El cuento de los debates

No acaba Canal Sur de decidirse a anunciar un debate entre Chaves y Arenas. Normal tras el revolcón que éste propinó al presidente en TVE ante los preguntones de a pie. Habrá debate a cuarto, eso sí, porque ya se las aviará la propia lógica de la confusión de neutralizar una discusión verdaderamente ilustradora. Pero de debate en directo, mucho me temo que ni por asomo. Chaves es consciente de que, fuera de su círculo de tiza, es un personaje vulnerable, como lo es de que tendrá que habérselas con uno de los políticos más listos que ha dado nuestra democracia y que, encima, no tiene nada que ocultar y no poco que exhibir. Ojalá me equivoque, pero no creo que Chaves sea tan lila como para exponerse tan peligrosamente en su propio escaparate y menos para debatir sobre el estado de una región que, tras tantísimos años en sus manos, sigue a la cola de España y de Europa. Un debate de esa naturaleza podría hacer tambalear el tinglado psicológico tan pacientemente forjado. Comprendan que concederlo sería cosa de primos. 

Piden prórroga

Hay que recordar la imagen porque si no no tiene gracia: los barandas del PSOE, alguno que otro a regañadientes, Apostados EN el semáforo de Beas exigiendo –“Ya”, por supuesto– el desdoble de la N-435 al Gobierno del PP. Ahora,. Tras cuatro años de clamoroso parón del “Gobierno amigo”, Barrero habla precisamente de “parón” para referirse a la época del PP, como si el PSOE no hubiera aparcado sin contemplaciones ese proyecto durante estos cuatro años, fracaso e incumplimiento que serán remediados, por lo visto, con el “empujón definitivo” que un hipotético Gobierno de ZP le daría. Prisas para el rival, prórroga para ellos, con el agravante de que se están pasando tanto en las promesas que hay que ser incapaz de sacramento para tragarse el cuento. Antier mismo prometían un cuarto puente a pesar de que nadie acaba de creerse lo de los tres anteriores. Toman por tonto al personal. En campaña por tonto rematado.

