Seña de identidad

Dice el número 2 del PSOE, el bachiller Pepiño, que Ibarretxe ha renunciado a una seña de identidad básica al optar porque las elecciones en su región coincidieran con las gallegas en lugar de celebrarse en solitario para permitir un debate profundo y sereno. Según eso la autonomía andaluza habría renunciado a la suya desde siempre con tal de ir pegada a la jareta de los jefes de Madrid, eludiendo, en efecto, todo debate serio y hondo. ¡Es lo mismo que le venimos diciendo los demás, desde hace muchos años, a Chaves, pero ahora dicho desde su propio partido! Chaves no se ha atrevido nunca a acudir solo ante las urnas y si lo ha hecho ha perdido, pero ahora sabemos que ese gesto soberano no era más que la renuncia a la seña de identidad. Pepiño dice muchas tonterías. Esta vez, sin embargo, ha dicho una verdad como un  templo.

El fantasma del Polo

La antigua polémica sobre el Polo y sus efectos indeseables entra, bajo el peso de la crisis, en una difícil perspectiva, en la medida en que resultará más difícil el ecologismo maximalista e incluso el discreto ante una coyuntura que se describe como de las perores vividas por nuestra industria. No se trata de disimular ni desdramatizar, como hace UGT, diciendo que el tema no afecta a los trabajadores, porque es obvio que estas dificultades serán probablemente menores que las que están por venir y, en consecuencia, el impacto futuro sobre el empleo podría ser muy duro. A lo mejor todo esto favorece que se busquen y quizá encuentren posturas equilibradas, flexibles, que miren por la salud medioambiental al tiempo que comprendan nuestra radical dependencia de ese modelo.

Efemérides 2009

En este año de gracia vamos a celebrar varias y trascendentes efemérides. El centenario vivo de Lévi-Strauss, para empezar, hoy tan olvidado como demuestra el sepulcral silencio de la prensa española (no de la francesa ni de la italiana, por cierto) sobre su obra colosal y durante muchos años canónica en tanto que su teoría de la estructura constituyó un raro antídoto del funcionalismo y de paso frente a un marxismo del que, sin embargo, él mismo se declaraba feudatario. Será este también el año de la astronomía y parece que su celebración tendrá un marcado carácter popular, entre otras cosas porque los sabios han caído en la cuenta de que las preocupaciones que a ellos les embargan son más o menos las mismas, salvadas las distancias, que las que encocoran al personal de a pie. Y por si algo faltaba, vamos a vivir el segundo centenario de Darwin, hay que suponer que entre el estruendo de la discusión entre integristas y razonantes, que no se resolverá nunca, probablemente, como hace mucho que predijo alguien. En estas páginas, mi compadre Arcadi Espada ha escrito un finísimo y breve apunte sobre las razones del rechazo de la teoría de la evolución, según él la primera hipótesis científica que considera un mundo sin  Dios y que no comparto pensando en en los Protágoras, D’Holbach, La Mettrie, Marx y tantos teóricos como dedujeron y describieron un estricto desarrollo inmanente de lo real, de la vida, de lo humano. Muy modestamente pienso que –al margen de la fe—tan admirable e indemostrable sería esa “hipótesis sin historia” que, según Arcadi, es un mundo abandonado a su suerte, como un universo regido por un plan (recuerden a Theilard) que confiere sentido y ajusta piezas sin dejar de presentar caras oscuras. No creo que estas efemérides vayan a ser muy atendidas teniendo enfrente la crisis devoradora y el espectáculo de un mundo que se destroza a sí mismo aquí y allá cada dos por tres. Pero sería bueno porque no sólo de pan vive el hombre, ni siquiera el que desciende del mono.

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Un tío con tanta cachaza como Balzac, y que tan bien conocía los entresijos del mundo y de la vida, dejaba caer en una obra bien poco leída, “Le Catéchisme social”, la idea de que una sociedad sin ningún Dios se apresuraría a inventar uno. Yo creo que es más fácil (es un decir): nada tan difícil como hallar el sentido de lo creado y evolucionado, pero nada tan difícil también como explicar ese despliegue fastuoso sin el apoyo trascendente, es decir, sin eso que los creyentes llaman “el plan de Dios” y los ateos de ninguna manera. Y claro está, nada tan razonable como la conciliación de ese “plan” genesiaco enteramente inmanente con la tesis de que lo creado evoluciona en unas condiciones y según unas reglas (leyes) que tanto trabajo cuesta imaginar espontáneas como demostrar providenciales. Cuando la hija de Newton abrió su famoso y secreto baúl, encontrón dentro extensas reflexiones metafísicas y teológicas, aparte de juegos alquímicos, y lo único que sacó en claro del hallazgo fue venderlo en una  subasta, más que nada para disfrute de fetichistas. Pero más allá de cualquier consideración, mucho me temo que no está el horno para bollos y ni va a haber grandes colas en los observatorios para ver los anillos de Saturno, ni altas aportaciones a las propuestas geniales de Lévi-Strauss. Será, quizá, Darwin quien se lleve una palma que no veo yo muy lozana en todo caso, y lo será más que nada por el lado de los negativistas empeñados en sacudirse la absurda sensación de que la evolución de la especies y la descendencia el hombre constituyen un  ultraje a la dignidad humana. ¿No fue el hombre hecho a imagen de Dios?, preguntan engreídos como quien da un certero descabello. Hace mucho tiempo está advertido que si el ateísmo se universalizara daría de sí una religión igual de intolerante. Lo desolador es que pueda decirse lo mismo de la acera de enfrente.

