Inventar el tiempo

Comentábamos hace poco el espléndido libro de Éttiene Klein, “Las tácticas de Cronos”, colección de calas sobre la esencia del tiempo y su identidad realizadas con mano firme a través de la larga experiencia humana que va desde la percepción mitológica hasta los logros tecnológicos. Hoy nos encontramos con la noticia de que México incrementará en un segundo su tiempo en Año Nuevo de este año de gracia (¿) de 2008 –año “bisiesto positivo”—con el fin de sincronizar los relojes atómicos, asombrosamente exactos, que van quedándose atrás, siquiera sea de modo prácticamente imperceptible, como consecuencia de que la rotación de la Tierra disminuye contínuamente a causa de la atracción lunar. No siempre fueron como hoy el día y la noche, sino que sabemos que la marcha del tiempo, el descompasado galope del carro de Faetón o la deriva de la barca nórdica de Trudholm, fueron mucho más rápidos en otras eras –hace cuatro mil millones de años, por ejemplo, cuando la jornada duraba seis horas— e incluso que en los principios, cuando la Luna aún no brillaba en el cielo nocturno y el planeta era un informe globo animado por la violencia primigenia, día y noche se perseguían como lebreles separados apenas por una distancia de tres horas. Los cronómetras sostienen hoy que la Tierra que nos lleva gira cada vez más lentamente, a razón de unos  inconcebibles 1’7 milisegundos por siglo, lo que hace alargarse, silenciosa pero ciertamente, el día, y que para corregir ese efecto natural está la mano de “Sapiens sapiens” añadiendo segundos a placer. No nos es fácil penetrar este tipo de preocupaciones de los sabios –¡1’7 milisegundos cada siglo!—pero tampoco es difícil deducir cuánto hay de realidad y de convención en ese concepto que nos constituye y nos devora, nos acrece y nos disminuye con implacable ferocidad. El tiempo nos domina, nos tiraniza, pero nosotros podemos atraillarlo entre los mecanismos de nuestros ingenios con sólo hacer girar casi imperceptiblemente la ruedecilla del cronómetro.  Eso no lo imaginaba Heráclito y, por supuesto, mucho menos todavía, Parménides.

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En el libro mencionado, Klein nos explica que, tal como había previsto la literatura de ficción, los viajes en el tiempo son ya una realidad, al menos en el laboratorio, pero también nos advierte que una cosa es el tiempo ‘simple’ de los físicos, cíclico o lineal, y otra muy distinta su imaginaria proyección. Siempre hemos fantaseado sobre este negocio, incluso sin salir de la propia Biblia, donde consta cómo Josué detuvo el sol –a algún  camicace le he leído que la parada fue de 23 horas y veinte minutos, ni uno más ni uno menos—y de qué manera Dios concedió a Isaías, a quien se lo había solicitado Ezequías a punto de morir, justo lo contrario, es decir, que “la sombra retrocediera 10 grados”. Pero el tiempo íntimo, el que nos constituye, discurre ajeno a esos comejenes, seguro en su camino como un viajero experto que ha recorrido infinitas veces el mismo viaje, indiferente a la necesidad ajena y sujeto en exclusiva a su propia razón de ser, hasta en ese sugestivo modelo híbrido en que la relatividad lo presenta como una dimensión inextricablemente confundida con el espacio. No sé si estoy muy errado, pero creo haber entendido que los hadrones esos que tanto están dando que hablar esta temporada, se mueven en una dimensión en la que es posible a una partícula producirse –¿existir?—antes de su propia aparición, una idea que tritura la estructura aristotélica de la lógica que hemos practicado durante siglos, consciente o inconscientemente, con tan razonables resultados. Para mí que ese Tiempo esencial e imponente va ser pronto cosa de poetas más que de físicos, aunque es cierto que hace tiempo que éstos se ciñeron la corona de laurel. En Año Nuevo seremos 1’7 milisegundos más jóvenes. Bienvenida esa tregua a este vertiginoso valle de lágrimas.