El miedo blanco

No me resisto a comenzar por el divertido chiste que rula en Internet antes de meterme de nuevo en el mítico jardín del “peligro amarillo”, aunque ésta vez mirando hacia Japón, no hacia China. Un alumno “japo” estrena escuela en la Yanquilandia profunda y la maestra se propone iniciarlo a la Historia con un  repaso de efemérides. “A ver, ¿quién dijo ‘Denme la Libertad o denme la muerte’ ”. Voz del recién llegado: “Patrick Henry en 1775”. Aún sin reponerse del asombro, insiste la profe: “¿Y quién dijo que el ‘gobierno del pueblo para el pueblo no debe desaparecer de la faz de la Tierra’?” Otra vez el ‘nuevo’: “Lincoln en 1863”. Una voz anónima deja caer al desgaire: “¡A la puta mierda con los japoneses!”, provocando la reacción de la responsable: “Exijo saber quién dijo eso”, a lo que el ‘japo’ responde sin inmutarse: “Pues el general Mc Arthur en 1942”. ¡Para qué más! Desde el fondo del aula se oye gritar con rabiosa sordina “Anda ya, empollón: ‘¡chúpame ésta!’ ”, grosería que subleva a la pobre docente que reclama la autoría del disparate para obtener otra respuesta del recién llegado: “Bueno, eso se lo dijo Clinton a la Lewinski en el 97…”. No tengo la menor duda de que el chiste es de elaboración americana, como no la tengo de que, en el fondo, más que un pretexto para encadenar gracietas y paradojas, es en realidad un reflejo nítido de la xenofobia residual en un país para el que el “peligro amarillo” apuntaba más a Japón mientras en Europa apuntaba más a China, al menos entre comienzos del XIX –fue Napoleón quien dijo aquello de “Cuando China despierte, temblará la Tierra”, no se olvide– hasta finales del XX, por no hablar de los miedos actuales, que ya no derivan tanto de mitos como de estadísticas. La leyenda de la irresistible eficiencia de la raza amarilla, late bajo ese espléndido chascarrillo lo mismo que en las cautelosas reflexiones que –incluyendo éstas modestísimas– se prodigan esta temporada. Sólo el pinchazo financiero de la burbuja japonesa ha vuelto a concentrar las miradas en el dragón chino, pero el jodío ‘japo’ sigue siendo visto con desconfianza en Wall Street o en Silicon Valley.
                                                                 xxxxx
El mito del “peligro amarillo” fue ante todo un mito teratológico en el que la metáfora giraba, indefectiblemente, en torno al amenazante hormiguero o al dragón, desde el conde Keyserling a Henri Michaux o desde Soloviev a Jünger, en consonancia con una teoría social que esgrimía el espectro de las “masas”, presunta organización “natural” de los orientales, frente al “individuo” triunfante en Occidente desde el Renacimiento. Pero fue la guerra de 1905, es decir,  la primera derrota de un país (más o menos) occidental, Rusia, frente a uno oriental, como Japón, el hecho que logró desviar el miedo hacia aquel pueblo que, recién salido del feudalismo medieval, no era precisamente el hormiguero primitivo que vio Marco Polo en Catay, sino una imprevisible potencia cuya suprema capacidad mimética la convertía en un adversario real. A comienzos del XX se formuló el tremendo aviso estratégico del capitán Daurit, supongo que hoy olvidado, al que darían consistencia mítica las novelas de Pierre Loti –ya refugiado en Estambul, al fondo del Cuerno de Oro– aviso que, no cabe duda, tuvo su peso en la conciencia crítica con que se vivió estos años atrás en Norteamérica el “milagro japonés”. Miren, cuando oigan hablar del “peligro amarillo” no dejen de pensar en el “miedo blanco” tal y como propuso Jacques Decornoy en un libro memorable, es decir, consideren que, en muy buena medida (comprueben la cronología), esos pavores se corresponden con la creciente conciencia de una “decadencia de Occidente” que Spengler no fue el único en teorizar. Lo que, en realidad, nos asusta es la creciente conciencia de nuestro declive progresivo, no ese prodigioso vigor ajeno que mitifica, a su vez, una mentalidad como la que subyace bajo nuestro chiste.

Tomar el pelo

Una cosa es prometer, incluso exagerar, y otra diferente venir con el cuento del alfajor. Oigan al líder del PA decir las cosas que diciendo por ahí, es decir, desde sugerir que sería una bisagra cómoda para el PSOE hasta denunciar un atraso inveterado y tratar de cargar las culpas en el PP cuando él mismo constata que somos “el patio trasero” de la economía española y que lo que se precisa en un “cambio de régimen”. Es verdad que les queda poco por decir, aparte de prometérselas felices como socios eventuales del partido hegemónico al tiempo que lo denuncian, que es lo tradicional en ese partido. Pero incluso desde la modestísima posición que ahora ocupa, el andalucismo debería empezar por reconocer que no es ninguna “alternativa”, ni tiene cuadros, militancia o base social para plantearlo siquiera. El bipartidismo está forzando una situación en la que a los llamados minoritarios no les queda otra que conformarse con las sobras electorales que produce el descontento. Lo demás son faroles y tomaduras de pelo. 

Peter en Gibraleón

Menos mal que la Justicia ha puesto las cosas en su sitio porque, sin bien es cierto que el cargo inferior al título supone un cierto subempleo o despilfarro, más lo es que decirle a una licenciada que se la excluye de una convocatoria por tener una titulación superior a la exigida es ya de traca. El alcalde Serrato, criatura de tránsfuga, no renuncia a ese talante inquisitorial que ve en el adversario de partido un enemigo a batir, pero esta vez, al menos, la Justicia ha debido darse cuenta de que un criterio tan extravagante no respondía a ninguna convicción sino a un mero prurito partidista. En Gibraleón vale todo, incluso rebajar el nivel, con tal de boicotear a quien no pertenezca a la tropa. Lo que no deja de ser notable, teniendo en cuenta los niveles de esos políticos, incluyendo al alcalde.

