Doñana muda

No quiere la Junta que el Consejo de Participación de Doñana opine sobre la eventual repercusión del oleoducto famoso, frente a los alcaldes representados en él y las a asociaciones ecologistas que pretenden lo contrario. Ganará la Junta, por supuesto, pues partimos del compromiso público y visto bueno de ZP a favor del proyecto del tío del sobrino, no sé si me explico, pero ya verán como llevo razón. Chaves no habla pero la verdad es que en este tema tiene poco que hacer porque la decisión se ha tomado por encima de él, en Madrid, lo que no quiere decir que él no esté conforme y contento por los beneficios que implica para su partido y gobierno. Debe agotarse hasta la última bala, pero permítanme el pesimismo. El PSOE está empeñado hasta las trancas en el proyecto de Gallardo, él sabrá por qué. En esas condiciones, ya me dirán.

Dos izquierdas

La elección de Cayo Lara para sustituir a Llamazares al frente de Izquierda Unida me pilla con el libro flamante de Denis Pingaud “L’Effet Besancenot” entre las manos, un ensayo en el que se trata de retratar, siquiera de urgencia, al nuevo líder de una izquierda revolucionaria surgida en el seno de la vieja LCR francesa. Dos modelos, quizá sería mejor decir dos “contramodelos”, el primero entre ‘clásico’ y ‘romántico’, continente algo rudo,  indumentaria de trapillo y verbo fácil aunque algo plano, repleto de los tópicos más antiguos de la izquierda antigua: el alejamiento de la socialdemocracia, el activismo y la presencia pública y hasta la huelga general, la famosa ‘HGR’ conservada en formol desde la clandestinidad para sacarla en su momento, como la sangre de san Pantaleón, en plan fórmula milagrosa; el segundo, ‘moderno’ puro y duro, aficionado al rap, un tipo como otro cualquiera, mileurista y ajeno por completo a la experiencia política de partido: ni pasado ni mandato. Dos modelos, insisto: uno, el hombre del ‘aparato’, el ‘militante’ en sentido sartriano (“Situations”), el profesional más allá de las protestas; otro, el joven espontáneo, caracterizado precisamente por su condición genérica –“uno como otro cualquiera”–, loco por el fútbol y decididamente alejado de las estructuras rancias. Y una aspiración común; situarse a la izquierda de la izquierda oficial, constituirse en la esperanza blanca de tanto radical desencantado y, por supuesto, aprovechar la coyuntura de la crisis para hacer su agosto entre los marginados por ella. No soy tan optimista como la Pingaud, lo digo como lo pienso, pero sus argumentos me dan que pensar en que, verdaderamente, por encima o por debajo del unánime rechazo de la dualidad por excelencia late un doble deseo de radicalización que tiene menos que ver don el dualismo maniqueo que con la nostalgia de la utopía.

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Hay, eso sí, una diferencia esencial entre el proyecto de Besancenot y el de Cayo Lara, que Pingaud señala como peculiaridad: el primero se dirige a unas generaciones nacidas tras el gaulllismo, que no han conocido otra izquierda que la burocrática, es decir, a la organizada en tramas de poder de escaso eco público. Por mi parte, me cuesta ver ninguna novedad en el nuevo líder español, en cuya palabra directa y de sugestión sincera creo ver un manifiesto de arcaísmo inconsciente, como el de esos –tantos—rojos profesionales incapaces de buscar la diferencia fuera de casa o empeñados en construirla con los viejos materiales psíquicos e ideológicos de la despensa tradicional. A Cayo Lara lo han castigado los suyos metiéndole en la urna uno de cada tres votos en blanco, como una silenciosa descalificación que tiene todas las trazas de los enredos partidistas. A Besancenot lo aclaman en las asambleas parisinas, a la puerta de las fábricas, en los mítines informales y en plena calle si se tercia, como si ese ‘Nuevo Partido Anticapitalista” trajera en su liturgia el agua bautismal de la novedad o el óleo santo de de la ilusión política. Ya veremos, porque la verdad es que Llamazares ha dejado a IU como un  solar y que en la foto de familia los rostros son los mismos que hace cinco, diez, quince o veinte años, en lugar de caras nuevas capaces de montar su acción desde la nada, que es mucho, en lugar de empeñarse en cambiarle el collar al perro para que parezca otro, pero dejando junto a él (o frente a él, quién puede saberlo) al resto de la jauría. Puede que el radicalismo lo tenga a huevo ante la crisis pero, ciertamente, lo tiene crudo frente al peso aplastante de la eficacísima ilusión de su caducidad difundida con habilidad innegable por el poder fáctico universal que mantiene como un hilo este globo en el que viajamos todos. El problema de Cayo es que resulta más fácil crear un partido que regenerarlo. Lo va a comprobar enseguida, en cuanto acuda al banco a pedir el primer crédito.

La Junta, Juan Palomo

En las últimas oposiciones a administradores generales convocadas por la Junta de Andalucía, se presentaron 820 personas y sólo han aprobado dos. Bien, eso es imposible, y sólo un  indocumentado que no haya opositado nunca puede tener la audacia de  montar ese numerito que habrá perjudicado, en algunos casos irreparablemente, a muchos ciudadanos claramente engañados por una convocatoria mendaz. Lo contrario de lo que ocurría antes, es decir, de los aprobados generales o casi se han  prodigado mientras se trató de colocar a quien convenía políticamente al partido. Y una garantía de que, en lo sucesivo, será ese criterio partidista el que primará enteramente en la recluta de personal. Es una vergüenza lo que ha ocurrido en la Administración autónoma desde la preautonomía hasta hoy, pero lo grave es que hoy se están superando los criterios arbitrarios sin el menor disimulo.