Otro pésimo ejemplo

Chiclana tendrá de nuevo al anterior alcalde, obligado a dejar el sillón por el dramático batiburrillo urbanístico plasmado en esas 30.000 viviendas ilegales que posee la ciudad. El PSOE ha aceptado, una vez más, el voto de una tránsfuga (de IU) para recuperar un Ayuntamiento, lo que da un a buena idea de lo importante que un Ayuntamiento puede llegar a ser para un  partido cuando en él el negocio alcanza cotas altas y rentables. Y en este caso, además. No cabe duda de que ese batiburrillo ha sido cosa de los sucesivos alcaldes del PSOE, por lo que reponer al mismo que hubo de ser defenestrado resulta de lo más sospechoso y un pésimo ejemplo. Hay más de una Chiclana en Andalucía. Que el partido de gobierno favorezca situaciones semejantes dice casi más de él y de Chaves que de los propios gerentes del desastre.

Colocaderos inútiles

Varios Ayuntamientos del Condado, entre los que ya han confirmado Almonte (PSOE), Bollullos e Hinojos (IU), han tomado la decisión de abandonar su Mancomunidad. Dicen que, estando al corriente de sus respectiva cuotas, no quieren seguir asistiendo al engorde de una deuda ya insostenible en una institución que, aparte de ser colocadero del partido dominante, no presta servicios que justifiquen su propia existencia, por lo que ven mejor quietarse de en medio. Parece que otros se sumarán a los ya convencidos, pero no tendría nada de extraño que tan lógica rebelión se extendiera a otras Mancomunidades de la provincia, igualmente al borde de la quiebra y mano sobre mano. Que haya concejos el propio PSOE en esa actitud ya dice bastante, y más que puede decir.

El libro y la hoguera

Todo el mundo habla del acto de Bellas Artes a favor de Garzón destacando de él la parrafada de Cristina Almeida en la que manifestó su impulso primario de quemar los libros políticamente incorrectos y, en concreto, los de César Vidal. Una verdadera pena, por encima de cualquier otro sentimiento porque ella, como muchos de nosotros, recordamos muy bien la época en que los extremistas de la dictadura, de la mano de Covisa o bajo la protección de ‘Billy el Niño’, quemaban nuestras librerías solamente por el hecho de serlo. Quemar los libros de la disidencia o de la crítica es un antiguo reflejo que ya se le ocurrió a Diocleciano, a Savonarola, a Calvino, a Torquemada, a Goebbels y a Pinochet antes que a Cristina Almeida. Recuerden ‘Fahrenheit 451’, el relato de Bradbury llevado al cine. Pero, más cerca en todos los sentidos, recuerden los incendios de las librerías madrileñas o provincianas a manos de la “guerrilla” franquista, la obsesión por eliminar por el fuego, como en un ritual purificador, cuanto contradecía aquella mísera cultura asfixiante tras sus puertas cerradas. Este ‘crescendo’ funeral y guerracivilista pasa ya de la raya con mucho incluso tratándose de  esos “intelectuales” sobrevenidos que cumplen el raro papel –para un intelectual—de vigilar la viña del Gobierno amigo. “Los perros guardianes” les llamó Paul Nizan en otro de los libros quemados por entonces. Mala cosa, expresar siquiera ese instintivo impulso de coger la tea y acabar con la materialidad de la disidencia. ¿Acaso la Historia, mejor o peor, de los llamados “revisionistas”, va a desaparecer por eso? ¿Y quién es ella ni nadie para quemar, nada menos, que el libro ajeno, la razón que no coincide con la suya? Nadie, absolutamente nadie.

