Formas de ver

Para Chaves el escándalo del coche del consejero de Turismo (66.000 euros de ala), el mismo que en Extremadura el Presidente le ha hecho devolver a su Vicepresidenta, no es más que un “escándalo inventado” que “se presta a la demagogia”. Desde Canal Sur, el PSOE que lo teledirige dice que es “indecente” protestar por la inclusión en un examen para futuros periodistas de la casa, una pregunta sobre los supuestos amoríos de Aznar con una ministra francesa. ¿Qué quieren? La mayoría absoluta equivale a una dictadura legítima y el chavismo parece empeñado en refrendar este antiguo axioma. Aunque sea a base de vileza o de cara dura, aunque no se sostenga el argumento y hasta los ciegos vean la realidad. El “régimen” en Andalucía es cada día más fuerte. Sólo desde él se dice qué es justo o no lo es, qué es una vergüenza y qué no. Con el silencio cómplice de la mayoría, por supuesto. Echen una mirada y compruebe quién se ocupa de estos abusos y quien calla por sistema. Ahí tienen la mejor clave para entender lo que está ocurriendo aquí.

Crisis en el JRJ

No parece fácil contradecir al sindicato Satse en el asunto de la fuga masiva de enfermeros del ‘hospital de referencia’ Juan Ramón Jiménez. Si lo es, el SAS no tiene más que publicar la relación de bajas en sus plantillas, pero eso no parece posible ni quien tal lo pensó. Hay demasiados problemas en ese centro piloto, demasiado conflicto o demasiada incompetencia, aunque parece lógico pensar que un sindicato profesional como ése no va a arriesgarse a salir dando números y circunstancias sin tener a mano los resguardos y las pruebas. Y si es verdad que se han ido 60 enfermeros obligados por la falta de orden, la penuria de medios y la mala organización del trabajo, la cosa constituye un problema de primera magnitud. Era difícil superar o siquiera emular al doctor Pozuelo y, sin embargo, no tendría mucho de extraño que el SAS lo logre y en poco tiempo.

El desafío del arte

Una brigada de policía especializada ha logrado, tras arduos esfuerzos, localizar y detener en Madrid a un ‘artista’ espontáneo que se dedicaba, con nocturnidad y alevosía, a lanzar contra los muros neoclásicos de El Prado bombas de pintura rellena de vivos colores que dejaban sobre ellos un dudoso combinado cromático de discutible valor. No es por entrar en la vieja porfía, pero tengo para mí que si esa operación la hace el Barceló que ha confeccionado la cúpula de Bruselas, lo menos que hubiera obtenido habría sido una sonora disputa entre admiradores y protestantes que verían en el chafarrinón algo muy distinto a lo que pudieran ver en una gamberrada. Cualquiera sabe donde termina el genio y comienza el camelo, o viceversa, pero el arte, desde hace ya muchos decenios, busca cada vez más la firma, la personalización del autor y el relumbrón de la obra, a contracorriente de la clásica norma de Quintiliano, “ars celare artem” (el arte consiste en ocultarlo) en lugar de lo contrario. Barceló pasa mucho, por supuesto, de estas consideraciones posibles, y a ver quién no la haría en su lugar una vez vistos en la inauguración de su obra desde el Rey hasta el último mono y tras haber escuchado en el Congreso cómo el rifirrafe entre la Oposición y el Gobierno sobre el tema, procuraba escrupulosamente evitar el juicio de valor para centrarse en cuestiones tan prosaicas cómo de dónde ha salido el dineral que ha costado el chafarrinón de nuestro artista de moda o cual de los dos partidos mayoritarios es más generoso con el mundo pobre, de cuya asignación ha salido, por lo visto, el dinero de referencia. Es posible que la estimativa artística no haya hecho coincidir nunca la opinión de los ‘expertos’ con la del destinatario natural de la obra, que no es otro, en principio, que la gente en su conjunto, pero está claro que hemos alcanzado un punto en el que la creación ha derivado hacia un  arte solipsista, pasto de las elites cómplices y exclusiva de ellas. Sí, ya sé que la crítica es fácil y el arte difícil, pero a ver cómo le explican al embadurnador de El Prado que su ‘obra’ constituye un delito si lo hace él y una excelencia si la perpetra un famoso.

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La vanguardia, de la que decía Valerie que todo cambia en este mundo menos ella, ha sabido blindarse contra la humilde crítica demótica, improvisando axiomas y pamplinas que,  la verdad es que si no convencen a nadie en sus cabales sí que son capaces de rabear lo suyo en cualquier debate estético. Cuando un tipo como Duchamp te dice que el enemigo del arte es el buen gusto o cuando Cocteau asegura que, en materia de arte, cualquier valor que se pruebe resulta (es) vulgar, se están cerrando las puertas a la crítica libre, incluso a esa “crítica del gusto” sobre la que divagó Galvano della Volpe, reduciendo el criterio a un catecismo curiosamente restringido y de aplicación y uso estrictamente minoritario. Cuando me meto en este tema recurrente en mis preocupaciones, recuero siempre lo que dijo un hombre tan interesante como René Lobstein (“Les douce Douzains du Négoce”) cuando aseguró que el final del arte no era otro que ocupar su plaza auténtica como servidor de la publicidad, un augurio atroz que cada día parece más probable a la vista de lo que estamos viendo (y pagando). Ésa debatida cúpula, sobre la que sorprendentemente no se ha oído ni un  tímido disentimiento, ha costado –con sus rojos sangre, sus verdes esmeralda, sus turquesas inefables y sus panes dorados—más que la mayoría de nuestra obras de arte disponibles y no ha habido ni una mala cara en la inauguración, por supuesto, como no ha habido ni una crítica fuera de los circuitos oficiales del arte. Perdonen la aparente vulgaridad del argumento, pero estoy convencido de que si en lugar de Barceló la firman cuatro pelanas de Vallecas los echan a gorrazos y, desde luego, no hubiéramos visto al Rey en la inauguración. ¿Cuestión de gustos? A lo mejor es hora de pensar si no se trata más bien de sentido común.

