Navidades laicas

Con el apogeo de los antisistema parece que anda exacerbándose el espíritu laicista –que no laico—que desde hace algunos años viene asomando el morro. En Sevilla propuso lo de sustituir la Navidad por el Solsticio un edil comunista que hoy anda procesado, el pobre, por varias irregularidades incluida la llamativa presunción de delito contra los trabajadores. Vale, ya sé que poco tiene que ver el culo con las témporas, pero ese descubrimiento hizo tan feliz a ese hombre que casi tentaba templarle las gaitas que, como es lógico, sonaron desafinadas. Podrían haber descubierto algo más, como que las luminarias navideñas que regatean nuestros alcaldes, no son más que el fósil del culto mítrico, aparte de que el cristianismo tenga también su cuarterón de religión solar. O que los Reyes Magos tienen un complejo trasunto simbológico que ha estudiado más de uno, entre ellos Franco Cardini y yo mismo, todos coincidiendo en que se trata de una tradición venerable que no fue siempre la misma ni siquiera en el número de los personajes reales pero, eso sí, firme en el sexo de los protagonistas puesto que magas, a diferencia de lo que hoy ocurre, no había por aquellos entonces. Tres, cinco, siete, todos blancos o uno de ellos negro tal como aparece ya en el mosaico de Ravena, a caballo o viajeros sobre camellos, capaces de engañar al mismísimo Herodes, lo que no hubo jamás en ese montaje fue una mujer como quiere que la haya desde ahora la imprevisible alcaldesa de Madrid. En fin, quién sabe, a lo peor todo se andará.

Lo que no saben estos apóstoles laicistas es que la secularización tiene sus estudiadas razones y que si las sociedades se aferran o apartan de la religión no será porque las convenza un adalid desde su desmedrada ideología, sino por motivos tan complejos como los que pusieron en claro Weber, Kaustki, Berger, Luckmann, Schutz y otros cuantos. La religión se puede perseguir, eso también, pero no en una democracia, y acaso eso es lo que inflama el celo laicista de estos revolucionarios/as de pacotilla y exacerba su impaciencia. Madrid está hecho un estercolero –lo vi hace unos días—y los madrileños medio asfixiados bajo esa boina antiecológica. Y doña Carmena pensando en capar a Melchor o en travestir al Negro por aquello de la paridad. ¡Pero si hasta ha habido quien en Sevilla no descartó acabar con la Semana Santa! Dicen que hemos vuelto a la Transición. Yo creo que donde estamos en el año 31.

Lenguas largas

Tanto al zote concejal del Ayuntamiento de Madrid que injurió soezmente a las víctimas del genocidio nazi, como a la ménade jerezana que llamó a Pemán en un Pleno, como argumento para retirar su busto de un teatro local, nada menos que “asesino”, les han reabierto sus respectivos juzgados la pertinente investigación. Nada más justo y en sus cabales, porque lo que no tiene sentido es que los propios cargos institucionales, más obligados que nadie a respetar la libertad de expresión, se les permita injuriar por las bravas y gratis a los ciudadanos. Asesinos, por lo demás, hubo aquí para dar y tomar, por ambos bandos, y más le vale a esa concejala lenguaraz no escarbar mucho en el suyo.

