Modelo para armar

IU va proponiendo en precampaña dos modelos antípodos de estrategia política y, como es lógico, también de orientación ideológica. Así, el coordinador regional y “candidato a palos” por Huelva, Diego Valderas, que bien sabe lo que habla, anuncia que si el PSOE necesita su ayuda para mantenerse en el poder, puede contar con su apoyo a cambio de “la oportunidad de gobernar”. Por su lado, el candidato que le venció en Sevilla y representa lo que representa, es decir, al alcalde perpetuo de Marinaleda, dice que “de pactos con el PSOE, nada” por la sencilla razón de que “IU-CA no puede pactar con una versión del capitalismo ni con la otra”, dada su condición de fuerza “soberana, alternativa y anticapitalista”. No se amontonen, sin embargo, que no será para tanto, porque tanto IU como PA acuden a los comicios en horas bajas y locos por salir a flote agarrados a lo que se tercie. Fuera del PSOE no hay ni habrá más que relevo o bisagras. Ya lo verán.

Donde las dan, las toman

Casi me troncho de risa oyendo a la candidata frustrada y todavía (veremos hasta cuándo) portavoz/a del PSOE municipal protestando por la “acción totalmente presidencialista” y, por descontado, “inaceptable” que ha supuesto la modificación del reglamento para la designación del Defensor del Ciudadano de modo y manera que el alcalde tenga la primera y última palabra en ese negocio. ¡Con lo que el PSOE sabe de “acciones presidencialistas” derivadas de mayorías absolutas y manejos similares! Sin ir más lejos, hay media militancia cabreada en Huelva desde que a ella la impuso como candidata quien manda en su partido, ni qué decir tiene que sin encomendarse a Dios ni al diablo. No aprenden ni con repaso, no tienen ni idea de lo que traen entre manos, con traer tantas y tan graves materias. Y rechazan lo mismo que practican. Pero incluso un ser cándido como Parralo debía haber aprendido a estas alturas que donde las dan, las toman.

Duros a dos pesetas

Una vez, allá por 1997, el entonces presidente González sacó a pasear por el hemiciclo del Congreso al conde Romanones con la intención de echárselo en cara a Aznar. Estos días el presidente Chaves se ha encrespado mucho con la acusación de caciquismo que le han lanzado desde enfrente, igual que entonces, como si no estuviera sobradamente probado que el caciquismo es el instrumento natural de toda democracia burguesa, como se decía antes. Todo caciquismo –desde el clásico que pudiéramos llamar post-romántico al actual– es, sin embargo, igual a sí mismo en lo fundamental, a saber, en el concierto tácito (o expreso) entre el cacique y su territorio electoral, por un lado, y en la compra (directa o indirecta) de sufragios. No hay figura, desde luego, que mejor represente a este doble mecanismo que el conde de Romanones, que llegó a decir en sus memorias, sin cortarse un pelo, que la “pasión de mandar se asemeja a la pasión sexual” y al que se atribuye también eso tan gracioso de que “gobernar es regar”. El Poder era y es en España una metáfora agraria, no industrial, como por ejemplo, lo es en USA, o urbana, como tiende a serlo en Gran Bretaña, entendido lo cual el “riego” al que se refiere el conde descubre el cortijo sin dueño que, en realidad, es la Administración. Hay buenas aproximaciones al caciquismo español (la del malogrado Javier Tussell, la de Alicia Janini, la de Ortega Varela, la canónica de Costa o las modernas de Carlos Seco o Martínez Cuadrado, entre otras) aunque no me resisto a destacar la más reciente de María Antonia Peña, demostrativa de cómo un territorio provincial (Huelva en su caso) funcionaba como una finca que era adquirida o heredada en principio, administrada luego con criterio estrictamente heril, y expuesta, al fin, al azar del futuro, única cosa ajena a la voluntad del cacique. España entera es un predio que se disputan hombres contagiados por esa “pasión del poder” por la que están dispuestos, en consecuencia, a lo que sea. Miren alrededor, peguen la oreja a estos ruidos preelectorales y verán cómo no exagero.