Teoría del calcetín

Me preocupó no poco la confidencia de mi amigo Vaz de Soto cuando, en el curso de una charleta sobre las jodidas turbulencias que estamos viviendo, me explicó que él había decidido guardar en casa algún dinero en previsión de que un eventual “corralito” a la porteña pudiera acabar reuniéndonos a todos a la intemperie cacerola en mano. José María es un hombre tranquilo y por eso precisamente me inquietó más su decisión de volverle la espalda al banco y recurrir al calcetín, aunque bien es cierto que enseguida he ido recibiendo, como los habrán recibido ustedes, múltiples y diversos indicios de que en esa cámara oscura donde se revelan las finanzas están ocurriendo, por más que el Gobierno lo niegue, cosas poco tranquilizadoras. No me refiero, palabra, a los 400 euros “directos al corazón” que ha prometido ZP, ni al zarpazo que le dio a la Société Générale ese broker mimado a quien nadie ha visto, sino a otros hechos notables entre los cuales acaso ninguno comparable a las misteriosas fluctuaciones del Bolsa, auténticos seísmos que un día baten el récord por abajo y al siguiente por arriba de la pizarra, provocando un pánico que retroalimenta el fenómeno y, de paso, claro está, muchas ruinas pero también grandes pelotazos. Otro amigo me anuncia su propósito de comprar un valor determinado –pongamos que hablo de ‘E’– por valor de diez mil euros aprovechando que su techo medio habitual es de un euro y ha bajado hasta 0’24, es decir, hablando en plata, y nunca mejor dicho, que en pocos días, tal vez mañana mismo, una lógica recuperación de un discreto cuarto de euro (la acción a 0’50, por ejemplo) le proporcionaría ya una ganancia de cinco mil dólares, y ni les cuento si se recuperara hasta el euro que llegó a valer en tiempos. El dinero no tiene patria y eso les quita el sueño a los americanos conscientes de que si a los chinos les da la pataleta por vender sus enormes reservas en USA se organiza la del siglo. Sé hace mucho, porque me lo dijo un broker, que en Bolsa cuando uno gana un duro es que otro lo pierde. Lo que no de dijo, el puñetero, es que tanto los que ganan mucho como los que se arruinan son siempre los mismos.
                                                               xxxxx
¿Qué pasa con los 14 billones de dólares que los extranjeros tienen invertidos en activos en USA cuando aquella moneda pasa de valer 0’80 euros, como valía en 2005, a no valer más que 0’67? Pues nada, que esos linces habrán multiplicado por 0’13 sus jodidos 14 billones, algo que equivale, según un estremecido comentario galo, a que la economía francesa en bloque hubiera desaparecido del mapa de golpe y porrazo. No quiero abrumarles, por lo demás, que bastante tenemos ya cada cual con gobernar nuestra hipoteca, pero me da que estas evidencias ponen su incómodo ‘pero’ a esa sugestiva teoría de la “economía de prestigio” con que un respetable grupo de historiadores viene tratando de oponerse a la “economía de mercado” y que, en resumen, supondría tanto como aceptar que las grandes mudanzas económicas responden a “causas estructurales” y no a las coyunturas, tesis que explicaría, por citar un caso, la decadencia del Imperio que siguió a Marco Aurelio. Genaro Chic, que es el adalid de esta aventura, me dice, si no he entendido mal, que es preciso combinar la razón  con el sentimiento a la hora del estudiar el pasado y hasta me anuncia el auge de una disciplina nueva, la neuroeconomía, que desconozco por completo pero que me encantaría que saliera adelante. No es ningún secreto, por lo demás, que cuando el PSOE desreguló por las bravas el mercado de trabajo, la factura de ansiolíticos de la Seguridad Social se multiplicó unas cuantas veces. Pero yo creo que cuando va a haber acopio doméstico de valium va a ser ahora, cuando la tropa se percate de lo que supone que un Gobierno, que encima dice que aquí no ocurre nada, ande por esos valles prometiendo repartir entre los paganos los mismos impuestos que previamente les arrebató.