Una simple soga

Me nubla la Navidad, este tiempo íntimo a pesar de los secularizadores, la continua noticia sobre muertes entre los que huyen del terror, desde Siria sobre todo, y en la que, casi inexorablemente, se habla de niños ahogados en el Mediterráneo, de madres desesperadas que los ven hundirse sin remedio en el piélago. Y me consuela escuchar a una responsable de una famosa ONG echar sus cuentas en la radio y sacar la conclusión de que en el barco que ha fletado con sus colegas se han salvado ya quince mil almas. El mundo en blanco y negro, como siempre, hasta que me cae en las manos el impresionante reportaje que Francisco Carrión ha escrito aquí a propósito del verdugo de El Cairo, Husein Carni, un hombre talludo y despreocupado que, provisto de su temible soga, lleva ahorcadas ya a mil criaturas y está contento precisamente porque, tras las “primaveras árabes”, los corredores de la muerte se han abarrotado en su país. “Tenía pesadillas en la época en la que no había ejecuciones” y esperaba con ansia que las hubiera pensando en que, sólo con tres ejecuciones al mes, doblaría su salario que, por cierto, es una miseria. Nuestros verdugos, desde el entrañable que inventó Berlanga hasta los muy solanescos que rescató Daniel Sueiro del anonimato, eran gente marginal y moralmente refractaria, pero ni por asomo podrían medirse con este gigantón que quiere consolarnos con su experiencia –“Ellos no sienten demasiado”—y tiene de su profesión un concepto tan burocrático que le pide a sus colegas que “no sean orgullosos”.

Casi seiscientos condenados aguardan ahora su hora fatal, confiando en la clemencia del muftí que habrá de “informar” cada caso aunque no con carácter vinculante, y tal vez en que alguien, desde el Occidente civilizado, clame por fin ante la barbarie que se mantiene legalizada en muchos países islámicos, para lo cual lo primero sería la renuncia de los Estados Unidos a sus cámaras de gas y a sus inyecciones letales. Y no es probable que eso ocurra. Continuará el hombre de la soga ganándose su negro pan como no han de cesar los naufragios de refugiados inocentes en la mar de Ulises y precisamente en el paraíso que cuentan que Safo tenía en Lesbos. ¿No tendrá nunca remedio este “mondo cane”? El verdugo de El Cairo ni se lo plantea: “Lo que tiene que tener un buen verdugo (¡) es un buen cuerpo, menta abierta (¡¡) y don de palabra (¡¡¡). Ni rastro de mala conciencia. Como quienes le pagan la faena, como quienes la consienten. Igual.

El zambombazo

Si existiera un premio al humor o a la idiocia habría que otorgárselo a la Junta de doña Susana por variadas razones pero, sobre todas ellas, por la de haber declarado Bien de Interés Cultural (BIC)…¡ a la zambomba! Mientras perdemos a chorro nuestro patrimonio artístico y cultural, el gobiernillo autonómico, guiado de cierto peronismo calé, ha decidido salvar de todo riesgo a ese instrumento pastoril y navideño que si algo tiene es su máxima elementalidad. No se equivocaban siempre los viajeros románticos cuando nos trataban como nos trataban, pero en pleno siglo XXI resulta inconcebible ese homenaje corralero. A este paso al rabel habrán de hacerlo teniente y a la guitarra, capitana general. ¡Viva la autonomía!

A pie de página

Me reprocha un lector –¡albricias!—el uso inmoderado de citas de autoridad que suelo hacer, según él, en esta mi humilde columna. Lo siento, de verdad, y no lo digo retóricamente, sino afectado por cualquier cosa que pueda incomodar al lector. Eso sí, debo decirle que mi intención no es “épater” ni fardar sino calzar mis razonamientos con razones más autorizadas que las mías, que no es ni más ni menos que lo que hizo cualquier escritor de instinto ensayista –y yo, modestamente, lo soy—desde que hay memoria literaria. No todo el mundo sabe que la nota a pie de página –y no otra cosa es una cita en el papel de periódico—siempre se vio envuelta en polémica desde que la inventara Beda el Venerable –no es coña—allá entre los siglos VII y VIII, como instrumento para aclarar sus escritos, algo que sus adversarios interpretaron como una violación del canon de la razón escrita. Hay que tener siempre en cuenta que escribir es siempre un acto compuesto que contiene una parte original pero sin desprenderse nunca de la herencia que los que hemos de escribir recibimos en la infancia con el sacramento del abecedario. Lo demás, créanme, es retórica o es poesía –y ni siquiera estoy seguro en este último caso–, es decir algo de lo que debe huir aquel a quien le pagan por dar su opinión en favor del criterio de sus semejantes, no siempre impuestos en la materia de que se trate. Beda sabía lo que hacía cuando escandalizaba a sus colegas de escritorio entretenidos en ilustrar bellamente sus capitulares.