Belmonte

En Francia, en París, muere un hombre en un hospital aguardando durante horas una plaza y hasta Sarkozy debe salir a la palestra para mediar en el debate. Aquí se nos muere alguien (hay casos recientes) sentado en una silla de espera y no merece sino un ambiguo desmentido de la consejería y, acaso, pasados los años, una indemnización obligada por la Justicia. ¿Se figuran ustedes a ZP terciando en el debate sobre la muerte de un paisano en uno de nuestros hospitales? Cuesta trabajo, hay que reconocerlo, desde el momento que ya es inimaginable que un endiosas ochaves descienda a ese nivel de exigencia cívica y se implique personalmente en unos problemas que no son fortuitos sino consecuencias de graves y tercas cicaterías.

Vecindad y política

Nada escapa al modelo maniqueo, al dualismo maldito que enfrenta a unos con otros, en definitiva a buenos y malos, según desde donde se mire. Dos grandes partidos, dos grandes sindicatos y ahora también dos grandes asociaciones de vecinos para partir por gala en dos alñ vecindarioi de Huelva y continuar en la lucha cñívica el pulso pollítico, unos al lado del PSOE, otros al lado del PP, irreconciliables, teledirigidos, subvencionados. En los viejos tiempos el movimiento vecinal luchaba unido contra la dictadura. No se entiende por qué en libertad ha de luchar entre sí, contra sí mismo, como doble correa de transmisión de los partidos, que son los que hacen el gasto. ¿Los ciudadanos y sus problemas? Eso es lo de menos o, siquiera no es lo de más, mientras dure esta situación cada día más enconada.

El honor inútil

Bertrand de La Villehuchet, hermano del hasta ahora único suicida del “affaire Madoff”, ha opinado en una revista francesa del “grand monde” que su hermano Thierry se habría suicidado “por honor” ante la ruina provocada por su mediación a sus allegados más próximos. No ha habido esta vez, como hubo en el año 29, la epidemia de suicidios entre los financieros, los racimos de arruinados cayendo a plomo desde los altos ventanales de Wall Strett para fascinación de curiosos y desengaño de ilusos. Uno solo –un descendente de piratas, por cierto–, este Thierry de La Villehuchet se ha sentado en su sillón ergonómico, se ha ‘colgado’ con sedantes para abrirse luego cuidadosamente las venas con un cúter pero no sin antes colocar a cada lado una cuidadosa palangana, como un último gesto dandy o un simple homenaje a la pulcritud. Dice el hermano que el difunto conservaba los códigos éticos de las viejas generaciones (¡de piratas!), entre ellos el del honor, en lo que cree ver una grandeza probablemente ilusoria si se tienen en cuenta las circunstancias, pero no hay que ser un lince pare ver en estas trágicas resoluciones la respuesta a esquemas psíquicos mucho más elementales, que poco tienen que ver ya con el anacrónico culto que, en el XIX especialmente, fue una de las herencias que la burguesía recibió del espíritu aristocrático. No ha habido suicidios, ya digo, ni siquiera protestas, apenas una que otra voz anunciando acciones legales que cualquiera puede imaginar inútiles. De racimos cayendo desde los rascacielos, nada de nada. Un solo y distinguido suicida, tocado de cierto punto estético, para ilustrar la página negra de esta legendaria estafa por una vez perpetrada contra los ricos exclusivamente. Shakespeare tenía ya claro en su tiempo ya remoto (primera parte del ‘Henrique IV’) que el honor, esa pasión por la que se consume y hasta muere tanta gente de toda clase y condición, no es, en definitiva, más que una palabra.

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Hay que admitir que siempre existió una concepción penitencial y, en cierto modo, moralmente reparadora, del honor, de la que podría ser ejemplo la trágica noción francesa de ese honor como deber en que insiste, por ejemplo, un Corneille tantas veces y, en especial, a propósito de nuestro Cid Campeador. Pero el honor, como virtud absorbente, primordial, del tipo y modelo de nuestros hidalgos, herederos de la estética medieval y barroca, ha evolucionado mucho con el tiempo hasta reconvertirse en nuestras sociedades industriales postmodernas, en el mejor de los casos, en una suerte de probidad sin más. ¿Quién suscribiría hoy, pongo por caso, la extraordinaria afirmación de Montesquieu de que el honor debe ser el objetivo de las leyes puesto que es el fundamento del gobierno? ¡Vamos, hombre! ¿Quién hablaría en estos tiempos, como Vigny, el muy ingenuo, de una “religión del honor”. Pues nadie, a ver. Ese solitario suicida de nuestros días es la excepción que confirma la regla, siempre que en esta regla no veamos ya aquellos imperativos categóricos sino la simple expresión estadística de esas reacciones morales que hacen posible tráficos como éste que ha explotado en pleno vuelo. ¡Una estafa para ricos! Nada que ver con las ignominiosas tramas que han desvalijados tantas veces –alguna bien reciente– a los ahorradores modestos, es decir con ese tipo de catástrofes calculadas desde la ventaja, que les presta un inconfundible aire ruin. Thierry de La Villehuchet no es ni siquiera un dandy, a pesar de las palanganas, sino un jugador que huye de la derrota en la timba recurriendo a una estética anacrónica y tal vez menos incómoda para él que afrontar la realidad a pecho descubierto. El honor es cosa bien distinta y me temo que en extinción. La desesperación nada tiene que ver con sus razones ni con los delicados mecanismos que han hecho de él un mito inmemorial.