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 Da pena ver a dónde está llegando la marea, pensar que la idea de quemar el libro es la inmediatamente anterior a linchar al escritor, la penúltima respecto al gesto cainita de romper la baraja y legitimar imaginariamente la violencia. Y más si cabe en personas que han vivido de cerca la represión –no como otras–, que conocen al dedillo esos procedimientos, que saben por experiencia lo fácil que es comenzar el conflicto y lo difícil que es detenerlo. Demasiados signos fatídicos en esta etapa, desde las fosas abiertas y los esqueletos al aire, al apogeo del dualismo que divide a esta sociedad como no la había estado ni en las postrimerías de la dictadura, aquella época gris y gélida en la que también se recurrió a la quema de libros por parte de los exorcistas de turno. Por lo demás, no veo en esa lista junto a los justicieros que apoyan a Garzón ni a Hugh Thomas, ni a Elliot, ni a Stanley Payne ni a otros muchos entre los que, de verdad, saben del tema, pero sí a muchos de los que no me parece ninguna temeridad presumir lo contrario. ¿O es que esperaban que al destapar esa caja de Pandora iban a escapar sólo los males ajenos? No esperaba uno, sin embargo, ver a los viejos conocidos de los malos tiempos, por más que hayan cambiado de uniforme y levanten ahora el puño contrario, reproduciendo las mismas pulsiones de aquellos bestias liberticidas. ¡Quemar el ‘stand’ de El Corte Inglés para acabar con los libros Vidal, de Moa y demás! Uno quiere seguir creyendo que hay cosas que no volverán, es más, lo creía a pies juntilla, hasta que oído esa voz conocida expresando, no sé si con inocencia o con insensata brutalidad, las mismas consignas de antaño, el elogio del fuego, la pira de libros ardiendo como metáfora hipostática del auto de fe definitivamente criminal. Otro paso decisivo, fatal, pues. Vamos que nos matamos (literalmente) hacia un enfrentamiento abierto, que invoca y prefigura ya la violencia, sin complejos, como una gracia malaje, el exterminio del adversario. De momento sólo de sus libros. Pero quién sabe si, con el tiempo, todo se andará.

Formas de ver

Para Chaves el escándalo del coche del consejero de Turismo (66.000 euros de ala), el mismo que en Extremadura el Presidente le ha hecho devolver a su Vicepresidenta, no es más que un “escándalo inventado” que “se presta a la demagogia”. Desde Canal Sur, el PSOE que lo teledirige dice que es “indecente” protestar por la inclusión en un examen para futuros periodistas de la casa, una pregunta sobre los supuestos amoríos de Aznar con una ministra francesa. ¿Qué quieren? La mayoría absoluta equivale a una dictadura legítima y el chavismo parece empeñado en refrendar este antiguo axioma. Aunque sea a base de vileza o de cara dura, aunque no se sostenga el argumento y hasta los ciegos vean la realidad. El “régimen” en Andalucía es cada día más fuerte. Sólo desde él se dice qué es justo o no lo es, qué es una vergüenza y qué no. Con el silencio cómplice de la mayoría, por supuesto. Echen una mirada y compruebe quién se ocupa de estos abusos y quien calla por sistema. Ahí tienen la mejor clave para entender lo que está ocurriendo aquí.

Crisis en el JRJ

No parece fácil contradecir al sindicato Satse en el asunto de la fuga masiva de enfermeros del ‘hospital de referencia’ Juan Ramón Jiménez. Si lo es, el SAS no tiene más que publicar la relación de bajas en sus plantillas, pero eso no parece posible ni quien tal lo pensó. Hay demasiados problemas en ese centro piloto, demasiado conflicto o demasiada incompetencia, aunque parece lógico pensar que un sindicato profesional como ése no va a arriesgarse a salir dando números y circunstancias sin tener a mano los resguardos y las pruebas. Y si es verdad que se han ido 60 enfermeros obligados por la falta de orden, la penuria de medios y la mala organización del trabajo, la cosa constituye un problema de primera magnitud. Era difícil superar o siquiera emular al doctor Pozuelo y, sin embargo, no tendría mucho de extraño que el SAS lo logre y en poco tiempo.