La soledad de fondo

No cabe duda de que vivimos en una era de mascotas, que se han multiplicado en los hogares a pesar de perder el sentido utilitario que tuvieron en un principio –es decir, hace más de 30.000 años para los perros pero sólo algo menos de 10.000 para los gatos– y se les nota a ambos. Pero hoy el animal “doméstico” ha perdido su papel original, o sea que ya no es un aliado del Hombre frente a otras especies nocivas, sino un “familiar”, un “hijo” acaso, algo que hubiera desbordado sin duda al místico y dulce Francisco de Asís, al que los peces escuchaban y el lobo feroz le tendía amistoso su pata. Hay hoy, en efecto, todo un subsector comercial, ilegal por supuesto, que se dedica a traer al país animales y bestias de tierras lejanas, desde el tigre hasta la boa constrictor, y por descontado, ese gran amigo del hombre que es el perro (más de 300.000 controlados en España… ¡pero 150.000 abandonados en un año!) y ese minino rorro de la mujer que es el gato, a los que se dispensan atenciones mayores, en muchos casos, que a los propios humanos, y a los que, según descubre una encuesta creíble y reciente (palabra), se aprecia más y se antepone incluso a los familiares. La humanización del animal no debería sorprendernos sabiendo cuanto sabemos de la propia reificación humana, pero así son las cosas: hay quien, conservando plena y aparentemente su cordura, lleva el can al psiquiatra, no les digo más.

Un hermano mío, que es gran científico, regala a su fiel canino con helados de tres gustos, conozco gente que dispone para ellos sus vestuarios de temporada, y hasta una amiga del alma me preguntó un día muy preocupada qué se podría hacer para contrarrestar el celo doméstico de su minino, pregunta a la que, naturalmente, no quise contestar, aun comprendiendo que la represión del animal la pagaba el tresillo a gañafada limpia. Vamos, que el Gobierno, al que tanto ha costado plantarse ante la insurgencia catalana, anda pensando en prohibir la publicidad de las mascotas, una vez comprobada la limitadísima vida hogareña que les esperaba como entenados. Y claro que hay perros más fieles que algún hijo o algún marido, y gatos más enrollados que algunas esposas, pero lo que de verdad subyace al “mascotismo” galopante, es la soledad de fondo del urbanita medio, macho o hembra. Más solos que la una, unos y otras buscan un “genérico” más fiable y barato que el cónyuge, en la vitrinas de la pajarería nacional.

La mirada de la sierpe

Por lo visto, ya no se va Javier Pérez Royo a las listas de Podemos. Se irá, en cambio, Luis Carlos Rejón. ¿Ustedes comprenden algo de cuanto está pasando? Un servidor, no, aunque me tiente la tesis de que todo político que ha dejado der serlo echa de menos los galones perdidos y quiere volver al desfile (o al “frente”). Rejón ha dado un ejemplo mayúsculo de coherencia política, volviéndose a su escuela y su casa rural sin perder ni por asomo su libertad de crítica. Por eso me extraña tanto verle ahora en ese montaje antisistema, populista, bolivariano o como quieran, que, a mi modo de ver las cosas, no le pega ni con cola. Ahora, eso sí, no tienen ni idea los podemitas de a quien han metido en la banda. Si se consuma el disparate –que tanto lamento por el camarada Rejón—se va a enterar más pronto que tarde.