Escribir es casi siempre recordar, desde Hesíodo hasta nuestra época de hierro por la sencilla razón de que la cultura, en fin de cuentas, es un precipitado de muchas voces y muchas tintas que sería estúpido desdeñar teniéndolo a mano y, si es posible, en la cabeza. Ya verán como las futuras generaciones escriben sin tanta cita, me apuesto lo que sea, mermadas como van desde la más tierna infancia y adolescencia por la incuria galopante que nos aflige, y eso no ha de ser una prueba de originalidad sino una rotunda demostración de ignorancia. El hombre es su memoria, por muy insegura que ésta resulte, y fuera de ella no queda más que improvisación o barbarie, algo que parecen no haber entendido los responsables de educación de las postreras generaciones. ¡Pues no han propuesto el ajedrez como asignatura bachilleresca como hubo quien propuso hasta el parchís! Ya ven, no he citado casi a nadie hoy. Lo que no saben es que bajo esa apariencia hay mucha repetición.

Carta a los Reyes

Me cuentan que hoy por hoy –quien me lo dice es un psicólogo afamado—los niños apenas creen en los Reyes Magos. Como el psicólogo es de Sevilla y hablamos un dialecto común añade: “Hoy ya no cree en ellos más que el Ateneo y El Corte Inglés”. No lo sé, para qué voy a decir otra cosa, pero he estado pendiente de mi nieto quien le ha escrito una misiva creo que a Melchor pidiendo una equipación de Pau Gasol, la criatura, aunque me ha parecido ver en sus ojos, mientras yo hacía como que me empapaba la carta, una sombra de duda cartesiana, o mejor quizá, de desconcierto spinoziano, reflejo, con toda seguridad, de su inocencia perturbada por la malicia escolar. A mí no se me ha olvidado la expectación y el pálpito que nos despertaba la espera de los regalos que, en el mejor de los casos, venían a ser una broma comparados con la ofrenda que hoy reciben nuestros pibes, y por eso mismo me parece que poco gana la puñetera secularización quitándoles de la cabeza la ilusión a los niños de buena voluntad que pronto habrán de enfrentarse, ya sin escudo ni adarga, a la dureza de la vida. ¿Creen o no creen nuestros zangolotinos y, en el segundo caso, cuál es la causa de su fingimiento? Tampoco tengo ni idea aunque no me parece arriesgado apostar a que esa inocencia más o menos fingida es una cosa tan seria como que viene a confirmarnos la convicción de Ernst Cassirer de que el hombre es un animal simbólico que no vive sólo de pan, abismado mientras mantiene fiel la inocencia a su maquinaria electrónica, dale que te pego a la Nintendo 3-Ds o a la Wii U Premium, esos desgalgaderos de neuronas.

Me temo que en la sociedad post-industrial o “de servicios” ya no valdrán las componentes míticas que formaban parte de la socialización del niño por lo menos hasta que Sapiens Sapiens puso el pie en la Luna, entre ellas la expectativa ante la visita de unos Magos buenos cuya tarea era mantenerles en vilo la emoción, si acaso formando oligopolio con Papá Noël, ese invento protestante que bajó del frío. Y eso no me parece bueno ni mucho menos, ya que la inocencia es un bien escaso y, en consecuencia, deberíamos tratarla con prudencia económica. Mi nieto me observa mientras leo la carta: como los viejos filósofos quiere comprobar su secreta hipótesis consultando el oráculo del Otro, inseguro ante la vidriosidad de la razón propia. La estrella de Belén se eclipsa inundada por el reflejo de la supernova secularizadora. Nuestra galaxia es un pañuelo.