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Es verdad que Romanones, grandísimo pícaro, ha cargado casi en solitario con el fardo de la fama caciquil, más que nada por la anécdota aquella de cómo compraba a duro los votos alcarreños a cambio de las tres pesetas con que su propio hermano los habría “amarrado” antes: “¿Te ha dado mi hermano tres pesetas por votarle el domingo?”, le preguntaba el viejo zorro al destripaterrones en plena besana. “Si, señor conde, me las ha dado”, respondía el labriego. “Bueno, hombre, pues dame esas tres beatas y toma un duro de a veinte reales”. Listo, voto asegurado. Esta campaña va a ser de las más “regadas” de nuestra historia democrática en base, sobre todo, a las promesas de rebajas fiscales que inició Rajoy con tan buena lógica como le reconoce ese gesto rancio de ZP de ofrecer la devolución de cuatrocientos euros lineales, que hay que añadir a los anteriores pelotazos comprometidos con jóvenes, ancianos, mujeres, dependientes y todo aquel que cae dentro del alcance de ese “Estado-Providencia” que ha venido a sustituir, al menos en la propaganda, al “Estado del Bienestar”. “Tantos salarios pago, tantos votos tengo”, confesaba Romanones. El pobre era un membrillo que no podía sospechar siquiera todavía un mundo de subvenciones, ayudas, licencias, bonos y desgravaciones fiscales como el que estamos contemplando. Y ojo, porque esos 400 euros graciables no se “devuelven” ahora sino sólo en el supuesto de que el comprometido gane las elecciones. Yo no he visto en mi vida una oferta electoral de compra de voto más desvergonzada, porque Romanones, al menos, pagaba al contado y en campaña, expuesto a que el cateto le hiciera la pirula, pero el nuevo cacique no paga más que contra la entrega de la mercancía. El adicto al Poder no se fía ni de su madre.

La mala memoria

“Si la gente tuviera memoria y fuera capaz de recordar las promesas incumplidas la democracia sería un sistema mucho más autentico”, me dice un ingenuo (verídico). Toma –le contesto-, si eso ocurriera, si los electores tuvieran en la cabeza lo que les han prometido unos y otros y nunca le han dado, lo que ocurriría es que nos quedaríamos sin democracia. Los políticos tienen en la desmemoria su mejor aliado, así como en la desinformación tienen su coartada más útil. ¡Imaginen si se hiciera la lista de los fracasos de la autonomía, desde las “tres reformas” famosas (administrativa, sanitaria, docente) a la nonata pero momificada “reforma agraria” pasando por las promesas que Chaves se le ocurren cada vez que la aprieta un zapato para olvidarlas luego acunado por el convencimiento de su hegemonía! Pero junto a ello no olviden colocar tanta dádiva, derrama, subvención, recalificaciones, licencias y demás recursos de repertorio que han convertido el sistema de libertades en un “régimen” puro y duro.

La vidriera rota

El “candidato a palos”, Diego Valderas, que no ha aceptado presentarse por Huelva sino cuando no le quedaba otra provincia, pide ahora a sus paisanos de Bollulos que se una como una piña para que él esté en el Parlamento. Me figuro que se referirá a los votantes de IU, es especial a sus militantes, pero aún así va a tenerlo crudo (prueba irrefutable es que un coordinador regional como él tenga que pedirle el voto a sus correligionarios) teniendo en cuenta el cisma insalvable provocado en la coalición y en ese pueblo precisamente por su imposición por narices del pacto municipal que rechazaba la mayoría. Es fácil apedrear la vidriera, lo jodido es recomponerla. Y Valderas va a tener ahora que hacer encaje de bolillos si pretende que los mismos a los que sometió bajo el peso de su jerarquía lo salven ahora de la quema. Que sería la tercera, por cierto, y en consecuencia, tal vez la última para él.