La guerra de las galias

Aterrados por la catástrofe ocurrida en París la noche del viernes, llamamos a los amigos de allá, pero ellos saben más o menos lo mismo que nosotros: que aún no consta si son sesenta, cien o más los muertos, ni cuántos cientos los heridos en estado crítico. Todos, sin embargo, dicen no estar del todo sorprendidos por la barbarie que se veía venir hace mucho. En la sociedad de la información la noticia es básicamente única y planetaria aunque incapaz, como se ve, para abrir los ojos a los poderes y decidirlos con energía frente a una amenaza anunciada. Recuerdo que hace muchos años, Fraga nos explicaba que la futura guerra atómica (futura, entonces, sugería actual), a diferencia de la convencional, debería dispersar sus efectivos en lugar de concentrarlos, lo que quiere decir que ni se le pasaba por la imaginación una estrategia universal y no “frentista”, planeada desde la sombra, cuyo largo brazo alcanzaría al mundo en bloque. Pues ya la tienen ahí. Lo que ocurrió la noche del viernes en París no es sólo terrorismo –el terrorismo responde más bien a una lógica (“la propaganda por el hecho”) individualista y a un objetivo concreto—sino una guerra en toda la línea, ya ensayada, por lo demás, en Madrid o en Londres. La agresión islamista no es una simple estrategia del terror sino una guerra, cierto que novedosa en la medida en que –seamos realistas–se ignora casi todo sobre el enemigo.

Una guerra es una locura organizada desde el exterior no un epiléptico plan de acción destructiva e intestina, lo cual exige, como es lógico, una respuesta distinta que dudo que conozcan aún siquiera los estrategas concernidos. El islamismo, digan lo que quieran sus justificadores, es hoy un enemigo declarado de Occidente que no gasta ejércitos regulares sino fanáticas legiones de sicarios suicidas que ni siquiera renuncian a la guerra civil entre sus sectas. Y esa estrategia nueva ha pillado por sorpresa a una civilización que no reconoce el conflicto más que en la estampa del pueblo perseguido por los carros de Faraón y, por eso mismo, no sabe cómo enfrentarlo. ¿Se han dado ustedes una vuelta por la “banlieu” parisina, conocen ese territorio regido por un poder secreto lo mismo en París que en Londres o que en nuestro barrio de Lavapiés? Tenemos el enemigo dentro: o lo asumimos –y damos la respuesta adecuada– o seguiremos en el limbo aguardando la próxima. París, desde antier, somos todos. Como no lo asumamos a tiempo, nos lo demostrarán.

La proporcionalidad

El TC ha suspendido la declaración independentista catalana y advirtiendo a veintiuno de sus responsables que pueden ser inhabilitados además de sentarse en el banquillo frente al Código Penal. Pero frente a ello, una teoría coral recorre España pidiéndole al Gobierno que actúe, entre otras mesuras, con “proporcionalidad”, lo que, a mi entender, es un patente eufemismo para no decir “lenidad”: vale, que se castigue a los rebeldes contumaces, pero, oigan, cogiéndosela con papel de fumar, no vaya a ser que nos pasemos y resulte peor el remedio que la enfermedad. “¿No ven ustedes que lo que pretenden es agenciarse unos cuantos mártires?”, nos dicen precavidos –comenzando por el Gobierno– tertulianos y alarmistas. Bueno, vamos a ver. La “proporcionalidad del medio” es una obviedad en derecho y, por tanto, me parece inexcusable que se aplique en este caso y en todos, pero si por proporcionalidad lo que están queriendo decir es lenidad, discreción estirada a tope, guante de seda en una palabra, entonces, ni hablar. ¡Oigan, que de lo que se acusaría a estos pavos es nada menos que de sedición, de romper el orden constitucional y rechazar la normativa vigente, aparte de insultar al TC –que eso lo ha hecho mucha gente antes—y lo que corresponde , en consecuencia, no es más que tipificar sus conductas y aplicarles la pena que establece el Código! La rebelión catalana es lo más grave que se producido en la España democrática descontado el 23-F y el “¡se sienten, coño!”. Si quieren disimular, disimulen, pero así son las cosas.
No creo que, fuera de los insensatos, nadie pretenda arrasar la política catalana. Se trata sólo de afirmar al Estado frente a la arbitrariedad de unos grupos que, encaramados en su Estatuto, disparan a discreción contra él. Sí, por supuesto, hay que dialogar, tener mano izquierda y, sobre todo, no propiciar el victimismo. Pero, díganme, ¿cuál sería la alternativa a una aplicación estricta y rigurosa de la Ley a los sediciosos en una nación en la que se condena a prisión por robar una bici o matar dos jilgueros? Si cuando el juicio de Campamento contra los Tejero y Milans nos hubiéramos andado por las ramas –y no digo que no anduviéramos un poco—lo más probable es que ni usted estuviera leyendo estas líneas ni yo escribiéndolas. La proporcionalidad se le supone al juez como el valor al soldado. Lo que no debe suponer es mano blanda y politiqueo. Quien tenga que ir a la cárcel, que vaya. Y ya verán como no pasa nada.

