Balance contra optimistas

El tercer semestre ha vuelto a subir el paro en Andalucía hasta situar la tasa en un 18’3 por ciento, un descenso de la población ocupada que, según la Encuesta de Población Activa, es bastante superior a la media nacional. El número de desempleados ha crecido un 39’1 por ciento, algo menos que esa media española, de manera que las Oficinas del INEM tenían  inscritas a finales de noviembre 707.749 personas en paro, es decir, más o menos lo que suman entre Cataluña y Valencia. Esa es la realidad y el resto simple propaganda para entretenimiento de despistados y discursos navideños. España va peor que Europa y Andalucía peor que España, a ver quién puede negar eso. Hay que repetir que tan canalla es quien celebre esos números negros como quien los oculte o maquille.

Cuentos electorales

¿Se acuerdan de cuando Chaves prometió los puentes sobre el río Odiel, en cinemascope y technicolor, 7 kilómetros, plataforma para tráfico rodado de doble carril y sentido, vía ciclista y peatonal además de tranvía? Fue en Mayo del 2007, con Manuela Parralo todavía agarrada a la brocha, pero termina el 2008 –año en el que “la primera piedra se podría poner tranquilamente”, según el Presidente—y no han decidido ni el problemático trazado a través de Marismas del Odiel, es decir, que todo indica que, como con  el AVE, el aeropuerto, el desdoble famoso o la Ciudad de la Justicia, la Junta no está dispuesta a soltar un duro en la capital mientras el feudo no sea suyo. Tierno decía que las propuestas electorales están ahí para no cumplirlas. Chaves sencillamente las incumple.

La edad penal

Nuevamente, hace poco tiempo, un menor se salvó de ser enjuiciado por homicidio por el procedimiento normal al faltarle unas horas para cumplir la mayoría de edad. Ha habido otros casos, frecuentes, como los ha habido en los que se ha dado la circunstancia de que, interviniendo en un mismo delito dos personas, un mayor y  un menor, el tratamiento penal ha sido distinto. Por la calle campan menores que han cometido crímenes tan atroces como el asesinato de la escolar de San Fernando o la degollina familiar organizada por el famoso chico de la katana, aumentando continuamente la conciencia de inseguridad y la actitud crítica de amplios sectores sociales ante la controvertida Ley del Menor que ata las manos de los jueces y deja indefensa a la sociedad entera, en especial en el supuesto de delitos gravísimos. En Francia hay abierto un debate intenso sobre el proyecto de la ministra Dati de reducir la edad penal a los 12 años, término que ha sido propuesto por una prestigiosa comisión de expertos después de un prolongado trabajo, pero que ha encontrado, por un lado, la resistencia de quienes opinan que ese listón es inasumible por severo y quienes, por el contrario, defienden que la edad penal debería rebajarse aún más –hasta los diez años–poniendo fin al viejo régimen (una ordenanza de postguerra) que obligaba a establecer caso a caso la capacidad (el “discernimiento”, decía la norma) de cada menor encausado. El argumento áureo de quienes se oponen a estas medidas consiste en postular que el menor delincuente es “un ser en construcción” y, en consecuencia, las políticas punitivas y la educativa deben ser inseparables. Una difícil cuestión pero que se plantea cuando ya la ventaja ideológica del ‘humanismo redentorista’ va de paso y un vigoroso impulso social reclama medidas contra la real impunidad, completa o parcial, de la delincuencia juvenil.

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Que algo hay que hacer es evidente, salvo que ese prurito ‘humanista’ nos haga cerrar los ojos, y al margen de la redundante argumentación de que, al menos en España, la ley del Menor es buena aunque falten medios para aplicarla como sería debido. Todo indica que la delincuencia juvenil ha mutado y que la “naranja mecánica” ha crecido nutrida por tantos materiales violentos como inundan el ambiente social, si es que no por el aprendizaje directo que los medios audiovisuales, tan poco medidos a la hora de regular la propaganda de la violencia, haya podido ejercer sobre una adolescencia y una juventud desmotivadas por un horizonte duro pero crecida al socaire de un repertorio de incitaciones realmente descomunal. En Francia –especialmente inquietos por la realidad de las ‘banlieues’ y la anomia marginal—todo parece indicar que la reacción (y tomen el término por donde prefieran) va a ganar terreno ante una realidad que nadie en sus cabales puede negar que resulte peligrosa en extremo, pero supongo que en España, más allá de las apuestas de ese ‘humanismo’ ultra-rousseauniano, habrá de seguirse esa senda tarde o temprano. Llevamos demasiado tiempo sin convencernos de la crisis del derecho penal, sin enterarnos de que el régimen de sanciones válido en un mundo imaginario tiene poco que ver con el que hace falta implantar en una sociedad real donde la delincuencia menor –como otras varias—se han plantado en le centro de la escena social y está proporcionando un espectáculo intolerable que de alguna manera habrá que suspender. Es curioso seguir la polémica en los distintos periódicos (La Croix, Le Monde, Le Parisien, Libération…) para comprobar que su múltiple guión responde hoy a posiciones ideológicas más que a razones simples y directas. Es duro meter en la cárcel a un menor, pero resulta igualmente intolerable contemplar la impunidad del delito. El humanismo debe tener sus propios límites. Evitarlos implica el riesgo de atentar contra la Humanidad.

Lo que pudo haber sido . . .

