamente incrustadas en su repertorio civilizado. Lo que no sé es que fue de Gua, pero lo imagino añorando al hermano pálido y torpón arrebatado un buen día por la arbitrariedad de los hombres.

Buenos padrinos, mal convite

La provincia de Cádiz, representada por la plana mayor del PSOE en estos años de hegemonía absoluta (el propio Chaves, Carmen Romero…) no ha logrado, sin embargo, levantar cabeza en treinta años. Así de desprende del estudio “Cádiz, pobreza y exclusión social” elaborado por la asociación Pro Derechos Humanos, y en el que aparece en último lugar del ránking español, es decir, como la provincia más pobre de la nación. Uno de cada diez gaditanos estará en situación de “pobreza grave” y riesgo de de exclusión social al verse obligados a vivir con una renta por debajo del 25 por ciento de la renta media disponible, hablando en plata, con doscientos euros mensuales. Un balance desastroso, sin duda, y pésimo convite para tan destacados padrinos.

El paro onubense

Otra vez la polemiquilla (¿cuánta gente toma en serio las declaraciones y rifirrafes de este personal?) sobre el desempleo en la capital, ahora con motivo de los primeros proyectos presentados por el Ayuntamiento para aplicar la cicatera ayuda concedida para el Fondo de Inversión Local. Como si la crisis y el problema del paro fueran tarea del alcalde y no de la Junta y del Gobierno de la nación, y como si un plan como ése –un remiendo, se pongan como se pongan y si no ya lo veremos—hubiera que ejecutarlo de un zapatazo. La Junta misma tienen tasas de no ejecución presupuestarias realmente increíbles en una región colista pero, en cualquier saco, hay que insistir en que en la gestión del empleo un Ayuntamiento puede tener intervenciones circunstanciales como ésta pero es a Sevilla y a Madrid a quien toca esa responsabilidad.

Noticias de África

No dejan de llegar noticias de África, todas, ni que decir tiene, desoladoras, crónicas de terribles catástrofes humanas perpetradas al socaire no sólo de la indiferencia sino de la complicidad del llamado “mundo libre”para el que el gran continente olvidado significa poco aparte de los negocios que sigue proporcionando. Noticias de tipo muy diferente, pero todas lamentablemente evidenciadoras de que un entendimiento entre civilizaciones tan contrapuestas –y no sólo en las áreas islamizadas– resulta hoy difícil y una alianza carece de sentido. En Francia se ha vivido últimamente una tragedia con final feliz: la liberación de una muchacha argelina nacionalizada francesa, Fatomata Konta, que fue secuestrada por sus propios familiares en Argelia y sometida a ultrajes y violencias durísimas por haberse negado a aceptar un matrimonio de conveniencia. Un caso entre miles, por supuesto, como bien sabemos en España, y que para que se hagan una idea, constataremos que sólo en la región alrededor de París se calcula oficialmente que hay en estos momentos al menos 70.000 jóvenes amenazadas de matrimonios forzados, aparte de las famosas mutilaciones perpetradas sistemáticamente dentro y fuera del país. Por otro lado está pendiente el sangriento conflicto del Congo, esta llamada “segunda guerra” en la que incomprensiblemente los poderes internacionales se niegan a intervenir contra los tutsis rebeldes del general Nkunda, rival de Kabila jr. Otra catástrofe, sobre un fondo de coltán y diamantes, que dura ya demasiado y junta a sus millones de muertos (cinco en la “primera guerra”) sus multitudes de fugitivos y refugiados. África en boca de todos, pero África olvidada, lejano y prohibitivo paraíso del gran turismo, mina inacabable de tesoros para los más audaces. Y luego, la tragedia de Zimbawe, la inmensa taifa de Robert Mugabe, ahora también asolada por una temerosa epidemia de cólera de la que el tirano, siguiendo la moda, culpa absurdamente a ‘Occidente’, así en general, y a Gran Bretaña en particular. El noticiero africano se resume en unas pocas columnas a pesar de su conmovedora gravedad. La verdad es que, como se ha dicho alguna vez, ese ‘Occidente’ se entera de lo que allí ocurre por las páginas bursátiles.

xxxxx

África pilla a trasmano a la conciencia occidental, incluso su imagen nos la da muchas veces la imaginación –la obra impresionante de Raymond Roussel o el relato de Francisco Ayala “La cabeza del cordero”, fueron escritos con inverosímil propiedad sin conocer aquella realidad–, ‘imaginada’ como quien dice con rara virtualidad. Como se finge ignorar desde las viejas metrópolis el fracaso estrepitoso del proceso descolonizador de los 60 y el escándalo de las oligarquías nativas, aliadas del colonialismo disfrazado que funciona desde entonces. Una simple relación de las guerras registradas desde aquellos tiempos resulta estremecedora, pero ¿quién se acuerda ya de la guerra de Biafra o de las matanzas del Sur? Hoy ni siquiera la tragedia de Sudán –como la congoleña, como otras varias—figuran ya en la agenda de los organismos internacionales a pesar de andar todas ellas latentes o incluso activas, y de sumar entre todas muchos millones de víctimas. Quizá haya que admitir que esas naciones están comprendidas todavía entre aquellos “pueblos sin historia” o “pueblos de la Naturaleza” que estudiaban sin quitarse el salacot nuestros etnólogos y antropólogos clásicos. Sólo que hoy tienen voz y voto en la ONU, cuota imaginaria de polución y embajadas fantasmales ante la organización internacional en representación tantas veces de pueblos miserables y avasallados. África no existe fuera del mercado. Ése será algún día uno de los crímenes más indefendibles del dudoso humanismo del siglo XXI y quién sabe si algo peor.

Guerras de inmigrantes

Lo ocurrido en La Mojonera –30 por ciento de población inmigrante–, con su balance de altercados e incendios, daños y víctimas, no es, digan lo que quieran los sindicatos y otros buenistas, ni una “acción puntual” (sic) ni una serie de “incidentes aislados”. No es una contienda, claro está, ni una guerra declarada, pero sí constituyen el resultado de muchas tensiones que la disparatada organización del fenómeno migratorio no tiene más remedio que acabar provocando. Ya hemos visto luchas entre españoles y moros, entre moros y gitanos y ahora entre negros subsaharianos y moros, es decir, guerras intestinas de la marginalidad, tensiones explicables desde la ciega presión de la lucha por la vida. Esos conflictos los protagonizan ellos pero son imputables a una sociedad y a un poder que cierran los ojos para no ver ese drama mientras no estalla.

Boca cerrada

Se podía haber ahorrado la presidenta de la Diputación ese burdo ejercicio partidista de defender al alcalde de Getafe y presidente de la FEMP que calificó a los votantes de derechas (diez millones de españoles, el 42 por ciento de su propio pueblo) de “topitos de los cojones”. Y más aún para atacar al PP por exigir que dimita como representante de todos los Ayuntamientos y Diputaciones españolas un sujeto que gasta esa mentalidad y ese vocabulario. Ya nos dirá la señora presidenta qué estaría diciendo ella misma –y con ella el Gobierno de la nación– si desde enfrente se tacha de “tonto de los cojones” a los votantes del PSOE. Pedir perdón no basta cuando la injuria es irreversible. Y a un alcalde, además, hay que exigirle un tacto del que, evidentemente, carece se “monterilla” procaz.