Así de simple

Una delegada provincial de Empleo de la Junta, Irene Sabalete, se dirigió en estos términos preelectorales a sus trabajadores públicos: “A partir del lunes, que acaba la ola de frío (sic), os quiero a todos, si queréis, si os comprometéis con este proyecto, haciendo campaña electoral, esto es así de simple”. ¡Manda a esos trabajadores a abandonar sus puestos de trabajo para hacer campaña a favor de su partido y, encima, le parece “así de simple” a la buena señora! Bueno, hay que reconocer que, cierta medida, lo es, pues de otro modo, andarían ya en el trullo o, en cualquier caso, buscándose la vida fuera de la vida pública, cientos, miles de Irenes Sabalete. Eso es un “régimen” precisamente”. Así de simple.

Círculos cuadrados

Uno de los recursos actuales de los políticos españoles inquietos es funcionar promoviendo “círculos”. “Podemos”, sin ir más lejos, en círculos dice que basa lo que luego, en la práctica, es puro autocracia, como están demostrando las diversas deserciones regionales. Creo que era el cronista Olmedilla –pero no me hagan mucho caso porque cito de memoria—quién nos sugestionaba en tiempos con el misterioso círculo lerrouxista del Paralelo, y famoso fue mucho tiempo el joseantoniano de la “Ballena Blanca” que funcionaba en el sótano del desaparecido café Lyon. Un círculo es menos que un partido y más que un proyecto en ciernes, y la actualidad está demostrando que ya no es preciso tanto tiempo como antiguamente para acreditar a un partido hecho y derecho, y más o menos circular es la forma que creo que están tomando ciertos grupos conservadores o liberal-conservadores que se han desgajados por desilusión del PP y se miran en el espejo con poco azogue de Jaime Mayor Oreja, el “hombre impasible” que le hizo imposible la vida a ETA, se ganó de largo la estima pública pero no logró la simpatía de Aznar para sucederle en el Poder. Se trata de grupos muy activos y reclamadores de la transparencia política, cuya matriz parece ser el activismo católico parroquial, o sea, algo no poco parecido aunque antípodos a lo que, bajo la dictadura aún, fueron los grupos católicos más izquierdistas. ¿Es bueno o impertinente en este momento que surja un estímulo político despegado de la jareta del PP y bajo un patrocinio tan seguro como el de Jaime Mayor? Eso sólo lo dirá el tiempo.
Lo que no sé es si habrá sitio en España para una organización incipiente constituida en su mayoría por jóvenes liberales o conservadores, entre los 20 y los 40 años, la inmensa mayoría con alta cualificación profesional y su vida resuelta, aunque sólo sea porque cuanto suponga una escisión del PP –pensemos en Asturias o en Navarra—no parece que, desde la perspectiva conservadora, no implique el riesgo probable de dispersión de su voto útil. Ahora bien, no creo que Mayor sea nunca un fraccionalista porque de sobra conoce él el precio de las fracturas, sino un observador, sin duda interesado, que no renuncia a apadrinar a gentes centrifugadas por la ceguera partidista. Desde una ideología muy lejana, yo de quien sí me fío es de él, de Mayor, el hombre con mayor prestigio entre los sucesores de Aznar, y quien sabe si también el único capaz de cuadrar esos círculos.