…y no fue. El zafarrancho organizado por la sentencia del “caso Mari Luz” deja en evidencia que el objetivo prioritario e irrenunciable del Gobierno es controlar a los jueces, laminar el imprescindible principio de la separación de poderes. ¿Por qué no se abrió una comisión parlamentaria para averiguar si ese caso era un accidente aislado (que es como se lo ha tratado) o una inevitable consecuencia de la situación indecorosa que atraviesa la Administración  de Justicia? Pues porque no convenía al Poder dejar en evidencia que ése y sabe Dios cuántos casos similares son la consecuencia de la negligente actitud Gobierno y Junta más que del error de un juez. Ambos han aprovechado el “caso Mari Luz” para desencadenar una campaña de desprestigio contra los jueces que facilite su posterior sometimiento al poder político. Ni Junta ni Gobierno han querido saber qué pasa en los Juzgados; es más fácil demonizar a un juez y desprestigiar a la Justicia en su conjunto. Si acaban logrando su objetivo, ni más ni menos habrán liquidado la democracia legítima.

Se ve el plumero

La consejera de Medio Ambiente, Cinta Castillo, opina que el hecho, ciertamente revelador, de que el presidente del consejo de Participación de Doñana, el Premio Príncipe de Asturias Ginés Morata, votara el otro día contra el proyecto de oleoducto por considerarlo incompatible con la naturaleza de Doñana, “no es llamativo” ni pasa de ser “una opinión personal y respetable”. Allá el sabio Morata por meterse en esa timba sin revisar la baraja, pero de ahí a desdeñar su opinión (cuando es contraria) como si se tratara de cualquiera de los muchos paniaguados que andan por ahí, va un abismo infranqueable incluso para la osadía de la consejera calañesa. Por lo demás, Morata puede ver que lo pusieron ahí como florón y no por estima de su valía. De valía entienden poco estos defensores de pleitos políticamente ganados.

La edad prohibida

La opinión francesa anda dividida esta temporada a causa de la historia de la millonaria Liliane Bettencourt, tal vez la primera fortuna del país, a la que su hija ha enredado en los tribunales al llevar ante ellos al fotógrafo François-Marie Banier acusándolo de chulear a la vieja dama aprovechando su debilidad mental. Bettencourt habría dado a Banier y a otros dos amigos íntimos una fabulosa fortuna en obras de artes o seguros de vida, y alega con viveza, a sus 86 años, que a ver por qué no va a poder hacer con su pasta lo que le venga en gana, incluyendo la hipótesis de la donación al amigo/amante o lo que fuere. Bella y cuidada mujer de ojos claros y aún hermosa, esa madre se ha cerrado en banda a someterse al juicio de un psiquiatra forense alegando que ella ya tiene el suyo y que se encuentra en perfectas condiciones para regir su vida, por más que inquieten a su heredera esos rumbos que las primeras estimaciones calculan que deben de ir ya por muchos cientos de miles de euros. Incluso en la prensa conservadora observo que el caso es visto con ambigua perplejidad cuando no con clara benevolencia hacia la dadivosa dama, confirmando esa pulsión libertaria que por lo general acaba dominando en Francia al tirón tradicionalista.¿Por qué una mujer no podría disponer de su fortuna a voluntad, por qué demonizar una relación que en el supuesto más escabroso no pasaría de ser una aventura enteramente legítima, una vez salvado el caudal que legalmente corresponde a su heredera? Parece, por lo que leo, que triunfa la tesis del amor aunque nada indique ni menos demuestre que en la relación evergetista de la munificente señora con ese amigo sexagenario sea de esa naturaleza, y que un creciente rumor apunta a la hija como a una heredera incomprensiva y egoísta que ha decidido por su cuenta aparcar sentimentalmente a la madre considerando su edad prohibida para mantener una relación libre. Liliana Bettencourt se ha limitado a devolver el pelotazo sugiriendo a los inquisidores que es la hija la que puede no estar en sus cabales y afirmando su plena voluntad de mantener su actitud. Se me viene a la cabeza el aviso de Virgilio en ‘Bucólicas’: “Carpent tua poma nepotes”, tus frutos, ay, acabarán trincándolos los que vienen detrás.

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La moral social, y tal vez también, en términos más amplios, la psicología colectiva, funciona sobre el prejuicio projuvenil, ese equívoco con frecuencia impío pero que viene gozando de buena prensa edad tras edad. Hace poco una encuesta de un  tabloide británico revelaba que una mayoría muy cualificada de los ingleses respetaban a tope a la vieja reina pero sentía una suerte de indescriptible piedad por el príncipe heredero, como ya en su día la sintiera por el que lo fue de la reina Victoria. En Francia, en cambio, parece que hay más partidarios de la madre objetada que de esa hija inquieta por la integridad de su herencia que no ha dudado en detractar como loca senil a su propia madre con tal de pararle los pies. No sé en España, francamente, pero sospecho que también la anciana generosa obtendría más apoyo que la hija egoísta que es pòsible que no mantuviera la misma actitud si los donativos de su madre fueran a parar a alguna causa convencionalmente correcta y no, según las apariencias al menos, a caer en manos de un presunto gigoló que a lo mejor no es más que un amigo devoto o, por qué no, un amor difícil pero no imposible. ¿Existe una edad límite al amor? Tampoco lo sé, pero menos mal que no la hay para la libre administración del peculio y para limitar la soberanía de una bella anciana en sus cabales para hacer de su capa un sayo. Mala cosa, en cualquier caso, la herencia: apenas conozco una que haya ido sobre ruedas pero he visto muchas catástrofes provocadas por ella. Yo que la Bettencourt le dejaba la legítima a la niña y si te vi ni me acuerdo.