Expulsiones selectivas

En Italia se organizó recientemente en encendido debate a propósito de la decisión de Prodi de poner en la frontera a aquellos rumanos, en su mayoría de etnia gitana, que supusieran una amenaza a la seguridad ciudadana, decisión que suscitó de inmediato una viva reacción no sólo en los países concernidos sino un poco en toda la culta y tolerante Europa que entrevió en semejante providencia una seña inequívoca de xenofobia si no de racismo. La primera reacción del colectivo afectado no fue, sin embargo, rasgarse las vestiduras, sino ponerse en la cola del “low cost” para hacerse con un pasaje rumbo a España, acreditado paraíso de la impunidad, por lo visto, en el que la autoridad se la pilla con papel de fumar antes de proceder expeditivamente en ese tipo de situaciones equívocas, a pesar de la auténtica exhibición de peligrosidad que determinadas minorías foráneas han demostrado en España. Hay realidades que es preciso admitir al margen de la pugna partidista y una de ellas es que esa presencia incontrolada ha propiciado un nuevo “estilo” de violencia manifiesto tanto en los crueles asaltos domiciliarios como en el hecho palmario de que de la casi decena de parricidios registrados en lo que va de mes, más de la mitad sea obra de extranjeros. Todo ello está provocando en la ciudadanía la inquietante cuestión de por qué no se excluye de la convivencia (legal o ilegal, esa es otra cuestión) a los agresores, por supuesto sin que la eventual muletilla de la xenofobia deba preocupar a una autoridad que se declara incapaz de atajar un mal que ni puede prever (al no disponer siquiera de estadísticas fiables) ni puede castigar a los ejemplarmente dado el grado superlativo de garantismo que aureola nuestro ordenamiento jurídico. Todo el mundo sabe que, incluso en el supuesto de expulsión del delincuente indocumentado, no es mayor problema el regreso en el vuelo siguiente y su vuelta a las andadas, circunstancia sin la que no se entendería el auge exponencial de las mafias en nuestra crónica reciente.

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Un espinoso problema, no cabe duda, al que el Gobierno piensa poner al menos una barda, consistente en que los extranjeros que hayan sido condenados por malos tratos podrán ser expulsados del país una vez cumplida en nuestras prisiones las pena correspondiente. Estupenda medida, sin duda posible, pero que conduce a una obligada pregunta: ¿por qué sólo a los delincuentes “de género”, por qué no a todos los responsables de delitos violentos, hasta ahora amparados por nuestra insólita permisividad (en sus países se les habría caído el pelo por acciones equiparables) y el raro sentimiento hospitalario que ha ido desarrollándose de modo no poco artificial a socaire de la “corrección política”? Suele alegarse que España fue un país de emigración antes de serlo de acogida. Bien, ¿y qué, alguien imagina lo que habría sucedido en los años 60 si nuestros sufridos emigrantes en Alemania o Suiza hubieran mostrado una peligrosidad similar, si grupos organizados de españoles se hubieran dedicado a asaltar pacíficos domicilios o hubieran logrado radicalizar la garduña local hasta los niveles en que lo están logrando entre nosotros? Aquí se da el caso de que el inmigrante indocumentado delinque adrede porque sabe con ello asegura su permanencia probablemente durante años. Como sabe que nuestras fronteras son un coladero (éste es un país turístico, no se olvide) por el que se puede entrar y salir sin gran riesgo de ser interceptado. Es obvio, pues, que esa medida “de género” no es más que una chapuza electoralista como lo es que no hay en este negocio medidas fáciles. Al alcalde de Padua por poco le cuesta la vara la ocurrencia de levantar un muro alrededor del gueto inmigrante. Una barbaridad, sin duda, aunque parece ser que esa delincuencia avasallada disminuyó desde entonces drásticamente.