Clones sin remedio

Congreso para elegir (“a la búlgara”, ni que decir tiene) al nuevo secretario provincial de las Juventudes Socialistas, Ángel Romero. El electo habla ya investido, para meterse con Nuevas Generaciones, descalificar al PP y pedirle incluso que no haga nada, advertir al personal de que “hay una crisis” que exigirá extremar el esfuerzo político, recordar Guantánamo y, ya de paso, como quien no quiere la cosa, meterse con Esperanza Aguirre. Hechos a troquel, clones de los ‘seniors’, aprendices de aprendices, réplicas de mentores nada estimulantes. De un joven que llega a la política habría que esperar algo más que el gesto simiesco de imitar al jefe y hablar por su boca. Pero algo bueno tiene el asunto y es que ese “revolucionario” es probable que ya nunca sea mileurista.

Quiero sus ojos

Con esa lacónica frase ha cerrado Ameneh, la chica iraní cegada y desfigurada con ácido por un amante majara, su espeluznante testimonio de venganza. A cambio de los ojos perdidos, los ojos abiertos del agresor, en aplicación de la “quisas” o ley del talión vigente en el derecho islámico que, en el caso de lesiones corporales, concede a la parte ofendida el privilegio del perdón o la venganza, a elegir. Es decir, no el derecho medieval, como ha dicho algún despistado, sino la inmemorial providencia del salvajismo primitivo que expresan los códigos antiguos, comenzando por el de Hammurabi, sino la ley vieja que va desde el Antiguo Testamento hasta las XII Tablas romanas y se prolonga hasta nuestros días en el vehículo del fanatismo. “Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”, leemos en el ‘Éxodo’. “Fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente”, dice el Levítico. “No tengas piedad de él –aconseja el Deuteronomio–: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Al agresor de Ameneh lo ha condenado la justicia iraní a la más cruel de las sentencias que recuerdo (y recuerdo muchas), a saber, a ser cegado recibiendo veinte gotas de ácido en los ojos, aunque según esa normativa arcaica, que valora a la mujer como la mitad del varón, la vengativa habrá de pagarle al castigado, por su segundo ojo, los 20.000 euros que aún no tiene pero confía en recaudar de la ‘solidaridad’ pública. Su madre, su padre, sus amigos se han ofrecido para ejecutar tan inconcebible maldad, justificándose en el carácter ejemplar de la sanción: “No somos salvajes, lo importante es sentar un precedente”, repiten a coro, mientras le piden con insistencia en que no caiga en la debilidad de perdonar. Ojo por ojo. Es la primera vez que se aplicaría semejante barbarie, al parecer, pero todo es empezar.

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¿Es o no es otra galaxia jurídica, axiológica, incluso mental, respecto del nuestro, ese mundo fanatizado? Oigo decir a Gustavo de Arístegui, minucioso conocedor de esas culturas, que en Irán se han ahorcado públicamente, colgándolos de una grúa, a 6.000 homosexuales desde 1979 (a pesar de que, curiosamente, esté autorizado el cambio de sexo) y me entero de que hay en este momento un centenar y medio de menores de edad en el corredor de la muerte iraní aguardando igualmente a ser colgados por delitos cometidos antes de su mayoría de edad, lo cual –conviene recordarlo—no sería una novedad en los EEUU, donde también se han ejecutado menores incluso retrasados mentales. Y lo mismo en Arabia Saudí, en Pakistán, en el Yemen o en Sudán. Pero la verdad es que ni esos horrores resisten la comparación con el caso de Ameneh y su venganza, esa reacción explicable pero históricamente superada por influencia del cristianismo histórico en el ámbito occidental, que Goethe decía que era siempre más feroz en el más débil. Realmente, a la postmodernidad, con sus horcas ambulantes, sus inyecciones letales y sus ácidos cegadores, le queda un largo trecho civilizatorio por recorrer siquiera sea para alcanzar lo que, al menos en las alturas del pensamiento, hace siglos que fue superado. Produce escalofrío escuchar a esa desgraciada clamar por una justicia que no es más que venganza, y a sus deudos y amigos ofrecerse a porfía para ocupar el puesto del verdugo, pero eso el lo que hay para desánimo de los ingenuos (o calculadores) partidarios de la “alianza de civilizaciones” propuesta en su día por el Jatami. Veinte gotas de ácido en los ojos para purgar el pecado de un delito abominable, es cierto, pero que poco podrán conseguir en la reparación del daño. El Estado moderno surge como tal cuando monopoliza el derecho penal y lo sustrae a la venganza de la parte. Fuera de eso lo que hay es primitivismo y barbarie, lo mismo en Teherán que en Florida.

Chaves tira la toalla

Por fin Chaves ha entendido que no es más que una paradoja bastante boba mantener, tal como van las cosas, su promesa del “pleno empleo” para esta legislatura. Si no fue capaz de habilitar las prometidas habitaciones hospitalarias individuales, el salario social o las vacaciones del mama de casa, calculen cómo iba a serlo de crear el empleo necesario para parar esta sangría que, minuto a minuto, nos va acercando a toda pastilla al millón de desempleados andaluces. Por eso ha reconocido ahora que no está en su mano resolver este problema temible, pero también por eso mismo no era más que una necedad aferrarse a la consigna de que las “medidas” de la Junta bastaban y sobraban para darle la vuelta a la crisis. Más vale tarde que nunca, desde luego, aunque no quepa esperar mucho de la coherencia del virrey.