Las oposiciones de la Junta

En la Junta los únicos no entran por oposición son los que mandan. El resto, como hace poco en Canal Sur, debe responder a preguntas que aluden a imaginarias relaciones sentimentales de Aznar con una ministra francesa (hace falta mala leche para eso y poca vergüenza para culpar a la empresa contratada) o bien enfrentarse a un examen con preguntas repetidas, como sucedió en una reciente prueba padecida por los oftalmólogos contratados del SAS. ¿Cuántas oposiciones lleva impugnadas y perdidas la Junta. cómo es posible que prolongue durante un  año el desenlace de una prueba a médicos que operan todos los días en sus servicios o resuelven expedientes sin saber si mañana irán a la calle? Y encima, como digo, los únicos que entran por la cara, sin pruebas ni oposiciones, son precisamente los que mandan. El milagro es que esa Administración  siga en pie.

Secretos del oleoducto

No le falta razón a Valderas cuando habla del “tío” y del “sobrino” por relación al proyecto de de oleoducto que va a comprometer gravemente, pero tampoco a la consejera cuando –capciosamente o no-l lo desafía a dar nombres y circunstancia concretas. No vale tirar la piedra y esconder la mano, y ei IU tiene noticia fidedigna de que esa obra responde a favores debido al tráfico de influencia, debe aportar lo que sabe al Parlamento o incluso al Juzgado si procede. Que el oleoducto en cuestión está protegido por el PSOE está demostrado, que sus promotores poseen medios de comunicación al servicio del “régimen” es un secreto a voces, que ZP en persona avala el negocio es público y notorio. Si IU sabe algo más concreto e incriminante debe publicarlo sin demora y dejarse de medias palabras.

El tabú democrático

Llevamos años quejándonos de los defectos de la democracia y de las amenazas que sobre el auténtico sistema de representación proyecta una práctica política cada vez más alejada de su genuino sentido. Bourdieu advirtió desde los 60/70 de esos peligros que han ratificado luego, incluso dentro de España, quienes han escrito libros o expresado teorías bajo lemas tan inquietantes como “La democracia amenazada”, “La democracia herida” o “El malestar de la democracia”, éste último objeto hoy mismo de análisis y argumentación, en las “Charlas de El Mundo”, por su autor, Víctor Pérez Díaz. En resumen, hemos llegado a un punto en que la reducción del sistema democrático a una estricta liturgia controlada por los partidos alarma a los espíritus democráticos que ven en esa mala práctica una degeneración en más de un sentido invalidante. No hace mucho decía un destacado personaje de la vida pública que el fracaso de la división de poderes provocado en España por la partitocracia a través de esta suerte de hiperparlamentarismo que estamos viviendo suponía, de hecho, el secuestro del sistema democrático y la resignación de su legitimidad en uno de los tres poderes en detrimento de la garantía pública. Pero ha sido en Portugal –un país que sigue creciendo mientras se derrumban las economías de la UE, ojo—donde hemos escuchado el grito más caliente en este sentido a la líder de PSD, Manuela Ferreira Leite, que declaró en un reciente banquete de la Cámara de Comercio Americana en Portugal que a lo mejor era preciso “suspender durantes seis meses la democracia” para poder aplicar las reformas que, en circunstancias normales resultan imposibles, entre otras razones porque un sistema de libertadades es imposible hacer reformas de espaldas o sin contar con las “clases profesionales”, Era cuestión de tiempo que empezaran a oírse voces en contra del propio sistema de representación tal como lo conocemos y practicamos y es más que probable que a la de Ferreira sigan otras cada día más vehementes.

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La verdad es que en estos tiempos hemos transigido todos con un modelo plural en el que conviven democracias exigentes como la británica con sistemas “de unanimidad” como el practicado en Rusia, situaciones degeneradas como la española o brillantes montajes como los que han dado justa fama al sueño tocquevilliano de los EEUU, casi todos los cuales se debaten entre tensiones internas por controlar el poder con olvido del ideal teórico que hace de la representación un mecanismo participativo y de la ordenada separación de poderes una garantía de igualdad a tres bandas en beneficio de todos. No tiene sentido, obviamente, la propuesta –hay que suponer que retórica—de la líder portuguesa, pero hay que conceder que en muchas situaciones que van produciéndose en la vida diaria, el ideal democrático se ve maltratado en términos que la vieja tentación autocrática cobra fuerza ya que no sentido. En Bélgica llevan viviendo en la precariedad, sin gobierno en la práctica, desde que las tensiones territoriales cuestionaron la viabilidad del propio sistema. En los propios EEUU se nos vende ahora como espléndida novedad tan elemental como eliminar el infierno de Guantánamo y proscribir la tortura, en Francia la triple fractura del PSF (Royal, Aubri, Hamon) plantea eventuales reformas del sistema sólo para facilitar el ajuste de los partidos por separado y entre sí. Y aquí, entre nosotros, espectáculos como la “toma” gubernamental del Poder Judicial, aparte de la sumisión de éste, nos separan cada vez más de ese ideal moral y político que, mejor o peor, ha sido el único capaz de librarnos de la dictadura. Se comprende, aunque no se comparta, esa desatinada propuesta de parar máquinas y revisar a fondo sus mecanismos. Hay agujeros en esta galaxia que desalientan al más pintado.